Hacia mediados del siglo II, Arístides, uno de los primeros apologetas, fustigó (en una apología que no se descubrió hasta 1889, en el monasterio de Santa Catalina del Sinaí) la divinización del agua, del fuego, de los vientos, del sol y, desde luego, el culto a la tierra, ésta por ser el lugar “donde se almacena la inmundicia de los humanos y la de los animales, tanto salvajes como domésticos [...] y la descomposición de los muertos”, “recipiente de cadáveres”. Sin embargo, la enemistad especial de este cristiano iba orientada sobre todo, lo mismo que sucede con muchos de nuestros contemporáneos, contra “la envoltura oscura y tortuosa del lenguaje mitológico de los egipcios”, como escribe McKenzie. Pues ellos, “el más simple e irracional de todos los pueblos de la tierra”, rendían culto a los animales (aunque, desde el punto de vista de la historia de las religiones, es discutible que los animales hayan sido tenidos por divinidades, sino más bien una de las formas de manifestación de la divinidad). A la gente de iglesia eso le parecía un escándalo digno de toda censura. Una y otra vez acusan la indignación que les produce el culto a las divinidades teriomorfas, el pez, la paloma, el perro, el asno, el buey y el macho cabrío, e incluso el ajo y la cebolla. “¡No se dan cuenta esos míseros de que todas estas cosas no son nada!”340
Nada, pues, el reino animal, ni el vegetal. Nada, el placer. Y los mundos politeístas: “Locura”, “habladurías blasfemas, ridículas y necias”, que son origen de “todo lo malo, espantable y repugnante”, de “grandes vicios”, de “guerras inacabables, grandes hambrunas, amargos cautiverios y miseria absoluta”, todo lo cual cae sobre la humanidad, “a causa del paganismo” y sólo por eso.341
A finales del siglo II, el ateniense Atenágoras quiere ver a Dios, el padre de la razón, hasta en las criaturas desprovistas de ella, y reclama que se honre la imagen de Dios no sólo en la figura humana, sino también en las de aves y animales terrestres. Precavido, el
339 1 Pedro 4,3; Apoc. 2,12ss; 2,26s; 18,2; 21,8; 22,15. Friediánder 835. Dewick 112. Meinhold,
Historiographie 131.
340 Arist. apol. 4,2 s; 5,1 ss; 6,1; 12,1; 12,6 ss. Min. Fel. Oct. 28,7 s. Justin. apol. 1,24,1. Athenag. leg.
1,1; 14,2; Kerygma Petr. frg. 3 a. Mart. Apollon. 21. RAC X 1204. Altaner 88 s. Mensching, Irrtum 9. McKenzie 40.
cristiano declara que “es preciso que cada cual elija a los dioses de su preferencia”, asegura que no alberga la intención de atacar sus imágenes y ni siquiera niega que éstas sean capaces de obrar milagros; Agustín se pronuncia de manera muy parecida. Qué humilde, o casi podríamos decir, devoto parece Atenágoras en su Rogativa en favor de los
cristianos, cuando solicita la “indulgencia” de los paganos Marco Aurelio y Cómodo, y
alaba su “gobierno prudente”, su “bondad y clemencia”, su “ánimo pacífico y amor a los humanos”, su “afán de saber” y su “amor a la verdad”, sus “benéficas acciones”; incluso les asigna títulos honoríficos que no les correspondían.342
Sin embargo, por la misma época, es decir, hacia 172, el oriental Tatiano redacta una tremenda filípica contra el paganismo. Para este discípulo (cristianizado en Roma) de san Justino y futuro caudillo de la “herejía” encratita, para el “filósofo bárbaro Tatiano”, como él mismo se llama, los paganos son unos pretenciosos ignorantes, pendencieros y aduladores. Están llenos de “soberbia” y de “frases campanudas”, pero también de lujuria y mentira. Sus instituciones, sus costumbres, su religión y sus ciencias no son más que “necedades”, “estupidez bajo múltiples disfraces”, “aberraciones”. En su
Discurso a los creyentes de Grecia, Tatiano critica “la palabrería de los romanos”, “la
frivolidad de los atenienses”, “la turba innumerable de vuestras inútiles poetisas, vuestras concubinas y demás parásitos”. El ex-alumno de los sofistas encuentra “falta de medida” en Diógenes, “gula” en Platón, “ignorancia” en Aristóteles, “habladurías de viejas” en Feréquides y Pitágoras, “vanidad” en Empédocles. Safo no es más que una “hembra deshonesta, presa de furor uterino”, Aristipo un “hipócrita lujurioso”, Heráclito un “autodidacta vanidoso”; en una palabra: “Son charlatanes, que no doctores —ironiza el cristiano—, grandes en palabras pero parcos en saberes”, que “andan sobre pezuñas como animales salvajes”.343
Tatiano hace tabla rasa de la retórica clásica, de las escuelas, del teatro, “esos hemiciclos [...] donde el público se regodea escuchando inmundicias”; se carga incluso las artes plásticas (por su temática y por los modelos elegidos), e incluso lo que todo el mundo ha admirado y sigue admirando, la poesía y la filosofía de los griegos; opone continuamente la “frivolidad”, la “necedad”, la “enfermedad” del paganismo a la “prudencia” cristiana. Frente a “las doctrinas rivales y engañosas de los que ciega el demonio”, las “enseñanzas de nuestra sabiduría”.
Los verdaderos amantes de la sabiduría, afirma Tatiano, frecuentan las iglesias. “No somos payasos, o seguidores de las doctrinas griegas, y no nos prestamos a farsas”, y
“nosotros no mentimos”, “vuestras palabras son necedades...”. Entre “las verdades de las
que soy heraldo” figuraban algunos cuentos para no dormir de Tatiano, como que los paganos comían carne de cristianos para que éstos no pudiesen resucitar el Día del
342 Athenag. leg. 1 s; 18; 21 ss; 26 s. Cf. también Justin. apol. 1,9,2. Theophil. ad Autol. 1,10. Min.
Fel. Oct. 23,12. Eberhard BKV 1913, 6 y el mismo en LThK 1 ed. 1770. Funke RAC XI 784,802. Hoheisel 81.
343 Tat. or. ad Graec. 1,4; 2,1ss; 3,2 s; 3,6 s; 3,9 s; 6,4; 14,1; 25,1; 26,1; 26,5; 33,1; 33,7; 34,5; 34,7; 35,2;
Juicio.344
Con este discurso (“única y contundente requisitoria contra todos los logros del espíritu helénico en todas las disciplinas”, según Krause), empieza el menoscabo de toda la cultura pagana, al que siguió el ostracismo y casi el olvido total en Occidente durante más de un milenio. Pero mientras un investigador crítico como Johannes Geffeken dice del sirio Tatiano que fue un “oriental enemigo de la cultura”, “redomado hipócrita” y “erudito a la violeta”, además de “embustero que no respetaba a los demás ni se respetaba a sí mismo”, en cambio el partido católico del siglo XX todavía defiende a Tatiano y habla de la “belleza y utilidad” del tratado en cuestión, del que ya en el siglo IV decía el historiador Eusebio que era “famoso entre las gentes”. El mismo obispo asegura que era “la más bella y útil de todas las obras de Tatiano”.345
Ahora bien, el tan repetido Tatiano militaba en el mismo frente de la Iglesia antigua que se extiende desde san Ignacio (que rechazaba todo contacto con la literatura pagana y casi podría decirse que con la instrucción en general) y su correligionario Policarpo, obispo de Esmirna, hasta el polígrafo Hermíades y su Sátira de los filósofos paganos, tan burda como elemental, el padre de la Iglesia Ireneo, el obispo Teófilo de Antíoquía y otros que manifestaron su inquina contra la filosofía antigua, condenada como “falsas especulaciones”, “desvaríos, absurdos, delirios de la razón, o todas estas cosas a la vez”. Según san Teófilo (espíritu bastante mediocre, pero que fue titular de una sede prestigiosa), lo que difunden los representantes de la cultura griega sin excepción no es más que “palabrería”, “charla inútil”, ya que “no han tenido ni el menor atisbo de la verdad”, “no han encontrado ni la más mínima pizca de ella”.346
En las mismas valoraciones abundó Tertuliano. Moviéndose en la ambigüedad, como corresponde a los buenos cristianos, supo defender la tolerancia, dejando que se rezase lo mismo a Júpiter que ante el altar de la fe, y protestó de que se privase a nadie “de la libertad de religión y de elegir libremente a sus divinidades”; pero, al mismo tiempo, se burla: ¿qué tienen en común un filósofo y un cristiano, un discípulo de Grecia y un discípulo del cielo, un falsificador de la verdad y un renovador de ella? El veredicto sobre la filosofía es finalmente condenatorio (pese a que él jamás vivió de otra cosa), y abarca a la cultura griega en general. Nada le debe el cristianismo, porque aquélla no es más que halago para los oídos, necedad, obra del diablo, y si alguna vez se acerca a la verdad, es por coincidencia o por plagio.347 Sin embargo, para Tertuliano, el colmo de la
344 Tat. or. 1,7; 12,6; 12,13; 17,2; 19,1; 21,1ss; 22ss; 26,5; 32,2 s; 32,7.
345 Tat. or. 8,4; 9,7 ss; 10,3; 14,1 ss; 15,8; 18,6 s; 29,1 ss; 33 s. Euseb. h.e. 4,29,7. BKV 1913,19.
Geffcken, Zwei christíiche Apologeten 105 ss. Krause, Die Stellung 23.
346 26. Hermias 21,2,10; Theoph. ad AUtol. 2,12; 2,15; 2,33; 3,2 s; 3.17. Cf. también 3,16;3,29. Iren.
adv. haer. 2,14. BKV 1913, 6. Altaner 103. Kraft, Kirchenváter Lexikon 263 s. Krause, Die Stellung 26,61 s. Deschner, Hahn 306 ss.
347 Tert. apol. 24; 38; 42; 46; praesc. haer. 7; 14. anima I s. spect 17; 29. Sobre el “latrocinio de los
impiedad y la culminación de los siete pecados capitales, que en los gentiles se suponen con carácter general, es la adoración de múltiples dioses, sin tener en cuenta que al fin y al cabo éstos no son sino las fuerzas de la naturaleza personificadas y divinizadas, o las de la potencia sexual. Pues bien. Tertuliano, quizá más que ningún otro autor cristiano antes que él, emprendió una lucha sistemática contra este culto. Comprueba con satisfacción el escaso respeto que los paganos tenían a sus propios ídolos y en lo tocante a los usos de su religión. Pone en su punto de mira la impasibilidad de los dioses, la indignidad de sus mitos; se burla y se escandaliza de que los cristianos no puedan ir a parte alguna sin tropezarse con dioses. Les prohíbe cualquier actividad ni remotamente relacionada con la “idolatría”, así como la elaboración y venta de imágenes y todas las profesiones útiles al paganismo, incluido el servicio militar.348
Incluso un amigo de la filosofía griega como Clemente Alejandrino, en su Advertencia
a los gentiles rebatía, a la vuelta del siglo III, todos aquellos “mitos santificados”, “altares
impíos”, “adivinos y oráculos demenciales e inútiles”, y todas sus “escuelas de sofismas para incrédulos y garitos donde abunda la locura”. Por lo que se refiere a los “cultos mistéricos de los impíos”, Clemente se propone “revelar los engaños que se ocultan en ellos”, su “desvarío sacro”, ya que no hay en ellos más que “orgías engañosas”, “totalmente inhumanas”, “semilla de todo mal y de la perdición”, cultos abominables que sin duda sólo impresionarían “a los bárbaros más incultos de entre los tracios, a los más tontos de entre los frigios y a los más supersticiosos de entre los griegos”.349
De todo lo que era realmente bello y lleno de sentido, como la divinización de los astros y del sol, al que rendían culto especialmente los persas, de la tierra y sus frutos, de las aguas —sobre todo entre los egipcios, que divinizaron en particular las del Nilo—, así como del erotismo y la sexualidad, abominó expresamente dicho padre de la Iglesia, precedido en esto por Arístides y seguido por otros como Firmico Materno o Atanasio, doctor de la Iglesia, en su Oratio contra gentes, en donde el obispo no sólo condena la divinización de imágenes, seres humanos y animales, sino también la de los astros y los elementos; para él la religiosidad pagana estaba enteramente fundada en el exceso sexual y la amoralidad.350
Los cristianos de la Antigüedad no entendían el fascinante ciclo de la vida de las plantas, tan celebrado por los paganos, ni la interpretación de mitos antiquísimos en relación con la fecundidad, que implicaban la participación en realidades telúricas y cósmicas, así como la experiencia, profundamente religiosa, del eco de lo bello y lo vital en cada ser humano. “En esta religión todo guarda relación con la arada, la siembra y la recolección de los frutos del campo”, escribió Plutarco refiriéndose a la de los antiguos egipcios. Al igual que en otros muchos sistemas de creencias, éstas eran alusiones
348 Tert. idol. 1; 4 ss; 10; 17 s. mart. 2,7. apol. 13,6; 22,1 ss; 42; 46. pud. 5; adv. marc. 4,9,6. Wright 17
ss. McKenzie 88 s. Morenz 30ss. Eliade 299ss. Cf. también el pasaje sobre “blasfemias contra los dioses y diosas” en Opeit, Die lateinischen Schimpfwórter 253ss.
349 Clem. Alex. protr. 2,11,1ss; 2,12,1 s; 2,13,2ss; 2,14,1; 2,17,2; 2,22,3; 2,23,1. 350 Athan c. gent. 1 ss. RAC XI 881. Mensching, Inturn 17.
simbólicas al eterno ciclo de la muerte y el renacimiento.351
En estas modalidades de la adoración al sol, la luna y las estrellas, a la tierra, su fertilidad y sus alegrías, Clemente de Alejandría tampoco quiso ver otra cosa que la “culminación de la necedad”, “impiedad y superstición”, “caminos aberrantes y resbaladizos que apartan de la verdad, que desvían al hombre de su ruta hacia el cielo y que le precipitan hacia los abismos”. “¡Ay de tanto desvarío! —exclama Clemente—. ¿Por qué habéis prescindido del Cíelo para adorar la tierra? [...] Habéis, quiero repetirlo otra vez, rebajado la fe a ras del suelo. [...] Pero yo estoy acostumbrado a pisar la tierra con los pies, que no adorarla.”352
En esto de pisar o pisotear la tierra con los pies podemos percibir, incluso con más claridad que en Arístides, el eco desgraciado del “Y dominad” veterotestamentario. Ahí nace la tendencia destructiva, de consecuencias que todavía hoy podemos apenas abarcar; en vez del “cosmos natural” interviene un “cosmos eclesiástico”, un antropocentrismo religioso radical, cuyas numerosas repercusiones y cuyos “progresos” perduran más allá de la teocracia medieval y que conducen, como ha escrito con clarividencia A. Hilary Armstrong, hacia “a wholly man-centered technocratic paradise, which is beginning to look to more and more of us more and more like hell”353.
Aún en 1968 un teólogo protestante como Albrecht Peters podía escribir, aludiendo expresamente al mandato bíblico que hemos citado más arriba: “En el encuentro con Dios, el hombre quedaba liberado de las fuerzas cósmicas elementales, del deber de idolatrizar lo mundano y palpable; frente al Dios único aprendía a ver el mundo como
unidad [...], alcanzaba la posibilidad de la secularización, la libertad interior [...] que le
permite dominar tecnológicamente ese mundo así desmitologizado [!].[...] Esta secularización aportada por el cristianismo supera todas las tendencias secularizadoras anteriores por su mayor capacidad de penetración; la dominación técnica del mundo arrastra en su remolino a todas las culturas”.354
Al tiempo que condena la divinización del Cosmos, Clemente Alejandrino lanza en su
Protreptikos un sistemático anatema contra la sexualidad, tan vinculada con los cultos
paganos, “con vuestros demonios y vuestros dioses y semidioses, propiamente llamados así como si habláramos de semiburros [los mulos]”. En sus casas, se indigna Clemente mientras equipara a los dioses con los demonios, los paganos “exponen en imágenes las pasiones impuras de los demonios”, “ponen monumentos a la desvergüenza de sus dioses”, “figurillas de Pan con jóvenes desnudas, sátiros borrachos y miembros viriles en erección”. “En la virtud no sois más que espectadores; en la maldad, por el contrario, habéis llegado a ser campeones.” “¡Cuánto ofenden a la vista esas inmoralidades!”355
351 Plutarco, De Isis et Osiris. 65.
352 Clem. Al. protr. 2,25,1; 2,26,1 s; 2,27,1; 4,56,2 ss; 4,58,3; 4,63,1. Cf. Orig. c. Cels. 7,62. Funke RAC
XI 780 s. Gentz, Athanasius 862. Hoheisel 133 ss.
353 Armstrong 11 s. 354 Peters28.
En conclusión, establece Clemente, “todas las acciones de los gentiles son pecaminosas”; en todos los que “rinden culto a los ídolos” ve lo mismo que, literalmente, caracterizaba a incontables anacoretas cristianos: “El cabello sucio, las ropas mugrientas hechas jirones, no saben lo que es un baño y llevan las uñas largas como garras de fieras”; de los santuarios antiguos dice que no son más que “sepulturas y cárceles”; en las imágenes sacras de los egipcios, sólo ve “animales [que] pertenecen a las cuevas, o a los muladares, por lo que no ha de sorprendernos el inaudito triunfo de la religión cristiana sobre los paganos”.356
A comienzos del siglo IV, el Sínodo de Elvira promulgó una serie de disposiciones antipaganas: contra el “culto a los ídolos”, contra la magia, contra las costumbres paganas, contra el matrimonio entre cristianos y paganos o sacerdotes idólatras, todo lo cual se sancionaba con las máximas penas eclesiásticas; el culto pagano implicaba la excomunión incluso in articulo mortis, lo mismo que para los asesinos y los fornicadores. Sin embargo, el concilio en cuestión se abstuvo de posiciones extremistas; en su canon 60, por ejemplo, negaba la consideración de mártires a quienes hubieran perecido durante los tumultos consiguientes a la destrucción de “imágenes idólatras”.357 Y es que el cristianismo no era todavía una religión autorizada.
El tono cambió cuando se vio elevado a la categoría de religión oficial. En el conflicto con los antiguos creyentes, la gran inflexión se produce en el año 311, cuando el emperador Galerio autorizó el cristianismo, aunque de mala gana, y en 313, a partir de cuyo momento el emperador Constantino menudeó favores y demostraciones de simpatía para con esta religión, a la que concedió numerosos privilegios. Aliados de la potencia más fuerte del mundo, de la noche a la mañana los tratadistas cristianos no sólo cambiaron de tono, sino incluso de mentalidad, podríamos decir.358