CURRENT DEBATES AROUND CODE SWITCHING AND CODE MIXING, AND THE RELEVANCE THEREOF FOR LANGUAGE
2.3 A Sociolinguistic Overview of the Code Switching and Code Mixing Environment
2.3.4 The “Purists”
Ca pitulo XXIII
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y V f\ UIZAS el arte de curar pueda proclamarse con toda propiedad como la más grande de las artes practi- cadas por el hombre. La terapeútica generalmente es un arte más que una simple ciencia, aunque cada sistema de verdadera terapia que dé resultados, incorpore en sí determinadas ciencias. No cabe duda que todo practicante de cualquiera de los sistemas terapeúticos tiene que estar poseído del conocimiento básico de tales ciencias como, por ejemplo, la anatomía, fisiología, biología y psicología. A estas, por supuesto, hay que añadirles otras más con sus numerosas ramificaciones.
Harvey Spencer Lewis tenía un pronunciado y no disimulado desdén por todo sistema de filosofía personal o declarado misticismo que excluyera una instrucción básica relativa a las funciones del cuerpo humano. El veía el cuerpo como el templo y vehículo de las funciones psíquicas, llámese a esto último el alma o como se quiera. Jamás consideró el cuerpo como una prisión de las cualidades internas del hombre. Para él el abuso del cuerpo o su envilecimiento para cualquier propósito, llámese este espiritual o intelectual, eran un crimen contra la naturaleza.
Por lo tanto, se sentía muy orgulloso del hecho de que las
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enseñanzas Rosacruces corroboraran sus convicciones a este respecto. Aun cuando las enseñanzas Rosacruces relativas a la salud y su sistema terapeútico o de curar, eran distintas a todas las otras, él nunca permitió que llegaran al fanatismo.
Nunca se opuso a ninguno de los sistemas reconocidos, ya fueran estos sin drogas, con drogas o por medio de la cirugía. Entendía que ningún sistema por sí solo habría de constituir una panacea para todas las enfermedades y cada uno poseía su mérito. A menudo recomendaba, en ciertos casos que se llevaban a su atención, que el individuo consultara a un cirujano. Se opuso siempre a todo intento por convertir a práctica profesional el sistema Rosacruz para curar, declarando enfáticamente que ello era contrario a los principios y a la ética de la Orden -y también ilegal.
Como resultado de sus estudios y de las enseñanzas Rosacruces, su conocimiento de las artes de curar era con siderable para una persona que no se hubiera graduado en ninguna de esas ciencias. A menudo, discutía con doctores en medicina y otros científicos -Rosacruces y no Rosacruces- en extensas discusiones privadas, determinados aspectos técnicos de sus profesiones. Los médicos que lo conocían personalmente admitían muchas veces que él los obligaba a confesar que algunas de las prácticas que usaban eran puramente teóricas o realmente fuera de uso.
Harvey Spencer Lewis creía que uno de los más humanitarios actos del hombre era el alivio de las enfermedades. Se sentía penosamente afectado por los
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crecientes estragos que producía el cáncer. Mantenía ciertas teorías propias en relación con esa enfermedad, y había discutido estos conceptos con prominentes médicos y otros doctores, fuera y dentro de la Orden Rosacruz. Algunos estaban de acuerdo en que sus ideas, hipotéticamente, parecían tener mérito. El y ellos sabían, sin embargo, que esas ideas tenían que sujetarse a intensas y prolongadas pruebas científicas e investigaciones sin prejuicios.
¿Por qué no habría AMORC de establecer una clínica y un sanatorio donde tanto los miembros como los no afiliados pudieran recibir tratamiento para enfermedades no contagiosas, empleando tanto el método convencional como el Rosacruz? Más aun, si los enfermos lo permitían, ¿por qué no hacer investigaciones acerca del cáncer? No se harían anuncios si se obtenían curas o descubrimientos milagrosos; simplemente se buscaría el alivio de los enfermos y se harían experimentos con el consentimiento de ellos. Más aun, no se permitiría actividad comercial alguna en relación con esa institución. Debía, aunque dirigida por Rosacruces, estar separada de la Orden y constituir una corporación no lucrativa.
El Imperator Harvey Spencer Lewis se dirigió a los miembros en los más altos grados de AMORC para que contribuyeran con fondos para establecer el Sanatorio y Clínica de Investigación Rose-Croix. Envió un folleto ilustrado con una carta explicando en detalle el proyecto. La carta era tan explícita y la causa tan humanitaria -y tan Rosacruz- que esos miembros respondieron con entusiasmo,
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enviando tanto pequeñas como grandes sumas de dinero. Venían de todas partes del mundo.
En abril de 1939, el Imperator Harvey Spencer Lewis anunció en una publicación de AMORC: "Los cientos de miembros en los más altos grados que han apoyado la fundación del Instituto y Clínica de Investigación Rose- Croix deben alegrarse al saber que la Clínica ha estado funcionando desde hace cerca de cuatro semanas y que se ha recibido un número de pacientes... Se han estado tratando con excelentes resultados ciertos casos de tuberculosis, úl ceras, tumores y algunos tipos de artritis. La Clínica ha sido visitada por muchos médicos y hombres de ciencia que dicen que es una de las más completas y mejor equipadas en su clase en la Costa del Pacífico".
Esta actividad le produjo a Harvey Spencer Lewis tremenda satisfacción, pero, como siempre, su mente, su torrente de ideas, su estimulación mental, sobrepasaba su resistencia física. El lo sabía. Su respuesta, sin embargo, era que había mucho que hacer. Dedicó largas horas a experimentos con aparatos del laboratorio de la Clínica y de AMORC.
Alfred Williams, Auxiliar de Harvey Spencer Lewis en esos experimentos dice: :La instalación del equipo de Rayos X le presentó un problema al Dr. Lewis. Nos tomó muchas horas de la noche 'aprender' a operar el equipo, lo que sacamos de libros de texto... Finalmente, él logró dominar la técnica y pudimos desarrollar negativos claramente legibles".
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Durante algún tiempo después de su viaje a Europa para asistir a la conferencia mundial de la Rose-Croix y de la F.U.D.O.S.I., en 1937, los miembros de su familia y sus asociados más cercanos notaron que Harvey Spencer Lewis se fatigaba con facilidad. Siempre fue notable por su resistencia y por el remozamiento que alcanzaba después de un corto intervalo de descanso, y en ese entonces necesitaba de mucho más tiempo para reponerse. No había limitado sus actividades. Sin embargo, había asignado al Secretario Supremo casi todo el trabajo de propagación de AMORC, bajo su supervisión, por supuesto.
Cuandoquiera que fuera que había una pausa en su trabajo, en lugar de usarla para descanso, le daba la bienvenida como un período más de tiempo para emprender una nueva empresa o para dedicar ese tiempo a otro proyecto en el que estuviera interesado. Así también, llevaba sobre sus hombros simultáneamente la pesada carga de los servicios públicos libres de los domingos en el Auditorio Francis Bacon, en el Parque Rosacruz. Cientos de personas concurrían a esos servicios, y algunas veces otros tantos tenían que retirarse por falta de asientos. Estas conferencias tomaban una hora o más y las seguía un período de pre guntas y respuestas que mantenían en constante suspenso al auditorio, el cual incluía a muchas personas prominentes y a miembros de profesiones de la ciudad.
¿Se daba cuenta él, tenía algún presentimiento de que posiblemente se estaba acortando la vida, de que su transición se avalanzaba sobre él con la misma velocidad
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con que él se dedicaba a sus intereses?
En esos mismos días, en una de las monografías pertenecientes a los altos grados, escribía: "Nunca he esperado vivir lo suficiente para llegar a ver el resultado de la gran obra que realizarán esos que ahora se están preparando para ingresar en el grado... Yo también, tarde o temprano, pagaré el precio de haber sido vuestro guía, y algún día estas mismas lecciones, afanosamente preparadas por mí para los miembros que entran en el... grado, se leerán después que mi voz calle y mis actividades terminen. He tratado de hacer de cada una de estas lecciones un recuerdo de mi sinceridad, de mis honestas convicciones y de mi comprensión.
"El único placer y felicidad que he recibido al preparar estas monografías ha sido la alegría de ver a los miembros adelantar y beneficiarse con ellas, y en saber que mucho tiempo después de mi transición, otros miembros, siguiendo el mismo cuidadosamente preparado sendero, alcanzarán este mismo punto que ustedes han logrado y proseguirán con un trabajo más elevado, para convertirse en miembros del gran círculo interior de conservadores".
Lo que se temía ocurrió un domingo por la noche en el Auditorio Francis Bacon, a comienzos de diciembre de 1938, La sala estaba llena. Muchos de los que no habían podido encontrar asientos, estaban de pie al fondo. El grupo coral había terminado su último número y había salido por el pasillo para el fondo del recinto. Las luces de la sala se habían amenguado, como era costumbre, dejando solamente
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las tenues candilejas azules del escenario y encendida una sola color ámbar enfocando el atril ante el cual hablaría Harvey Spencer Lewis. La sala aguardaba en silencio expectante, Harvey Lewis entró. Llevaba su túnica de ritual, como era su costumbre en tales ocasiones. Caminó ceremoniosamente hasta el ceniro del escenario y ejecutó un simple pero impresivo ritual oriental con el que comenzaba tales convocaciones.
Llegando hasta el atril y deteniéndose al lado, afirmó un brazo sobre él. Entonces, de la manera característica, fa miliar en él, se inclinó hacia adelante y comenzó a hablar. En aquellos días no había micrófono en el local, ni tampoco se necesitaba. Su voz sonora llenaba el ámbito del auditorio, colmado a capacidad total. Empezó a hablar sin consultar notas, la inflexión de su voz en el tono de sugestiva charla, como si estuviera dirigiéndose en particular a cada uno de sus oyentes en el auditorio. Ese era el estilo de su oratoria.
Fue hasta el cierre de su discurso y cuando debería haber un intermedio de tres minutos antes del período de preguntas y respuestas, que se notó que tambaleaba ligeramente y se apoyaba en el atril para sujetarse. Los que lo conocían bien y habían observado lo que ocurría, se dieron cuenta enseguida de que algo malo pasaba, y se alarmaron. Sin embargo, se recobraron un poco cuando él no interrumpió el fluir de sus palabras. De pronto se interrumpió súbitamente. El tema se había agotado, pero él nunca había truncado un discurso en aquella forma. Se volvió para salir del escenario para el intermedio, como lo hacía regu
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larmente. Se notaba claramente que su paso fallaba cuando entró en el ala del escenario.
Su hijo Ralph, Secretario Supremo, y algunos de los ujieres, sin alarmar al público fueron rápidamente a bastidores. Encontraron a Harvey Lewis pálido y con la frente cubierta de un sudor frío. El momento de regresar al escenario había llegado, para el período de preguntas y respuestas que se habían entregado el domingo anterior. El se levantó para entrar, pero se sentía tan débil que fue persuadido a sentarse nuevamente. Su hijo Ralph salió al escenario y cerró el acto sin dar explicaciones de lo que había ocurrido.
Guardó cama durante varias semanas y sólo de vez en cuando regresaba a su oficina para contestar alguna correspondencia importante. Su voluntad era indomable: no aceptaba su condición. Sin embargo, su médico y su familia insistieron en que tomara un prolongado descanso.
El amaba el mar. Su mayor placer era hallarse sobre el agua, tenderse sobre el puente de un barco. Es más, había adquirido una lancha de motor que le manejaba un frater de su oficina. El y los miembros de su familia, cuando la oportunidad se presentaba, daban breves paseos por la Bahía de San Francisco. El se sentaba en su silla a descansar, mirando la estela de la embarcación, con una sonrisa de contento y demostrando en su rostro una genuina y complaciente felicidad.
Se llegó a la conclusión de que debía hacer un viaje a Hawaii, en uno de los grandes barcos que hacían la travesía,
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y a pasar varias semanas en las Islas, para disfrutar de los aires del mar y de las caricias del sol. Alfred Williams, un empleado de su oficina y muy querido amigo de Harvey Spencer Lewis, fue persuadido a acompañarle, ya que no era posible que fuera solo.
Alfred Williams relata él hecho y dice: "En viaje hacia Honolulú, en 1939, conocí al poeta laureado sin corona, de Hawaii, Don Blanding. Se lo presenté al Dr. Lewis e inmediatamente 'ligaron'. En las sillas de extensión del puente, uno al lado del otro, pronto se enfrascaron en discusiones metafísicas. Nos enteramos que Don Blanding era un antiguo y entusiasta estudiante de la filosofía mística, de suerte que nada tenía de extraño que él y el Dr. Lewis se encontraran en terreno común para los dos.
"Estos 'foros' súbitos atrajeron pronto a otros pasajeros amigos de Blanding, que ingresaron en el grupo de la discusión. Había veces en que una docena o más de contertulios oían y comentaban las discusiones. Pero eran el Dr. Lewis y el señor Blandind los que ocupaban el escenario del foro".
Semanas más tarde, Harvey Spencer Lewis regresaba de Hawaii. Había adquirido el color bronceado de los isleños, pero era evidente que su salud, si algo había cambiado, había sido para lo peor. Estaba mucho más débil y tenía que estar sentado casi siempre. Lo notaron con angustia los que fueron a recibirlo al ver que tuvieron que bajarlo por la planchada del barco en una silla de ruedas.
Insistió en ocupar un cuarto en el Sanatorio y Clínica 274
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Rose-Croix, donde sin duda sentía que habría de recibir el tratamiento necesario para recobrarse. Hubo veces que pareció mejorar. Lograba salir para dar cortos paseos en el automóvil de uno de los empleados de AMORC. Durante esos intervalos en que recuperaba las fuerzas, escribía artículos para el Rosicrucian Digesí y el Forum. En esos artículos desplegaba la misma agudeza y la misma potencia de pensamiento.
La convención anual de julio arribó con Harvey Spencer Lewis todavía en cama en el Sanatorio Rose-Croix. El nunca había dejado de asistir a una convención Rosacruz desde la primera efectuada en el segundo ciclo de la Orden, que tuvo lugar en Pittsburgh, Pensilvania, muchos años antes. El había sido, en efecto, el principal orador, a solicitud de los miembros.
Aquellas ocasiones le producían singular placer. Sentía satisfacción y orgullo al ocupar la plataforma del auditorio y ver los cientos de rostros, todos ellos Rosacruces, y muchos delegados procedentes de los más remotos rincones del mundo. Ese era sin duda un orgullo perdonable, la satisfacción de quien crea y observa la obra que ha resultado de sus esfuerzos.
Harvey Spencer Lewis se había propuesto que, por lo menos, haría acto de presencia en la apertura de la convención, la primera noche, para dar la bienvenida a los delegados y asegurarles del estado de su salud. Su intento para llevarla a cabo fue un acto patético.
Ernest "Pat" Dugan, un frater que ayudaba en la 275
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preparación de los detalles de la noche de apertura, hace una relación del incidente: "Era el domingo 9 de julio, y la primera sesión de la convención de 1939. Yo estaba al costado del Auditorio Francis Bacon cuando llegó un automóvil al lado de la entrada hacia el fondo del edificio. Se detuvo justamente donde yo estaba. El carruaje traía al Dr. Harvey Spencer Lewis, que se había propuesto, aunque sólo fuera, presentarse ante los miembros, y había insistido en que se le llevara al teatro. Trató de salir del automóvil, pero le fue físicamente imposible obedecer los dictados de su gran voluntad. Fue necesario que regresara al sanatorio".
El incidente no sólo originó un gran golpe emocional a Harvey Spencer Lewis sino que también produjo gran tristeza al auditorio, a quien se le había dicho que "el Imperator haría acto de presencia y diría algunas palabras". El que no le fuera posible cumplir su promesa les hizo darse cuenta de la gravedad de su Imperator, frater y amigo.
Poco menos de un mes después, Harvey Spencer Lewis
Cruzó el Umbral. Pasó por la transición el miércoles 2 de
agosto de 1939, a las 3:15 de la tarde, en el Sanatorio y Clínica Rose-Croix, el último de sus grandes actos humanitarios. Al lado de su lecho estaban los miembros de su familia. Había estado en coma casi veinticuatro horas y no había recuperado el conocimiento.
La publicación de la Orden Rosacruz, relata: "Las exequias del Imperator se llevaron a cabo en el Auditorio Francis Bacon, a las dos de la tarde del sábado 5 de agosto de 1939, como él lo deseara. Fue el funeral más grande que
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jamás hubiera tenido lugar en San José. El escenario de la sala estaba colmado de flores, de un extremo al otro, con coronas, ramos y magníficas piezas florales; docenas de ellas llegadas de varias secciones de los Estados Unidos y otras ordenadas por cable y por radio desde países ex tranjeros. Cientos de telegramas, cablegramas y radiogramas se recibieron de ciudades de este continente y de cada continente del globo, tan pronto como fue conocida la trágica nueva. Hubo telegramas de condolencia no sólo de miembros de la Orden sino de funcionarios de gobierno, de hombres y mujeres en altas posiciones representando todas las profesiones y ocupaciones, que lo habían conocido como amigo y admiraban sus conocimientos.
"El Imperator reposaba como si estuviera durmiendo y disfrutando del descanso que merecía por sus largas y arduas labores. La sencilla, impresionante y mística ceremonia Rosacruz, añadida a la belleza de la Gran Iniciación, porque eso fue, mitigó un tanto el tremendo dolor que sufrían su esposa y los miembros de su familia".
Los restos mortales incinerados de Harvey Spencer Lewis fueron depositados bajo un monumento de granito rojo de forma piramidal, en el Santuario de Akhnaton, en el Parque Rosacruz. Este santuario, como antes se ha dicho, había sido construido por él para conmemorar una iniciación ocurrida años atrás en el Templo de Luxor, en Egipto, en la cual tomaron parte cien Rosacruces de todas partes del mundo. Después de eso, esa Gran Iniciación iba a ser perpetuamente conmemorada en el modesto monumento
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piramidal de granito rojo, en el mismo santuario. Se levantó éste sobre el triángulo trazado sobre la loza del santuario, como él lo pidió muchos años antes, durante la construcción. Había dicho entonces -en son de broma pero no obstante en serio- que aquel sería el lugar donde, con el tiempo, descansarían sus restos mortales.
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