2.11 Intelligent Transportation Systems
2.11.1 Pseudonym Lifecycle
4.1. ÁREA SEPTENTRIONAL DEL PAÍS VALENCIA- NO: En las tierras más septentrionales de Castellón, la
nueva situación económica implantada por Roma lle- vará a una gran revitalización de los hábitats, por ejem- plo en la zona costera del Bajo Maestrazgo pasará de haber un solo yacimiento (Moleta del Remei) a diez, entre ellos el Puig de la Misericòrdia. A finales del siglo II, ambos yacimientos se abandonan y en la pri- mera mitad del siglo siguiente se deshabitan comple- tamente el resto de asentamientos ibéricos desmantelán- dose la estructura indígena (Oliver Foix, 1996, 131-132). El aumento demográfico a partir del siglo II se apre- cia también en el yacimiento de la Moleta dels Frares (El Forcall), la futura Lesera (Arasa i Gil, 1987) ubi- cada prácticamente en tierras turolenses, cuyo núcleo ibérico no debió de ser muy grande, dada la escasa dispersión de materiales, pero que en la etapa ibero- romana alcanza las 6 ha. Con la romanización, la ma- yoría de los poblados del área estudiada se abando- nan, excepto los de mayor superficie, afectando el cambio de modelo sólo a la base, es decir, a los asenta- mientos menores, precisamente los más numerosos.
En las comarcas meridionales y centrales de Caste- llón, en el tránsito del siglo III al II a.C., los núcleos
mayores como el Solaig o la Punta d’Orleyl se des- truyen observándose en el resto del poblamiento una doble tendencia a lo largo de todo el siglo II: por un
lado, de 44 yacimientos prospectados, 26 tienen ma- teriales del siglo IV a.C. lo que indica una continui-
dad de ocupación; mientras que por otro lado se ob- serva la creación de nuevos asentamientos de tamaño pequeño, sin fortificar, situados en lomas o laderas (Arasa i Gil, 1995, 176).
En la ciudad de Saguntum, la etapa republicana supuso el inicio de su monumentalización con la re- construcción de parte de la muralla, la edificación del foro y la revitalización de su puerto (Aranegui Gascó, 1995; Pascual Buyé y Aranegui, 1993), pero carece- mos de datos sobre el poblamiento en esta época.
4.2. LOS TERRITORIOS DE EDETA Y KELIN: En
ambos territorios este cambio es drástico, sufriendo las dos grandes ciudades, a inicios del siglo II, una des-
trucción violenta, de la cual Los Villares, en el inte- rior, se recuperará en su propio solar y verá consoli- dar su posición mediante la acuñación de moneda. Su verdadera decadencia se producirá con las guerras serto- rianas (Ripollès Alegre, 1983, 404- 413).
Un panorama muy distinto ofrece su territorio, cons- tatándose una reducción considerable de los lugares ha- bitados que pasan de 101 a 53, de los que más de la mitad (36) son de nueva planta. No obstante, el pa- trón no cambia pues los hábitats siguen localizándose en laderas suaves y zonas llanas, junto a cursos de agua. En cuanto al territorio de Edeta, la destrucción de la red defensiva de fortines que controlaban su terri- torio arrastró en su caída a la ciudad y con ella su- cumbieron la mayoría de los asentamientos ubicados en las tierras cultivables, ya fueran aldeas o caseríos. A lo largo del siglo II, el poblamiento se reestructura
en un nuevo modelo de explotación agrícola donde la ciudad, trasladada al llano (Llíria), continúa siendo la capital política y económica de la comarca. De un total de 55 yacimientos perduran 14 de la etapa anterior, configurando una nueva población rural, más disper- sa, de hábitats pequeños, sin fortificar, que se ubican en el llano y en los piedemontes (fig. 2, 4).
Este patrón, que se forma a lo largo del siglo II,
perdurará todo el I y tendrá su continuidad en las vi-
llas romanas ya de época imperial, con una mayor den- sidad de población y ocupación del terreno cultivable. 4.3. EL MODELO CONTESTANO DE LA SERRETA:
Finalmente, el modelo en torno a la Serreta también se arruinará, en los primeros años de la dominación romana, cuando se produzca la repentina destrucción de la ciudad. Frente al violento final del centro más importante, se da una pervivencia de la mayoría de los núcleos ibéricos que sólo con el paso del tiempo, y a lo largo de los siglos II y I a.C., irán abandonán- dose y estableciéndose en el llano. En esta etapa, y en los territorios circundantes, el fenómeno más des- tacado será la fundación de ciudades romanas sobre ibéricas, como se documenta en Saitabi, Lucentum o
5. CONCLUSIONES
La forma alargada y estrecha del territorio estudiado y las diferencias de sustrato del Bronce Final provo- can una clara diferenciación en los modelos de con- tacto e intercambio con el mundo colonial (fig. 3) que, a su vez, condicionarán la configuración, a partir del siglo VI, de los estados ibéricos.
Las comarcas meridionales están mediatizadas por el impacto colonial directo, con asentamientos perma- nentes (La Fonteta) y, por ello, el contacto es más temprano y rápido; una vez establecida la primera relación mediante regalos a los jefes locales, los in- tercambios se canalizan al interior a través de un asen- tamiento (Penya Negra) que va a ser el máximo be- neficiario del comercio exterior (fig. 3,1).
Las comarcas centrales inician el contacto de for- ma similar; los primeros objetos sólo llegan a los lu- gares centrales (Edeta, Arse, Kelin y Saiti) desde los cuales, en un segundo momento, se distribuyen alre- dedor. Este papel de control en la distribución se uti- liza para mantener y consolidar una red de asenta- mientos dependientes que explotan el territorio en beneficio del lugar central (fig. 2,1). La diferencia con las comarcas meridionales estriba en la ausencia de un asentamiento colonial permanente y en una fecha de inicio más tardía.
En el modelo septentrional, la distribución del pobla- miento en pequeños núcleos del Bronce Final se man- tiene con la llegada de los productos coloniales y, si bien, la introducción se hace también a través de de- terminados puntos costeros (Vinarragell, Puig de la Nau), la redistribución es mucho más regular, sin que estos asentamientos consigan un control completo de la red (fig. 3,1).
Esta diferenciación geográfica entre el norte y el resto del País Valenciano se mantendrá a lo largo de todo el periodo ibérico. Desde los inicios del Ibérico Antiguo, en tierras alicantinas y valencianas, las grandes ciudades, entre las 8 y 10 ha, son la capital de un amplio territorio (Edeta 900 km², Kelin 1500 km²) cuyo poblamiento aparece estructurado jerárquicamente en asentamientos de menor categoría y de funcionalidades distintas (carácter defensivo, agrícola, comercial/por- tuario o religioso) sobre el que ejercen su poder polí- tico y económico. Por el contrario, en la franja coste- ra de Castellón, no hay centro alguno de la categoría de los anteriormente citados y el poblamiento se es- tructura en torno a oppida entre 0’6 ha y 4 ha que controlan territorios no muy extensos.
Este doble modelo se mantendrá hasta el siglo II,
momento a partir del cual se produce una importante cambio en el patrón de asentamiento y en la organi- zación de los territorios ibéricos, ahora bajo la admi- nistración romana, El aumento de población queda reflejado en un habitat disperso de pequeñas explota- ciones agrarias (futuras villas) y en una revitalización de la mayor parte de los grandes centros ibéricos (Ilici,
Saitabi, Saguntum, Kelin), si bien otros decaen y se abandonan, como Edeta o La Serreta.
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