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3.5 The T AMARIN P ROVER

3.5.5 Protocol Visualisation

No existe una sincronía respecto a la aparición de las ciudades en la Península Ibérica. Mientras en te- rritorios como el alto Guadalquivir encontramos una estructura política compleja organizada en torno a

oppida ya en el siglo VII a. C., en el Noroeste penin-

sular habrá que esperar a la implantación romana, ya en época imperial, para encontrar formaciones de si- milares características.

Entre estos dos polos, que pueden servirnos como referencias extremas, encontramos un amplio territo- rio peninsular que se extiende al menos por el área ibérica levantina, valle del Ebro y ambas mesetas, en donde las primeras ciudades parecen surgir en torno a las décadas que marcan la transición del siglo V al IV a. C., como consecuencia de una serie de procesos

sociales, sincrónicos a los que en el área ibérica pro- dujeron la destrucción de los monumentos funerarios comentados. No obstante, la información directa que se cuenta es muy desigual. En el Suroeste buena par- te de los asentamientos, que se habían recuperado tras la desaparición de Tartessos, vuelven a acusar una serie de destrucciones (Rodríguez Díaz, 1994). En el terri- torio extremeño a inicios del siglo IV a. C. se registra

el abandono de los asentamientos tipo Cancho Roano y la emergencia de los oppida (Almagro-Gorbea y Martín, 1994, Berrocal 1994 y Rodríguez Díaz, 1994). En el occidente meseteño se observa en la transición del siglo V al IV una reestructuración de los asenta-

mientos que dará lugar a la configuración de los oppida que conoceremos como vettones (Martín Valls 1986- 87, Álvarez-Sanchís, 1999). En un momento similar asistimos en el Duero medio a la desaparición del grupo Soto I, al abandono de buena parte de sus asentamientos y a la concentración de la población en los nuevos

oppida (Delibes et alii, 1995; Sacristán 1986 y San

Miguel 1993) cuyos nombres conoceremos posterior- mente en las fuentes clásicas dentro de los vacceos. De igual manera, los recientes estudios radiométricos de los castros sorianos realizados a partir de un con- FIGURA 2.—Situación de las etnias según las primeras

junto de dataciones significativas llevan a Romero (1999) a situar «en un momento no muy posterior al 400 cal BC para los inicios de la segunda Edad del Hierro».

En el valle medio del Ebro carecemos de eviden- cias arqueológicas directas que muestren estratigráfica- mente la aparición de la ciudad, por lo que su cons- tatación debemos hacerla analizando la consecuencia de los procesos previos, arriba vistos, y de los para- lelismos que encontramos en otros territorios próximos, como los ya señalados o el caso levantino de Edeta que abajo se comenta más en extenso.

El étnico de los sedetanos deriva, sin duda algu- na, de una ciudad de nombre Sedeis, por lo tanto su atribución inicial sería la de identificar a los habitan- tes de este núcleo y del territorio de ella dependien- te. Si bien carecemos de información arqueológica sobre dicha ciudad, dado que no se ha identificado con se- guridad el yacimiento arquelógico que le correspon- de, debe buscarse junto al Ebro y muy probablemen- te en el interfluvio que marca su afluente Aguas Vivas. Falta también un estudio detallado de este territorio y de la ordenación del poblamiento que debió realizar dicha ciudad en su entorno, donde muy probablemente surgirían asentamientos como el próximo Taratrato (Burillo, 1982), cuyas características urbanísticas y cronológicas son similares a los que aparecen en el territorio de Edeta.

Esteban de Bizancio nos trasmite un escrito de Hecateo de finales del siglo VI a. C. en el que se cita

unos esdetes, identificados como un etnos ibérico próxi-

mo al litoral mediterráneo. En un principio se defen- dió, a partir de la relación toponímica y del peso de las teorías invasionistas en la formación de las etnias, que hubo un movimiento de pueblos que desde la costa llegaron al interior dando lugar al surgimiento de los edetanos (Beltrán Lloris, 1976, 397). Esta interpreta- ción me sirvió, incluso, para postular la diferenciación de las formaciones ibéricas y celtibéricas en el valle medio del Ebro (Burillo, 1980, 328), pero los conoci- mientos actuales llevan a rechazar estas interpretaciones dada la génesis comentada de los sedetanos a partir de una ciudad, por lo que la explicación de la apa- rente relación homofónica debe de analizarse desde la existencia de un fondo común lingüístico.

La ceca de Seteiscen corresponde al grupo que inicia las emisiones en el valle medio del Ebro, durante la primera mitad del s. II a.C., tras los pactos de Graco

(Villaronga, 1979, 133, Burillo, 1998a, 237). La ter- minación en -scen es usual en otras cecas del área ibérica del valle medio del Ebro y NE peninsular, marcando la diferencia con el territorio celtibérico que finalizan el étnico en -cos / -com (Burillo, 1995, 172 y Villar, 1995, 342). Dichas terminaciones en -scen corresponden a la denominación en lengua ibérica de los etnómimos transcritos por griegos y latinos (Unter- mann, 1992, 25). De forma que los sedetanos dieron nombre a unas monedas, las acuñadas por el poder que representaba a los habitantes de la ciudad estado de

Sedeis. Sin embargo, las primeras referencias existentes

en las fuentes escritas sobre los sedetanos, compren- didas entre el 206 y el 141 a. C. (Fatás, 1973, 23), FIGURA 3.—Primeras emisiones monetales en el Valle Medio del Ebro.

parecen hacer referencia a un territorio mayor que el dependiente de la ciudad estado de Sedeis. Carecemos de criterios para explicar porqué domina este étnico sobre el de otras ciudades contemporáneas y vecinas y de aparente similar importancia como Celsa. Salvo que nos encontremos ante una mera selección de los escritores clásicos en la denominación de los habitantes de este territorio del valle medio del Ebro.