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3.3 AN OVERVIEW OF MIGRATION LOCATION DECISION MAKING AND

3.4.1 Variables and Data

La misa de Nochebuena muestra en sus textos una ambivalencia y como oscilación que, lejos de embarazar el espíritu, lo empapa y trabaja dulcemente para meterlo más pronto en el misterio. Se mezclan en esa liturgia fragmentos bíblicos sobre la Natividad con otros varios alusivos a la generación eterna del Verbo. ¿Con cuál, pues, de los dos nacimientos nos quedamos? ¿Cuál de ellos debemos contemplar? El «hoy» del introito, ¿ha de trasladarnos a aquel preciso día de Belén o más bien traduce el

nunc stans de la eternidad? Pero el leve desconcierto que tal cosa pudiera

producir deja en seguida paso al atisbo profundo, fecundísimo, de que ambos nacimientos son inseparables, tanto en sí mismos como en la conmemoración cristiana. Así dos mapas de la misma provincia, pero con distintos accidentes, que, al ser superpuestos, se esclarecen el uno al otro y nos entregan de este modo la verdad completa. El alma comprende con gozo que el parto de la Virgen no es sino la réplica en el tiempo de aquella generación que eternamente lleva a cabo el Padre. Comprende esto, y adora.

Adora sin palabras lo que sin palabras le es ofrecido. Pues «¿quién contará su generación?» (Is 53,8). ¿Qué lengua habrá que sepa pronunciar las palabras cabales, las palabras suficientes? «Nadie sabrá jamás hablar de su nacimiento: el del cielo es inefable; el de la tierra, indecible; éste y aquél son inexplicables»10.

El nacimiento de Cristo es evocado ahora todos los años con gratitud, así como antes era esperado con ansia. Lo que para nosotros es memoria, fue profecía para los antiguos. El Viejo Testamento tiene todo él una interna unidad: queda, de arriba abajo, vertebrado por la esperanza.

El hombre de la antigua alianza gime, se goza, ama, ambiciona, pero, sobre todo y principalmente, espera. Recuerda, sí, también, y repasa acontecimientos pretéritos: «Recordad las maravillas que (Yahvé) ha obrado, sus portentos y las sentencias de su boca» (Sal 105,5). «Trae a las mientes los tiempos pasados, atiende a los años de todas las generaciones; pregunta a tu padre, y te enseñará; a tus ancianos, y te dirán» (Dt 32,7). No sería justo echar en olvido los prodigios tan grandes que Dios realizó en favor de su pueblo: lo liberó de la esclavitud de Egipto y le dio agua en el desierto. Sin embargo, todos estos favores eran tan sólo figura de otras mercedes más eximias que, andando el tiempo, había de otorgarles. Que vivan, pues, sobre todo aguardándolas, que perseveren en la fe, que el recuerdo sirva especialmente para cimentar la esperanza. «No os acordéis más de lo de otras veces, no consideréis las cosas pasadas, que yo voy a hacer una obra nueva que ya está comenzando: ¿no la veis? Voy a poner agua en el desierto, y torrentes en las tierras áridas, para abrevar a mi pueblo, a mi elegido, al pueblo que hice para mí, que cantará mis loores» (Is 43,1820). El agua del Éxodo, el agua de la primitiva peregrinación, apagaba la sed momentáneamente; «mas el que beba del agua que yo le diere, no tendrá ya jamás sed» (Jn 4,14).

Esta agua que la samaritana probó, el agua nueva, novísima, «que salta hasta la vida eterna», es el sueño alucinante de los hebreos que precedieron a Cristo. «Destilad, cielos, de lo alto el rocío; lloved, nubes, al Justo» (Is 45,8). He aquí la plegaria fundamental: «Compadécete, Señor, de nosotros, que te esperamos» (Is 33,2). He aquí su virtud, su mérito específico: «Es nuestro Dios, nosotros lo hemos estado esperando, El nos salvará» (Is 25,9). He aquí su comida y sostén: «¡Va a venir, ya no tardará!» (Hab 2,3). He aquí sus grandes metáforas: «el Justo, como la aurora» (Is 62,1), como un germen (Jer 23,5). He aquí su gran adverbio: «Se acerca el día del Señor, ya está cerca» (J1 2,1).

10 P

Sobre todo los profetas, sobre todo Isaías es el hombre de la espera. Por eso constituye su libro la lectura preferente del adviento litúrgico. Pero puede afirmarse que el Antiguo Testamento entero, tomado en su conjunto, no es sino el relato de una tremenda expectación. Está redactado todo él dinámicamente, dando el mayor relieve al elemento tiempo, sin detenerse jamás en una descripción estática. Cuando hay que describir algún objeto, no nos ofrece su inmóvil pintura, sino el proceso de su construcción: así el arca de Noé (Gén 6,14-16), así el tabernáculo, con su mesa, candelabro y otros accesorios (Ex 25-27). La misma creación del mundo está concebida en términos de historia incesante; la creación se orienta, al igual que el hombre, hacia el futuro. Quien vuelve su rostro, quien suspira por los bienes idos y reniega de las promesas, queda convertido en estatua de sal.

Los siglos anteriores a Cristo son, de un lado, el tiempo de la esperanza humana, y, del otro, el tiempo de la paciencia divina. Esta paciencia, que ante todo significa «tolerancia de los pecados pasados, paciencia de Dios para manifestar su justicia en el tiempo presente» (Rom 3,25-26), puede entenderse también cómo un lento habituarse del Verbo a las costumbres y andanzas de los hombres, paralelo a aquella educación gradual con que Dios iba poco a poco modelando a su pueblo, familiarizándolo con las sucesivas y cada vez más explícitas presencias divinas sobre la tierra. Así educaba a su elegido, «llevándole, mediante las cosas secundarias, a las cosas importantes; por medio de las figuras, a las realidades; a través de las cosas temporales, hasta las eternas; por medio de las cosas carnales, a las espirituales, y por las cosas terrenas, hasta las celestes» 11.

Es la Biblia todo lo contrario de una especulación sobre Dios: es la crónica de las intervenciones de Dios. La fe, pues, consistirá en reconocer que Dios interviene en el tiempo de los hombres. El pacto con Abraham, la liberación de Israel, el envío oportuno de los profetas, todos los sucesos de la historia bíblica hasta culminar en la encarnación y resurrección de Jesús, son acontecimientos encadenados por una profunda unidad de designio. Más: es preciso incluir también en la cadena los primeros eslabones, aquellos que no pertenecen al relato exclusivo del pueblo de Dios: la creación y sus más remotas vicisitudes. Entre el diluvio y el descendimiento de Cristo hay un hilo nunca perdido, que va enhebrando el paso del mar Rojo y todas las hazañas y coyunturas intermedias.

11 S

Antes de pactar con Abraham, pactó Dios con Noé. La regularidad de las estaciones es el contenido de este inmemorial acuerdo, y el arco iris su señal. Mucho antes de efectuarse la alianza mosaica, existía la alianza cósmica, del mismo modo que la revelación mosaica es posterior a la revelación natural y anterior a la cristiana. Se observan como tres estadios, que todavía hoy, si bien miramos, son perceptibles en algunas fiestas y lugares: Jerusalén es la ciudad del sacrificio de Jesús, pero antes había sido la ciudad elegida de Yahvé (1 Re 11,13; 2 Re 23,27) y, en tiempos todavía más lejanos, el «lugar alto» de los cananeos. Igualmente, nuestra Pascua conmemora el paso de Cristo desde la muerte a la vida; excavando un poco, descubriríamos las reliquias de aquella celebración hebrea que evocaba el paso milagroso de Israel a través de las aguas; y debajo de estas capas subsiste otra, primordial, universal, en la que se hunden las semillas y sus posibilidades de floración, la fiesta agraria de las primaveras.

El hecho de la creación, como más tarde veremos, queda asumido en la historia de la salud, y las sucesivas muestras de su pujanza o decadencia también. Lo cual no es estorbo para que con mucha energía rechacemos cuanto de repetición, de ciclo cerrado, sugiriera una simbólica pagana. Las acciones históricas de Dios no constituyen repeticiones. Puede, no obstante, hablarse de correspondencias, de tipología, de desarrollo espiral. Así, a la vez que el contenido cósmico de la primera revelación obtiene un sentido histórico, los sucesos de la historia santa quedan configurados como acontecimientos que afectan verdaderamente al cosmos; son sucesos por cuya realización todas las criaturas se afanan, sucesos en los cuales la naturaleza participa, sucesos que repercuten en el mundo material y lo dejan transido, maldito, preñado o glorioso.

El gran acontecimiento, al cual la creación entera se vio ligada, resulta ser la encarnación y resurrección del Verbo. Es siempre la revelación un episodio, y lo es en sumo grado cuando aquello que se revela es Dios mismo, cuando lo que se revela coincide con el que revela. La revelación, mucho más que un puñado de nociones, es un hecho, un «salto de amor»; de ahí la tendencia a considerar hoy preferentemente la cristología como una soteriología, pues los datos bíblicos acerca de las obras de Jesús son muy anteriores, en tiempo y categoría, a las definiciones de los concilios. En este sentido, la teología oriental, tan llena de tensiones, tan dinámica, puede jugar un notable papel. Y si la teología es, más que palabra sobre Dios, comentario a la Palabra viva de Dios, lógicamente la fe habrá de consistir no en la asimilación de unas verdades,

sino en la adhesión a la Verdad manifestada en el Verbo hecho carne. La fe constituye la acogida que el corazón dispensa a ese Cristo que ha venido: «los que lo han recibido, los que han creído en su nombre» (Jn 1,12). La fe es hospitalidad: «Quédate con nosotros, Señor, porque anochece» (Lc 24,29).

He aquí lo que forzosamente tiene que resultar locura para los griegos. No la existencia de Dios, sino sus intervenciones concretas y verificables; no la resurrección como concepto, que sería muy admisible en la esfera de los mitos, sino la resurrección ligada a un determinado tiempo y lugar. Al revés de lo que acontece con los orígenes nebulosos de Osiris o de Mitra, el Verbo de Dios bajó al mundo el año 7 antes de nuestra era. («El Verbo se hizo carne»: el aoristo griego marca un comienzo, supone una repentina innovación, mayor de la que pueda expresar nuestro pretérito indefinido comparado con la mansa continuidad del pretérito imperfecto.) El evangelio, a pesar de ser un libro de catequesis más que una historia, relata hechos. Contiene nombres y pormenores comprobables en otras fuentes—el emperador Augusto, el cónsul Quirino, el procurador Poncio Pilato—y demuestra a veces un raro cuidado en puntualizar el tiempo, en valorarlo. Los planes del

Padre son minuciosos a este respecto; señalan el día que la salvación tenía que llegar a casa de Zaqueo (Lc 19,5) y a las ciudades de Israel (Lc 4,43),precisan las jornadas de Cristo—«he de andar hoy y mañana, y al día siguiente» (Lc 13,33)—, tienen fijada sobre todo «la hora» (Jn 12,27), la hora de la glorificación de Dios y del poder de las tinieblas, la hora exacta que ni el Hijo puede alterar, ni los enemigos anticipar, ni los amigos retardar. Es una hora precisa, son unos días determinados, son unas situaciones irrepetibles. He aquí el escándalo de los griegos, he aquí también la descalificación de los ciclos griegos. Dios ha venido una vez, no hay retorno, no existe la curva cerrada y monótona, no hay derecho a la melancolía.

Surgen así un pasado y un futuro. Lo que se obtiene es una consagración del tiempo, la cual viene a introducir en éste una modificación cualitativa. Jesús, con «su hora», al recibir el tiempo como misión, al negar la indiferencia del tiempo, lo hace sagrado. Jesús funda propiamente el tiempo y la historia. De esto se hablará más adelante con mayor detenimiento.

Nuestro cómputo de los años—antes y después de Cristo—ilustra debidamente la transformación incalculable que se produjo en el momento de la inserción del Verbo en el tiempo humano. Antes reinaba la muerte, y

ahora la vida (1 Cor 15, 21); antes los hombres andaban dispersos, y hoy están congregados (Jn 11,52); antes dominaba el príncipe del mal, y ahora yace sometido (Jn 12,31); antes todo eran tinieblas, y ahora luz en el Señor (Ef 5,8).

Dios es el alfa y omega, principio y fin de todos los tiempos, los cuales se recogen y anulan en su eterno sosiego. Pero Cristo es, además, la omega de un mundo y el alfa de otro, el fundador del tiempo. Elegantemente escribe San Agustín: «Engendrado por su Padre, dispone armoniosamente los días; naciendo de su madre, consagra el día actual» 12.

El Verbo se encarnó «al llegar la plenitud de los tiempos» (Gál 4,4). Es decir, su venida trae consigo la plenitud de los tiempos.

Todas las argumentaciones y congruencias que podamos elaborar en torno a la oportunidad de su venida, si no remiten en último término a la soberana libertad de Dios, serán arbitrarias, y endebles, y hasta encontradas. San Agustín intenta conciliar dos notas bien diversas: la juventud y vejez del mundo cuando el Hijo del hombre lo visitó; «la primera, a causa del ardor; la segunda, a causa de la gravedad» 13.

¿Por qué se retrasó tanto la encarnación? A pesar de que tal demora no modifica en nada los frutos de la redención, pues ésta posee también efecto retroactivo, podemos con todo derecho formular la pregunta y tratar de darle algunas muy simples y toscas respuestas. ¿Tal vez quiso Dios con ello hacer más patente el rigor de su justicia? ¿Acaso la dignidad excelsa del que iba a llegar exigía una larga etapa de preparación? ¿Hacíase necesaria, por ventura, esta preparación en vista de la infancia y rudeza de todos aquellos que debían recibir a tan alto huésped? Viene a ser esta última solución una solución optimista, más o menos inspirada en San Pablo, el cual habla de los hombres que precedieron a Cristo como de niños menesterosos aun de tutor y pedagogo (Gál 4,1-2). Según los autores que así discurren, fue el hombre perfeccionándose progresivamente, haciéndose en el transcurso de los siglos más capaz de comprender el don de Dios. Contra esta interpretación militan los que aducen una explicación de índole más bien pesimista: era preciso que el hombre, abandonado durante tanto tiempo a sus flacas fuerzas, experimentase vivamente la necesidad de un liberador.

12 Serm. 194,1: ML 38,1015. 13 Retract. 1,26: ML 32,626.

Las dos concepciones se complementan. Puede, en efecto, observarse a lo largo de los siglos una preparación que, desde cierto punto de vista, resulta progresiva, ascendente, mientras que, por otro lado, aparece claramente como regresiva. Ofreciese al hombre, en primer lugar, aquella revelación que la naturaleza, como vestigio de Dios que es, lleva consigo (Sab 13, 4-5); y junto con ella, el discernimiento del bien y del mal sembrado en los corazones (Rom 2,15). Sobreviene luego la ley de Moisés, que interpreta y enriquece esa ley natural. Más tarde, cuando la ley mosaica se vicia, surgen los profetas para enderezar al pueblo y acabar de formar la recta conciencia. No obstante, con todo derecho podemos también pensar al revés; podemos pensar igualmente en una paulatina decadencia, paralela a esos intentos sucesivos de educación por parte de Dios: la naturaleza se trasforma en ídolo, la ley se convierte en instrumento de pecado (Rom 5,20; 7,5); los mandamientos otorgados para dar la vida producen la muerte (Rom 7,10); el exterminio de los profetas enciende, finalmente, la cólera divina. ¿No se encuentra el hombre, al cabo de estas fases preparatorias, en peor condición que al principio?

Mas el tiempo no pasa en vano. Y a las angustias personales, al particular adelantamiento o degeneración de cada alma, se añadía la enseñanza tremenda de los antepasados, y la esperanza, para bien y para mal, se iba filtrando a una con la sangre o, junto con ésta, corrompiendo. No transcurre el tiempo en balde. Dios, que en sí carece de tiempo, utiliza el tiempo y gusta de acompasar a él sus pasos. ¿No lo vemos también hoy? De la misma forma que la humanidad creció desde su niñez hasta su mayoría de edad, coincidiendo ésta con la emancipación que Cristo, al encarnarse, otorgó a los hombres, así también el Cristo místico, lentamente, va haciéndose adulto, «hasta la medida de la edad completa de Cristo» (Ef 4,13), la cual coincidirá con el segundo advenimiento del Verbo. El tiempo es un requisito capital en la realización de los planes divinos.

La llegada de Cristo al mundo no sólo dio cumplimiento a todo el vasto tiempo que le precedió, sino que dio también sentido al tiempo subsiguiente. La llamada «Historia Sagrada» es tan sólo un primer capítulo, o mejor dicho, es más bien una prehistoria sagrada. En rigor, los siglos posteriores gozan de una categoría más estrictamente santa, pues constituyen el desenvolvimiento del germen cristiano, que en Cristo halló ya su perfecto desarrollo, pero que en sus miembros va poco a poco actualizando sus inmensas virtualidades. Propiamente no existe historia

profana; ésta es un mero relato de apariencias. (Tampoco, en cierto sentido, puede hablarse de disciplinas profanas, ya que toda verdad, a cualquier asignatura que pertenezca, es una porción o faceta de la única Verdad.) No es el hombre quien da sentido a la historia, simplemente lo descubre. ¿Acaso daba el profeta sentido a los tiempos de preparación? Se limitaba a revelarlo.

Entender así la historia universal, como una extensión de la historia de Israel, ilustra grandemente. Pacto de Dios con un pueblo elegido, infidelidad del hombre a ese pacto, soberbia y esclavitud, predicación de los profetas, liberación de Israel o retorno a Dios... ¿Quién no reconoce aquí, en círculos concéntricos, la marcha del género humano? ¿Quién no sorprende en estas etapas, mil veces repetidas, su propia biografía personal?

Es necesario advertir que la historia del Antiguo Testamento como expectación de un Mesías liberador quedó ya definitivamente clausurada y que hoy resulta ilícito vivir esperando en la tierra una novedad esencial. Las postrimerías llegaron ya. Sin embargo, el simbolismo de Israel se repite con rigurosa verdad en otro plano: ¿no anunciaba ya el libro del Éxodo los pasos de la Iglesia itinerante? «Todas estas cosas sucedieron en figura y fueron escritas para nuestra instrucción» (1 Cor 10,11). San Juan superpone estas tres rutas: la del pueblo judío a través del desierto, la de Cristo en marcha hacia su Padre, la de la vida sacramental de la Iglesia.

Ciertamente, entre la creación y la consumación, entre el comienzo del tiempo y su fin, se señalan dos estadios perfectamente delimitados por la encarnación o plenitud de los siglos: el tiempo de Israel y el tiempo de la Iglesia. No obstante, puesto que la parusía ha de suponer una segunda venida de Cristo, ocurre que vivimos nosotros también en un esperanzado adviento, y las realidades sagradas que manejamos no sólo tienen una significación histórica, sino también profética. Se implican las etapas, y se disuelven todas en la mano del Cristo celeste, hurtado ya a la servidumbre del tiempo. Por eso, más que como un puente tendido entre el momento de Cristo sacrificado en la cruz y nuestro momento actual, es menester concebir los sacramentos como un lazo entre la cabeza gloriosa de Cristo y sus miembros pasibles de la tierra. En la eucaristía, las edades se concentran: «Cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz (presente), anunciáis la muerte del Señor (pasado) hasta que El venga (futuro) (1 Cor 14,26). Signo rememorativo, demostrativo y profético, dirá Santo Tomás

14.

Todos los misterios de Jesús guardan hoy una innegable actualidad, ya que permanece el mérito, la eficacia, el espíritu y amor que los motivó. La liturgia no sólo conmemora esos misterios, sino que denuncia su perennidad. En el siglo IV después de Cristo osa escribir San Gregorio

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