raMón paolini
A Santo Domingo, primera ciudad del Nuevo Mundo, lle- ga España preñada con embrujo árabe, techos de presencia mudéjar y patios cerrados; con arquitectura Isabelina o góti- ca tardía de los Reyes Católicos. Sus primeras construcciones son austeras y recias, iguales a las extremeñas y andaluzas. El hijo del almirante y María de Toledo se instalan en un alcá- zar, admirado todavía, que suscita recuerdos de desventuras e ilusiones en esos primeros años de la epopeya americana. La Catedral primada, los conventos de mercenarios, franciscanos, y dominicos; la Torre del Homenaje, Casas Reales, El Palacio de Ovando y la casa de Bastidas… dan una idea de tiempos seguidamente de Juan de La Cruz y Teresa de Jesús.
A sólo cincuenta años de haber llegado Colón a La Es- pañola, Castilla consolida su presencia en todo el continente descubierto, dejando a la deriva territorios insulares esparci- dos en el mar de los caribes; su limitada capacidad la dedica al infinito territorio continental, preñado de oro y plata.
Inglaterra, Francia y Holanda no asimilan fácilmente la súbita riqueza castellana y tratarán, por cualquier medio, de participar en ese fabuloso hallazgo. Su presencia trasladará problemas económicos religiosos y familiares al archipiéla- go antillano, región imposible de controlar por nadie. Así, el Caribe comienza a percibir barcos con bandera extraña que tratan, a su manera, de obtener parte de la riqueza del Nuevo
Mundo obligada a pasar por sus aguas, donde es fácil coger cualquier atajo y esconderse detrás de unos manglares para evadir a la temible Armada Española.
En el transcurso del siglo XVI, las primeras ciudades españo las del Caribe comienzan a ser abandonadas por falta de colonos que quieran vivir en ellas y por un clima extrema- damente hostil; lo encontrado en el continente supera, con creces, el mundo colombino. Corsarios y piratas protegidos por casas reales europeas hacen su aparición y los pequeños terri- to rios insulares son lugar propicio para acampar y ejecutar una política agresiva contra España: asaltan galeones en el mar y desafían sus puertos, en plan de guerra.
A partir de 1600, gente venida de esos reinos se apropia, en un proceso lento pero seguro, de islas solitarias alejadas de puertos españoles donde florecen, sin acta de fundación, asentamientos distintos a los construidos en la región duran- te cien años. A esos lugares llegan aventureros, bucaneros, comerciantes apertrechados de esclavos, señores feudales re- zagados, mujeres fraudulentas, algún colono decente, piratas corsarios…, de Holanda, Inglaterra, Francia y Dinamarca. La Barbada, La Tortuga, San Cristóbal, Santa Cruz y San Martín son sus primeros emplazamientos.
Alrededor de la bahía más profunda de la isla de Cu- raçao, Holanda instala los primeros elementos para un lugar con sentido de permanencia, y desde sus inicios, el puerto de Willemstad recibe gente de todo mundo y se convierte en refu- gio de judíos sefardíes, perseguidos por la Santa Inquisición. Allí comienzan a levantar casas de piedra con techos bastante inclinados, convertidos en teja plana, traídos de Utrech y bu- hardillas, en las partes altas como en Amsterdam; también construyen la primera sinagoga del Nuevo Mundo.
Aventureros franceses se van instalando en la isla Tor- tuga, al norte de La Hispaniola, y la mayoría pasa al lado sur, a vivir de una riqueza insólitamente abandonada por los cas- tellanos, incluyendo plantaciones y ganado. Construyen un pueblo llamado Cape Française en arquitectura muy diferente a la española y holandesa. Casas de piedra bruta y techos de pizarra y grandes chimeneas, parecidas a las habidas en los campos de Burdeos y Bretaña, configuran el nuevo asenta-
miento. Igual hacen en Guadalupe, María Galante, San Cristó- bal, Santa Cruz y Martinica.
Los ingleses llegan a La Barbada y San Cristóbal tratan- do también de establecerse sin oposición. Para 1635, el expan- sionismo holandés, inglés y francés está a la orden del día y desalojar a España o tomar posesión de un pequeño territorio insular, no es tan complicado. Cuando sus avanzadas llegan al mismo tiempo, se portan como grandes caballeros garantes del naciente capitalismo y se reparten los pequeños territorios con ceremonia incluida; desde 1643, Holanda y Francia convi- ven, hasta el día de hoy, en la pequeña isla de San Martín.
En La Barbada, los ingleses se instalan con cierta facili- dad, alejados de puertos españoles, de atracaderos holande- ses y refugios bucaneros. Traen muchos colonos embarcados en Plymouth que hacen otra arquitectura, jamás han visto una palmera y les cuesta convivir con sol radiante, todos los días, a 25 grados Celsius cuando cae la tarde. Son tiempos de Cromwell; aumentan los conflictos expansionistas de Inglate- rra y le arrebatan la Jamaica a España por la fuerza. De allí nadie los sacará y la primera base de Su Majestad Británica en el Mar de Colón hace su aparición en la apacible bahía de Port Royal, dando inicio a los fatídicos últimos cincuenta años de ese atormentado siglo de la subsistencia; lo peor en la his- toria del Caribe. La alternativa española es cerrar los puertos donde atraca su flota de indias, con murallas abaluartadas.
Después de la firma del Tratado de Rijswijk, en 1697, debido en gran medida al asalto francés a Cartagena, las na- ciones europeas se aplacan a despecho de España quien, de hecho, las acepta. Así, el Caribe entra en su mejor momento y una generación venida de casi toda Europa, mezclada con lo dejado por taínos y siboneyes, acompañados del inmenso con- tingente esclavo traído del África lejana, tienen oportunidad de reconstruir los destrozos dejados por más de cien años de desorden.
Se reinventa la ciudad y la casa pensando, con más de- tenimiento, en el trópico: en lluvia repentina y luz solar colada por todas partes; en flora exuberante tranquilizando la pupila y humedad sofocante adormeciendo a la gente por la tarde; en sombra espesa, depositada por aposentos. Hay tiempo para
apreciar, con tranquilidad, densos nubarrones presagiando tempestades y a convivir con huracanes. A descansar y apaci- guar el alma en noches de tormentas.
En 1700, las crónicas y dibujos del padre Labat dan una idea de progreso y riqueza habida, cuando el sistema explota- dor de plantación se convierte en la referencia más importante del momento. Saint Nicholas Abbey y Codrington Collage en Barbados, Mansión de Goulé en Martinica, plantación Col- beck en Jamaica, Habitation Beausoleil en Guadalupe; casas y edificios comerciales en Curaçao… Toda esa arquitectura expresa la riqueza deparada por ese sistema de plantación, reflejado,también en grandes factorías de la casa Guipuzcoana, instaladas en los florecientes puertos venezolanos atiborrados de cacao… La Habana, convertida en el puerto más importan- te de toda la región, profuso en barcos españoles recalando en su bahía, antes de partir hacia San Lúcar. El astillero de Campeche, atestado de madera y mucha gente trabajando. Corp Française, profuso en edificios de buenas mamposterías con techos de madera y piedra pizarra. Fundación de nuevas ciudades como La Nouvelle, Orleáns, Nassau, Saint George’s, Fort Royal, Saint John’s, Saint Pierre, kingston, Oranjestad, Bridgetown, Port-au-Prince y algunas otras que amplían con- siderablemente, el tamaño de la región y su nuevas realidad cultural.
Después de incursiones y ocupación de Santo Tomás y San Juan, islas muy vírgenes y bellas, Dinamarca compra a Francia la fértil y agraciada isla de Santa Cruz, plena de valles fértiles preñados de caña de azúcar. También los príncipes del frío están presentes en el Mar de Colón.
La arquitectura venida de Europa, después de dos si- glos, comienza a sufrir su metamorfosis de las cosas vivas y, paulatinamente, se transforma y adapta a la realidad de los trópicos.
El austero patio español, vacío y con aljibe en el cen- tro, se siembra con abundante vegetación y se le anexan co- rredores perimetrales; sus techos suben de altura, haciendo posible una baja sustancial de la temperatura y controlando la gran cantidad de luz colada a los aposentos, ayudada por grandes vanos rematados en arcos de medio punto adornados