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omo hemos visto, la principal novedad que plantea la teoría de la argumentación frente a la lógica formal es su interés por las condiciones pragmáticas en las que surgen los argumentos en la vida real, pues, a menudo, tales condiciones determinan no solo su eficacia retórica, sino también su valor in- trínseco, su capacidad de justificar, su legitimidad. De ahí que, además de proporcionar modelos y métodos para su evaluación, la teoría de la argumentación también considera como propias las tareas de elaborar modelos y métodos adecuados para la interpre- tación y el análisis, así como para la crítica de la argumentación.

Uno de los principales fenómenos que advirtió la necesidad de este enfoque alternativo fueron las falacias argumentativas clá- sicas. Al fin y al cabo, errores tales como la petición de principio, el cambio en la carga de la prueba, la construcción de un hombre

de paja o las famosas falacias ad (ad populum, ad baculum, ad verecundiam, ad consequentiam, ad hominem, ad ignorantiam,

etcétera) difícilmente se podrían considerar errores de tipo mera- mente sintáctico o semántico y, por tanto, difícilmente se podrían evaluar mediante los métodos de la lógica formal clásica.

Por esta razón, puede afirmarse que, en muchos aspectos,

el fenómeno de las falacias argumentativas supuso la principal motivación para el desarrollo de la teoría de la argumentación como disciplina. En ella, la lógica, formal o informal, representa solo un aspecto o una dimensión de su objeto de estudio, al que cabe añadir una dimensión dialéctica y una dimensión retórica, relacionadas ambas con el hecho de que dicho objeto de estudio, la argumentación, es en última instancia una forma de comunica- ción.

En este capítulo vamos a repasar los orígenes del estudio de las falacias y su devenir. Nuestro objetivo, a partir de ahora, va a ser considerar hasta qué punto, vistas las dificultades de la lógi- ca formal para dar cuenta de la evaluación de los argumentos en lenguaje natural, una teoría de la falacia podría servir como un marco adecuado para esta tarea. En esta búsqueda, analizaremos las principales teorías actuales de la falacia, las cuales constituyen propuestas que, de un modo u otro, coinciden con el desarrollo de la teoría de la argumentación en su conjunto. De esta manera, al hilo de nuestra respuesta a la cuestión sobre las posibilidades de constituir una teoría de la falacia como modelo para la evalua- ción, obtendremos también una panorámica bastante fiel de la disciplina.

Como decíamos en el capítulo 2, el principal objetivo de la teoría de la argumentación es la teoría de la valoración de los ar- gumentos y, en cierto modo, es ella la que determina, no solo el concepto de argumento, sino también la manera de interpretarlo y reconstruirlo. En nuestros días, existen cuatro grandes líneas a la hora de desarrollar teorías para la valoración de los argumentos informales:

1. En primer lugar tendríamos el enfoque del lenguaje natu-

ral, que parte de las reflexiones que Michael Scriven ex-

puso en Reasoning (1976). Como vimos en el capítulo anterior, para Scriven, las posibilidades metalingüísticas del lenguaje natural son suficientes para evaluar los ar-

gumentos expresados en él. Considera que en el lenguaje natural ya disponemos de un vocabulario que es suficien- te y adecuado para estos fines. Términos como razón,

evidencia, conclusión, tesis, pertinencia, inconsistencia, presuposición, etcétera, son una muestra de dicho voca-

bulario. Scriven parte de una noción de validez que no se reduce a la inferencia sintáctica o semántica, sino a la imposibilidad de que las premisas del argumento sean verdaderas y, sin embargo, la conclusión sea falsa. Por esa razón, según él, para evaluar un argumento, el único método disponible es observar la posibilidad de contra- ejemplos. Para el propio Scriven, este es un «ejercicio de la imaginación», difícilmente sistematizable, en la medi- da en que lo que se evalúa es el contenido, en lugar de la forma, de los argumentos. De ese modo, más que de un modelo para la valoración, estaríamos ante un programa para elaborar estrategias con las que producir contraar- gumentos, que son la base del ejercicio de la crítica. En ese sentido, se puede decir que para el enfoque del len- guaje natural, la teoría de la crítica es todo lo que resulta pertinente para afrontar la cuestión de la evaluación de los argumentos. David Hitchcock es uno de los autores que ha aplicado este enfoque a alguna de sus propuestas. 2. El enfoque toulminiano parte de la idea de que los crite-

rios para evaluar los argumentos son inherentes al campo o a la disciplina en el que se producen. No se trata solo de juzgar la verdad de las premisas o la conclusión dentro de cada ámbito de estudio, sino que, bajo esta perspectiva, lo que cuenta como buen o mal argumento en un ámbito es distinto de lo que cuenta como buen o mal argumento en otro. Esta concepción de los criterios para distinguir entre buenos y malos argumentos está en consonancia con el modelo de análisis toulminiano, que recoge más compo-

nentes del argumento que las tradicionales premisa y

conclusión. Entre esos nuevos elementos, cobra especial

relevancia el garante (warrant) del argumento, que sería la regla de inferencia que permite pasar de las premisas (data o grounds) a la conclusión (claim). Se trata de un elemento elidido en el argumento que se obtiene de la in- terpretación de este a partir de la pregunta: ¿por qué se sostiene la conclusión, dadas las premisas? Este garante posee la forma de un condicional, a menudo cualificado modalmente, sobre el que pivota la evaluación del argu- mento. La noción de garante explicaría por qué los ar- gumentos del lenguaje natural no son formalmente váli- dos, sino «entimemáticamente válidos» o «materialmente válidos»: su validez depende de una regla de inferencia, el garante, que expresa la relación entre premisas y con- clusión y que no es ella misma puramente formal, sino que tiene un contenido que determina su validez y que puede estar fundado semánticamente, científicamente, le- galmente, moralmente o de cualquier otra forma que con- temple un elemento normativo. Actualmente, autores como McPeck y Westein, que conciben la teoría de la ar- gumentación como una «epistemología aplicada», han desarrollado teorías de la evaluación atendiendo a los presupuestos epistemológicos de diferentes campos espe- cíficos.

3. El tercer enfoque, el de la nueva teoría de la inferencia surge a partir de la crítica a la concepción tradicional de la inferencia que consideraba que en los buenos argumen- tos, o bien las premisas implicaban de manera deductiva la conclusión, o bien proporcionaban un soporte inducti- vo adecuado para esta. Con la publicación de Plausible

Reasoning: An Introduction to the Theory and Practice of Plausible Inference, Nicholas Rescher (1976) inaugura

un nuevo planteamiento respecto a los modos en que las premisas de un argumento pueden implicar la conclusión. Empieza, entonces, a considerarse la posibilidad de desa- rrollar lógicas no-monotónicas que den cuenta de nuevas formas de inferencia que no se reducen ni a la inducción, ni a la deducción. La lógica probativa de Scriven es una de estas lógicas no-monotónicas que trata de explicar el tipo de razonamiento que está detrás de, por ejemplo, los llamados silogismos prácticos. En la actualidad, entre otras, la empresa de Douglas N. Walton, que concibe muchos de sus esquemas argumentativos en términos de los garantes de lo que él denomina «razonamiento pre- suntivo», también apunta en la dirección de una nueva teoría de la inferencia como modo de justificar el aspecto más distintivo de la validez de los argumentos del len- guaje natural.

4. Por último, el enfoque de la teoría de la falacia, que, co- mo manifestábamos anteriormente, es el objeto de este trabajo, puede considerarse el más antiguo de los enfo- ques para evaluar los argumentos del lenguaje natural. El estudio de la falacia tiene su origen en Aristóteles y cuen- ta con una larga tradición, a través de la historia de la fi- losofía, que llega hasta nuestros días. Los defensores de este enfoque consideran que la falacia no solo sirve como un criterio para determinar qué es un buen argumento (según ellos, un argumento libre de falacias), sino que una teoría de la falacia adecuada haría sistemática la eva- luación de los argumentos del lenguaje natural.

El principal objetivo de este trabajo es valorar si realmente el enfoque de la teoría de la falacia es adecuado para cumplir con los objetivos más característicos de la teoría de la argumentación, a saber, aquellos que conciernen a la evaluación de los argumen-

tos. A raíz de esta cuestión, también trataremos de establecer has- ta qué punto es posible desarrollar un marco adecuado para pro- ducir teorías de la falacia que analicen el concepto de falacia tra-

dicional y de sus instancias clásicas (esto es, el catálogo de

falacias informales que han sido enunciadas a lo largo de la histo- ria de la filosofía).

La razón para preguntarnos por la viabilidad de una teoría de la falacia como teoría de la evaluación es que, a pesar de las expectativas que tradicionalmente han sido depositadas en este enfoque, en la actualidad, atraviesa por dos graves dificultades: en primer lugar, la definición tradicional de falacia como «argu- mento que parece válido pero no lo es», tal como la hemos here- dado a través de un largo periplo, fue puesta en tela de juicio, con gran influencia, por Charles Hamblin en los años setenta y, desde entonces, la teoría de la falacia ha recorrido el espacio entre la ló- gica y la retórica con desigual fortuna. Por esa razón, en este ca- pítulo, vamos a detenernos en las razones que apoyan tanto la perspectiva retórica como la perspectiva lógica en la teoría y el concepto de falacia. Para ello, caracterizaremos cada posición in- dagando en los orígenes de la contraposición entre las cuestiones lógicas y las cuestiones retóricas. Además, puesto que la referen- cia histórica para avalar ambos planteamientos se remonta igual- mente a Aristóteles, nos detendremos en este autor para ofrecer una interpretación sobre el porqué de esta ambigüedad. La posi- ción que defenderemos es que el concepto de falacia tradicional es esencialmente retórico, y que las teorías que lo justifican no sirven como teorías de la evaluación. Y sin embargo, el vincular la retórica con el concepto tradicional de falacia hará de la teoría de la falacia un buen punto de partida para una teoría de la crítica, que es, como hemos visto, el segundo momento de la evaluación de los argumentos del lenguaje natural.

Por otra parte, incluso entre aquellos que destacan la vincu- lación del concepto de falacia con las propiedades semánticas de los discursos, ha habido autores que han puesto en duda que una

teoría de la falacia sea en absoluto viable y que, incluso, han ne- gado que existan realmente las falacias más allá de las interpreta- ciones falaces de los argumentos. En el capítulo siguiente, nos ocuparemos de estas cuestiones. De ese modo, estudiaremos las razones de aquellos autores que consideran que no es posible ela- borar una teoría de la falacia: las de aquellos que defienden que el concepto de falacia imposibilita un tratamiento sistemático, y las de los que consideran que el concepto de falacia es en sí mismo incoherente. Este tipo de reflexiones servirá para perfilar cuál es la especificidad de la teoría de la argumentación, por oposición a la lógica formal, y para explicitar la cuestión de cuál es el con- cepto de falacia con el que opera cada teoría. Además, aportará los elementos de análisis que vamos a necesitar para estudiar las distintas teorías de la falacia propuestas hasta ahora.

Así, una vez que dispongamos de estos elementos, analiza- remos las concepciones de la falacia más influyentes que existen en la actualidad bajo el punto de vista de nuestra conjetura prin- cipal: si es posible que una teoría de la falacia cumpla con los re- quisitos de una teoría de la evaluación para argumentos del len- guaje natural. Pero a propósito del debate anterior, ahondaremos en la segunda dificultad por la que atraviesa actualmente el enfo- que de la teoría de la falacia, a saber, que existen distintas opinio- nes respecto a qué concepto de falacia es el más adecuado para los fines de la teoría de la argumentación. De ese modo, encontra- remos autores que abogan por una definición técnica del concep- to, adaptada a los objetivos de una teoría de la evaluación para los argumentos del lenguaje natural y no constreñida por el intento de recoger un supuesto sentido habitual del término, ni siquiera por atender a los casos paradigmáticos que gobernarían su uso, esto es, las falacias informales enunciadas tradicionalmente. Por tanto, para llevar a cabo el examen de las distintas teorías, distinguire- mos entre aquellas que tratan de recoger el sentido tradicional del término y ver qué tienen en común los distintos tipos de falacias que desde la Antigüedad se han ido enunciando (entre otras co-

sas, con el objetivo de hacer sistemático su estudio) y aquellas otras que rechazan el vínculo con el catálogo tradicional de fala- cias y que proponen una definición técnica no limitada por el in- tento de hacerle justicia. Respecto al primer grupo de teorías, nuestra conclusión establecerá que el carácter irreductiblemente retórico del concepto tradicional bloquea la posibilidad de que una teoría que lo incorpore pueda servir como una teoría de la evaluación. Respecto al segundo grupo de teorías, plantearemos algunas dificultades a la hora de concebirlas como teorías de la evaluación y no como teorías de la crítica de los argumentos del lenguaje natural. A raíz de estas conclusiones, expondremos al- gunas reflexiones sobre el lugar que, en nuestra opinión, la teoría de la falacia debe ocupar dentro de la teoría de la argumentación.