[1.3.10.01]Ahora bien, aunque la filosofía rechace la educación, por considerarla un fundamento falaz de asentimiento a una opinión, lo cierto es que prevalece en el mundo, y que es la razón de que todos los sistemas puedan ser rechazados en un principio por nuevos e insólitos. Es posible que este sea el destino de todo lo aquí expuesto sobre la creencia, de modo que, a pesar de que los argumentos presentados me parecen totalmente concluyentes, no espero ganar muchos prosélitos. Es difícil que los hombres se convenzan de que efectos de tanta importancia puedan derivarse de principios tan insignificantes en apariencia, y de que la mayor parte de nuestros razonamientos —junto con todas nuestras acciones y pasiones— se deriven únicamente del hábito y la costumbre. A fin de refutar esta objeción, adelantaré ahora algo que con mayor propiedad debería ser tratado más adelante, al estudiar las pasiones y el sentido de la belleza152.
[1.3.10.02]En la mente humana hay impresa una percepción del dolor y el placer, resorte capital y principio motor de todas sus acciones. Pero el dolor y el placer tienen dos formas de manifestarse a la mente, y los efectos de la una son bien distintos a los de la otra. En efecto, pueden manifestarse en una impresión debida a una sensación
151En general podemos observar que, como nuestro asentimiento a todo razonamiento
probable está basado en la vivacidad de ideas, se parece a muchas de las fantasías y prejuicios rechazados por tener el ignominioso carácter de productos de la imaginación*. Según esta expresión, parece que el término imaginación se usa normalmente en dos sentidos diferentes; y aunque nada haya más contrario a la verdadera filosofía que esta imprecisión, sin embargo en los razonamientos siguientes me he visto obligado a incurrir en tal imprecisión. Cuando opongo la imaginación a la memoria, me refiero a la facultad por la que formamos nuestras ideas más débiles. Cuando la opongo a la razón, me refiero a la misma facultad, sólo que excluyendo nuestros razonamientos demostrativos y probables. Y cuando no la opongo a ninguna de estas facultades, puede tomarse indiferentemente en el sentido más amplio o en el más restringido; o, al menos, el contexto explicará suficientemente su sentido. [Hume]
* Para evitar esta ambigüedad añadió Hume en su Apéndice un importante texto, ubicado en [1.3.07.07].
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presente, o, como sucede en este momento en que los menciono, solamente en idea. Y es evidente que está bien lejos de ser igual la influencia de estos modos de manifestación sobre nuestras acciones. Las impresiones afectan siempre al alma, y en el más alto grado, pero no toda idea tiene el mismo efecto. La naturaleza ha sido precavida en este caso, y parece haber evitado cuidadosamente las inconveniencias de ambos extremos. Si sólo las impresiones influyeran sobre la voluntad, estaríamos sometidos en cada instante de nuestra vida a las mayores calamidades; en efecto, aunque podamos prever su aproximación, la naturaleza no nos ha provisto de un principio de acción que nos mueva a evitarlas. Y si, por el contrario, toda idea tuviera influencia sobre nuestras acciones, no sería nuestra condición mucho mejor, porque es tal la inestabilidad y actividad del pensamiento que las imágenes de cada cosa, especialmente de bienes y males, están siempre cambiando en la mente; y si nos viéramos movidos por todas estas vanas concepciones no disfrutaríamos de un momento de paz y tranquilidad.
[1.3.10.03]Por eso ha escogido la naturaleza una vía media, no dando a cada idea de bien o mal el poder de activar nuestra mente, pero tampoco excluyéndola por entero de esa influencia. Aunque una vana ficción no tenga eficacia, hallamos sin embargo por experiencia que las ideas de los objetos considerados como existentes en este momento o en el futuro, producen idéntico efecto, pero en menor grado que las impresiones inmediatamente presentes a los sentidos y la percepción. El efecto, pues, de la creencia consiste en levantar una idea simple hasta el mismo nivel de nuestras impresiones, y en conferirla una influencia análoga sobre las pasiones. Este efecto sólo puede tener lugar si se hace que una idea se parezca a una impresión en fuerza y vivacidad. Porque, así como los diferentes grados de fuerza ocasionan toda diferencia original entre impresión e idea, asimismo deben ser en consecuencia origen de toda diferencia en los efectos de esas percepciones, y su supresión total o parcial, causa de toda semejanza nueva que adquiera. Allí donde podamos hacer que una idea se parezca a las impresiones en fuerza y vivacidad, las imitará también, y de modo análogo, en su influencia sobre la mente. Y viceversa,allí donde las imite en esa influencia, como ocurre en el caso presente, lo deberá a su parecido en fuerza y vivacidad. La creencia pues, como es causa de que una idea imite los efectos de las impresiones, deberá hacerla semejante a estas últimas en esas cualidades, no siendo sino una más vivaz e intensa aprehensión de una idea. Esto puede valer pues, tanto como prueba adicional del presente sistema, como para hacernos conocer el modo en que nuestros razonamientos por causalidad son capaces de actuar sobre la voluntad y las pasiones.
[1.3.10.04]Así como la creencia es requisito casi indispensable para despertar nuestras pasiones, del mismo modo admiten éstas muy fácilmente la creencia; y, por ello, no sólo los hechos que nos proporcionan emociones agradables sino también, y muy a menudo, los que causan dolor llegan a ser fácilmente objeto de fe y opinión. Un cobarde, cuyos temores se despiertan fácilmente, reacciona enseguida a toda advertencia de peligro con que se encuentre; de igual forma, una persona de talante sombrío y melancólico cree con facilidad en todo lo que alimente la pasión que en él predomina. Cuando se presenta un
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objeto susceptible de causar una afección, da la alarma y suscita de inmediato un grado de la pasión correspondiente, sobre todo en personas naturalmente predispuestas a esa pasión. Esta emoción pasa mediante una transición fácil a la imaginación y, al difundirse por la idea del objeto afectante, nos lleva a formarnos esa idea con más fuerza y vivacidad y, por consiguiente, a asentir a ella, de acuerdo con nuestra teoría anterior. La admiración y la sorpresa tienen el mismo efecto que las demás pasiones; y así, podemos observar que los charlatanes y arbitristas encuentran en el vulgo, a cuenta de sus exageradas pretensiones, más credulidad que si se mantuvieran dentro de los límites de la moderación. El asombro inicial que acompaña naturalmente a sus milagrosos relatos se extiende por toda el alma, y vivifica y aviva la idea de tal modo que acaba haciéndola semejante a las inferencias que sacamos de la experiencia. Es este un misterio con el que podemos estar ya un poco familiarizados, y del quetendremos ocasiones de hablar en el curso de este tratado.
[1.3.10.05]Luego de dar razón de la influencia de la creencia en las pasiones, encontraremos menor dificultad en explicar sus efectos sobre la imaginación, por extraordinarios que éstos puedan parecer. Es verdad que no podemos obtener placer alguno en un discurso del que nuestro juicio no otorgue asentimiento a las imágenes presentes a nuestra fantasía. Nunca nos proporciona satisfacción alguna la conversación con quienes han adquirido el hábito de mentir, aunque sea en cosas sin importancia; y a ello se debe que las ideas presentadas por éstos, al no estar acompañadas por la creencia, no produzcan impresión en la mente. Aunque los poetas sean mentirosos de oficio, se esfuerzan en todo momento por dar un aire de verdad a sus ficciones. Y cuando esto se ve completamente descuidado, sus representaciones no son nunca capaces de proporcionar gran placer, por ingeniosas que sean. En suma, podemos observar que aun en los casos en que las ideas no tienen modo de influir sobre la voluntad y las pasiones, siguen siendo necesarias la verdad y la realidad si se quiere que esas ideas le resulten entretenidas a la imaginación.
[1.3.10.06]Ahora bien, si comparamos todos los fenómenos que aparecen en este tema, veremos que la verdad, por necesaria que pueda parecer en toda obra literaria inteligente, no tiene otro efecto que el de procurar una recepción fácil de las ideas, haciendo que la mente asienta a ellas con satisfacción o, al menos, sin reticencia. Sin embargo, como es éste un efecto que puede fácilmente suponerse debido a esa solidez y fuerza que —según mi sistema— acompaña a las ideas establecidas gracias a razonamientos por causalidad, se sigue que toda la influencia de la creencia sobre la fantasía puede ser explicada partiendo de ese sistema. De acuerdo con ello, podemos observar que allí donde esa influencia surge de principios distintos a la verdad o realidad, toman éstos su lugar, proporcionando idéntico entretenimiento a la imaginación. Los poetashan forjado lo que ellos denominan un sistema poético de las cosas, que, aunque no sea creído ni por ellos ni por sus lectores, se toma normalmente como base suficiente de cualquier ficción. Estamos tan acostumbrados a los nombres de MARTE, JUPITER y VENUS que, del mismo modo que la educación fija una opinión, la
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repetición constante de esas ideas las hace penetrar con facilidad en la mente y predominar en la fantasía, sin influir en el juicio. De forma análoga, los autores trágicos toman siempre prestadas sus fábulas o, al menos, los nombres de sus principales personajes, de algún conocido pasaje de la historia; y no hacen esto para engañar a los espectadores, ya que confiesan francamente que no han seguido la verdad punto por punto en todos los incidentes de la acción, sino que lo hacen a fin de procurar una recepción más fácil en la imaginación de los extraordinarios sucesos que presentan. Sin embargo, ésta es una precaución que no necesitan los poetas cómicos, cuyos personajes e incidentes penetran, por ser de un tipo más familiar, con mayor facilidad en la recepción, y se aceptan sin tanta formalidad, a pesar de que a primera vista sean tenidos por ficticios y por mero producto de la fantasía.
[1.3.10.07]Y no sólo esta mezcla de verdad y falsedad, existente en las fábulas de los poetas trágicos, sirve a nuestro propósito actual, al mostrar que la imaginación puede ser satisfecha sin creencia ni certeza absolutas, sino que, desde otro punto de vista, puede considerarse como una poderosa confirmación de este sistema. Es evidente que los poetas utilizan este artificio de tomar de la historia los nombres de sus personajes y los acontecimientos principales de sus poemas con el fin de procurar una admisión más fácil de la obra entera, haciendo así que ésta produzca una impresión más profunda en la fantasía y las afecciones. Al ser enlazados en la trama de un poema u obra dramática, los distintos incidentes adquieren una suerte de relación; y de este modo, si algun o de ellos es objeto de creencia, confiere fuerza y vivacidad a los demás incidentes con éI relacionados. La viveza de la concepción primera se difunde por las relaciones y, como si fuera por muchos conductos y canales, es llevada a cada idea que tenga alguna comunicación con la idea primaria. Ciertamente que esto no puede nunca equipararse a una seguridad perfecta, pues la unión entre las ideas es en cierto modo accidental. Con todo, puede acercarlas tanto en su influencia, que llegue a convencernos de que se derivan del mismo origen. La creencia debe agradar a la imaginación por medio de la fuerza y vivacidad que la acompaña, dado que se ha visto que toda idea fuerte y vivaz agrada a esa facultad.
[1.3.10.08]A fin de confirmar esto, podemos observar que existe una ayuda recíproca tanto entre el juicio y la fantasía como entre el juicio y la pasión, y que la creencia no sólo infunde vigor a la imaginación, sino que una imaginación vigorosa y fuerte es, de todas las capacidades naturales, la más adecuada para procurar creencia y autoridad. Nos resulta difícil negar asentimiento a lo que se nos pinta con todos los colores de la elocuencia; la vivacidad producida por la fantasía resulta en muchas ocasiones mayor que la debida a la costumbre y la experiencia. Somos arrebatados por la viva imaginación de nuestro autor o interlocutor, y hasta él mismo resulta víctima muchas veces de su propio genio y fogosidad.
[1.3.10.09]Tampoco estará de más señalar que, así como una imaginación vivaz degenera muy a menudo en manía y locura, y actúa de un modo muy semejante, del mismo modo influyen estas últimas en el juicio, y producen creencia a partir de los
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mismos principios. Cuando la imaginación, a causa de alguna fermentación anormal de la sangre y los espíritus animales, adquiere tan gran vivacidad que desordena todos sus poderes y facultades, no hay modo ya de distinguir la verdad de la falsedad, sino que toda vaga ficción o idea, al tener la misma influencia que las impresiones de la memoria o las conclusiones del juicio, se admite en pie de igualdad con éstas, y actúa con igual fuerza sobre las pasiones. Para avivar nuestras ideas no son ya necesarias por más tiempo una impresión presente y una transición debida a costumbre; cada quimera del cerebro es tan vivaz e intensa como cualquiera de las inferencias que antes dignificábamos con el nombre de conclusiones acerca de cuestiones de hecho, y a veces llega a ser tan vívida como las impresiones directas de los sentidos153.
[1.3.10.10]El mismo efecto, pero en menor grado, cabe observar en la poesía; la locura y la poesía tienen en común que la vivacidad por ellas conferida a las ideas no está derivada de las situaciones o conexiones particulares de los objetos de estas ideas, sino del temperamento y disposición de la persona en ese momento. Sin embargo, y por extremo que resulte el grado a que llegue esta vivacidad, es evidente que nunca tiene en poesía el mismo modo de afección que el surgido en la mente cuando razonamos, a pesar de que lo hagamos con el tipo más bajo de probabilidad. La mente puede distinguir con facilidad entre una y otra especie de vivacida d: sea cual sea la emoción que el entusiasmo poético pueda infundir en los espíritus, sigue siendo una mera sombra de la creencia o persuasión. Y lo mismo que con la idea sucede con la pasión por ella ocasionada. No hay pasión de la mente humana que no pueda surgir de la poesía, y sin embargo el modo en que se sienten las pasiones es muy diferente cuando éstas han sido suscitadas por ficciones poéticas que cuando surgen de la creencia y la realidad. Una pasión desagradable en la vida real puede proporcionar el más alto entretenimiento en una tragedia, o en un poema épico. En este caso, la pasión no tiene tanto poder sobre nosotros; es sentida como algo menos firme y sólido, y no tiene otro efecto que el agradable de excitar los espíritus y despertar la atención. Y esta diferencia en las pasiones implica claramente la existencia de una diferencia similar en las ideas de donde se derivan las pasiones. Cuando la vivacidad se debe a una acostumbrada conjunción con una impresión presente, aunque la imaginación no pueda aparentemente ser movida con tanta fuerza como en el caso del ardor producido por la poesía y la elocuencia, existe siempre, sin embargo, algo de más forzoso y real en sus acciones. La fuerza de nuestros actos mentales no es mayor en ese caso que en cualquier otro, ni debe ser estimada según la aparente agitación mental. Una descripción poética puede tener un efecto más sensible sobre la fantasía que una narración histórica. Puede enlazar mayor número de circunstancias que formen una completa imagen o escena. Puede situar ante nosotros al objeto en colores más vivos. Con todo ello, las ideas que
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presenta siguen siendo sentidas de un modo distinto a las surgidas de la memoria y el juicio. Hay algo débil e imperfecto en medio de toda esa aparente vehemencia de pensamientos y sentimientos que acompaña a las ficciones de la poesía.
[1.3.10.11] Más adelante tendremos ocasión de señalar las semejanzas y diferencias entre entusiasmo poético y convicción seria. En tanto, no puedo dejar de decir ahora que la gran diferencia en el modo de sentir ambas cosas procede en alguna medida de la reflexión y las reglas generales. Vemos que el vigor en la concepción que las ficciones adquieren gracias a la poesía y la elocuencia es una circunstancia meramente accidental, y de la que es susceptible igualmente toda otra idea. Observamos también que tales ficciones no están conectadas con nada real; y es esta observación la que hace que nos prestemos, por así decirlo, a la ficción, pero a la vez es causa de que sintamos la idea de un modo muy diferente a como sentimos las convicciones eternamente establecidas, basadas en la memoria y la costumbre. Ficción y convicción son, de algún modo, de la misma clase, pero la una es muy inferior a la otra, lo mismo en sus causas que en sus efectos.
[1.3.10.12]Una reflexión similar sobre las reglas generales impide que aumente nuestra creencia en algo según vaya aumentando la fuerza y vivacidad de nuestr as ideas. Cuando una opinión no admite duda ni probabilidad en contrario, le concedemos una total convicción, a pesar de que su falta de semejanza o contigüidad pueda hacer que su fuerza sea inferior a la de otras opiniones. El entendimiento corrige de este modo las apariencias de los sentidos, llevándonos a imaginar que incluso al sentido de la vista un objeto a veinte pies de distancia le parece tan grande como otro de las mismas dimensiones situado a diez pies.
[1.3.10.13]Podemos observar el mismo efecto en la poesía, aunque en un grado inferior, con la única diferencia de que la menor reflexión disipa las ilusiones de la poesía y vuelve a colocar los objetos en la perspectiva adecuada. Con todo, es cierto que en el calor del entusiasmo poético tiene el poeta una fingida creencia, y aun una especie de visión de sus objetos. Y si hubiera alguna sombra de duda en el argumento que sostiene esa creencia, nada hay que contribuya en mayor grado a que el poeta se convenza totalmente que el fuego de las figuras e imágenes poéticas, cuyo efecto es sentido tanto por el poeta mismo como por sus lectores.
1.3.11 SECCIÓN XI DE LA PROBABILIDAD DE LOS CASOS DE AZAR
154154 Las secciones 11 y 12 remiten directamente al cálculo de probabilidades, y se refieren a
dos partes importantes de éste: la expectativa matemática en juegos de azar y la probabilidad de las causas. la influencia del Arsconjectandide JACQUES BERNOULLI (1713) es patente a lo