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3.4 Performance Evaluation

3.4.1 Prototype experimental results

Si bien es cierto que los primeros emperadores cristianos ordenaron la destrucción de las obras anticristianas de esos filósofos, como era lógico, ha sido posible reconstruirlas en parte, entresacando de los tratados de sus mismos adversarios; la obra de Celso, en particular, se deduce de una réplica en ocho libros escrita por Orígenes hacia 248. El

376 Euseb. h.e. 7,10,4; 8,14,5; 10,4,13 ss; 10,4,28; 10,1,7. V.C. 3,1; Theodor. h.e. 3,26. Otras muchas

fuentes se documentan en J. Ziegler, Gegenkaiser 32ss. Kraft, Kirchenváter Lexikon 199. No obstante Fredouille le atestigua a Eusebio “indudablemente [...] una gran clarividencia” en la polémica general de los padres de la Iglesia contra el culto a los ídolos, RAC XI 880. La difamación de los emperadores paganos por parte de los dignatarios de la Iglesia antigua ha venido propagándose en el cristianismo de siglo en siglo. Todavía el aristócrata y obispo Otto von Freising repetía en su crónica (aplaudida por Lammers como el punto culminante “de la crónica medieval en todo el mundo”) las acusaciones propagandísticas contra Maximino, Licinio y Majencio en el sentido de que “se daba muerte a mujeres embarazadas para consultar sus vísceras», etc. Otto Chron. 4,1 ss. Lammers XXIV.

teólogo más influyente de los primeros tiempos de la cristiandad se tomó evidentemente mucho trabajo en refutar a Celso, cosa tanto más difícil por cuanto en muchos pasajes se ve obligado a confesar las razones que asisten a su adversario. Pese a ser uno de los cristianos más honestos que se puedan citar, y pese a sus propias protestas de integridad, en muchos casos Orígenes tuvo que acudir a subterfugios, a la omisión de puntos importantes, y acusa de las mismas prácticas a Celso, autor desde luego no exento de tendenciosidad pero más fiel a la realidad de los hechos. Orígenes le reitera la calificación de necio de primera categoría, aunque el haberse molestado en escribir una réplica extensa “vendría a demostrar más bien lo contrario”, como dice Geffcken.377 La Palabra verdadera (Alethés Logos) de Celso, originaria de finales del siglo II, es la primera diatriba contra el cristianismo que conocemos. Como obra de alguien que fue filósofo platónico, el estilo es elegante en su mayor parte, los argumentos matizados y hábiles, otras veces irónicos, y no del todo desprovisto de cierta voluntad de conciliación. El autor se muestra buen conocedor del Antiguo Testamento, de los Evangelios, y también de la historia interna de las comunidades cristianas; poco sabemos de su figura, pero según su obra ciertamente no fue un personaje vulgar.378 Celso distinguió con claridad los puntos más precarios de la doctrina cristiana, por ejemplo la mezcla de elementos judaicos con otros del estoicismo, del platonismo, y aun de las creencias y cultos mistéricos egipcios y persas. Opina que “todo esto se expresó mejor entre los griegos [...] y sin tanta altanería ni pretensión de haber sido anunciadas por Dios o el Hijo de Dios en persona”. Celso hace burla de la vanidad delos

judíos y los cristianos, de sus pretensiones de ser el pueblo elegido: “Por encima de

todos está Dios, y después de Dios nosotros, creados por Él y semejantes a Él en todo; lo demás, la tierra, el agua, el aire y las estrellas, es todo nuestro, puesto que se creó para nosotros y por tanto debe ponerse a nuestro servicio”. Para rebatir esto, Celso compara “la ralea de los judíos y cristianos” con “una bandada de murciélagos, o un hormiguero, o una charca llena de ranas que croan, o de lombrices...”, afirmando que el hombre no lleva tanta ventaja al animal y que es sólo un fragmento del cosmos, cuyo creador atiende sólo a la totalidad.379

De ahí, Celso se ve obligado a preguntar por qué descendió el Señor entre nosotros. “¿Acaso necesitaba ponerse al corriente acerca del estado de cosas reinante entre los hombres? Si Dios lo sabe todo, ya debía estar enterado, y sin embargo nada hizo por poner remedio a tales situaciones antes.” ¿Por qué precisamente entonces, y por qué debía salvarse sólo una parte minúscula de la humanidad, condenando a los demás “al fuego del exterminio”? Y ¿cómo podía resucitar un cuerpo ya descompuesto presentarse incólume? “Como no saben qué replicar a eso, utilizan el muy socorrido

377 Geffcken, Das Christentum 80. Miura-Stange 125 ss. Cf. también Schiingensiepen 96 ss.

Andresen, Logos 22 ss, 3293 ss. Gigon 104.

378 Miura-Stange 37. Andresen, Logos 223 s, 237,395. Gigon 104 ss. 379 Orig. contra Celsus, 1,5; 6,1; 6,23. Gigon 105ss.

subterfugio de asegurar que Dios lo puede todo.”380

En lo tocante a la ética cristiana, Celso, buen conocedor de la historia comparativa de las religiones, no encuentra nada nuevo. Con bastante razón dice que “es la misma de los demás filósofos, y no una ciencia venerable, ni nueva”. Incluso el mandamiento del amor al enemigo le parece “muy antiguo y mejor expresado por otros antes”, y “no en términos tan rústicos”. Así cita como ejemplo el famoso pasaje 49 B-E del Gritón platónico. El diálogo entre Sócrates y Critón subraya la idea de que “bajo ninguna circunstancia es lícito obrar injustamente”, ni tampoco “cuando se nos ha infligido una injusticia”, “por grande que fuese el mal padecido”; que “nunca es lícito hacer lo que no es justo, ni defenderse devolviendo injusticia por injusticia...”. Celso incluso da a entender que, antes de Platón, otros hombres inspirados habían propugnado la misma opinión, con lo que alude posiblemente a las doctrinas pitagóricas.381

Con toda la razón desde el punto de vista de la historia de las religiones, aduce el pagano que la figura de Cristo no reviste tanto carácter excepcional en comparación con Hércules, Esculapio, Dionisos y otros muchos que realizaron prodigios y ayudaron a los demás. “¿O acaso pensáis que lo que se cuenta de esos otros son fábulas y deben pasar por tales, mientras que vosotros habéis dado mejor versión de la misma comedia, o más verosímil, como lo que exclamó antes de morir en la cruz, y lo del terremoto y la súbita oscuridad?” Antes de Jesús hubo divinidades que murieron y resucitaron, legendarias o históricas, lo mismo que hay testimonios de los milagros que obraron, junto con otros muchos “prodigios” y “juegos de habilidad que logran los prestidigitadores”. “Y esos son capaces de realizar tales cosas, ¿tendremos que tomarlos por Hijos de Dios?” Aunque, naturalmente, “los que desean que se les engañe siempre están prestos a creer en apariciones como la de Jesús”.382

Celso subraya repetidas veces que los cristianos se recluían entre los círculos más incultos y más propensos a creer en prodigios, que su doctrina sólo convence a “las gentes más simples”, ya que ella misma “es simple y adolece de carácter científico”. En cambio, a las personas cultas, asegura Celso, los cristianos las evitan, sabiendo que no se dejan embaucar. Prefieren dirigirse a los ignorantes para contarles “grandes maravillas” y hacerles creer que “no se debe hacer caso de padres ni de maestros, sino escucharles únicamente a ellos. Que aquéllos sólo dicen tonterías y necedades [...] y que sólo los cristianos tienen la clave de las cosas y que saben cómo hacer felices a las criaturas que les siguen. [...] Así hablan ellos. Pero cuando ven que se acerca un maestro con instrucción y discernimiento, o incluso el padre en persona, entonces los más prudentes prefieren alejarse a toda prisa; pero los más descarados incitan a la desobediencia, diciéndoles a los niños que no se puede hablar de cosas importantes delante de los padres y maestros, puesto que ellos no quieren nada con personas tan profundamente corrompidas y encenagadas en la maldad, que sólo saben imponer castigos. Y les

380 Orig. contra Celsus, 4,2ss; 5,14. 381 Orig. contra Celsus, 7,58. Gigon 116.

insinúan que, si quieren, pueden abandonar a sus padres y maestros...”.383

La veracidad de lo que se cuenta en estos párrafos apenas puede ponerse en duda, si tenemos presente el fanatismo con que muchos siglos después los padres eclesiásticos siguen incitando a desobedecer a los padres naturales, cuando éstos pretenden oponerse a sus fines.

Un siglo después de Celso, el relevo de la lucha literaria contra la nueva religión lo toma Porfirio. Nacido alrededor de 233 y seguramente en Tiro (Fenicia), a partir de 263 Porfirio se estableció en Roma, donde vivió durante decenios y se dio a conocer como uno de los principales seguidores de Plotino (pensador éste que, pese a sus virtudes, según el padre Firmico, quedó refutado por completo al enfermar de la lepra y morir miserablemente). De los quince libros de Porfirio Contra los cristianos, fruto de una convalecencia en Sicilia, hoy se conservan sólo algunas citas y extractos. La obra propiamente dicha fue víctima de los decretos de príncipes cristianos, Constantino el primero, y luego, hacia 448, los emperadores Teodosio II y Valentiniano III, que ordenaron la primera purga de libros en interés de la Iglesia.384

Por desgracia, las referencias conservadas de la obra no dan una idea tan completa como en el caso de Celso. Podemos suponer que Porfirio conoció la Palabra verdadera de aquél; algunos argumentos se repiten casi al pie de la letra, cosa por otro lado bastante lógica. También Porfirio se pregunta, por ejemplo, qué tenían que aguardar tantas naciones anteriores a la venida del Cristo. “¿Por qué fue preciso esperar a una época reciente, permitiendo que se condenaran tantísimas personas?” Porfirio parece más sistemático que Celso, más erudito; le supera como historiador y filólogo, así como en el conocimiento de las Escrituras cristianas. Domina los detalles más a fondo y critica con severidad el Antiguo Testamento y los Evangelios; descubre contradicciones, lo que le convierte en un precursor de la crítica racionalista de la Biblia. Niega decididamente la divinidad de Jesús. “Aunque hubiese entre los griegos alguno tan obtuso como para creer que realmente los dioses residen en las imágenes que tienen de ellos, ninguno lo sería tanto como para admitir que la divinidad pudo entrar en el vientre de María virgen, para convertirse en feto y ser envuelta en pañales después del parto.”385

Porfirio critica también a Pedro, y sobre todo a Pablo, personaje que le parece (lo mismo que a otros muchos hasta la fecha de hoy) notablemente antipático. Le juzga ordinario, oscurantista y demagogo, y le acusa de codicia, cosa que antes él habían señalado ya algunos cristianos, pues por algo dijo el mismo Pablo: “¿Quién milita jamás a sus expensas? ¿Quién planta una viña, y no come de su fruto? ¿Quién apacienta un rebaño, y no se alimenta de la leche del ganado?”, acogiéndose acto seguido a la Ley de Moisés: “No pongas bozal al buey que trilla”. Porfirio incluso afirma que Pablo, como

383 Ibíd. 1,27; 1,62; 2,46; 3,50; 3,55; 6,14.

384Aparte la obra anticristiana no se emprendió nada contra los demás escritos del filósofo, de

quien conocemos 77 títulos. Halbfass, Porphyrios 24 ss. Ziegler, Firmicus Maternus RAC VII 951. Hoheisel 27.

era pobre, predicaba para sacar dinero a las damas ricas y que no era otra la finalidad de sus múltiples viajes. Hasta san Jerónimo reparó en la acusación de que las comunidades cristianas estaban regentadas por mujeres y que el favor de las damas decidía quiénes podían acceder a la dignidad del sacerdocio.386

El pagano también censura la doctrina de la salvación, la escatología cristiana, los sacramentos, el bautismo, la comunión; el tema central de sus críticas es, de hecho, la irracionalidad de las creencias y no ahorra improperios, pese a lo cual Paulsen podía escribir en 1949: “La obra de Porfirio fue un alarde tal de erudición, de intelectualismo refinado y de capacidad para la comprensión del hecho religioso, que jamás ha sido superada, ni antes ni después, por ningún otro tratadista. Anticipa toda la crítica moderna de la Biblia, a tal punto que muchas veces el investigador actual, mientras lo lee, no puede sino asentir en silencio a tal o cual pasaje”. Y el teólogo Harnack escribe que “Porfirio todavía no ha sido refutado”, “casi todos sus argumentos, en principio, son válidos”.387

Verdad es que Porfirio, hombre de su tiempo al fin y al cabo, junto a su crítica ilustrada nos sorprende por su firme creencia en oráculos y demonios. En la obra de su predecesor hallamos asimismo muchas ingenuidades, aunque también a Celso le reconoció el teólogo Ahiheim, en 1969, “una crítica devastadora de la imagen de Jesús que transmitieron los Evangelios”. Y cuando Celso termina “en tono conciliador” proponiendo a los cristianos que tomen parte en la vida pública, que presten el servicio militar, ellos atendieron a la sugerencia y no con poco interés, según opina el teólogo: “De la noche a la mañana se pasaron al lado de Constantino, junto con los poderosos y los opresores. Comenzaba en ese momento la desgraciada alianza entre el trono y el altar”.388

Los inicios de dicha alianza, cuyas gravísimas consecuencias perduran hasta hoy, serán objeto de nuestro capítulo siguiente.

386 Macario 3,19; 3,32 s. Gigon 120 s.

387 Macario 3,15; 3,17; 4,1; 4,8 s; 4,19; 4,24. Geffcken, Das Christentum 97.¡ Harnack, Mission (1924)

1521. Cf. además Lietzmann, Geschichte III 28. Halbfass, Porphyrios 26 s, 30ss.

CAPÍTULO 5 SAN CONSTANTINO,

EL PRIMER EMPERADOR CRISTIANO,

”SÍMBOLO DE DIECISIETE SIGLOS DE HISTORIA ECLESIÁSTICA”

“En todas las guerras que emprendió y capitaneó, alcanzó brillantes victorias [...].”

SANAGUSTÍN, PADRE DE LA IGLESIA389

“De entre todos los emperadores romanos, él solo honró a Dios, el Altísimo, con extraordinaria devoción, él solo anunció con valentía la doctrina de Cristo, él solo exaltó a su Iglesia como nadie desde que existe memoria humana; él solo puso fin a los errores del politeísmo y abolió toda clase de culto a los ídolos.”

EUSEBIO DE CESÁREA, OBISPO390

“Constantino era cristiano. El que obra así, y sobre todo en un mundo que todavía era mayoritariamente pagano, tiene que ser cristiano de corazón, y no sólo con arreglo a las demostraciones externas.”

KURT ALAND, TEÓLOGO391

“La cristiandad tuvo siempre ante sus ojos, como ejemplo luminoso, la figura de Constantino el Grande.”

PETER STOCKMEIER, TEÓLOGO392

“También sus posturas espirituales fueron las propias de un verdadero creyente.”

KARL BAUS, TEÓLOGO393

“Ese monstruo Constantino. [...] Ese verdugo hipócrita y frío, que degolló a su hijo, estranguló a su mujer, asesinó a su padre y a su hermano políticos, y mantuvo en su

389 August., civ. dei 5,25. 390

Euseb.,V.C.4,75.

391 Aland, Entwürfe 195. El resto de la cita epigráfica en Hemegger 117.

392 Stockmeier, Leo I., 69,138. Cf. también la opinión del historiador Johannes Straub:

“Constantino profesó la fe cristiana, y debemos aceptar su propio testimonio en prueba de ello”; “y proporcionó a los cristianos la oportunidad de recordar sus deberes como ciudadanos, hasta entonces un tanto descuidados”. Straub, Regenerado 88,142.

corte una caterva de sacerdotes sanguinarios y cerriles, de los que uno solo se habría bastado para poner a media humanidad en contra de la otra media y obligarlas a matarse mutuamente.”

PERCY BYSSHE SHELLEY394