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Quality Improvement Collaborative: collaborative learning processes on quality improvement

Learning and Quality Improvement Methodology

2.5 Teaching and learning to do quality improvement work

2.5.3 Quality Improvement Collaborative: collaborative learning processes on quality improvement

Los acontecimientos de aquel famoso 14 de julio de 1789 dejaron sin aliento al espíritu gótico del absolutismo y a la opinión ilustrada de la Asamblea Nacional. A pesar de lo mucho que se ha investigado sobre la Revolución francesa, el fenómeno todavía es materia virgen, en aspectos esenciales, para la restauración no ideológica del sentido político de aquellos acontecimientos. Pues no es verdad, como repite el tópico, que la democracia política fuese el objetivo o el resultado de la Revolución, ni tampoco una idea que germinara en la opinión de sus actores o en la de su época.

Para no caer en el riesgo de aplicar conceptos actuales a hechos históricos que siguen vivos en el espíritu original de nuestras instituciones, enfocaré el tema del nacimiento y evolución de la opinión pública sobre la Revolución desde la visión política. Así podrá entenderse la relación ideológica que enlaza las opiniones sobre el pasado a los intereses inmediatos del poder actual, para ocultar el hecho de que en aquella gran Revolución no se conquistó ni se descubrió la democracia política. Forma moderna de gobierno que no llegó a ser concebida por la opinión pública naciente, precisamente, entonces.

Con los materiales extraídos de las ruinas espectaculares de la Revolución francesa, con la experiencia de esa historia abreviada del mundo que fue la Revolución, solamente es posible construir la tesis de que no hay opinión pública autónoma, como concepto distinto de la opinión institucional y del espíritu público, si no concurren para producirla una abundante libertad de expresión en la sociedad civil y una suficiente libertad de pensamiento en la sociedad política.

Cuando faltan estos presupuestos o alguno de ellos, cuando la libertad de expresión sólo está tolerada dentro del marco de pensamiento fijado por el consenso político, entonces podrá existir en el mejor de los casos espíritu público, incluso voz pública, pero nunca una verdadera o auténtica opinión pública. Esta es, al menos, la lección que nos brinda la historia de las opiniones dominantes en la Revolución francesa, según fuera el estado progresista, innovador o reaccionario de las tres fases que conoció aquel cúmulo extraordinario de acontecimientos que asombraron y emocionaron al mundo.

Desde la perspectiva de la lucha por el poder político, es fácil discernir tres momentos diferenciados en los acontecimientos que definieron de forma contradictoria a la Revolución. En cada uno de ellos, la opinión

pública constituyó un fenómeno social con características propias, que jugó un papel histórico diferente.

El momento ilustrado y reformista de la opinión perdura desde la Asamblea de Notables de 1787, cuyo fracaso motivó la convocatoria de los Estados Generales, hasta la huida del rey a Varennes el 21 de junio de 1791. El momento popular y revolucionario dura desde el Decreto de la Asamblea de 15 de julio de 1791, dictaminando que el rey había sido secuestrado, hasta la conspiración reaccionaria del 9 de Termidor de 1794 contra el Terror. El momento elitista y liberal madura desde la caída de Robespierre hasta el golpe de Estado napoleónico de 18 de Brumario de 1799.

Tal vez extrañe que en esta visión trifásica de los hechos de la Revolución no sea muy significativa la célebre jornada del 14 de julio de 1789. Pero la realidad de lo acontecido aquel día no permite darle mayor importancia que la de un mito conscientemente elaborado -por el miedo común del rey, de la Corte y la Asamblea Nacional al pueblo- para impedir y conjurar la Revolución con la consagración en Notre- Dame de un absurdo y sangriento esperpento callejero, escenificado por una pequeña turba de marginados, sin finalidad ni dirección política. De este modo mitológico, el rey, la Asamblea Nacional, la Iglesia y la Ilustración hicieron suyo un crimen popular ajeno por completo a la diputación de Versalles y al comité de electores de París. Y la Revolución francesa pudo entronizarse en la opinión pública mundial tres años antes de que realmente ocurriera.

El mito de la toma de la Bastilla, a pesar de su falsedad o de su inocuidad política, engendró al instante una opinión pública, irracional y emotiva, que determinó la renuncia a los derechos feudales por la aristocracia, tras el Gran Miedo de comienzos del estío del 89, y la coalición de las monarquías europeas contra Francia. Estas consecuencias hubieran sido imposibles si antes de la toma de la Bastilla no existiera ya una opinión pública reformista, racional e ilustrada, contraria a los privilegios del orden feudal y al absolutismo de las monarquías.

El predominio de opiniones públicas fundadas en la razón o en la emoción depende de la naturaleza del momento histórico. Si éste es progresista, las ideas de la razón preceden a los hechos, y éstos las hacen emocionales. Así sucedió en la fase reformista de la Revolución. En cambio, en los momentos innovadores, las emociones entrañan los acontecimientos, y éstos las racionalizan. Así ocurrió en la fase revo- lucionaria. Si el momento es de orden reaccionario, el miedo produce el acontecimiento y el consenso sustituye a la razón. Así fue la fase termidoriana y liberal.

La tensión entre razón y emoción se traduce en el carácter de la opinión pública. El momento reformista estuvo dominado por una opinión pública que expresaba los dictados de la razón universal sobre asuntos de interés político. El momento revolucionario sustituyó la opinión pública por el espíritu público, que ya no era expresión de la razón universal, sino de la voluntad general.

El momento reaccionario, que produjo las ideas liberales de lo que hoy se llama modernidad, hizo renacer a la opinión pública para expresar la ideología de la separación entre el orden político, dictado por la ambición de poder, y el orden privado, dictado por el goce de las libertades y de los derechos civiles.

El hecho de que la opinión pública del período termidoriano, ese lustro que siguió a la dictadura de Robespierre y precedió a la de Napoleón, estuviera imbuida por el deseo de hacer regresar la República a los ideales reformistas y liberales de la Monarquía del 89, permite analizar esta evolución de la opinión pública a través de una sola línea de pensamiento.

Esta línea conduce desde la razón científica de la Ilustración, representada por la presencia activa en la Revolución del gran filósofo matemático Condorcet, hasta la razón hedonista del liberalismo francés, representada por el escritor termidoriano Benjamín Constant. Al primero debemos la fundación de la opinión pública democrática, entendida como probabilidad de verdad del criterio de la mayoría. Al segundo, la opinión pública liberal, como producto de la libertad civil y hedonista de los modernos.

Pero, contra lo que se cree vulgarmente, la Revolución no fue el fruto de la Ilustración, ni este fenómeno cultural fue la obra exclusiva de los grandes filósofos. La opinión pública emanada de la Alta Ilustración, la formada en las ideas de Montesquieu, Mably, Raynal y los enciclopedistas, apenas influyó en los eventos revolucionarios, ni dio sentido a los acontecimientos.

Por otra parte, la opinión pública que surge de la Ilustración no es un fenómeno cultural unitario que recibe la sociedad desde el púlpito de los grandes escritores. Éstos establecen un marco de pensamiento renovador y reformista del Antiguo Régimen, que da lugar al nacimiento de la opinión pública entre los sectores más cultivados de la aristocracia, de la toga y de la burguesía. La idea matriz que aglutina a los ilustrados es la regeneración de la nación. Pero se olvida que, junto a los grandes escritores, la Ilustración produce una literatura panfletaria y marginal, escandalosa y clandestina, que socava los cimientos populares del feudalismo, de la Corte y de los privilegios eclesiásticos. La brillantez y la fama de los científicos y filósofos de la Alta Ilustración hizo creer a los propios revolucionarios, forzados a comprender

racionalmente los acontecimientos, que éstos estaban realizando las ideas de las Luces, y que ellos eran protagonistas de la razón ilustrada. No se dieron cuenta de que los forjadores de los hechos productores de la opinión pública revolucionaria, desde la toma de la Bastilla hasta la Conjuración de los Iguales, y desde la marcha de las mujeres a Versalles hasta la jornada republicana del 10 de agosto, fueron los marginados de la Alta Ilustración, los proscritos de la Enciclopedia y de la Academia.

La Baja Ilustración proporcionó una leva de grandes talentos revolucionarios a la Comuna de París y a la Convención, entre los que figuran nombres tan reveladores de la novedad creadora del fenómeno revolucionario como los de Danton, Brissot, Marat, Hébert, Fabre d'Eglantine o Collot d'Herbois. La Alta Ilustración formó la mentalidad timorata, confiada y reformista de la Asamblea Nacional y Constituyente. La opinión pública de la Baja Ilustración forjó la mentalidad audaz, suspicaz y revolucionaria de la Comuna, de la Convención y de las secciones asamblearias de distrito.

Aunque la diputación bretona tuvo la mayor determinación política en la fase reformista, lo cierto es que desde junio del 89 comenzó ya la incomprensión de la Asamblea, dominada por una opinión pública abstracta y racional, respecto a las necesidades prácticas cuya solución reclamaba el comité de electores de París, instalado en la Comuna del Antiguo Régimen, y en el que se encontraban hombres tan significativos como Danton.

Lo ocurrido unos días antes del 14 de julio bastará para mostrar el distanciamiento de la opinión ilustrada frente a la realidad. Los parisinos estaban aterrados ante la noticia de que el rey había ordenado la marcha del ejército sobre París. El comité de electores envió una delegación a Versalles para que la Asamblea Nacional autorizara la entrega de armas a una guardia burguesa. La Asamblea rechazó la petición porque su objetivo estaba en el poder legislativo y no en los asuntos del poder ejecutivo.

Esta irrealidad de la razón ilustrada hizo posible los gratuitos asesinatos y los desfiles sanguinarios del 14 de julio, que tanto hirieron la sensibilidad de los futuros revolucionarios Saint-Just y Babeuf. El 14 de julio marca la primera impostura de la razón ilustrada como fuente de la opinión, y el comienzo de la opinión del público espectador. La toma de la Bastilla trasciende al mundo como símbolo de una Revolución que no ha tenido lugar. Pero lo revolucionario, como lo percibió Kant, no fue el hecho en sí, sino el estupor entusiasta que produjo en el público que no había intervenido en el acontecimiento.

El 14 de julio cambió por completo el sentido de la opinión pública, que dejó de ser un juicio de cognición sobre la verdad científica o moral del

mundo político, para convertirse en un espontáneo tribunal que juzgaba, por el entusiasmo o el rechazo de los espectadores, la razón de progreso y de humanidad en los acontecimientos políticos.

Lo que importa conocer a partir del 14 de julio no es tanto el estado y la influencia de la opinión en los acontecimientos, de la que los periodistas y las sociedades populares dan el tono diario, sino la evolución de la opinión pública sobre el hecho mismo de la Revolución.

La filosofía política de la Ilustración, preocupada por el restablecimiento de los derechos naturales del individuo y la regeneración de la nación, no podía siquiera concebir que la palabra y el concepto de Revolución pudiera significar otra cosa que un retorno al punto virginal, donde la historia se desvió de la evolución natural y del progreso hacia la civili- zación.

Incluso Mably, que en 1750 preconcibió la futura Revolución como la voluntad de una nación ansiosa de recobrar sus antiguos derechos, no pudo desprenderse del sentido astronómico que tiene la idea de retorno al punto de origen, la idea de regeneración nacional, de restauración de lo natural. Se tardó en comprender que la historia no produce restaura- ciones y que éstas, debido al cambio de las ideas, como lo expresó bien Chateaubriand, sólo tienen lugar en las cabezas de los hombres. El debate sobre la duración de las revoluciones y el papel que juega en ellas la necesidad histórica de las mismas o su dependencia de la libre voluntad de los actores nos da una de las claves para entender que la Revolución devorase a las criaturas que quisieron detenerla antes de que hubiese agotado sus energías y desplegado sus virtualidades. Porque no se puede olvidar que todos los líderes de la opinión, salvo Marat, Hébert y Saint-Just, quisieron detener en algún momento la Revolución, más bien por temor al siguiente salto que por creer que se hubiera agotado con su último sobresalto.

Pero Barnave -que nos legó desde la prisión una breve pero maravillosa interpretación de la Revolución que anticipa la de Marx- no comprendió que la huida del rey a Varennes, y la mentira que él mismo hizo decir a la Constituyente, decretando que había sido secuestrado, dieron el pistoletazo de salida a la verdadera carrera de la Revolución: la del pueblo contra sus representantes políticos. Barnave quiso acabar la revolución de los abogados reformistas con una mentira parlamentaria. Pero este engaño al sentido común encendió la mecha de la revolución republicana.

Quien sí comprendió el verdadero alcance de la huida del rey y de la mentira de la Asamblea mejor que todos los historiadores de la Revolución, a excepción tal vez del socialista Jaurès, fue el hombre símbolo de la Ilustración, Condorcet. La fecha que marca la ruptura con las ideas reformistas de la Ilustración y con el Siglo de las Luces, la

fecha que inaugura la modernidad con la introducción de la libertad de pensamiento, y no sólo la de expresión, en la formación de la opinión pública, no es la del 14 de julio del 89, sino la de 15 de julio del 91. Condorcet se vuelve republicano y el único predemócrata de la Revolución.

Tres días antes del mentiroso decreto de la Asamblea sobre el rapto del rey, Condorcet lee en el Círculo Social una declaración a favor de la República, negando que fuera necesario un rey para la conservación de la libertad. Pero 290 diputados denuncian la suspensión de las funciones reales como un peligroso ínterin republicano que sería manipulado por un partido de «políticos y anarquistas» presidido por La Fayette. Aunque éste se declaró entonces calumniado, confesó luego en sus Memorias que, en efecto, la República había sido propuesta como realidad inmediata, en casa de su amigo La Rochefoucauld, por Dupont de Nemours.

Antes de la huida del rey a Varennes no existía opinión que mereciera el nombre de republicana, salvo la de François Robert, del Club de los Cordeliers, que estaba considerado como el jefe de la facción republicana desde que publicó en diciembre de 1790 su

Republicanismo adaptado a Francia. Incluso en los días que siguen a la

huida del rey, los que serán luego famosos jacobinos rivalizan en protestas de hostilidad al espíritu de la República (Saint-Just) y al republicanismo de un gobierno donde reinen los facciosos (Robespierre). No es la huida del rey a Varennes, sino el Decreto de la Asamblea declarando con cínica falsedad que ha sido raptado, lo que provoca el nacimiento de una opinión pública autónoma y republicana. En ese día aciago, ya no se trata de un hecho incontrolado y gratuito como el de la toma de la Bastilla, ni de una reacción instintiva de los campesinos al Gran Miedo de una conspiración de la aristocracia, como la que condujo a la renuncia de los derechos feudales en la mágica noche del 4 de agosto del 89. Tampoco se trata de un levantamiento popular en apoyo de los decretos estancados en Versalles por la malevolencia de la Corte, como la marcha de las mujeres del 5 y 6 de octubre del 89.

Lo verdaderamente nuevo, el acontecimiento original que cambia por completo el signo de los tiempos y anticipa la configuración del mundo actual, ya no es un hecho ajeno a la voluntad de los dirigentes políticos, como pudo ser la huida del rey a Varennes, sino un acto deliberado de la gran mayoría de la Asamblea Constituyente, que decide mentir al pueblo y a la historia, por razones de Estado, contra toda la evidencia contraria y contra el sentido común, decretando que el rey había sido secuestrado.

Es imposible comprender la Revolución francesa y la aparición de la opinión pública como fenómeno estrictamente político, derivado de la libertad de pensamiento y de expresión, sin colocar en la mentira del 15 de julio el epicentro de las ondas revolucionarias que conducirán a la escisión del Club de los Jacobinos, al 10 de agosto republicano, al procesamiento y ejecución de Luis XVI, a la liquidación de girondinos, hebertistas y dantonistas, y a la dictadura del Terror del Comité de Salud Pública.

Por de pronto, dos días después de la mentira oficial, La Fayette fusiló en el Campo de Marte a pacíficos ciudadanos que estaban firmando una petición para que la Asamblea destituyera al rey y proclamara la Regencia o la República. La fosa abierta de este modo sangriento entre el pueblo y la Asamblea dio un nuevo giro a la Revolución.

La opinión popular se independizó de la opinión pública. Y ésta rompió el consenso ilustrado de la unanimidad constituyente. Al consagrar los brutales crímenes del 14 de julio del 89, y los que le siguieron, la opinión ilustrada de la Asamblea se prostituyó. ¿Es que su sangre era tan pura?, dirá el ilustrado Barnave. Pero al decretar la mentira del 15 de julio del 91, la Ilustración se suicidó. Frente a cuestiones abstractas y universales, como los derechos humanos, pudo mantenerse el consenso de la razón. Pero tan pronto como se pasó a la organización del poder, el consenso ilustrado, que ya había intentado detener la Revolución con el veto ilimitado del rey y el bicameralismo en el 89, se rompió definitivamente en julio del 91.

Este segundo intento de parar la Revolución, por temor a que el siguiente paso atentase a la propiedad, lo emprendió la gran mayoría de la Asamblea que aprobó el mentiroso Decreto de 15 de julio del 91, bajo la consigna de Constitución y Ley. Aquí está la primera piedra del fetichismo de la ley como fundamento de la opinión institucional, contra la verdad de los hechos como base objetiva de la opinión pública. Para la opinión legal, el rey había sido secuestrado. Para la opinión legítima, había huido. La minoría dirigida por Robespierre y Pétion buscó en la opinión pública, entendida ya como opinión del público, el triunfo de la legitimidad sobre la legalidad.

En realidad, la Revolución comienza con el descubrimiento del valor político de la legitimidad de la opinión pública, frente a la legalidad de la opinión institucional. El Club de los Jacobinos dejó de ser una sociedad de amigos de la Constitución, preparatoria de los trabajos de la Asamblea, y se convirtió en una sociedad de amigos de la libertad para denunciar ante el tribunal de la opinión pública los atentados