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Protocol operations

4 Internet Management

4.1 The original SNMP protocol

4.1.2 Protocol operations

en áreas cada vez más lejanas. Los que recordamos surgen ní tidamente cerca de nosotros, hablan, hay en ellos una alegría agradecida. Pero en la oscuridad yacen siluetas de antepasa-

dos que vivieron hace varios siglos. No porque no los conoz camos dejan de estar allí. Basta avanzar hacia sus ámbitos para que se dibujen con más claridad y nos hablen en lenguajes que quizás desconozcamos, siempre con un enorme cariño. Quienes no conocen esta experiencia, se habrán dado cuenta de que a los familiares, y a los amigos, les es muy importante que les demostremos que no nos olvidamos de ellos, felicitán dolos por sus aniversarios, enviándoles tarjetas postales si esta mos de viaje, llamándolos por teléfono, etc. Sabemos que, en la medida, que los otros nos recuerden, vivimos. Si nos olvi dan, nos sentimos morir. Exactamente pasa esto en el mundo onírico. Si el inconsciente es colectivo y el tiempo eterno, se podría decir que cada ser que ha nacido y muerto ha quedado grabado en esa memoria cósmica que todo individuo porta. Me atreveré a afirmar que cada muerto espera en la dimen sión onírica que por fin una conciencia infinita se acuerde de él. Al final de los tiempos, cuando nuestro espíritu haya alcan zado su máximo desarrollo y abarque la totalidad del Tiempo, no habrá un solo ser, por insignificante que parezca, que sea olvidado.

También exploré la dimensión de los mitos. Allí viven los dioses antiguos, los animales mágicos, los héroes, los santos, las vírgenes cósmicas, los arquetipos poderosos. Antes de ser aceptados por ellos, debemos vencer una serie de obstáculos que son en realidad pruebas iniciáticas. Se presentan en for ma maligna, nos atacan, se burlan de nosotros o parecen in sensibles, dormi dos , indifer entes. Ju ng cuenta -en mi autobio-" grafía que tuvo un sueño en el que encontró en una caverna, a un Buda dormido, su dios interior. No se atrevió a despertar lo. Sin embargo, si conservamos la calma, si no huimos, si reacc ionamo s con fe, si somos valientes y osamos enfrentarlos o despertarlos, los monstruos se transforman en ángeles, los abismos se convierten en palacios, las llamas en caricias, el Bu- da abre los ojos sin reducirnos a cenizas con su mirada. Por el contrario, nos comunica todo el amor del mundo, obtenemos

aliados que podemos invocar en cualquier peligro. Ei.s.ueño_ lúc ido nos. en se ña que en ni ngú n mome nto estamos solos, que la acción individual es ilusoria. El pensamiento, preso en las redes de la racionalidad, intenta rechazar los tesoros del mundo onírico. Pero sin cesar es asediado por fuerzas que vie- " nen de las profundidades de la memoria colectiva. En la vida real, los dioses destronados se han convertido en payasos, en estrellas cinematográficas, en futbolistas legendarios, en  hé-\ roes políticos, en misteriosos multimillonarios. Queremos.' crearnos con ellos aliados potentes, pero no tienen consisten-^ cia: con gran celeridad se deshacen en el olvido. En la dimen-I sión onírica encontramos a las verdaderas entidades, con raí^ ees milenarias. Allí, he podido en muchas ocasiones ver a los arcanos ji el Tarot, e ncarn ados ya sea en personas, en a nima - l e ve n  objetos o en astros; los símbolos son entidades vivas

que hablan ^transmiten su sabiduría. Al comienzo, cuando trataba de contactar con las divinidades, sin estar preparado para ello, tuve este sueño:

En el salón de mi casa he preparado una mesa redonda, pa ra cenar con los dioses y conversar de igual a igual con ellos. A pesar de no ser una deidad, el primero que llegó fue Confucio, un imponente y enigmático chino, tranquilo, inmutable. Ape nas se sentó, surgi ó un jove n hind ú, de pie l azul, vestido con telas brillante s y joyas, elegante, pod eroso : era Maitr eya. Lu e go, jus to frente a mí, s e sen tó Jesuc risto. Un gigante de tres metros de altura, tan potente que comencé a inquietarme. Se delineó detrás de él otro ser, Moisés, más alto, más recio, de una severidad que verdaderamente me aterró. Sentí que de trás del profeta comenzaba a gestarse la inconmensurable fi gura de Jeho vá. El sa lón se llenó de tan incompr ensibl e ener gía que llegué al pánico: ¿Cómo yo, débil e ignorante, había osado proponerme conversar de igual a igual con esos dioses? Traté de despertar. Confucio, lentamente, se disgregó. Mien tras Mois és y Je ho vá se disolv ían en una som bra torva que iba llenando el lugar, preso en el mundo onírico, pedí perdón a Maitreya y Jesucristo, sonriero n, se amalgamaron , se hic ier on

uno, transformándose en un caballero vestido con traje de ca lle, tan bueno como un abuelo sabio y, sonriendo, me ofreció una taza de té. El líquido som brí o se hizo luz. Desp erté co n los cabellos erizados.

El encuentro con los arquetipos divinos, si no nos hemos preparado previamente, es muy peligroso. No excluyo de este peligro un paro cardíaco. Busqué en los textos de alquimia un guía para preparme a tan arriesgado encuentro. Un tratado es crito en latín en la primera mitad del siglo  XIV, Rosarium philo- 

sophorum,  pudo inspirarme con sus enigmáticos textos. «La

contemplación de la verdadera cosa que perfecciona a todas las cosas es la contemplación por los elegidos de la pura sus tancia del mercurio .» Antes de intentar unir el yo individ ual a la fuerza universal, es necesario contemplarla, sentirla, identi ficarse con ella, aceptarla como esencia, desaparecer en su in finita extensión. Esa fuerza debe actuar en nuestro intelecto como disolvente. Cuando, en el sueño, el dios amable me ofre ce un té, me está indicando que soy el terrón de azúcar que de be disolverse en el líquido hirviente, es decir, su amor. «La obra, muy natural y muy perfecta, consiste en engendrar un ser semejante a lo que es uno mismo.» Comprendí que la ma yor parte del tiempo no somos nosotros mismos, vivimos ma nejándonos como títeres, presentando a los otros una limitada caricatura. El ser igual al que verdaderamente somos, debe mos crearlo en nosotros mismos, como un modelo, descu briendo sus designios, las órdenes que, en tanto que semilla, lleva impresas. Un árbol en formación trata de crecer para lle gar a convertirse en el vegetal-patrón que lo guía. El engendra miento del semejante no es desdoblamiento sino transforma ción: uno mismo, para permitir que se realice la obra natural, debe transformarse en el Yo impersonal-patrón, es decir, en el más alto nivel de perfeccionamiento. Así nos hacemos guías de nosotros mismos. «Euclides nos ha aconsejado no realizar nin guna operación si el sol y el mercurio no están reunidos.» En todo momen to el Yo indiv idual y el Yo impersona l, intelecto e

inconsciente, deben actuar juntos. Po r eso en mi sueñ o Mai - treya y Jesucristo se h ici ero n uno.

Tuve la oportunidad de conocer en París al alquimista Eugéne Canseliet, quien publicó las obras del misterioso Ful- canelli. Recuerdo que me dijo: «El atanor es el cuerpo. El co razón, la redoma. La sangre, la luz. La carne, la sombra. La sangre viene del corazón, que es activo, y va a la carne, que es pasiva. El corazón es el sol, el cuerpo la luna. Lo positivo está en el centro. Lo negativo alrededor del centro. Ambos forman la unidad». Si pensamos que el universo tiene un centro crea dor, nosotros, que somos un miniuniverso, también debemos tenerlo. Pasados ya los cincuenta años, gracias al sueño lúcido, decidí intentar el encuentro máximo: ver a mi dios interior. Estoy en una cena familiar, con mi mujer, con mis hijos. Co memos en la terraza, alrededor de una mesa rectangular. Es de noche y en el cielo relumbran las estrellas. En un plato con for ma de cruz, Cristina, la sirvienta que tan bien se ocupó de mí en la infancia, nos sirve un cabrito asado. «Estoy soñando.» Co loco planas las manos en el aire, me apoyo en ellas y levito. Ha blo, desde arriba, a mis seres queridos. «Voy a salir de este mundo.» Ellos sonríen con complicidad y comienzan a desa parecer. Me embarga una profunda pena. Ese dolor lancinan te me obliga a quedarme, pero aparece Cristina agitando unas tijeras de podar árboles con las que da cortes en el aire. «¡Vete! ¡Si subes eres ángel, si bajas eres demonio!» Aliviado, libre, co mienzo a ascender. Me veo flotando en el cosmos. Las estrellas brillan más que nunca. Deseo salir de la dimensión cósmica para entrar en aquella donde reina mi conciencia. Bruscamen te todos los astros desaparecen: me encuentro en un espacio que al parecer se extiende hasta el infinito. Ese vacío oscuro, en forma intermitente, con el ritmo de los latidos de un cora zón humano, es atravesado por ondas de luz circular semejan tes a aquellas que se producen en un lago cuando cae en sus aguas tranquilas una piedra. Veo en la lejanía el centro. Es una

masa de luz, como un sol sin llamas, que vibra y late, produ ciendo ondulaciones iridiscentes. Ese tamaño colosal, compa rado co n él soy men or que un átom o, me llen a de terror. Quie ro despertar, pero me contengo. «Esto es un sueño. Nada me puede pasar.» «¡Te equivocas, si la experiencia es demasiado intensa causará tu muerte en la vida real, nunca más desperta rás!» «¡Atrévete! Recuerda lo que te dijo Ejo Takata: ¡Intelec tual, aprende a morir!» Decido correr el riesgo, vuelo con ce leridad hacia ese tremendo ser de luz y me arrojo en él. En el momento de hundirme en esa materia, porque el fulgor es tan denso que lo puedo sentir en mi piel, experimento la incon mensurable vastedad de su poder...

Para que se me comprenda mejor debo recordar aquí un mom ent o cruci al que los actores y yo vivimos durante el rodaje

de  La montaña sagrada:   después de dos meses de preparación,

encerrados en una casa sin salir a la calle, durmiendo sólo cua tro horas diarias y haciendo ejercicios iniciáticos el resto del tiempo, más cuatro meses de intenso rodaje, viajando por todo México, ya habíamos perdido la relación con la realidad. El mundo cinematográfico había tomado su lugar. Yo, poseído por el personaje del Maestro, una especie de Gurdjieff injerta do con el mago Merlín, me había convertido en un tirano. A toda costa quería que los actores lograran la iluminación. No estábamos haciendo un filme, estábamos filmado una expe riencia sagrada. ¿Y quiénes eran esos comediantes que, atrapa dos también por la ilusión, aceptaban ser mis discípulos? A uno, un transexual, lo había encontrado en un bar de Nueva York, el otro era un galán de telenovelas, y luego mi mujer, car gando su neurosis de fracaso, y un admirador americano de Hitler, y un millonario deshonesto que había sido expulsado de la Bolsa, y un homosexual que creía hablar sánscrito con los pájaros y una bailarina lesbiana y un cómico de cabaret y una afroamericana que, avergonzada de sus antepasados esclavos, decía ser piel roja. Mi idea, al contratar este ramillete, me ha bía sido inspirada por la alquimia: el estado primero de la ma-

teria es el lodo, el magma, el «nigredo». De él, por sucesivas purificaciones, nace la piedra filosofal, que transforma los me tales  viles en oro.  Estas  personas,  sacadas  del montón, de  nin

guna manera artistas teatrales, al finalizar la película debían es tar convertidas en monjes iluminados. Buscando los sitios mágicos, habíamos escalado todas las pirámides aztecas y ma yas que los servicios de turismo en gran parte han reconstrui do. Así es como llegamos a Isla Mujeres y pudimos contemplar las maravillosas aguas azul turquesa del mar Caribe, por fin al go auténtico. Decidí entonces realizar una experiencia funda mental: después de lograr que todos se raparan, yo inclusive, hice que nos embarcáramos en un pequeño barco camarone ro. Al cabo de una hora de viaje, estuvimos en altamar. Un círculo verdiazul resplandeciente nos rodeaba. El maravilloso océano llegaba hasta el horizonte circular con sus enormes pe ro tranquilas olas. Agrupé a los actores alrededor de mí y les dije, en un estado de trance: «Vamos a saltar y sumergirnos en el océano. El alma individual debe aprender a disolverse en aquello que no tiene límites». No sé lo que pasó en ese mo m e n t o . E l l o s m e m i r a r o n c o n o j o s d e n i ñ o , o f r e n d á n d o m e una fe que en verdad no merecía. Di entonces un grito de ka- rateka y salté, empujando al grupo hacia el mar. Apenas me hun dí recibí una gigantesca lección de humil dad. No s había mos arrojado disfrazados de peregrinos estilo sufí. Calzábamos gruesas botas, pantalones bombachos, fajas alrededor de la cintura, camisas amplias y abrigos largos, también sombreros alones. Los sombreros no fueron problema, simplemente no se hundieron. Pero los trajes, en un segundo se empaparon de agua adquiriendo un peligroso peso. Me sentí caer hacia las profundidades marinas como una piedra, un descenso que du ró una eternidad. De golpe el mar entero se comprimió contra mi cuerpo, con su inconmensurable potencia, su insondable misterio, su monstruosa presencia. Estaba atrapado en ese vientre sobrehumano sintiéndome más pequeño que un mi crobio. ¿Quién era yo en medio de ese colosal ser? Me agité cuanto pude, sin tener la seguridad de salvar mi vida, era posi-

ble que continuase hundiéndome hasta el oscuro fondo. No se me ocurrió rezar ni implorar ayuda, no tuve tiempo. La enor me masa de agua me lanzó hacia la superficie. La zambullida había durado escasos segundos y sin embargo emergimos to dos a unos quince metros del barco. En tierra quince metros son poca cosa, en altamar equivalen a kilómetros. No se me había ocurrido pensar que allí moraban tiburones y otros pe ces carnívoros. En la embarcación los pescadores, tratándonos de gringos locos, se agitaban improvisando un salvamento. No sotros en cambio, adiestrados p or esos meses de ejercicios in i- ciáticos, esperamos calmadamente, con la parte individual bo rrada por las olas, convertidos en un ser colectivo. La piel roja, dando suaves manotazos, declaró que no sabía nadar. El nazi resultó camp eón de na tación: l a tomó por la barbilla y la hizo flotar. Corkidi, el fotógrafo, olvidando completamente que su tarea era filmar tales trascendentales momentos, lanzando maldiciones, ayudó a arrojarnos un salvavidas atado a una lar ga cuerda... El que estaba más cerca de la embarcación, el mi llonario, lanzó el flotador hacia su vecino, el pajarero, que, re citando un mantra, a su vez se lo lanzó a otro, y así y así nos fuimos uniendo agarrados a la cuerda. Sin esa calma habría mos podido ahogarnos todos. Subimos al barco en medio de un silencio religioso. Nos desvistieron, nos envolv ieron en toa llas. Comenzamos a temblar. Cuando recuperaron el uso de sus mandíbulas, los actores, más el fotógrafo, sus ayudantes y los pescadores de camarones, comenzaron a insultarme. Sólo dos se quedaron silenciosos. El cóm ico , que en el filme tenía el papel de un ladrón, símbolo del Yo primitivo y egoísta, se ha bía comportado como tal: sin preocuparse del grupo, apenas emergió del agua nadó con toda la fuerza de su desarrollada musculatura hacia la nave. También falló mi mujer: fue la úni ca que no saltó. Se quedó en la cubierta, mirándonos, paraliza da o bien incrédula. A causa de esto, algo entre nosotros se cortó para siempre. Allí mismo nos dimos cuenta de que nues tros caminos seguían derroteros diferentes. Comprendí que, para llegar a mí mismo, tenía que despojarme de esa lepra que

era el terror al abandono y aceptar mi soledad para poder lle gar un día a una genuina unión con los otros. En cambio los intérpretes declararon que se habían dado cuenta de que les importaba un pepino llegar a ser monjes iluminados, y que lo único que deseaban era convertirse en estrellas de cine. La in mersión en el mar Caribe había sido un error que les serviría de lección: ya nunca más obedecerían a mis locuras de direc tor. Para comenzar, exigieron un buen desayuno, con zumo de naranja, huevos, tostadas, cereales, mantequilla, mermelada, má s el cese de toda improv isac ión ajena al libreto. En caso con trario, dejarían de filmar... Para mí aquello fue una experien cia esencial. Supe que de ahí en adelante tendría el valor de enfrentarme al inconsciente, sin dejarme invadir por el terror, sabiendo que siempre la barca de mi razón arrojaría una cuer da para recuperarme.

Volviendo al sueño lúcido, apenas me arrojé en ese gigan tesco ser de luz, experimenté, como en el mar Caribe, la in mensidad de su poder. Pero esta vez, preparado como estaba por la anterior experiencia, no luché por salir a la superficie como si escapara de las fauces de un monstruo, sino que me dejé deslizar hacia el fondo. Tuve la sensación de caer lenta mente al mismo tiempo que me iba disolviendo, como si la luz fuera un ácido. Al final, lanzando un grito donde se mezclaba la euforia y la paz, dejé de aferrarme a mi última miga de con ciencia indivi dual. Me integré al centro. Estallé en una incon cebible sucesión de formas geométri cas, millares, millones , y aquello formaba mundos que se evaporaban, océanos de colo res, palabras, frases, discursos en incontables idiomas entre mezclándose como colosales laberintos, el tiempo convertido en un instante eterno, palpitando, abriéndose en infinitas po sibilidades de futuros, yo era el núcleo creador estallando sin cesar, sin detención, sin silencios, en incontables metamorfo sis. Me sacudió una especie de violento terremoto, en mis in concebibles extremos se abrieron ocho puertas, ocho puentes, och o túnel es, bocas, qué sé yo, y de allí partier on otros univer-

sos que también estallaron en delirantes creaciones, a su vez uniéndose con otros, hasta formar una masa astral parecida a un descomunal avispero.

¿Cuánto duró este sueño? No lo sé. La noción de duración había sido abolida. Tuve la suerte, o la desgracia, de que una lluvia torrencial, acompañada de un viento huracanado azota ra esa noche a la ciudad. Las persianas de mis ventanas co menzaron a golpear con estruendo. Desperté creyendo que el sueño continuaba. Tardé un buen rato en recuperar mi razón. El muro que me separaba del inconsciente se había derrumba do parcialmente. A pesar de saberme individuo, podía sentir la incesante creación de imágenes en mi cerebro.

Aquello no paraba de producir mundos, aquello era un in menso huracán de locura creativa. El Yo vivía dentro de un po lifacético dios demente. La razón era una barca pequeña su mergida en un océano infinito agitado por todas las tormentas, atravesado por todas las entidades, angélicas o demoníacas,