3.4 Parallel Device Model Evaluation
3.4.3 Proposed FPGA Accelerator
Impresión de las formas mediante la palpación
Educación del sentido estereognóstico. Reconocer la forma de un objeto tocando todo su entorno o
palpándolo de una manera variada (como hacen los ciegos), no es ejercitar sólo el sentido del tacto ya que con el “tacto” sólo se perciben las cualidades superficiales como liso y áspero. Pero cuando la mano (y el brazo) se mueven en el entorno de un objeto, a la impresión táctil se le añade la impresión del movimiento. Esta impresión se atribuye a un sentido especial ( un sexto sentido) que se llama sentido muscular y que permite dejar muchas impresiones en una “memoria muscular” o memoria de los movimientos.
Podemos movernos sin tocar nada y podemos reproducir y recordar el movimiento en su dirección, límites de expresión, etc. (consecuencia pura de sensaciones musculares); pero si nos movemos tocando una cosa, tenemos al mismo tiempo dos sensaciones: la táctil y la muscular, que originan este sentido que los psicólogos denominan “sentido estereognóstico”.
En este caso no sólo tenemos una sensación de movimiento, sino también el “conocimiento” de un objeto externo. Este conocimiento comprende también el conocimiento visual, dándole a la percepción del objeto una exactitud más concreta; esto ocurre mucho más en los niños pequeños, que da la sensación de que reconocen las cosas con más seguridad y sobre todo, tienen mayor facilidad para recordarlas cuando las tocan que no cuando las ven. Este hecho es normal, por la misma naturaleza de los niños pequeños. Éstos tocan todo lo que ven y adquieren así la doble imagen (visual y muscular) de las muchas cosas diferentes que encuentran en el ambiente.
Pero “tocarlo todo” según Montessori es más que una simple “verificación” de lo que ven: es la
expresión evidente de una sensibilidad muscular muy viva que se encuentra en el niño pequeño durante la época de la vida en la que quedan fijadas las coordinaciones fundamentales de los movimientos. Por tanto, no se trata sólo de “verificar” la visión, sino de ejercitar el movimiento por él mismo y de construir el edificio fisiológico que es la coordinación de los movimientos, necesario para formar los órganos de la “expresión”.
La razón por la que casi todos los ejercicios sensoriales van acompañados de “movimientos”, también demuestra que la “sensibilidad muscular” tiene una función dominante en la infancia. Por este motivo, en el método Montessori se utiliza mucho el sentido estereognóstico (porque también es crear cultura) en cuanto a sus manifestaciones expresivas (dibujo, escritura, etc.): con esta finalidad, por la que las sensaciones tienen un valor especial, tuvo el método un cuidado extraordinario de aquellas sensaciones en el periodo formativo de la primera infancia.
Sobre esto Montessori tenía datos experimentales que fueron un éxito y que ayudan mucho a la
maestra. El primer material didáctico que se utilizó fueron los cubos y los prismas de Fröbel. Después de que el niño se fijara en la forma de los dos sólidos, se le hacía palpar cuidadosamente con los ojos abiertos, repitiendo alguna frase que permitiese al niño fijarse en detalles particulares de la forma. Después de esto se le decía al niño que pusiera los cubos a la derecha y los prismas a la izquierda tocándolos, “sin mirarlos”. Finalmente, el niño repetía el ejercicio con los ojos cerrados. Casi todos los niños lo hacían bien, y en pocas sesiones desaparecían los errores: los prismas y cubos eran
veinticuatro en total por ello se pasaban bastante rato atentos a esta especie de “juego”; pero sin duda que el niño mantenía viva la consciencia de ser “espiado” por sus compañeros curiosos y dispuestos a reírse de sus errores. Y el niño también se sentía orgulloso de ser un “adivinador”.
Estos ejercicios del sentido estereognóstico pueden ser muy variados y son divertidísimos para los niños, pero no se trata de la simple percepción de un estímulo, como el de la temperatura, sino que reconstruyen un objeto de sobra conocido. Se pueden palpar soldados de plomo, pelotas pequeñas y
sobre todo, las monedas. Incluso llegan a distinguir formas pequeñas muy parecidas, como el grano de los pájaros y el del arroz.
Los niños se vuelven como locos cuando se dan cuenta de que ven sin ojos y lo demuestran gritando y enseñando las manos: “Mirad mis ojos! Veo con las manos, ya no necesito los ojos”. Y Montessori respondía a sus gritos: “Vale, saquémonos los ojos! ¿para qué los necesitamos?”, y ellos reían y aplaudían.
Es cierto que los niños fueron más allá de sus previsiones y les sorprendían con progresos rápidos e imprevistos. Estallaban en grandes manifestaciones de júbilo y Montessori reflexionaba profundamente sobre esto.
Más tarde, los niños tuvieron espontáneamente una inspiración que le sugirió unos ejercicios que son de los más interesantes de los que se hicieron en las Casas de los Niños. Se comenzó a utilizar
sistemáticamente todo el material que se pudiera prestar a ser reconocido con el tacto: los encajes sólidos, los encajes planos o las tres series de bloques. Los niños que ya hacía tiempo que se habían abandonado para pasar a ejercicios superiores, volvían a coger los tres soportes de los encajes sólidos, y con los ojos tapados palpaban los cilindros y los encajes correspondientes, y a menudo agarraban los tres soportes y mezclan los cilindros de las tres series. O bien vuelven a coger los encajes planos y, con los ojos cerrados, tocan cuidadosamente los contornos, buscando el perfil de los marcos. Muchas veces, se sientan en el suelo y tocan las barras largas deslizando los dedos de arriba a abajo, como si quisieran comprobar la extensión del movimiento del brazo; o todavía sentados, mezclan cerca de ellos los cubos de la torre rosa, y la construyen con los ojos cerrados.
El ejercicio muscular rehace toda la educación que, por medio de la vista, desemboca en una apreciación exacta de las diferencias en la forma y dimensión de los objetos.
Educación sensorial del gusto y del olfato
Los ejercicios sensoriales de estos sentidos no son demasiado atractivos. Únicamente Montessori puede decir que ejercicios semejantes a las pruebas adoptadas normalmente en la psicometría no le parecen ni adecuados ni prácticos, al menos para los niños pequeños.
De esta forma, Montessori intentó organizar “juegos de los sentidos” que los niños podían repetir entre ellos. Les hacía oler violetas frescas o bien si era el mes de mayo, las rosas que cogían de sus jardines. Después se les tapaban los ojos de un niño y se le decía: “Ahora se te hará un regalo, te traerán flores”. En efecto, un compañero le acercaba a la nariz un manojo de violetas que el niño debía de reconocer, y para apreciar la intensidad se le presentaba una flor o más de una.
Después se pensó que sería más simple dejar esta tarea educativa al mismo ambiente. Primero, los olores para ejercitar los sentidos deben existir, y como no se encuentran forzosamente en nuestro entorno, se ideó un sistema que perfumara el ambiente, con la finalidad de que los aromas fueran cada vez más imperceptibles.
Se colgaron en las paredes algunas bolsas de decoración, según la moda china. Se preparó y se puso al alcance de los niños flores y hierbas del jardín, jabones de perfumes naturales, como el de almendra. Mas tarde, cuando hicieron las plantaciones de hierbas aromáticas, todas de color verde, para que no fuese el color lo que llamase la atención, como ocurre en las flores vistosas, se comprobó que los que tenían más interés por buscar los distintos olores eran los niños de unos tres años; y Montessori se quedó asombrada cuando algunos le llevaron hierbas que no se habían cultivado en el jardín y que ni siquiera se consideraban aromáticas, pero que ante su insistencia, se descubrió que en efecto tenían un delicado perfume.
El campo, que por la uniformidad del color y por la escasa diferencia de las formas, representa hasta cierto punto el aislamiento de las sensaciones olfativas, se convirtió en un lugar de “búsqueda”, y por tanto de ejercicio del sentido olfativo. Cuando se ejercitan los estímulos sensoriales siguiendo un orden, también el olfato se ejercita de “manera inteligente” y es un órgano de exploración del ambiente. Pero fue en la alimentación donde Montessori comprobó, incluso en los niños pequeños, que el olfato es el compañero natural del “gusto”, debido a su poder para escoger o rechazar alimentos. Montessori afirma que esta parte de la educación se confunde con la vida vegetativa, pero en realidad es tan
delicada, que merece un trato especial. En efecto, reflexionando acerca de que el gusto sólo percibe los cuatro sabores más simples, resulta de que el hecho de comer es el centro principal del ejercicio del olfato.
Enseñar a distinguir las sensaciones que son exclusivas del gusto, y enseñar a reconocer a los niños los cuatro sabores fundamentales, tiene un indudable interés para Montessori. El dulce y el salado son gustos agradables, la búsqueda del amargo es una experiencia, y el ácido, especialmente el de algunas frutas, es distinto en diversos grados.
El mundo de los olores se distingue más claramente que el del gusto en la variación de aquellas sensaciones mixtas olfativo-gustativas que se experimentan en la nutrición, como es el caso de la leche, el pan tibio y seco, el caldo, la fruta, etc. Y las sensaciones táctiles de la lengua, como las de las sustancias aceitosas, se distinguen de las sensaciones del gusto y del olfato mediante un trabajo mental que es una auténtica exploración de sí mismos y del ambiente.
El método de hacer tocar con la lengua una solución amarga, ácida, dulce, salada, tal como se hace en estesiometría (comprobar la sensibilidad), se puede aplicar a niños de cinco años que se prestan a estas búsquedas, como si fueran un juego, y se divierten sorbiendo, sin sospechar que están haciendo de conejillos de indias de experimentos que el adulto denomina solemnemente científicos. Los niños pequeños se dedicaban seriamente a la búsqueda de aquellos perfumes que la naturaleza ha distribuido en las hierbas del campo.
Ejercicios de distinciones visuales y auditivas
Material: Encajes sólidos y bloques
Distinción sutil de las dimensiones, solamente con las percepciones visuales.
Las series demuestran diferencias de dimensiones:
-En una serie las diferencias son de una sola dimensión (altura). -En otra serie existe diferencia gradual de dos dimensiones (sección). -En otra la diferencia está en las tres dimensiones.
Encajes sólidos.- Son tres soportes macizos de madera de color natural, lacados. Los tres de la misma
forma y dimensión (55cm de largo, 6 cm de altura y 8 cm de anchura). Cada uno lleva diez piezas de para encajar, que son cilindros pequeños lisos, que llevan un botoncito de latón en el centro de la cara superior para poderlos agarrar; se pueden poner y sacar fácilmente en los agujeros del soporte y encajan perfectamente y exclusivamente a cada cilindro.
En conjunto, cada soporte se parece mucho a la caja de pesos de una balanza. Pero los cilindros escondidos en los tres soportes tienen una diferencia graduada regularmente:
En el primer soporte todos los cilindros tienen la misma sección (diámetro) pero la altura es distinta; el más bajo tiene 1 cm y los otros van creciendo de medio centímetro hasta el décimo, que mide 55cm de altura.
En el segundo soporte los cilindros tienen todos la misma altura; pero la sección circular va
decreciendo regularmente: el diámetro de sección del cilindro más fino tiene 1 cm y los diámetros de las otras secciones van creciendo hasta un diámetro de 55 mm.
Finalmente en el tercer soporte, los cilindros disminuyen en las tres dimensiones asumiendo las diferencias que se han encontrado en los dos encajes precedentes.
Los niños cogen un solo soporte. Por tanto, tres niños pueden estar ocupados al mismo tiempo con los encajes.
El ejercicio es el mismo para los tres encajes: se ponen encima de la mesa, se sacan los cilindros, se mezclan y después se vuelven a colocar en el agujero correspondiente. ( El ejercicio es fundamental, de
tal manera que cada soporte debería tener su propia mesa que tuviera un espacio para los cilindros sacados del agujero). En la correspondencia exacta entre el cilindro y el espacio que se encuentra en el soporte, existe el “control de error”.
En efecto, si en el primer encaje, por ejemplo, el niño se equivoca de agujero, un cilindro desaparecerá en la profundidad, y otro sobresaldrá por falta de profundidad; y la irregularidad, visible y palpable, será un control absoluto y material del error cometido. En consecuencia, es necesario cambiar de lugar los objetos atentamente, probar y volver a probar la colocación, hasta que todos estén colocados en su lugar, al mismo nivel que el soporte.
Es incluso más evidente el error en el segundo encaje, aparentemente igual, pero que si se mira bien, es diferente. Todos los cilindros tienen la misma altura, pero las secciones circulares difieren
gradualmente del primero al último: en lugar de ser unos más altos y otros más bajos, como en el anterior, ahora son más finos unos y más gruesos otros. Si se pone un cilindro más fino que el espacio que lo recibe, puede ser que en un primer momento el error pase desapercibido, y durante cierto tiempo se podrá creer que se está haciendo bien. Pero al final, quedará un “cilindro incolocable”, fuera de lugar, fuera del soporte. Aquí el error es tan grave que la ilusión de hacerlo bien se pierde totalmente. Para ello, es necesario sacar todos los cilindros mal puestos y volverlos a colocar cada uno en lugar. Los tres encajes, que a simple vista no se distinguen, le presentan al niño las diferencias mínimas y cada vez se hacen para él más interesantes. Luego viene la repetición del ejercicio que agudiza la vista para la distinción, agudiza el poder de observación, ordena y guía la atención conducida
sistemáticamente, genera el razonamiento cuando el niño se fija en el error y en su corrección y, como le forma la personalidad psíquica a través de los sentidos, le permite un ejercicio constante y profundo.
Los bloques.- Tres series de bloques, aparentemente diversos, repiten la graduación de una, dos y tres
dimensiones.
Se trata de trozos grandes de madera pintados de vivos colores, en tres sistemas con tres nombres: el sistema de las barras y de las medidas, el sistema de la escala de prismas y el sistema de los cubos (torre rosa).
Las barras, que todas tienen una base cuadrada de 113 mm de arista y son rojas, tienen una diferencia de 10 cm de una a otra: la más larga de la serie mide un metro y la más pequeña un decímetro. Para poder manejar objetos tan largos y pesados, el niño se ve obligado a mover todo el cuerpo: debe dirigirse hacia delante y hacia atrás para transportar estas barras y colocarlas por orden de largura, como si fueran tubos de un órgano. Se tienen que poner en el suelo encima de una tarima
suficientemente grande para que quepan el niño y el material. Una vez que se ha hecho bien la disposición, se deshace, se mezclan las barras colocadas en la misma disposición que los tubos del órgano, y se reconstruye el ejercicio las veces que sean necesarias hasta que el niño se encuentre satisfecho.
Esfuerzo y memoria muscular.- Los niños cogen los bloques con una sola mano teniendo en cuenta que
a la mano de un niño de tres años le cuesta mucho coger bloques de diez centímetros de largura. Además estos bloques, y sobre todo el prisma de diez centímetros de largo, pesan mucho para el niño. Por tanto, el niño hace grandes esfuerzos con la manita mientras la está reforzando. Cogiendo repetidas veces todos los bloques de color marrón, la mano del niño acaba adquiriendo automáticamente la posición precisa y necesaria para abrazar el espacio de 10 cm, de 9, de 8, de 7, de 6, de 5, de 4, de 3, de 2, de 1, es decir, la memoria muscular se fija de acuerdo con las precisas graduaciones de espacio. Lo mismo se repite con los cubos de color rosa. Aquí existe otro medio de perfeccionamiento: el cubo inmediatamente más pequeño en la gradación se debe colocar en el centro del anterior, de forma que quede un espacio de un centímetro por el alrededor; el brazo y la mano, entonces, debe obedecer esta intención precisa, es decir, hacen un movimiento intencional preciso. El movimiento más difícil es el que se debe hacer con el cubo más pequeño: el que tiene un centímetro de lado: el brazo ha de estar bien seguro para poner en el centro ese objeto tan pequeño, y lo demuestran la atención intensa del niño y su evidente esfuerzo.
Sin duda que en los ejercicios con encajes y bloques se educa el sentido de la vista, poco a poco se van distinguiendo diferencias que antes no se apreciaban. El ejercicio con la vista es una actividad motriz, bien por el hecho de revolver objetos pequeños que se deben cambiar de lugar, o bien por el transporte y la colocación de los gruesos bloques de madera. El ejercicio de los sentidos está conducido por “movimientos” que se coordinan según un objetivo inteligente que es necesario establecer.
Para el niño el ejercicio más fácil es el de los cubos (las diferencias máximas) y el más difícil el de las barras (las diferencias mínimas). Pero cuando en los cursos de primaria el niño se interesa por la aritmética y la geometría, se acuerda de los bloques de la primera infancia y vuelve a estudiarlos en las proporciones relativas, aplicando la ciencia de los números.
Material de los colores
El material que sirve para reconocer los colores (educación del sentido cromático), Montessori lo determinó después de una larga serie de pruebas con niños normales. El material definitivo son unas maderitas en las que hay cosidos hilos de seda de colores vivos. En ambos lados hay unas rebabas que impiden que los hilos de colores se escapen y permiten que se pueda coger la madera sin tocar nunca el hilo de color. De esta forma el hilo conserva el color mucho tiempo.
Montessori escogió nueve colores y cada uno tenía siete gradaciones de diversa intensidad: son, por tanto, 63 maderitas de colores. Los colores son: gris (del negro al blanco), rojo, naranja, amarillo, verde, azúl, morado, marrón y rosa.
Algunos ejercicios creados con este material son:
Se escogen tres colores con la gradación más viva, por ejemplo, rojo, azúl y amarillo y con doble espacio. Se colocan encima de la mesa delante del niño. Se le presenta un color y se le dice que lo busque, en la mezcla de los otros. Y así se van disponiendo las maderitas en columna, de dos en dos, es decir, aparejadas según el mismo color. Se va aumentando el número de maderitas de colores hasta presentar los nueve colores, o sea 18 maderitas. Finalmente en lugar de los colores más vivos, se cogen los más oscuros o los más claros.
Después se presentan dos o tres maderitas del mismo color, pero de intensidad diversa, cogiendo, por ejemplo, el más claro, el medio y el más oscuro y se ordena ponerlos en orden de gradación, hasta llegar a presentar las nueve gradaciones.
En una Casa de los Niños, Montessori vio cómo hacían este juego con gran interés y con una rapidez