su hijo al sultán Suleiman, juntamente con las ciudades de Cilicia. Edesa cayó en 1087 en manos de un capitán turco, Buzan, aunque fue recuperada después, en 1094, por el armenio Thoros, que había sido vasallo de Malik Shah y que mantuvo inicialmente el orden con una guarnición turca en la ciudadela. Melitene, entretanto, fue ocu pada por otro armenio, Gabriel, suegro de Thoros, que, como éste, pertenecía al rito ortodoxo. Las disputas entre las iglesias ortodoxa, jacobita y armenia aumentaron el desorden en toda la Siria septen trional. Para los armenios, la decadencia del poder bizantino era motivo de regocijo. Preferían el gobierno de los turcos 13.
En la Siria meridional la dominación seléudda era ahora com pleta. Desde que Toghrul Bey entró en Bagdad en 1055, había esta do amenazada la posesión de Siria por los fatimitas, y una alarma y ansiedad crecientes en esas zonas dieron como resultado el desorden y algunas pequeñas rebeliones. Cuando, en 1056, los funcionarios fronterizos bizantinos en Laodicea se negaron a permitir que el obis po de Cambrai siguiese hacia el Sur su peregrinación, las razones no se debían, como sospechaban los occidentales, a mostrarse pre cisamente descorteses hacia un latino (si bien existiría tal vez una prohibición contra peregrinos normandos); es que sabían que Siria no ofrecía seguridad para viajeros cristianos. La experiencia de los obispos alemanes que, ocho años después, insistieron en cruzar la frontera en contra del consejo de los nativos, demuestra que los fun cionarios bizantinos tenían razón 14.
En 1071, el año de Manzikert y de la caída de Bari, un aventu rero turco, Atsiz ibn Abaq, nominalmente vasallo de Alp Arslan, conquistó Jerusalén sin lucha y pronto ocupó toda Palestina hasta la fortaleza fronteriza de Ascalón. En 1075 se apoderó de Damasco y del Damasquinado. En 1076, los fatimitas recuperaron Jerusalén, de donde los desalojó nuevamente Atsiz después de un sitio de va rios meses y de una matanza de los habitantes musulmanes. Sola mente los cristianos, seguros dentro de su barrio amurallado, se sal varon. A pesar de esto, los fatimitas no tardaron en rehacerse para atacar a Atsiz en Damasco, y éste se vio obligado a pedir ayuda al príncipe seléucida Tutush, hermano de Malik Shah, que intentaba, con la aprobación del monarca, crearse un sultanato en Siria. En 1079, Tutush había asesinado a Atsiz, y se convirtió en el único go bernante de un estado que se extendía desde Alepo, aún regida por la dinastía árabe, hasta los límites de Egipto. Tutush y su lugarte niente Ortoq, gobernador de Jerusalén, parecen haber proporcionado
n Laurent, «D es Grecs aux Croisés», págs. 403-10 (referencia); también
el artículo «Malatya», de Honigmann, en la Encyclopaedia of Islam. H Véase supra, pág. 60, notas 29, 30,
un gobierno de orden. No existía una animosidad especial y mani fiesta contra los cristianos, aunque el patriarca ortodoxo de Jerusalén pasó, al parecer, la mayor parte del tiempo en Constantinopla, donde su colega de Antioquía fijó entonces su residencia 1S.
En 1085, el emperador Alejo, libre del peligro normando, dirigió su atención hacia el problema turco. Hasta entonces, sólo gracias a incesantes intrigas, enfrentando a un príncipe turco contra otro, ha bía podido tenerlos en jaque. Ahora, combinando la diplomacia con una exhibición de fuerza consiguió un tratado que devolvía al Im perio Ia Nicomedia y las costas de Anatolia, en el mar de Mármara. Al año siguiente, su paciencia aún obtuvo una recompensa mayor. Suleiman ibn-KutuImish, que había tomado Antioquía, avanzó sobre Alepo, cuyo gobernador árabe recurrió a Tutush para que le salva ra. En una batalla librada en las afueras de la ciudad, Tutush resultó vencedor, y Suleiman fue asesinado.
La muerte de Suleiman produjo el caos entre los turcos de Ana tolia, y Alejo se encontraba en su elemento, enzarzando a un cabe cilla contra otro, explotando sus mutuas rivalidades, ofreciendo a cambio, a unos y otros, sobornos o insinuaciones de alianzas matri moniales. Nicea estuvo, durante seis años, en poder del rebelde tur co Abu’l Kasim, pero en 1092 Malik Shah pudo sustituirle por el hijo de Suleiman, Kilij Arslan I. Entretanto, Alejo fue capaz de consolidar su posición. No resultó fácil. El único territorio que ha bía podido reconquistar era la ciudad de Chico, y le fue imposible impedir que los Danishmend extendieran sus dominios hacia el Oes te y que ocuparan su tierra solariega, Kastamuni, en Paflagonia. Se vio estorbado por conspiraciones palatinas, y en 1087 tuvo que ha cer frente a una invasión muy seria desde el norte del Danubio, or ganizada por los pechenegos con ayuda de los húngaros. Hasta 1091 no logró que su diplomacia, auxiliada por una resonante victoria, le
15 Véanse artículos «Tutush», de Houtsma, y «Ortoqids», de Honigmann, en la Encyclopaedia of Islam, La Historia de los Patriarcas de Alejandría (obra copta) compara muy favorablemente el gobierno turco con el gobierno franco que se estableció después en Palestina (págs. 181, 207). La famosa flecha que disparó Ortoq sobre el tejado del Santo Sepulcro no pretendía ser un insulto, sino una manifestación de soberanía. Véase Cahen, «La Tughra Seldjucide», en Journal Asiatique, vol. C X X X ÏV , págs. 167-73. El patriarca Eutimio de Jerusalén estaba en Constantinopla a fines de 1082, cuando marchó a Tesalónica en una embajada enviada a Bohemundo, y su sucesor, Simeón, estaba en el Concilio que se reunió allí en 1086 v que condenó a León de Calcedonia (véase Dolger, Regesten, num. 1,087, vol. II, pág. 30, y Montfaucon, Bibliotheca
Coislitúana, págs. 102 y sigs., para el Concilio de la Iglesia en Constantinopla
celebrado aquel año), Pero estaba de regreso en Jerusalén en 1089. E l patriarca de Antioquía estuvo presente en dicho Concilio (véase infra, pág. 108, nota 10).
librara para siempre de la amenaza de las incursiones bárbaras des de el Norte.
Más peligroso aún era Chaka, el emir turco de Esmirna. Chaka, más ambicioso que la mayoría de sus compatriotas, aspiraba a ocupar el trono del Imperio. Prefería emplear griegos mejor que turcos, pues se babía dado cuenta de la necesidad de un poderío naval; pero al mismo tiempo intentó organizar una alianza de príncipes turcos y casó a su bija con el joven Kilij Arslan. Entre 1080 y 1090 se adueñó de la costa egea y de las islas de Lesbos, Chios, Samos y Rodas. Alejo, que había tenido entre sus principales preocupaciones la de rehacer la flota bizantina, consiguió, al fin, derrotarle por mar a la entrada del de Mármara; pero la amenaza quedó en pie hasta que en 1092 Chaka murió asesinado por su yerno, Kilij Arslan, en un banquete en Nicea. El asesinato fue el resultado de una adver tencia del Emperador al sultán, que temía que otro turco creciera más que él m ism o16.
Con Suleiman y Chaka muertos, Alejo podía emprender una política más agresiva. Sentíase ahora seguro en Constantinopla, y las provincias europeas estaban en calma. Su flota era eficaz y su tesorería se hallaba llena, de momento. Pero su ejército era muy exiguo. Tenía pocas tropas nativas a las que recurrir, porque había perdido Anatolia. Necesitaba mercenarios extranjeros entrenados.
Evidentemente, hacia el año 1095 había indicios de que el poder seléucida estaba al fin decayendo. Malik Shah, que había conseguido algún dominio sobre todo el Imperio turco, murió en 1092, y a su muerte siguió una guerra civil entre sus hijos. Durante los diez años siguientes, hasta que pudieron ponerse de acuerdo sobre la división de la herencia, la atención principal de los turcos se concentró en esta lucha. Entretanto, los cabecillas árabes y kurdos se sublevaron en el Iraq. En Siria, donde Tutush murió en 1095, sus hijos, Ridwan de Alepo y Duqaq de Damasco, demostraron que eran incapaces de mantener el orden. Jerusalén pasó a los hijos de Ortoq. Su gobierno fue inoperante y tiránico. El patriarca ortodoxo Simeón y su alto clero se retiraron a Chipre. En Trípoli, un clan chiita, los Banü Am mar, establecieron un principado. Los fatimitas empezaron a recon quistar la Palestina meridional. En el Norte, un general turco,
La muerte de Chaka está descrita en Ana Comneno. IX , iíi, 3, vol. II, págs. 165-6, pero un nuevo Chaka aparece en su historia (IX , v. 3, vol. II I, pá ginas 24-5). Era probablemente el hijo del primer Chaka y conocido como Ibn Chaka, al que Ana Comneno llama simplemente Chaka. De manera parecida, Kilij Arslan es llamado Suleiman por los autores occidentales, que estaban acos tumbrados a oírle llamar Ibn Suleiman. La guerra de Chaka con Alejo se des cribe en Chalandon, op, cit., págs. 126 y sigs.
Kerbogha, atabek de Mosul bajo el Califa abasida, fue invadiendo paulatinamente el territorio de Ridwan de Alepo. A los viajeros de la época les parecía que cada ciudad tenía un señor distinto 17.
Es digno de señalarse el hecho de que aún hubiera viajeros, no solamente musulmanes, sino también peregrinos cristianos de Occi dente. El movimiento de peregrinos nunca había cesado por comple to, pero el viaje resultaba ahora muy difícil. En Jerusalén, hasta la muerte de Ortoq, la vida de los cristianos parecía haber sido muy poco afectada, y Palestina, excepto cuando turcos y egipcios estaban realmente empeñados en luchas por esas tierras, se hallaba general mente en calma. Pero Anatolia sólo la podían cruzar ahora los viaje ros que llevaran consigo una escolta armada, e incluso así el camino estaba Heno de peligros, y las guerras o las autoridades, hostiles a menudo, les hacían renunciar a su propósito. Siria tampoco estaba mucho mejor. Por todas partes había salteadores de caminos, y en cada ciudad pequeña el señor local pretendía imponer un tributo a los viandantes. Los peregrinos que conseguían vencer todas las difi cultades retornaban a Occidente fatigados y empobrecidos, capaces sólo de contar un relato espeluznante.