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Chapter 5: Findings

5.3 Methodological Techniques of VCs

5.3.1 Proposal development scoping

Visto desde un orden cronológico, los temas y los conferencistas son los siguientes: “La filosofía moral de Don Eugenio M. De Hostos”, Antonio Caso; “Los Poemas rústicos de Manuel José Othón”, Alfonso Reyes; “La Obra de José Enrique Rodó”, Pedro Henríquez Ureña; “El pensador mexicano y su tiempo”, Carlos González Peña; “Sor Juana Inés de la Cruz”, José Escofet; y, “Don Gabino Barreda y las ideas contemporáneas”, José Vasconcelos.

Fernando Curiel sugiere, sin embargo, una óptica distinta: la de la lectura continua y dice: “Seis figuras tan oriundas como continentales, seis voces precursoras, emancipadoras o de plano radicales (…) Un puertoriqueño, un

243 Vasconcelos, José. Ulises Criollo, p. 316. Según Susana Quintanilla, esto aconteció entre

enero y febrero de 1910. En Quintanilla, Susana; Nosotros. La juventud del ateneo de México. p. 232. Por su parte, Alfonso Reyes dice sobre estas reuniones: “Conviene saber que, para esa fecha, nuestras reuniones nocturnas del barrio Santa María comenzaban a inquietar al gendarme (…) Los cuatro amigos pasábamos las noches de claro en claro, entregados al estudio y las discusiones”. En Caso, Antonio; et. al. Las conferencias del Ateneo de la Juventud, p. 204

uruguayo y cuatro mexicanos. La filosofía educativa, la poesía, el ensayo modernista, el virreinato, la Independencia”244.

Sea como fuere, lo cierto es que este conjunto de conferencias marcan un hito tanto en la historia del Ateneo como en la historia cultural del país y, ¿por qué no decirlo? de la América hispánica: tiene, en efecto, entre otras cosas, al menos dos significados: por un lado, una vuelta a los orígenes; y, por otro, una respuesta a la llamada de José Enrique Rodó en el Ariel. De hecho, con permiso del autor, Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes editaron el texto en 1908.

Así, pues, para Antonio Caso, Eugenio M. De Hostos es una “de las más altas y más fuertes representaciones simbólicas de nuestra raza hispano- americana”245.

Para Alfonso Reyes, después de deslindar los Poemas rústicos de la restante obra de José Manuel Othón, resalta dos cuestiones: por un lado, “que la descripción se resuelve ahí constantemente en misticismo o interpretación metafísica de las fuerzas del mundo”246; y, por otro, que “los versos de Manuel José Othón tienen una misión poética sobre todo”247. Y sintetiza más adelante, no sin dejar de evocar y compararlo con Virgilio:

“La naturaleza, en sus versos, aparece en función de un sentimiento de sosiego religioso, muy frecuentemente. Tendrá de Virgilio la afición al campo, el don de lágrimas y el profundo clamor humano que resulta bajo el campanilleo de los versos; pero no describe las costumbres del campo; en suma, le interesa el campo, pero no lo que se ha dado en llamar la vida del campo. Poco le interesa a él saber ¡cómo viven los pastores o cuándo será menester casar la viñas con los olmos ni cuándo binar la sementera! Se ocupa en decir cómo siente él el campo, ya que en el campo fluyen sus sentimientos con más libertad que en las ciudades”.248

244 Curiel, Fernando. La revuelta: interpretación del Ateneo de la Juventud (1906-1929), p. 260. 245 Caso, Antonio; et. al. Conferencias del Ateneo de la Juventud, p. 29.

246 Ibid., p. 47-48 247 Ibid., p. 49 248 Ibid., p. 51

La conferencia de Pedro Henríquez Ureña, a diferencia de las dos anteriores en el sentido que se ocuparon de una parte de la obra de los autores tratados, consistió en exponer, tal como lo indica el título, una revisión y una síntesis de la obra de Rodó, según libros publicados (Rubén Darío, de 1898; Ariel, de 1899; Liberalismo y jacobinismo; y, Motivos de Proteo, de 1909), y según temas (una nueva concepción sobre la evolución, la educación, el amor y la personalidad –tanto la individual como la de los pueblos).

Después de mencionar, a sobrevuelo, a Andrés Bello, Sarmiento, Barreda, Hostos, entre otros, señala:

“No vacilemos ya en nombrar a José Enrique Rodó entre los maestros de América. Rodó es el maestro que educa con sus libros, el primero, quizás, que entre nosotros influye con sola la palabra escrita. No a todos será fácil, sin duda, conocer la extensión de esa influencia; pero quien observe la descubrirá, a poco de ahondar, esparcida por donde quiera; los partidarios de Ariel, los futuros secuaces de Proteo, son multitud que crece cada día”.249

Carlos González Peña, al igual que Henríquez Ureña, se ocupa de toda la obra de Don José Joaquín Fernández de Lizardi, escritor de finales del siglo XVII y de principios del XIX, es decir, de la época de la Independencia, y que es conocido como “El pensador mexicano”. Al someter la obra de éste a la cuestión del arte, considera que el valor de la obra de Fernández de Lizardi es más histórica que artística. Esto, sin embargo, no le quita que haya sido un precursor de la letras nacionales.

Heredera indirecta de Góngora, también conocida como la Décima musa, José Escofet se ocupa de la mística en la obra de Sor Juana Inés de la Cruz. Después de hacer un breve recuento biográfico y de presentar partes de sus versos, Escofet considera que el misticismo de Juana de Asbaje es forzado: “La reacción mística de Sor Juana se operó en el ocaso de su juventud, dos años antes de morir, y murió tocando a los cuarenta”250.

249 Ibid., p. 58

Y, por último, José Vasconcelos. Con esta conferencia, Don Gabino Barreda y las ideas contemporáneas, se da término a la participación del Ateneo de la Juventud en la celebración del Centenario. Pero también se le da término a una época en la historia del pensamiento en México; e, incluso, a un etapa formativa de una generación y de Vasconcelos mismo. Para ello, nada mejor que volver al origen del positivismo en México. Ciertamente, todavía está, para este entonces, Porfirio Parra y su Lógica inductiva y deductiva como libro de texto en la Escuela Nacional Preparatoria; también está Agustín Aragón con su

Revista Positiva. Sin embargo, están solos y el positivismo ya no seduce ni avasalla a las nuevas generaciones.

La conferencia de Vasconcelos está compuesta por dos partes. En una de ellas, recuerda, reconoce y valora la obra de Barreda. En la otra, plantea las nuevas direcciones del pensamiento, las nuevas preocupaciones y también cual es el talante de la juventud. Recuerda y reconoce, por ejemplo, que Gabino Barreda “supo pensar su tiempo”; y, además, “que él implantó entre nosotros los fundamentos de un sistema de pensar distinto del que había prevalecido en los siglos de dominación española y de catolicismo”251. Pero

también se pregunta: “¿Estamos seguros de haber excedido nuestro momento anterior? ¿Seremos realmente de los que asisten a las épocas gloriosas en que los valores se rehacen?, ¿o es sólo un vigor de juventud el que nos hace amar nuestro presente y nos lo hace aparecer más fecundo que el pasado?”252 Y, más adelante, también se cuestiona: “¿En qué consiste, qué es, ese elemento moderno que nos hace sentirnos otros hombres, no obstante que aún no transcurre medio siglo cabal desde la propagación de aquellas enseñanzas? ¿Cómo, si apenas ayer era Spencer el filósofo oficial entre nosotros, nos hallamos a tan gran distancia del sistematizador del evolucionismo?”253.

Advierte Vasconcelos que no se ocupara de la obra educativa y social de Barreda, tema harto tratado y conocido. En vez de eso, propone exponer algunas ideas del positivismo desde cuatro puntos que debe tener toda filosofía

251 Ibid., p. 95 y 96

252 Ibid., p. 96 253 ibid., p. 100

completa: el problema del conocimiento, el problema cosmológico, el de los valores y el psicológico de las relaciones del cuerpo con el alma. Y, posteriormente, desde estos cuatro puntos, las nuevas ideas.

Así, en la primera parte, recuerda y expone que, dentro del positivismo, los sentidos son el testimonio indudable de los fenómenos y que, junto con la razón y sus inferencias de particular a particular, de éstos, se deriva el conocimiento verdadero. Lo que no caiga dentro de estos criterios, es todo menos ciencia. Esto, con respecto al conocimiento. Con relación al asunto cosmológico, dice: “el mundo aparece en el positivismo como fenomenalidad que se desenvuelve siguiendo una marcha que va de lo particular a lo general, de los simple a lo complejo. Dentro de esta tendencia común, los fenómenos se clasifican en órdenes irreducibles unos a otros, las diversas ciencias…”254

En cuanto al asunto de los valores, Vasconcelos vuelve la mirada a Barreda, particularmente. Y comenta que los tres valores que importó el maestro son: la solidaridad, el altruismo y la inmortalidad “que se alcanza en la memoria de las generaciones venideras”255. Con respecto a la relación entre el alma y el

cuerpo, refiere Vasconcelos la subordinación de lo mental a lo orgánico y que el albedrío se explicó como condicionado por sus antecedentes.

Antes de plantear las ideas nuevas, Vasconcelos comenta lo que buena parte de la generación, en ese entonces, comenta:

“Creo que nuestra generación tiene derecho de afirmar que debe a sí misma casi todo su adelanto; no es en la escuela donde hemos podido cultivar lo más alto de nuestro espíritu. No es allí, donde aún se enseña la moral positivista, donde podríamos recibir las inspiraciones luminosas, el rumor de música honda, el misterio con voz, que llena de vitalidad renovada y profusa el sentimiento contemporáneo. El nuevo sentir nos lo trajo nuestra propia desesperación; el dolor callado de contemplar la vida sin nobleza ni esperanza”.256

254 Ibid., p. 99

255 Ibid., p. 99 256 Ibid., p. 100

Las nuevas ideas, nuevas para ellos, con respecto al problema del conocimiento, la encuentra más allá de los sentidos y la razón, en otras facultades: la voluntad, por ejemplo, de Schopenhauer. Y también Wagner: “El antiintelectualismo de Schopenhauer y la música de Wagner, dos expresiones de lo ininteligble, son las fuentes de la riqueza que ostenta el espíritu moderno, de su libertad sabia, bien lejana del romanticismo o de cualquier otro desarrollo anterior”257.

En cuanto a la cosmología, al aludir a Lavoissier, Carnot, Clausius y Lord Kelvin Thompson y el movimiento browniano, afirma que el concepto del universo “ha sufrido profundas modificaciones desde los tiempos en que don Gabino Barreda fundara la Escuela Preparatoria”. De igual manera, siguiendo a Bergson, sostiene que la materia es un movimiento en descenso y la vida es una reacción, un “impulso que tiende a desprenderse del dominio de las leyes naturaleza.

En lo que respecta a la moral, refiere la necesidad y el propósito de “escudriñar dentro de nosotros y modelarnos según la tendencia más honda”. “De ahí, como la voz misma de ese ser que en la música tomaba las formas más inquietantes, nació el sé tú mismo de Ibsen, ese afán de no ser reflejos de otra vida o de otras acciones, sino de saber lo que significa un verdadero nacimiento entre la multiplicidad y la riqueza del mundo”258.

Finalmente, con respecto a la relación espíritu-cuerpo, retoma a Bergson para señalar que el recuerdo no es una percepción debilitada que se reproduce por asociación sino que es una operación mediante la cual uno se coloca en el pasado. Con esto, dice, “la nueva psicología afirma sin vacilaciones la libertad como fundamento del espíritu”259.

La parte última de la conferencia, Vasconcelos la dedica a una especie de programa: cómo hacer una filosofía si hay y bastantes, cómo saber si éstas son

257 Ibid., p. 101

258 Ibid., p. 104 259 Ibid., p. 106

falsas o limitadas. De aquí que se imponga tres criterios: la ciencia, la lógica y la moral tradicional (instrumentos de comprobación y purificación de la síntesis filosófica). Así, pues: un sistema filosófico no tiene que estar en desacuerdo con la ciencia; no debe infringir las leyes formales de la lógica y “las consecuencias morales del sistema son, al mismo tiempo que una concreción del intuir vago, una comprobación de vitalidad”260.

“Con la prudencia que las normas anteriormente estudiadas aconsejan, hemos procurado recibir las nuevas ideas. El positivismo de Comte y de Spencer nunca pudo contener nuestras aspiraciones; hoy que, por estar en desacuerdo con los datos de la ciencia misma, se halla sin vitalidad y sin razón, parece que nos libertamos de un peso en la conciencia y que la vida se ha ampliado”.261

260 Ibid., p. 108