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El proceso destructivo sigue un curso que por ningún motivo es arbitrario y que, antes bien, delata la sutileza y complejidad de la concepción ette del devenir. El fuego es el primer elemento que se descarga sobre la Tierra. Enseguida está el agua y, después, el viento. Este orden se repite una y otra vez hasta que todo queda convertido en una mezcla de lodo y cenizas. Despojados de su carácter hiperbólico, los tres motivos son bien conocidos por los ette. En efecto, pareciera existir una relación bastante estrecha entre los acontecimientos históricos, el ciclo anual estacionario y la actividad horticultora. El vínculo que se sugiere relaciona tres órdenes de fenómenos que, aunque bien diferenciados, se les atribuye un mismo carácter cíclico. El fuego y el agua que periódicamente destruyen el mundo, las temporadas de verano e invierno que se suceden anualmente y, por fin, la quema y las lluvias necesarias para el desarrollo de la agricultura, se replican mutuamente. Debajo de ellos subyace una idea central dentro del pensamiento ette: la de regeneración (Figura 5). Independientemente de sus dimensiones, todos los elementos destruyen y crean y, al hacerlo, delatan el paso del tiempo y permiten el desarrollo de la vida.

Fuego Verano Quemas Invierno Agua y viento lluvias

Figura 5. Elementos de regeneración

Tierras destruidas. De hecho, comúnmente se refi eren a los ette chorinda como “los dueños de los huesos y las múcuras”. Véase Niño (2007b, Anexo A, Mito 1). Estos objetos causan ansiedad y temor, existiendo normas específi cas que prohíben su búsqueda y contacto. En la actualidad, los ette no practican la alfarería y no emplean ningún tipo de cerámica.

48 Este último motivo, por lo demás, aparece en las narraciones recogidas por Reichel- Dolmatoff a mediados del siglo XX (1945: 6-8).

49 En lo que al tema del descenso concierne, no dejan de ser llamativos ciertos apartes del corpus mitológico ette recogido a mediados del siglo XX. En ellos se narra cómo los chimila “bajaron” a la tierra desde alguna región superior (Reichel-Dolmatoff 1945: 5, 6).

La estrecha relación entre ciclos estacionales severos y la distribución geográfica de mitos e historias relativas a catástrofes universales ha sido tempranamente notada por los estudiosos de la cultura.50 En el caso ette, el fuego y el agua que Yaau arroja sobre los hombres reproduce, a una escala mayor, el intenso calor y las torrenciales lluvias que se suceden anualmente en la región. Los indígenas experimentan cada año el modelo que funda y hace tangible la historia universal. La estación seca y, en especial, aquella con la que se inicia el año, es descrita como una época de sed y sequedad en el cual el calor agobia y la consecución de agua demanda cubrir grandes distancias.51 Durante ella son frecuentes los sueños y presagios que anuncian el fin del mundo. Las lluvias que determinan su final están acompañadas de inundaciones, enfermedades y, en el peor de los casos, vientos huracanados que destruyen casas y cultivos. Sin embargo, y sin que implique ninguna clase de paradoja, su llegada también se espera con ansiedad. El invierno supone la continuación exitosa de la actividad agricultora y, consecuentemente, la perennidad de la vida social.52

Inevitablemente unido a la estacionalidad, el ciclo agrícola también replica la tragedia humana.53 En su conjunto, la actividad horticultura, la tala y la quema que exige, las lluvias de las cuales depende, coinciden con el desarrollo del gran proceso destructivo. La regeneración universal encuentra otro modelo terrenal en el método del horticultor. Con el objeto de convertirla en un terreno productivo, la tierra es despejada con hachas y machetes de la vegetación silvestre que la cubre. Los desechos que la labor deja son quemados antes que el verano llegue a su fin, transformando el paisaje en una mixtura de luces y humo. Las semillas conservadas en la estación seca son depositadas en un suelo compuesto por cenizas a la espera de las lluvias venideras. Dependiendo de la época del año y la dirección en donde se oiga tronar, las precipitaciones pueden ser de Yaau o de su contraparte femenina Numirinta. Oriente pertenece a Yaau y, en general, a todo el género masculino; su voz, indistinguible del estallido de los truenos, se deja escuchar durante la primera mitad del año en los meses de abril, mayo, junio y julio. Por su parte, Numirinta llega desde occidente y permanece entre los ette durante agosto, septiembre y octubre. Al igual que en el ciclo cósmico, la lluvia de ambos se encarga de limpiar la tierra y propiciar el crecimiento de nuevas plantas.

50 Véase Frazer (1986: 66-187).

51 La dificultad de conseguir agua es un tema que aparece claramente en la mitología del grupo (Reichel-Dolmatoff 1945: 9).

52 Sobre la estacionalidad climática de las Llanuras del Caribe véase Guhl (1975: 147-159; Herrera 2002a: 41-78; y Striffler 1986). Otras anotaciones pueden encontrarse en Reichel- Dolmatoff (1946: 98-99); y Uribe (1987: 51-52).

53 A este respecto, diversos autores han puesto de manifiesto el origen social de los ritmos temporales cósmicos y religiosos. Un especial énfasis se ha hecho en la valorización de los ciclos agrarios. Véase Hubert y Mauss (1929: 188- 229).

Esta generación de vida, bien presente en el ciclo estacionario y el agricultor, atraviesa por igual los acontecimientos históricos. De hecho, muchos indígenas exponen la simetría entre las tres dimensiones mediante una hermosa y conocida analogía. Tal y como acontece en otros grupos chibchas, los ette gustan comparar las personas con semillas.54 El proceso antropogénico es análogo al de la germinación. Los seres humanos son el resultado de una siembra. Como cualquier otro grano, fueron depositados en una tierra sometida a las quemas, a las lloviznas y al cuidado de las grandes deidades. Así lo expresó una anciana ette:

Antes de que bajara el mundo, Yaau salvó a una pareja de cada grupo Salvó unos ette, salvó guajiros, salvó kogi, salvó arsarios

Yaau los salvó en pensamiento

Como cuando alguien salva una semilla para la próxima siembra Él actuó así porque quería a sus hijos

Quería que se salvaran de tanta violencia

Cuando ya estaban seguros mandó el fuego y el agua Todo quedó enterrado

Entonces cogió esas semillas y las fue esparciendo por el mundo Puso la de los guajiros arriba

La de los arhuacos la sembró en la Sierra55

La de los ette en las Sabanas Por eso ahora los indios viven ahí

(Luisa Granados Diiñato, Ette Butteriya, octubre de 2003)56

El sentido del oficio de Yaau no debe ser pasado por alto. Su labor, más que puramente creativa, es de fertilización. Su fuego y su agua poseen virtudes disolventes pero también germinativas. De la misma manera en que un agricultor se esmera por hacer que el grano de maíz se convierta en mazorca, la entidad sobrenatural se encargó de garantizar la aparición de un nuevo pueblo. Su tarea, por ende, sólo podía ser llevada a cabo con la ayuda de un principio femenino: Yunari Kraari. El nuevo mundo es el producto de su cohabitación simbólica. Yunari, la Tierra, con su enorme capacidad generativa fue fertilizada por Yaau, el dueño del agua y el fuego regenerador.

Hasta ese momento los ette siempre habían llevado una existencia en potencia que sólo llegaría a realizarse plenamente con el ciclo destructivo. Para los ette, un pueblo que no ha alcanzado a Yunari Kraari es como una semilla sin germinar.

54 Sobre la analogía entre semillas y personas en pueblos chibchas véase, entre otras investigaciones Bozzoli de Wille (1986: 14, 30, 42); Jara (1993: 29, 154, 165-167, 186); Margery (1994: 44); Osborn (1995: 180-182); y Reichel-Dolmatoff (1985: 85-88).

55 Con el término “arhuaco” la informante se refiere a los actuales ika de la Sierra Nevada de Santa Marta.

En uno y en otro caso el proceso de germinación concluye mediante la acción conjunta de un elemento telúrico productor de frutos y uno pluvial fertilizador: tierra y lluvia para el grano de maíz, Yunari y Yaau para el mundo de los ette.57 Este proceso de fertilización, por lo demás, es expuesto claramente en un relato en donde se asegura que antes de llegar a Yunari, los ette “vivían como dentro de un cascarón y cuando bajaron salieron de ahí, porque Yaau los mando”.58

Por eso, y sin importar su antigüedad, la Tierra de los ette descendió del cielo como Tierra nueva, como semilla recién germinada. Las descripciones de su estado prístino siempre están acompañadas de adjetivos que resaltan su pureza. En las narraciones míticas se afirma que sus ríos y cañadas eran cristalinos, su aire fresco, su tierra húmeda y su gente nueva.

… Ahora la espalda de Yunari está limpia Antes estaba sucia y llena de sangre Yaau la limpió con agua y con fuego La dejó sin manchas, nueva, joven Los ette de ahora son gente nueva Son una nueva generación

Acabaron de bajar Son los ette takke

(Carlos Sánchez Purusu Takiassu Yaau, Narakajmanta, septiembre de 2003)59

Esa “gente nueva” estaba conformada por los padres de los padres de los actuales indígenas. Los ette, de esta suerte, no se consideran un pueblo de orígenes remotos. No establecen ningún tipo de lazos genéticos con las poblaciones que otrora habitaron el área. Tampoco creen que el material arqueológico hallado en su territorio tenga relación con su cultura. Nada más odioso para un ette que la violencia, la belicosidad y la brujería de los antiguos ette chorinda, los “chimila”. Sobre todas las cosas, ellos son ette takke, “gente nueva”, expresión que, por lo demás, utilizan ocasionalmente para autodenominarse. Mientras que el etnónimo ette ennaka, “la verdadera gente”, diferencia a los ette de otros grupos humanos en un plano sincrónico; ette takke, “la gente nueva”, lo hace en uno diacrónico. La singularidad que los ette se atribuyen a sí mismos es doble: espacial por un lado, histórica por otro.

A pesar de partir desde un punto de vista diferente, la historiografía tradicional señala la misma ruptura enfatizada por la mitología indígena. La violencia ejercida durante el siglo XVIII contra las poblaciones nativas de las Llanuras de

57 Sobre la relaciones germinativas entre deidades masculinas asociadas a la lluvia y el firmamento, por un lado, y deidades femeninas asociadas a la tierra y la fertilidad, por otro, véase Eliade (1997: 100-107; 1961: 207-209).

58 Ver, Niño (2007b, Anexo A, Mito 2, Versión D). 59 Ver, Niño (2007b, Anexo A, Mito 1).

Ariguaní representó la consumación de un largo proceso. El sometimiento de los grupos que los europeos denominaban “chimilas” coincidió con la destrucción del universo y el fin de un orden social particular. Simultáneamente, significó la posibilidad de regenerarse y construir una nueva identidad étnica. En la historia indígena, la llegada de los ette takke marca el inicio de una nueva era en donde todo pasado ha sido abolido.

A pesar de que los mitos que explican el origen exacto de los ette takke son cortos y fragmentarios, en todos ellos se percibe una réplica del acto cosmogónico fundamental, a saber, la conjunción de una entidad masculina fecundadora con una entidad femenina fértil. El mito en el cual los actuales ette figuran como descendientes de un grupo de personas que lograron escapar del desastre universal resguardándose en un hoyo, deja entrever claramente el tema:

... Unos pocos ette lograron salvarse

Ellos eran la gente de un kraanti muy sabio Él casi era como Yaau

Por eso sabían que la Tierra se iba a acabar

Y que el fuego, el agua y el viento iban a destruir todo Él llamó a su gente

Mandó cavar un profundo hueco en donde pudieran dormir todos Un hueco como una casa

Allí mandó meter agua para beber y comida para comer...

... Así pasaron días y años, hasta que el kraanti se dio cuenta que ya podían salir

Ya no había más fuego y agua Sólo había selva, monte y tierra negra Era una Tierra nueva, estaba joven y limpia El mundo era nuevo...

(Carlos Sánchez Purusu Takiassu Yaau, Narakajmanta, septiembre de 2003)60

Aunque algo oculto, el simbolismo ginecológico es evidente. La historia no deja de resaltar las facultades regenerativas de la tierra o, lo que es lo mismo, de Yunari Kraari. El profundo hoyo funciona como una matriz que, fertilizada por el fuego y las lluvias de Yaau, es capaz de producir “gente nueva”. Como un vegetal, o un recién nacido, los sobrevivientes de la catástrofe emergen de la caverna completamente renovados.61

60 Ver, Niño (2007b, Anexo A, Mito 2, Versión A). Una historia similar aparece en Reichel- Dolmatoff (1945: 6-8).

61 Sobre el carácter fértil, maternal y uterino de la tierra y las deidades telúricas, véase Eliade (1997: 226-234; 1961: 187-277).

Otras extendidas narraciones sobre el tema apuntan en una misma dirección. Siempre, Yunari, en su calidad de divinidad telúrica, tiene una capacidad inagotable de producir vida; Yaau, en tanto distribuidor de las lluvias, es un fecundador.

... Primero estaban Yaggasu Gruttari Kraari y Yunari Kraari En esa época no había gente

Entonces cohabitaron y a los nueve meses tuvieron dos hijos Tuvieron una mujer y un hombre

Esa mujer y ese hombre eran hermanos Pero Yaau y Yunari los hicieron casar

Los hijos de ellos volvieron a casarse y así hubo primos En ese tiempo la gente se casaba entre primos

Por eso decimos que Yaau y Yunari son nuestro padre y nuestra madre... (Samuel Granados Ogwerisu Kraanti, Ette Butteriya, octubre de 2003)62

Incluso, las pocas versiones que muestran a Yaau como principal ejecutor de la creación recalcan que su obra sólo estuvo completa una vez los ette descendieron y entraron en contacto con la tierra. La doble conjunción de Yaau y Yunari, lluvia y tierra, sigue estando presente.

... Yaau es el padre de los ette Él nació sólo

No tuvo madre ni padre Al principio tuvo dos hijos Los tuvo sólo, en pensamiento

Cuando por fin la Tierra pudo bajar a Yunari esos dos hijos cohabitaron Formaron la primera familia

Los hijos de esa familia se volvieron a casar hasta que se pobló el mundo... (Luciano Mora Juurananta, Issa Oristunna, noviembre de 2003)63

El mito de la creación recogido por Reichel-Dolmatoff a mediados del siglo XX puede interpretarse utilizando los principios expuestos (1945: 5, 17). En él una poderosa entidad masculina crea el universo a partir de greda. Aunque tal motivo parece estar ausente entre los actuales ette, no deja de ser llamativo que precisamente sea éste el elemento empleado. Reichel-Dolmatoff advierte una posible influencia cristiana en el tema. Sin descartar por completo esta afirmación, también puede sostenerse que la aparición de la greda en el proceso creativo está relacionada con la desaparecida tradición alfarera chimila, por un lado, y, por otro, con las características generativas que se le atribuyen a la tierra.64 El oficio del 62 Ver, Niño (2007b, Anexo A, Mito 4, Versión A).

63 Ver, Niño (2007b, Anexo A, Mito 4, Versión B).

64 Sobre la desaparecida tradición alfarera chimila puede consultarse Reichel-Dolmatoff (1946: 110-111). El abandono de utensilios de cerámica no es de vieja data. Un observador

alfarero está emparentado con el del demiurgo puesto que los dos se encargan de otorgarle forma a lo informe. Para ambos, asimismo, la tierra se presenta como materia prima: una sustancia que, con el objetivo de imponerle una estructura, puede ser humedecida y sometida al fuego.65

El proceso regenerativo termina en este punto. Los ette son hombres nuevos en una Tierra nueva. Las faltas y errores de la humanidad han sido redimidos por medio de catástrofes y cataclismos. De cualquier manera, con el correr del tiempo la pureza y lozanía de esta Tierra se irán desvaneciendo paulatinamente y los seres humanos enfrentarán un nuevo ciclo destructivo. Los actuales ette consideran que ese momento no está lejos. La violencia política de la región los conduce a pensar que la espalda de Yunari Kraari otra vez se encuentra sucia y manchada de sangre. En su opinión, los waacha sostienen una cruel guerra que tarde o temprano encolerizará a Yaau y estimulará el fatídico descenso de los ette kooronda. Con este suceso los ciclos cósmicos concluirán definitivamente y el universo entrará en un estado de pasividad (Figura 4, Esquema E). A diferencia de los de todos sus antecesores, el mundo de los ette koronda será eterno. No habrá violencia de ninguna clase ni una sexta Tierra que caiga sobre él.

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