Lo paradójico es que mientras el gobierno de Laureano Gómez hacía ingentes esfuerzos por controlar las regiones, las brutales acciones de los bandoleros no fueron el tema fundamental de los cronistas judiciales de los principales periódicos. Es más, las espantosas masacres
Algunas de las breves que se publicaban en pe- riódicos como El Espectador sobre las actuaciones de los bandidos.
de personajes tales como Chispas, Sangrenegra, Desquite, Pedro Brincos, Resortes o Efraín González, entre otros bandidos tristemente célebres, tuvieron un registro de paso en los periódicos. Su prioridad fue el seguimiento de historias nacidas en los juzgados y en los archivos de los organismos de inteligencia. Como el caso de un estafador capturado el 7 de febrero de 1950 en Tocaima y remitido a Bogotá que suscitó el máximo interés periodístico. Según los cronistas de la época, el individuo utilizaba cheques y, muy bien
vestido, en los hoteles aparentaba ser un hombre muy bueno. En Girardot, Álvaro Peñaranda gozaba de amplio prestigio, pero a espaldas de los turistas, sencillamente los estafaba. Una de sus víctimas fue un comerciante bogotano llamado Carlos Azuero, quien puso la denuncia y originó la historia.
Y como esta, fueron muchas las historias que se convirtieron en verdaderas primicias gracias a la interesante competencia profesional entre los cronistas de El Tiempo y El Espectador, entre otros periódicos, especialmente en Bogotá. “Los periodistas competían con los detectives en las pesquisas de casos de sangre y afi naban sus métodos investigativos
cuando se trataba de bandoleros y criminales peligrosos. A partir de entonces empezaron a surgir las publicaciones de sucesos más célebres y ni los periódicos serios se sustrajeron a esta fascinación por la crónica de policía o crónica roja”10. Una realidad fortalecida por el talento
de periodistas como Felipe González Toledo, quien retrataba historias de bandidos, mientras otros colegas como Pablo E. Forero, Camilo López, Guillermo Lanao o José Guerra hacían lo propio en facetas muy distintas como el deporte, la política o la vida de las regiones. Eso sí, la crónica roja ocupó el primer lugar entre las preferencias de los lectores. Por ejemplo, en ese mismo mes de febrero de 1950, El Espectador tituló en su primera página: “El cadáver, la única pista”, y en seguida un
subtítulo con pregunta, aún más atrayente: ¿Otro crimen de la araña negra?”. La historia dejó el registro del hallazgo del cadáver de un hombre rubio de unos 50 años, no identifi cado. El hecho ocurrió en Manizales y durante varios días estuvo expuesto en el anfi teatro municipal. El caso fue califi cado como uno de los crímenes más sensacionales de la época y dio lugar a sucesivas publicaciones sobre los detalles del suceso. En la autopsia, por ejemplo, se comprobó que el cadáver tenía golpes en el cráneo causados con arma punzante y que su autor era el mismo que había ultimado al celador Guillermo Gil, quien había sido víctima de la misma banda. Los dos cuerpos fueron encontrados en vehículos abandonados y en ambos casos había una araña negra pintada en la ventana trasera de los automóviles. Además las víctimas aparecieron sin prendas. Sin embargo, como la mayoría de las historias judiciales de la época, nunca se publicó el
Casos como este mostraban la pe- ricia de los periodistas para hablar como expertos detectives sobre los casos más espeluznantes. Foto: El Espectador.
fi nal de las investigaciones, quizás porque no llegaron a ninguna parte. O también porque semana a semana aparecían nuevas historias, aún más impactantes que las anteriores. Por ejemplo, apenas tres días después del crimen de la araña negra en Manizales, el lunes 13 de febrero los periódicos registraron el asesinato de una bailarina a manos de un conductor, con una breve explicación muy gráfi ca: “la trágica culminación de una pasión relámpago en un cabaret de Bogotá”11. Priscila
Rodríguez, como se llamaba la bailarina, era una mujer de 26 años y de estatura mediana. El homicida se llamaba Juan J. Abello, nacido en San Juan de Rioseco. Sin embargo, no fue detenido porque murió camino al hospital. La historia dejó escrito que Abello se enamoró de Priscila, quien trabajaba en el cabaret Ilusión (Avenida Caracas con calle 20). No obstante, cuando Abello
comprendió que no serían atendidos sus requerimientos amorosos, la acribilló a balazos y, acto seguido, se suicidó enceguecido por la pasión.
Día tras día, la característica era la abundancia de episodios ampliamente reseñados por los periódicos. Y algunos realmente insólitos, como el increíble argumento que llevó a Facundo Pérez a convertirse en homicida. Según lo relataron los periodistas de la época, este individuo era vecino del barrio Rionegro y estaba enamorado de la hija de José Molina. Como el suegro se oponía radicalmente a esa relación, Pérez lo mató de 12 puñaladas. En los días anteriores al fatal desenlace, los dos hombres se habían cruzado insultos y amenazas, hecho que no fue impedimento para que la hija de Molina continuara con Pérez sus amoríos. Hasta que el 14 de febrero de 1950, el desesperado Pérez, bajo el infl ujo del licor y notablemente conmovido, llegó a la casa de su novia y en vez de portarse galante como era su costumbre, la emprendió a patadas y empujones contra todos, tumbó la puerta y cuando su suegro Molina le salió al paso, encontró la muerte con doce punzones12.
Al día siguiente, ya la historia era vieja y otra aún más desolada había ocupado su lugar. Mercedes Nieto Ayala, madre de cuatro niños y residente en el centro de Bogotá, murió misteriosamente. El esposo aseguró a conocidos y periodistas que se había tratado de un suicidio, pero las autoridades, desde el principio empezaron a sospechar que se trataba de un uxoricidio, como se complacían los periodistas en defi nir los asesinatos entre esposos. La mujer tenía 35 años, vivía con su esposo Teodoro Ayala en la Avenida Caracas, en el terreno de la Hacienda La Rocha. La mujer fue encontrada con una herida en el corazón causada por arma corto punzante, lo cual hizo aún más descabellada la versión del suicidio. Además, según los cronistas, tampoco aparecían los móviles de su fatal decisión. El esposo dijo a las autoridades que ella se había suicidado por urgencias económicas y que no se explicaba porque había tomado la decisión sin consultárselo13.
comunes, en otras ciudades del país la tendencia era semejante. En Cali, por ejemplo, ese mismo febrero de 1950 había conmoción por el asesinato del ciudadano Hernando Gómez Mallarino. La crónica dio cuenta de que Gómez murió al saltarle el corazón por una puñalada que le asestó un zapatero por los reclamos de una suela. En la misma época, en Barranquilla, la noticia de moda fue el hallazgo de una mujer moribunda que fue abandonada en el principal puesto de la Cruz Roja de la ciudad. El Espectador tituló “Misteriosa tragedia en Barranquilla,
mujer secuestrada y asesinada por extraños” y, según el corresponsal Rafael González, la ciudad quedó consternada porque en pleno martes de Carnaval, nadie entendía como desapareció Juanita Emilia Castro del hotel El Prado en la madrugada del 28 de febrero14.
Con el correr de los días, las autoridades de Barranquilla lograron capturar a tres pasajeros de una camioneta roja que habían sido reportados como sospechosos. Uno de los sujetos presentaba arañazos en la cara y no pudo justifi car esas heridas ante la Policía. Un mes después, la historia seguía interesando a los periodistas y ya tenía un título de serie: “El crimen de la camioneta roja”. Producto de las pesquisas, el sujeto Pepe Peralta se presentó ante el personero de la ciudad y aseguró que la muerte de la mujer había sido un accidente. De inmediato Peralta fue conducido a la cárcel Modelo para adelantar la indagatoria. El último reporte del cronista Rafael González dio cuenta de como “el sangriento epilogo carnavalero se había producido de manera plenamente accidental, pero que de todas maneras Pepe Peralta estaba callando parte de lo que sabía sobre la muerte de Juanita Emilia Castro, para no mezclar en el lío a otras personas de consideración económica”15.
Y para concluir esos días de febrero y marzo de 1950, buena prueba de la tendencia de los periodistas judiciales en Colombia, en Bogotá se presentó un triple asesinato en el barrio San Fernando que ameritó sufi cientes páginas en los periódicos. Embriagado, un cabo del Ejército mató a Horacio Valderrama, a su hijo y a su yerno. Las víctimas estaban tomando licor en una tienda cuando el subofi cial llegó con su uniforme de paño y en razón a que el cantinero no cumplió sus requerimientos rápidamente, reaccionó con ofensas y amenazas. Los Valderrama
Los periodistas publicaban hipótesis sobre este asesinato. Hasta que cap- turaron al culpable que aseguro fue un accidente. Foto: El Espectador.
expresaron su deseo de evitar cualquier altercado, pero el cabo hizo caso omiso y precisamente y sin explicación alguna la emprendió contra ellos. Se inició una riña a golpes y en medio de la gresca, el uniformado desenfundó su arma y la descargó contra los Valderrama. En medio de la reseña periodística, los periódicos anotaron como la violencia común estaba tomando proporciones inexplicables y como en Colombia, las diferencias se pagaban con sangre. Cualquier parecido con la realidad actual parece coincidencia.
Los periodistas en busca de historias.
En medio de los apremios políticos de comienzos de los años 50, los cronistas judiciales de los principales periódicos vivían su cuarto de hora. Con una dinámica personal sui géneris: al término de sus jornadas vespertinas y noctámbulas, acostumbraban reunirse en los cafés del centro de Bogotá y en sitios paralelos en otras ciudades del país, a completar informaciones que solo ellos y la reserva del sumario podrían conocer. Así, ávidos de historias de criminales, al calor de los tragos terminaban por complementar sus estrategias periodísticas. Durante el día, los reporteros merodeaban el edifi cio Maizena, ubicado en la calle 11 con carrera 12, en Bogotá, porque entre el hervidero de noticias de jueces, citadores, litigantes o reos, era necesario pasarse por la sede de los juzgados antes de concluir en el bar La Liga, para confi rmar los secretos sumariales. Entuertos para Aníbal Baena Sosa de El Siglo, que terminó arrestado por esconderse en un armario a escuchar una indagatoria; Pablo Augusto Torres, años más tarde alma y nervio del tabloide El Vespertino, que hizo de la crónica roja una devoción popular; Guillermo García Guaje, que terminó de conjuez y columnista después de muchas primicias, o Luis de Castro que empezó en el periodismo cubriendo el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.
Y a propósito del caudillo, en abril de 1950, cuando se cumplían apenas dos años del magnicidio ocurrido en Bogotá y el pueblo se reunía en la esquina de la Avenida Jiménez con Carrera Séptima
para rendir homenaje póstumo al líder y reclamar los exiguos avances en la investigación, a cargo del abogado Ricardo Jordán Jiménez, pues éste insistía en que se había tratado de un “hecho aislado”, el acontecimiento tuvo que ceder su protagonismo
En estado de embriaguez un cabo del ejército acabó con la vida de Horacio Valderrama y sus familia- res. El Espectador cubrió la trage- dia.
a un episodio acaecido en Cali, que dio lugar a uno de los personajes más célebres en el mundo judicial colombiano. En resumen, la historia dio cuenta de cómo un abogado había asesinado a un indígena guambiano identifi cado como Eduvigis Calambas, quien el día de su muerte, según los cronistas, había recibido $3500. El cronista que relató la historia contó que el asesino era discípulo del doctor Mata o Nepomuceno Matallana y que, con similitud de métodos, el asesino había utilizado para el crimen una aguja, con la que acabó con el corazón del indígena. Los periódicos publicaron: “en sus zalameros procedimientos, este asesinato guarda notoria semejanza con el acusado del crimen de Calderitas, el doctor Mata”16
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Ya empezaba a hablarse de Nepomuceno Matallana, un falso abogado que llenó páginas de los periódicos por sus actos de violencia, pero que apenas era una leyenda en ciernes. Antes de que su protagonismo ocupara el máximo interés de los cronistas, otros hechos de violencia común mantuvieron ocupados a los periodistas. Como el asesinato del ciudadano Carlos Mesa Castro, de 60 años de edad, en Medellín, en el patio de su casa. El lunes 12 de abril de 1950, El Espectador tituló: “Acaudalado caballero en Antioquia fue encontrado muerto en el patio de su casa”, y califi có el hecho como un monstruoso crimen descubierto hacia las 5:30 de la tarde por una vecina que vio por primera vez el rostro de Castro desfi gurado con sus manos atadas en la espalda. Después del hallazgo, la mujer dio aviso a las autoridades y las primeras investigaciones concluyeron que la víctima se dedicaba a los negocios y que su grueso capital obedecía a los intereses que recibía por préstamos de dinero a la gente. Lo impactante del crimen fue que, según los escritos, el hombre murió por garrotazos. Paradójicamente, su casa quedaba a una cuadra de la intendencia de Policía y los asesinos huyeron saltando la pared y huyendo por los techos de las carreras 53 y 54. Entre tanto, en Cali, la sociedad se vio sacudida por dos crímenes espantosos que no sólo inundaron de duelo a la población sino que dieron opción a los periodistas de otorgar amplio despliegue a sus informes. Sin lengua ni ojos fue encontrado en la población de Cerrito. Así apareció la reseña: “En cercanías de Cerrito se consumó uno de los más aberrantes y horripilantes crímenes de los que se tenga cuenta en los anales delictivos de la comarca vallecaucana”17 La
víctima resultó ser un hombre llamado Ignacio Valdés, quien apareció mutilado. El mismo
La conclusión del caso judicial que partio la historia de violencia en dos luego de doce años de impuni- dad. Fotos: El Espectador.
día se supo que en una fi nca cercana, las autoridades también encontraron el cuerpo sin vida de un hombre con una profunda herida en la garganta. Nunca pudo ser identifi cado a pesar de haber estado en el anfi teatro expuesto. De la misma forma como no se pudo averiguar en otro caso similar quién fue el homicida de una niña de un mes de nacida asesinada que apareció muerta de una puñalada en la mañana del 15 de abril de 1950. Según Emer Ramírez, corresponsal de El Espectador, la puñalada le abrió y destrozó el abdomen. Las autoridades
detuvieron a varios vecinos, pero nunca dieron con el culpable.
De cualquier forma, desde el departamento del Valle casi diariamente se reportaban horrendas historias de violencia partidista, pues fue esta región del país una de las más azotadas
por la confrontación entre liberales y conservadores. Por ejemplo, en el centro del Valle, en el municipio de Tulúa, un personaje llamado León María Lozano, apodado El Cóndor, ordenó decenas de asesinatos que perpetraban sus secuaces. Y como él, otros “pájaros” o bandidos, arreciaban en su odio partidista sin que la mayoría de sus crímenes quedara con reseña en periódico alguno. Lo mismo que aconteció con la mayoría de los asesinatos de otros personajes como Chispas en el Quindío, Sangrenegra en el Tolima, Desquite en el mismo departamento, entre otros. El mayor interés de los periodistas estaba centrado en los crímenes urbanos y, particularmente, los ocurridos en Bogotá que, por esta época no dieron tregua, sobre todo en los sectores populares de la ciudad. Uno de los casos más absurdos ocurrió el 17 de abril de 1950, cuando un abogado mató a un zapatero por una moneda de 50 centavos. El hecho sucedió en el barrio San Isidro, en la tienda de Primitivo Soler, quien resultó herido en la reyerta. Carlos Parada, el abogado
La increible y aterradora historia del doctor Nepomuceno Matallana, quien ma- taba a sus clientes para apoderarse de los bienes. Cubrimiento de El Especta-
Imagen de la víctima asesinada a garrotazos. Lo insólito del caso era que su casa quedaba a una cuadra de la inten- dencia de Policía. Foto: El Espectador.
se encontraba tomando una cerveza cuando llegó a la tienda un hombre llamado Rodolfo Sarmiento, quien también pidió una cerveza y la pagó con un billete de dos pesos. Al darle el cambio, Soler le entregó una moneda de 50 centavos en mal estado. Sarmiento se disgustó y pidió el cambio de la moneda, pero Soler no accedió. Entonces sobrevino la riña. El abogado Parada intervino y argumentó que la moneda era legal. Sarmiento le replicó y ofendió al abogado por entrometido. Entonces el abogado Parada respondió con un disparo. De inmediato, el hermano del herido, Gilberto Sarmiento, acudió a auxiliar a Rodolfo Sarmiento, con tan mala suerte que recibió un disparo en el corazón. Otro sujeto llamado Manolo, amigo de los Sarmiento, apuñaló al tendero Soler, quien tuvo una incapacidad de 20 días.
Este tipo de reyertas eran el pan de cada día y cronistas como Ismael Enrique Arenas en el periódico El Tiempo o González Toledo en El Espectador y después en El Tiempo, las convertían en largas historias de suspenso. En cada periódico había un especialista. Por ejemplo, en Cali, Heber Moreno escribía escabrosos relatos en el periódico El País. Cada periodista ostentaba una forma peculiar de narrar la violencia. No por nada, Guillermo Cano, ya por aquellos días director adjunto del periódico El Espectador, califi caba a los cronistas judiciales como verdaderos chacales, por su adaptación a los ambientes más sórdidos, en contacto con el bajo mundo criminal, pero con la entereza de que ganaban batallas a los mismos detectives en las pesquisas que hacían como expertos de la mente criminal18. Una de las fi guras que también empezó a consagrarse en el ofi cio fue el cronista
judicial Paulo E. Forero, quien escribía para El Liberal crónicas sobre la muerte y la ciudad.