La indiferencia que Estados Unidos proclamaba frente a los acontecimientos en China del Norte era una fanfarronada, un complicado autoengaño. Una nación que contaba con 106 “grupos étnicos”, que ya era un importante microcosmos de la sociedad mundial, no podía cerrar sinceramente los ojos a los principales acontecimientos del resto del mundo.1 La actitud antijaponesa de Estados Unidos se originaba, en gran parte, en su ansiedad y ambivalencia respecto de su propia minoría japonesa y era nada más que un aspecto de un amplio debate que la nación estaba realizando y que se refería a la naturaleza y el propósito de la sociedad norteamericana. ¿Qué era un norteamericano? ¿Cuál era la meta de Estados Unidos? Muchos, quizá la mayoría de los norteamericanos, creían, casi como respondiendo a sus propios deseos, que su país era la última Arcadia. Un refugio inocente y casi utópico que permitía huir de la acumulación de locuras y la perversidad del mundo corrupto que se extendía más allá de sus costas bañadas por los océanos. Pero, ¿cómo podían preservar esta Arcadia? Este propósito exigía en sí mismo una política exterior de carácter global. ¿Y cómo crear al auténtico arcadiano? Este aspecto obligaba a una política racial y las dos cuestiones estaban relacionadas de manera inextricable.
El concepto de la fusión de razas en Estados Unidos era tan antiguo como Héctor Crevecoeur y Tomás Jefferson. Se lo teatralizó con resultados sensacionales en El crisol, la pieza de Israel Zangwill que fue el gran éxito de Nueva York en 1908. La nueva industria cinematográfica, que desde sus comienzos fue el epítome del multirracialismo, estaba obsesionada por la idea, y lo mismo puede decirse de muchas de sus primeras obras épicas, por ejemplo El nacimiento de una nación (1915) e Intolerancia (1916). Pero, ¿cuáles eran las proporciones en que debían echarse los ingredientes en el crisol? Por la época de la Gran Crisis parecía que la emigración irrestricta ya era una causa perdida. En 1915 William Simmons, un ministro georgiano viajero, fundó el Ku Klux Klan, una organización destinada a controlar a los grupos minoritarios que, en opinión de esta organización, tenían actitudes de disconformidad moral y política. La persecución de sus metas se vio reforzada de manera considerable por la publicación, al año siguiente, de la descripción que ofreció Madisan Grant, en un contexto norteamericano, de la teoría europea de la “raza superior”: The passing of the Great Race. Este bestseller de tono científico sostenía que, a causa de la inmigración irrestricta, Estados Unidos casi había logrado ya “destruir el privilegio de su cuna; es decir, las ventajas morales e intelectuales que un hombre de buena estirpe trae consigo al mundo”. El autor argumentaba que el resultado del “crisol” se manifestaba en México, donde “la absorción de la sangre de los conquistadores españoles originales por la población india nativa” había producido una mezcla degenerada, “ahora consagrada a la tarea de demostrar su incapacidad para el gobierno propio”. Las virtudes de las “razas superiores” eran “sumamente inestables” y desaparecían fácilmente “cuando se mezclaban con individuos comunes o primitivos”. Así, “la cruza de un blanco con un negro es un negro” y “la cruza de cualquiera de las tres razas europeas con un judío es un judío”.2
Este miedo a la “degeneración” fue aprovechado por Hiram Wesley Evans, un dentista de Dallas y el más eficaz de los líderes del Klan, para echar los cimientos de un movimiento que pregonaba la supremacía de la cultura anglosajona y que en cierto momento llegó a tener, según se afirma, cuatro millones de miembros en el Este y el Medio Oeste. Evans, que decía ser “el hombre más vulgar de Estados Unidos”, aseguraba que el Klan hablaba en nombre de “la gran masa de norteamericanos del antiguo linaje de los pioneros [...] de la llamada raza nórdica, que con todos sus defectos ha
1 La figura 106 (que incluye muchos subgrupos) es utilizada en Stephan Thernstrom y Ann Orlov, Harvard Encyclopaedia of Ethnic Groups, Nueva York, 1980.
dado al mundo casi la totalidad de la civilización moderna”.3 En las campañas políticas casi todos aceptaban la existencia de jerarquías raciales, aunque había variaciones importantes según el carácter de los votantes locales. De esta manera, el senador Henry Cabot Lodge, en privado partidario sin reservas de la supremacía anglosajona, en sus campañas siempre utilizaba una expresión prudente, “la gente de habla inglesa”. Will Hays, organizador de la campaña a favor de Warren Harding, resumía la estirpe del candidato con la afirmación de que poseía “la mejor sangre de pioneros, anglosajona, alemana, irlandoescocesa y holandesa”.4
La entrada de Estados Unidos en la Gran Guerra imprimió un enorme impulso a una xenofobia patriótica, que se convirtió en la justificación de distintas formas del racismo y de una ofensiva contra el inconformismo. Wilson había temido y pronosticado este espasmo emocional, mucho más violento y destructivo que el macartismo después de la segunda guerra mundial, pero de todos modos firmó la ley de Espionaje de 1917, y la ley de Sedición de 1918. Esta última castigaba la manifestación de opiniones que, al margen de sus consecuencias probables, fuesen “desleales, groseras, insultantes u ofensivas” respecto de la forma norteamericana de gobierno, la bandera o el uniforme; y durante el imperio de esta ley hubo norteamericanos a quienes se juzgó porque criticaban a la Cruz Roja, a la YMCA e incluso el presupuesto.5 Dos miembros de la Suprema Corte, el juez Louis Brandeis y Oliver Wendell Holmes, intentaron oponerse a esta oleada de intolerancia. En el caso Schenk contra Estados Unidos (1919), Holmes afirmó que la limitación de la libertad de palabra era legal únicamente cuando las palabras pronunciadas tenían un carácter tal que originaban “un peligro evidente y actual”; y en su discrepancia en el caso Abrams contra Estados Unidos, que implicó una condena por sedición, sostuvo que “la mejor prueba de la verdad es el poder del pensamiento para lograr que se lo acepte en la competencia del mercado”, es decir una reformulación de la idea de Milton en Areopagitica.6 Pero en ese momento eran voces solitarias. Las organizaciones patrióticas del tipo de la Liga Nacional de Seguridad y la Federación Civil Nacional continuaron su actividad al llegar la paz. En 1919 el lema era la “norteamericanización”.
Desde el otoño de 1919, la enfermedad de Wilson determinó que, de hecho, no existiese gobierno en Estados Unidos, ya sea para impedir que el breve auge de posguerra se convirtiese en la crisis de 1920, o bien para controlar la furia xenófoba que fue una de sus consecuencias. El hombre a cargo del asunto fue el fiscal general Mitchell Palmer. Había conquistado una impopularidad considerable durante la guerra en su condición de supervisor de la Propiedad Extranjera, y en la primavera de 1919 casi pierde la vida a causa de la bomba que pusieron los anarquistas frente a su casa. Luego encabezó una campaña nacional contra los subversivos y agitadores extranjeros. El 4 de noviembre de 1919 presentó al Congreso un informe titulado: “Cómo el Departamento de Justicia descubrió más de 60.000 agitadores organizados de la doctrina de Trotsky en Estados Unidos[...] información confidencial que ahora permite al gobierno limpiar la nación de esa roña extranjera”. Afirmó que Trotsky era un “extranjero deshonroso [...] el más bajo de todos los tipos conocidos en Nueva York, que puede dormir en la cama del zar mientras centenares de miles de personas en Rusia carecen de alimento o de techo”. “Las afiladas lenguas de la cabeza de la revolución”, escribió, “estaban lamiendo los altares de las iglesias, ascendiendo a los campanarios, deslizándose en los rincones sagrados de los hogares norteamericanos” y “tratando de reemplazar los votos matrimoniales por leyes libertinas”.7 El día de Año Nuevo de 1920, en una serie de ataques coordinados, los agentes del Departamento de Justicia detuvieron a más de 6.000 extranjeros y la mayoría fue expulsada. En la “alarma roja” que siguió, cinco miembros de la Asamblea Estatal de Nueva York fueron expulsados, acusados de socialismo, y un representante fue expulsado dos veces de la Cámara, en tanto que dos italianos, Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti,
3 “The Klan's Fight for Americans”, en North American Review, marzo de 1926.
4 William C. Widenor, Henry Cabot Lodge and the Search for an American Foreign Policy, University of California, 1980; Robert Murray, The Harding Era, University of Minnesota, 1969, p. 64.
5 John Morton Blum, The Progressive Presidents: Roosevelt, Wilson, Roosevelt, Johnson, Nueva York, 1980, p. 97. 6 Dulles, op. cit., p. 295.
anarquistas que habían evadido el servicio militar, fueron sentenciados por el asesinato de un pagador de Massachusetts, en un juicio signado por el prejuicio, que se prolongó hasta 1927.
Una consecuencia más permanente fue la ley de Cuotas de 1921, que limitó la emigración anual al 3 por ciento del número de cada nacionalidad residente en Estados Unidos, sobre la base del censo de 1910. Este sistema, cuyo propósito era congelar todo lo posible las proporciones relativas de los diferentes núcleos raciales, cobró mucho más rigor a causa de la ley Johnson-Reed de 1924, que limitó la cuota al 2 por ciento de la nacionalidad residente en Estados Unidos en 1890. Excluía por completo a los japoneses (aunque los canadienses y los mexicanos estaban exentos) y no sólo reducía todavía más la cuota anterior sino que intencionadamente favorecía a Europa Septentrional y Occidental a costa de Europa Oriental y Meridional. Con otra vuelta de tuerca en 1929, sobre la base del análisis racial de la población de Estados Unidos durante los años veinte, la legislación de esta década determinó el fin de la emigración masiva a Estados Unidos. Arcadia estaba completa, se levantaron los puentes y su composición quedaba determinada; sólo restaba mantenerla.
Muchos criticaron la nueva xenofobia. El 23 de julio de 1920, Walter Lippmann escribió a su antiguo jefe en tiempos de la guerra, el secretario de Guerra Newton Baker: “[...] siempre parecerá increíble que un gobierno que ha enunciado los más amplios ideales de nuestra historia haya hecho más para amenazar las libertades norteamericanas fundamentales que cualquier otro grupo de hombres en cien años[...] Ha instituido un reinado del terror que impide el pensamiento sincero, que desalienta la moderación y en el que el pánico sustituye a la razón”.8 H. L. Mencken, el publicista de Baltimore (a su vez de origen alemán) y tal vez el periodista más influyente de los años veinte, dijo de Palmer, en el Baltimore Evening Sun, el 13 de septiembre de 1920, que era “tal vez el más destacado exponente viviente de la crueldad, la deshonestidad y la injusticia”. Dos semanas después acusó al Departamento de Justicia de mantener “un sistema de espionaje absolutamente sin precedentes en la historia norteamericana y que no se igualaba a menudo en la historia de Rusia, Austria e Italia. En cumplimiento de una actividad rutinaria ha perseguido a hombres y mujeres violando cínicamente sus derechos constitucionales, invadió el santuario del domicilio, fabricó pruebas contra los inocentes, pobló el país de agents provocateurs, puso a un vecino contra otro, colmó la prensa de mentiras incitativas y promovió las peores bellaquerías de los individuos más arteros y maliciosos”.9 El sociólogo Horace Kellen, de la Nueva Escuela de Investigación Social, afirmó que la “norteamericanización” no era más que el recrudecimiento de la corriente anticatólica del “knownothing” de la década de 1850, una forma de fundamentalismo protestante de la cual eran manifestaciones la ley de 1924, la caza de brujas del fiscal general —el cuáquero Palmer—, la campaña antijudía de inspiración zarista del fabricante de automóviles Ford (de la congregación bautista), las malignas mascaradas colectivas del Ku Klux Klan y los murmullos racistas del señor Madesan Grant”, simultáneamente con expresiones inocentes de patriotismo doméstico, como las novelas de la señora Gertrude Atherton y el Saturday Evening Post.10
Aquí había una cuestión importante: en todo caso, Estados Unidos era una civilización religiosa de tipo protestante, y la xenofobia de un Palmer era nada más que la expresión extrema y deformada de todo lo que era más valioso para la ética norteamericana. En adelante, los highbrows norteamericanos (los intelectuales) —el término, mucho más apropiado que el francés intellectuel o intelligentsia, fue acuñado en 1915 por el crítico Van Wyck Brooks— tuvieron que afrontar el dilema de que, al atacar la deformación, corrían el riesgo de dañar la realidad del “norteamericanismo”, que se originaba en la democracia de Jefferson; y si se perdía eso, la cultura norteamericana no era más que una forma expatriada de Europa. Mientras Palmer perseguía a los extranjeros, los intelectuales de la Costa Este leían La educación de Henry James, la autobiografía póstuma del arquetípico mandarín de Boston, publicada en octubre de 1918 por la Sociedad de Historia de Massachusetts. Desde entonces y hasta la primavera de 1920, fue el ensayo más popular en Estados Unidos y reflejó perfectamente el ánimo de la desilusión culta. Fue el equivalente
8 Citado en Arthur Ekirch, Ideologies and Utopias and the Impact of the New Deal on American Thought, Chicago, 1969, pp. 13-14.
9 Baltimore Evening Sun, 27 de septiembre de 1920.
norteamericano de Victorianos eminentes, de Strachey. Rechazaba el concepto de una cultura nacional —sobre todo si se la imponía mediante una represión brutal— a favor de lo que Adams llamaba la “multiversidad”, aunque el autor destacaba con ánimo pesimista que en los nacientes Estados Unidos los más educados eran también los más impotentes.
En realidad, los intelectuales de la Costa Este no eran individuos impotentes ni mucho menos. Durante los sesenta años siguientes ejercerían sobre la política norteamericana (y mundial) una influencia que no guardó ninguna proporción con su número y su valor intrínseco. Pero adoptaban una actitud ambivalente frente a Estados Unidos. En la primavera de 1917, Van Wyck Brooks escribió en Seven Arts, el periódico que él mismo había ayudado a fundar, un artículo titulado “Hacia una cultura nacional”; allí sostenía que hasta ese momento Estados Unidos había tomado “lo mejor” de otras culturas: ahora debía crear la suya propia mediante la experiencia elemental de la vida, el único modo de producir cultura auténtica. Al realizar la experiencia de sus propios dramas, a través de lo que él denominaba “la cultura del industrialismo”, Estados Unidos “cesaría de ser un pueblo ciego, egoísta y desordenado; nos convertiremos en un pueblo luminoso, que vive en la luz y la comparte”.11 Apoyaba la opinión de su amigo Randolph Bourne que toda la teoría del “crisol”
resultaba inválida, pues convertía a los inmigrantes en imitaciones de los anglosajones, y afirmaba que Estados Unidos no debía exhibir un nacionalismo europeo estrecho, sino abrazar “el ideal más arriesgado” del cosmopolitismo, para convertirse en “la primera nación internacional”.12 Pero, ¿qué significaba esto? D. H. Lawrence observó con acierto que Estados Unidos no era, o al menos no era todavía, “una patria de la sangre”. Jung lo dijo de otro modo, pues afirmó que los norteamericanos aún no se sentían “cómodos en su inconsciente”. Brooks, asentado intencionalmente en Westport, Connecticut, para encontrar su cosmopolitismo norteamericano en compañía de otros intelectuales de los años veinte, a quienes definió lúcidamente como “los que se preocupan más del estado de su mente que del estado de su fortuna”, de todos modos sintió la atracción intensa de la vieja cultura; en su autobiografía confesó que sentía “una añoranza a menudo aguda de la escena europea”. Solamente “una prolongada inmersión en la vida norteamericana”, escribió, “podía curarme por completo del temor perdurable a la expatriación; pero esta ambivalencia caracterizaba mi enfoque durante los años veinte”.13 En mayo de 1919, cuando supo que su amigo Waldo Frank planeaba instalarse en el Medio Oeste, le escribió: “Toda nuestra voluntad de vivir como escritores nos viene, o mejor dicho se mantiene en nosotros, gracias a nuestra relación con Europa. Waldo, nunca crea en las personas que le hablan del Oeste; nunca olvide que nosotros, los neoyorquinos y los habitantes de Nueva Inglaterra, somos quienes tenemos el monopolio del oxígeno existente en el continente norteamericano”.14
Era una afirmación arrogante; su eco se repetiría, aunque no muy a menudo con tanta franqueza, a lo largo del siglo XX. Pero sin el Medio Oeste, ¿qué era Estados Unidos? Una mera faja costera, como tantos de los estados hispánicos del litoral de América del Sur. La figura que concitó el odio de los intelectuales de la Costa Este durante los años veinte fue William Jennings Bryan, el demócrata de Illinois que había denunciado el poder del dinero (“ustedes no deben crucificar a la humanidad sobre una cruz de oro”), se había opuesto al imperialismo, había renunciado en 1915 al cargo de secretario de Estado como protesta contra la tendencia a entrar en la guerra, y en su ancianidad libró una lucha desesperada de retaguardia contra la evolución darwiniana durante el proceso Scopes, ventilado en 1925. En esencia, los propósitos de Bryan eran democráticos y progresistas; luchó por el sufragio femenino, el impuesto federal a los réditos y la creación de un banco de la reserva, por la elección del Senado mediante el voto popular, la publicidad de las contribuciones a las campañas políticas, la liberación de Filipinas y la representación del movimiento obrero en el gabinete. Pero sus valores eran populares o, para usar el nuevo término de tono despectivo, “populistas”; Bryan hablaba el idioma del antintelectualismo. Los diarios personales de su esposa atestiguan la amargura que la pareja sentía a causa del modo en que la obra
11 V. W. Brooks, “Towards a National Culture” y “The Culture of Industrialism”, en Seven Arts, abril de 1917. 12 V. W. Brooks, “Trans-National America”, en Atlantic Monthly, 1916.
13 Van Wyck Brooks, An Autobiography, Nueva York, 1965, pp. 253-256.
de Bryan era deformada o totalmente ignorada en la “prensa del Este”.15 En el proceso Scopes, Bryan no intentaba prohibir la enseñanza de la evolución, sino impedir que las escuelas debilitaran las enseñanzas religiosas; afirmaba que debía enseñarse la evolución no como un hecho sino como una teoría; los padres y los contribuyentes debían ser consultados acerca de lo que se hacía en las escuelas, y los maestros debían atenerse a la ley del país. Entendía su propia actitud como una forma de resistencia contra la dictadura agresiva de una elite escolástica autodesignada que reclamaba el monopolio del saber auténtico.16
El filósofo John Dewey se opuso a la cruzada de Bryan contra la evolución, pero advirtió a la intelectualidad de la Costa Este que las fuerzas que ella representaba “no serían tan peligrosas si no estuvieran unidas a tantas cosas buenas y necesarias”. Temía la posibilidad de una fisura, cuyos inicios alcanzaba a percibir, entre el liderato de la opinión culta de la Costa Este y lo que una generación ulterior denominaría “los Estados Unidos de la clase media” o “la mayoría silenciosa”. La evolución no era más que un caso de hábitos de pensamiento contrarios. En un notable artículo titulado “La frontera intelectual norteamericana”, publicado en 1922, advirtió a los lectores de la New Republic que no era posible desechar a Bryan como a un mero oscurantista, porque “es una típica figura democrática, es imposible negarlo”. Por supuesto, era mediocre, pero “la democracia