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PROGRESS AND COMPLETION OF PROJECT

GENERAL CONDITIONS 1 DEFINITIONS.

6. PROGRESS AND COMPLETION OF PROJECT

Existe el día y existe la noche. Existen el calor y el frío, y también la luz y la oscuridad. La mirada del hombre siempre se ha encontrado con un mundo de dualidades, de parejas de opuestos que a veces luchan con fiereza, a veces danzan un vals, a veces se unen en una misma cosa. Desde la antigüedad, el pensamiento humano ha tratado de compren- der esas oposiciones para así explicar el universo.

Heráclito, por ejemplo, célebre filósofo grie- go, fue uno de los primeros en ver la relación de los opuestos como un juego de cambio en busca de la armonía. Para Heráclito nada era perma- nente y el ritmo del mundo estaba dado por el cambio entre los opuestos; no había valor absolu- to que no pudiese ser modificado por su contrario. Así como el fuego puede calentar el metal frío, el hielo puede enfriar una espada recién templada. Equilibrio y armonía.

Esa es una idea que también podemos en- contrar en la filosofía oriental: el símbolo del yin y el yang es un círculo dividido por una línea on- dulada; una mitad del círculo es negra y la otra es blanca; en el centro de cada mitad hay un círculo más pequeño del color opuesto. Así representa- ron los chinos antiguos la dualidad de fuerzas que producen los cambios que mantienen el mundo en movimiento.

En distintas épocas y en diferentes regiones del mundo, los hombres se han encontrado fre- cuentemente con estas ideas, que no son propie- dad exclusiva de las culturas europeas u orienta- les. En Sudamérica, el pueblo inca representaba con dos palabras de la lengua quechua la esencia doble de la que todo estaba hecho; esas palabras eran yana y yanan. Mientras que yana es lo negro, la oscuridad, yanan representa lo blanco puro, la flor de la harina. Pero yana también es el amado (sea hombre o mujer) y yanan el amante. Cuando están juntos ya no existen yana y yanan separa- dos, sino yanantin, que es la unión, algo nuevo capaz de cooperar, de existir juntos en armonía, de ser más que la suma de dos mitades, una balanza en equilibrio perfecto, el amanecer en el momen- to exacto en que es imposible decir si aún es de noche o si ya ha llegado el día, porque ambas co- sas son ciertas y ninguna lo es.

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Astronauta

Durante siglos, los seres humanos se dedicaron a explo- rar la Tierra. En la primera mitad del siglo xx, con las expediciones al Polo Sur del inglés Scott y el noruego Amundsen (una auténtica carrera del siglo que al final ganó el noruego, al plantar su bandera en el polo en 1911) y la conquista del Everest por sir Edmund Hillary en 1953, parecía que el impulso humano de llegar a donde nadie ha llegado antes había perdido su razón de ser. Sin embargo, aunque ya conocíamos todos los rincones de nuestra casa, faltaba salir a la calle y conocer el resto del mundo. En 1961, el ruso Yuri Gagarin se convirtió en el primer hombre en viajar al espacio. Y en 1969, los estado- unidenses Armstrong, Aldrin y Collins fueron los prime- ros que caminaron por la Luna, esta vez con transmisión en directo por televisión.

Sin embargo, hasta el momento apenas hemos empe- zado a recorrer unas pocas manzanas de nuestro barrio, el Sistema Solar. Todavía falta conocer el resto del vecindario, de la ciudad, del país, del infinito Cosmos. Todavía hay lu- gar para los exploradores, solo que ahora se llaman astro- nautas y trabajan en unas condiciones muy diferentes.

Nuestro organismo, como el de todos los seres vivos, está especialmente adaptado a las condiciones de nuestro planeta. Al salir al espacio exterior dejamos atrás la gra- vedad, la fuerza que empuja todas las cosas hacia el suelo. Cuando soltamos un objeto en el aire, cae hacia abajo a una velocidad predecible. Dentro de una nave espacial no hay gravedad: los objetos flotan. Es usual que los astronau tas lancen agua al vacío y beban las grandes gotas que que- dan suspendidas en el aire. Aquellas cosas que necesitan

que estén fijas y no anden volando por allí son ancladas a las paredes con cuerdas, con imanes o con velcro.

Para aprender a vivir en estas condiciones, los as- tronautas practican submarinismo, porque la sensación y los movimientos son similares a los del estado de ingra- videz. Luego en la nave terminan desplazándose como si nadaran. Si bien la ingravidez puede resultar muy pla- centera, es muy peligrosa: a la larga afecta la circulación, el corazón, el cerebro.

Si emprendiéramos el viaje a Marte, viajando a una velocidad promedio de 18.000 km/h, nos llevaría seis me- ses de aislamiento en una nave espacial. No hay paradas en el medio. Todo el alimento, todos los utensilios técni- cos, el combustible necesario, todo debe ser transportado en la nave. Y en el poco espacio que queda disponible, hombres y mujeres deben convivir aislados a miles de kilómetros de sus hogares, rodeados de la soledad del espacio. Al igual que los antiguos exploradores, los astro- nautas deben mentalizarse de que acaso ese sea un viaje del que no puedan volver.

Cuando el astronauta abandone la nave, el traje es- pacial lo protegerá de las temperaturas extremas, de la falta de oxígeno y del daño que le podrían hacer los rayos del sol. Debajo del traje, 91 metros de tubitos de agua permiten que la temperatura de su cuerpo sea normal. Además cuenta con un micrófono y altavoz para poder escuchar y hablar con el resto del equipo (en la nave y en la Tierra). Para más seguridad, el astronauta se suje- ta a la estación a través de un cable. Si este se cortara, podría quedar flotando en el espacio para siempre, como ocurre en la película 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick (1968).

Amundsen llegó por primera vez a la Antártida en 1911. Hoy en día varios países tienen sus bases instala- das en el continente blanco. Armstrong pisó la luna en 1969, pero aún no se ha podido instalar ninguna base en ella. Sin embargo, las investigaciones realizadas para los viajes espaciales han permitido el desarrollo de inventos como la máquina de diálisis, la tomografía computada y las herramientas inalámbricas, entre otros.

Acaso el principal motor que mueve a los astronau- tas y a los hombres que siguen sus aventuras desde la Tierra sea la hipotética perspectiva de descubrir otros planetas donde la vida sea posible. Y quizás la esperanza del anhelado contacto con otras civilizaciones lejanas.

Los hombres que soñaban