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5.4 Promoting lifelong learning, continuing professional development and training

La mayoría de teóricos señala a Grecia como la cuna donde nació y floreció el arte del discurso persuasivo, tradicionalmente se entendía que la Retórica nació junto a la gramática y a la dialéctica (Lógica). Según una antigua tradición que recogen

Aristóteles216, Cicerón y Quintiliano, las primeras propuestas para establecer preceptos

para la construcción y la comunicación de un discurso se deben a Córax217, quien en su

ciudad natal, Siracusa (Sicilia), hacia el 476 a. C., fue el inventor del arte de la Retórica. A su discípulo Tisias se le atribuye su desarrollo y difusión, y el haberla llevado al continente.

El primer eslabón en la cadena y quien le dio un fuerte impulso fue Gorgias con su

Encomio de Helena, obra considerada por Antonio López Eire el “acta fundacional de

la Retórica y de la poética” (López Eire, 1997: 21). No llevaba mucho tiempo de nacida y pronto aparecieron sus primeros críticos, uno de ellos, Aristófanes, en su comedia Las nubes satiriza la Retórica como “el arte del razonamiento débil, que con falsos argumentos triunfa sobre el fuerte”, […] que proporciona al ignorante verosímil o al egoísta hipócrita —el miserable o el loco— poder sobre los buenos y los prudentes” (S. Leith, 2011: 40).

El segundo eslabón en la cadena es Platón, quien tuvo dos posturas diferentes

216 Las tres figuras más importantes en la historia de la Retórica antes de Aristóteles son: Gorgias, Isócrates y Platón; este último fue discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles.

217 Otros señalan a uno llamado Tisias, discípulo del anterior. Los hay quienes afirman que fueron la misma persona.

131 acerca de la Retórica. En sus primeros diálogos, Protágoras y Gorgias, no la vio con buenos ojos y la atacó de forma categórica. James J. Murphy observa en los diálogos mencionados a un Platón que acusa a la Retórica de: 1) ser un simple truco para producir placer y satisfacción del auditorio; 2) ser meramente una especie de adulación; 3) tener el poder de mover las mentes de los hombres, lo cual consideraba estaba mal porque se valía de la ignorancia de los oyentes; 4) no ser un arte sino solo un instrumento, como el saber nadar o cocinar; y 5) no estaba de acuerdo con la afirmación de algunos maestros de la Retórica para quienes un hombre que sabe Retórica es por ello una persona virtuosa (1988: 30).

Algunas líneas más adelante, Murphy nos deja ver cómo, en el Fedro, Platón cambia su posición y elogia la Retórica, definiéndola como “el arte de ganarse —o encantar— el alma por medio del discurso” y propone algunos principios que deberían seguirse haciendo énfasis en “alentar al orador a que estudie no solo el alma humana, sino también los detalles de los argumentos, los tipos de lenguaje y los modos de exposición del discurso” (Murphy, 1988: 32).

El siguiente eslabón en la cadena es Aristóteles, quien, además de llevar a cabo un estudio muy completo del tema, continuó dándole forma por medio de su Retórica, en la cual introdujo los principios básicos de la composición de discursos y le dio un espacio entre las artes liberales al convertirla en objeto de estudio sistemático. Su concepto de “Retórica” era diferente a la de su maestro y esto lo deja ver James J. Murphy:

Platón considera la Retórica como algo científico, y asegura que no es un arte, porque utiliza la persuasión no solo para lograr una decisión sino también para aumentar el placer y evitar el dolor (Georgias, 465ª). Aristóteles propugna un modelo de Retórica deliberadamente distinto, una Retórica que es artística porque demuestra por medio de la prueba que una decisión es esencialmente noble o justa (Murphy, 1988: 41).

Más tarde aparecen los grandes tratados romanos, donde el propósito principal de sus autores no era producir obras nuevas, sino editar, clasificar y analizar las obras griegas ya existentes que consideraban de gran valor. El más importante retórico de este periodo, que es el eslabón en la transición entre la teoría Retórica griega y la Retórica romana, es Hermágoras de Temnos, quien desarrolló su doctrina de la stasis

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(estado del argumento o tema de discusión).

El siguiente maestro es Cicerón, quien inicia la tradición Retórica latina. Fue una de las primeras eminencias de la época romana. Escribió, entre otras, las siguientes obras: De inventione218; el Ad Herennium219 cuya autoría por mucho tiempo se le ha

atribuido aunque la teoría que prevalece es la del anonimato; este tratado llegó a ser el manual más famoso hasta el Renacimiento y el texto latino más completo y antiguo de la tradición Retórica romana220; el De oratore (55 a. C.); el Brutus (46 a.C.) y el

Orator (46 a.C.). James J. Murphy nos presenta un buen resumen de lo que fue el gran

aporte de Cicerón:

Siendo estudiante, Cicerón aprendió que el arte de la oratoria consistía en cinco partes distintas: invención, ordenación, estilo, memoria y pronunciación. En otras palabras, el orador tenía que aprender los métodos para localizar su material, los principios para la estructuración de su discurso, las técnicas de embellecimiento del mismo, las reglas para memorizarlo y los preceptos que debían informar la presentación física de su mensaje (Murphy, 1988: 137).

Roma dejó de ser una república y se transformó en imperio. Las condiciones sociales y políticas que habían dado lugar a la existencia de una Retórica sumamente creativa ya no eran patrimonio del mundo romano. La aparición del Imperio trajo consigo un cambio en el sistema de enseñanza y se establecieron tres niveles distintos de educación según estuviera bajo el control del litterator, del grammaticus o del

rhetor. La Retórica significó uno de los principales factores formativos en el sistema

educativo. Uno de los principales impulsadores del proyecto de situar la Retórica en el centro del sistema educativo de su época fue Quintiliano, a quien se le debe “el habernos legado una versión latina e inteligible de la Retórica de su tiempo

218 Publicada cuando tenía 20 años, aproximadamente en el 86 a. C.

219 Muchos investigadores dudan que Cicerón sea el autor y ofrecen dos propuestas sobre el creador de la obra: la primera es que fue Cornificio y entre sus propulsores se encuentran fray Luis de Granada y Piero Vettori basados en unos pasajes de las Instituciones de Quintiliano. Los partidarios de la segunda idea prefieren dejarla como una obra con autor anónimo, entre sus defensores se encuentra Sam Leith. De las dos posturas, la defensa del anonimato sigue siendo la postura más segura, puesto que ninguna de las pruebas que se dan a favor de Cornificio es irrefutable.

220 Se ocupa de la invención, la ordenación o disposición, el estilo, la memoria y la pronunciación, las cinco partes tradicionales de la Retórica tal como fue enseñada por los romanos.

133 continuando la tradición de Isócrates, Aristóteles y Cicerón” (Murphy, 1988: 215). La educación se estructuraba alrededor de dos grupos: las artes de las ciencias del espíritu formaban el trivium: gramática, Retórica y dialéctica. El quadrivium reunía las ciencias de la naturaleza. Los dos grupos constituían las artes liberales221.

Marco Fabio Quintiliano ocupa el lugar más destacado entre los rhetores de Roma durante el primer siglo de nuestra era. Originario de la actual Calahorra, en España, nació entre el año 30 – 40 d.C. Sobre el año 50, su padre le llevó a Roma para que completara su educación. En la ciudad eterna estuvo hasta el 59 regresando por un periodo corto de tiempo a España para volver a Roma con el emperador Galba en el 68. En el 87 es designado director de la escuela estatal de oratoria de Roma. En el año 92 se jubiló y muchos creen que fue entre este año y el 95 cuando escribió su obra más importante, la Institutio Oratoria, donde, según reza en el prólogo de la obra,

Mi propósito, pues, es el de formar al perfecto orador. Lo más esencial para él es que debería ser un hombre bueno y, por tanto, exigimos de él no solo la posesión de actitudes excepcionales para el discurso, sino también todas las cualidades del alma (I, Prólogo, 9).

Es aquí donde se encuentra uno de los grandes aportes de Quintiliano al dar igual importancia tanto a la dimensión personal como a la destreza oratoria, la cual se resume en su definición del orador como vir bonus dicendi peritus, “un hombre bueno hábil en el arte de hablar”222 (XII, 1). Para James J. Murphy “la idea de “hombre bueno

que habla bien” es su respuesta a los tiempos en que vivió: una sociedad y una cultura decadente” (Murphy, 1988: 220). Existen dos opiniones generalizadas entre los estudiosos sobre la frase “hombre bueno”. Por un lado están los que piensan que implica “hacer o buscar el bien” como cualidad moral; y hay otros que consideran la frase asociada con el concepto de “deber” que “alude siempre a la excelencia fundamental humana y romana en el arte de gobernar” (J.J. Murphy, 1988: 241). La

221 Llamadas así por ser parte del programa educativo que recibían los ciudadanos libres en la antigua Grecia y que luego se extendería por todo el imperio romano.

222 Quintiliano, en su Institutio oratoria, XII, 1 la define como: “Sit ergo nobis orator, quem constituimus, is, qui a M.

Catone finitur, vir bonus dicendi peritus”. De donde entendemos la frase no es nueva, provenía de Catone, y le

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diferencia entre las dos opiniones radica en que, en la segunda, se le permite al orador algunos atributos y acciones que parecen cuestionables desde el punto de vista moral.

El senado romano, y por ende la libertad de expresión, prácticamente desapareció a causa del largo periodo de emperadores223, —la mayoría una lamentable lacra para el

imperio—, quienes aunque mantuvieron las formas aparentes del gobierno de la vieja República, nunca devolvieron el poder al Senado. Esto dio paso a lo que los eruditos en la materia han llamado la “segunda sofística” para describir este período, etapa que se caracterizó porque los rhetores se preocuparon por temas menos relevantes como los asuntos externos del discurso, pues les estaba impedido, no en la teoría pero sí en la práctica, el sano ejercicio del discurso deliberativo y político. Destaca de esta época el Diálogo de los oradores de Tácito. Este ambiente de represión tuvo como consecuencia la aparición de una gran cantidad de libros que se dedicaban a los ejercicios escolares. Ejemplo de ello son Las declamationes de Séneca el Viejo, que consistía en diez libros donde se daban ejercicios consistentes en discursos que el estudiante pronunciaba en la propia clase sobre un tema imaginario. La Retórica pasó de los círculos públicos al privado. De la enseñanza para la vida a la enseñanza para la escuela; de la confrontación de las ideas en la vida real a la contienda imaginaria del salón de clase constituyéndose como un fin en sí mismo y no en un medio.

En este periodo aparecen una serie de pequeños tratados, —que serían ampliamente usados en el Renacimiento—, los progymnasmata, o ejercicios escolares elementales. Hermógenes publicó los suyos en el siglo II y Aftonio hizo otro tanto en el siglo IV224. Al pasar del fondo a la forma, la Gramática y los gramáticos pasaron a

223 12 dictadores en 84 años.

224 En todos estos manuales se daban consejos sobre la composición de géneros pero no trataban el tema de la oratoria en su conjunto. J.J. Murphy rescata una “obrita perteneciente a este período que ha gozado de interés permanente” (Murphy, 1988: 253). Se refiere a De lo sublime, escrita por un autor desconocido al que se le conoce como el “Pseudo-Longino” y que “resalta el valor del arte y la unidad orgánica en contraposición a las simples técnicas o a los procesos mecánicos”. Por ser de gran interés trascribimos a continuación el mismo párrafo que cita James Murphy: “Podríamos decir que hay cinco fuentes que contribuyen de un modo eficacísimo al buen hacer literario. Las cinco presuponen la capacidad de expresión, sin la cual no es posible la buena obra. La primera y más importante es la fuerza creadora de la mente, que ya definimos en nuestro trabajo sobre Jenofonte. La segunda es la emoción auténtica y llena de inspiración. Las dos requieren en gran parte una disposición innata. Las otras se perfeccionan también con el ejercicio artístico, y son: la construcción adecuada de figuras (tanto las de dicción como las de pensamiento); la belleza de estilo, que, a su vez, incluye la elección de las

135 un primer plano. Surgieron varias gramáticas; sobresale la del gramático Donato, escrita en el siglo IV, compuesta de dos manuales que fueron textos escolares durante casi doce siglos; se llamaban Ars minor y Ars maior. El resurgimiento de la Gramática y su unión con la Retórica en la enseñanza trajo confusión, coincidencias y ambigüedades en muchos de los términos usados que han perdurado hasta el día de hoy225. El profesor J.J. Murphy226 sintetiza esta época de la siguiente manera:

En resumen, importa reconocer que el mundo antiguo produjo diversos tipos de documentos concernientes a las artes de hablar y escribir. Cabe dividir las obras Retóricas en dos escuelas o tradiciones: la Retórica aristotélica, de tono filosófico y lógico, y la Retórica “ciceroniana”, de Cicerón, el Seudo Cicerón y Quintiliano, de tono pragmático e íntimamente ligada a las leyes romanas. Quintiliano insta, asimismo, a forjar una estrecha relación entre la gramática y la Retórica, en su sistema para formar al orador ideal. La segunda Sofística creó tratados sobre las declamationes y los

progymnasmata. El Ars poética de Horacio, una guía para escritores de versos, se

basaba en la tradición gramatical de la enarratio poetarum. Aunque Donato trata solo de la gramática como ars recte loquendi, su obra es fundamental para entrelazar la Retórica con la gramática, pues incluye en sus ars grammatici los schemata y los tropi. Todas estas obras poseen en común una intención preceptiva, aunque contemplen diversas especies de discurso y a menudo establezcan preceptos diferentes, aun para las mismas especies; todas admiten la premisa fundamental según la cual el consejo preceptivo es un auxilio para el discurso futuro. Sus semejanzas son más importantes que sus divergencias. Así, pues, todas aceptan la afirmación de Cicerón, de que “la

elocuencia es una (…) sean cuales fueren las regiones del discurso a que se extienda”.

En consecuencia, todos estos tratados pueden definirse acertadamente como “artes del discurso” (Murphy, 1986:54, 55).

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