CHAPTER THREE: RESEARCH METHODOLOGY
3.4 Quantitative research methodologies
Por ser el amor la realización más rica de la hipercomplejidad humana y, precisamente por ello, “es eminentemente falible y frágil”, al igual que toda virtud/cualidad hipercompleja. El amor (como la vida, como la obra de arte, como todos los frutos complejos/sublimes) se da justo en el límite de su desintegración, es decir, en la tensión de sus extremos (plena expansión de la subjetividad del amante al tiempo que pleno reconocimiento del ser subjetivo del amado/a), y por eso fácilmente puede degradarse. Esta es justamente la razón que nos permitiría decir que el mal de la humanidad es el amor, es decir sus formas degradadas. Efectivamente:
El amor, sea profano o sagrado, sea por el individuo o por la colectividad, sea por la carne o por la idea, como toda virtud hipercompleja, es eminentemente falible y frágil; puede degradarse en un residuo egocéntrico (la posesividad) o transmutarse en su contrario (el odio) (1980: 444).
El amor, la fraternidad, la inteligencia, la consciencia, cualidades todas de la hipercomplejidad, son cada una “medio y fin” (1980: 447) de la misma. Por eso los momentos de plenitud/éxtasis –tanto individuales como sociales– son de una efímera brevedad. Todas ellas son cualidades portadoras de respuestas a los problemas de crueldad, desunión, degradación, etc., pero no constituyen fórmulas mágicas de solución, en el sentido de una panacea universal duradera. Las dominaciones, las servidumbres... son constituyentes de nuestra realidad humana y social, a la que por tanto han de acompañar (¿hasta cuándo?). Por ello son posibles lo retrocesos e incluso pueden aparecer de nuevo grandes barbaries. Sin embargo, la inteligencia/consciencia y el amor fraternitario constituyen, al embuclarse, las “fuerzas vivas de la complejidad” (1980: 447), por lo que, allí donde se den, representan la verdadera
resistencia, es decir, la esperanza activa en la lucha interminable contra la crueldad y a favor de la humanidad (de lo concreto humano que hay en todo hombre).
No son fórmulas que puedan ipso facto hacer obsoletos los sometimientos, dominaciones, poderes, Estado... Estos no son simples excrecencias parasitarias que bastaría con extirpar. Son constituyentes esenciales de los seres sociales y todavía nos darán trabajo durante mucho tiempo... Peor, es posible que se desencadene una nueva gran barbarie y que nos sea preciso abandonar toda esperanza de hipercomplejidad. Pero, incluso entonces, allí donde se den, el amor fraterno, la inteligencia consciente, no sólo constituirán la verdadera resistencia, sino el reabastecimiento y el recurso permanente en la lucha interminable contra la crueldad (1980: 450).
La hipercomplejidad, como sabemos, no puede ser optimizada, sino que permanentemente comporta en su incertidumbre el riesgo de su propia regresión; y de ahí la necesidad del pleno empleo de la inteligencia/consciencia. Este carácter inoptimizable coloca a la hipercomplejidad en el devenir, en la búsqueda constante de metas llamadas a ser constantemente superadas...: “No hay un estado ideal que alcanzar y después conservar” (1980: 451). Ninguna meta de la vida es fin/acabamiento. Metidos en la hipercomplejidad, nos hallamos en complicidad con el alea y la incertidumbre, lo que nos convierte en seres errantes, vagabundos guiados por metas errantes:
Todas las metas vivientes se confunden con el camino. Se hace camino al andar. Nos hallamos en el vagabundeo (errance) y no saldremos de él (ibíd.)175
.
Metidos como estamos en la vida, siendo ella nuestro pasto (“recordemos que somos vivientes”), sólo es posible hablar/decir/explicar desde ella (inmanencia). Es la única manera de hacerlo; fuera de ella no cabría sino el “silencio”, el “misterio”, lo “indecible”. Metidos en la vida nos cabe adquirir una sola certidumbre: no hay un estado ideal que alcanzar y después conservar. Efectivamente, no hay ni puede haber solución final, ni reconciliación definitiva del hombre consigo mismo y con la vida, ni “futuro radiante”, o “final feliz” que acabe con los males de nuestra existencia. Sería la muerte. Así que podemos proclamar: “El futuro radiante debe morir. Lleva la muerte. La vía del devenir está abierta” (ibíd.). Y es la que hay que seguir aunque no sepamos adónde lleva ni si lleva a alguna parte. Vivir para vivir.
175 El verso machadiano, que Morin cita en castellano, expresa de inigualable modo el carácter radicalmente itinerante/errante del vivir humano, cuya meta consiste en el vivir mismo: vivir para vivir.
El camino mismo que hacemos carece de consistencia hasta el punto de no ser verdaderamente camino,
“sino estelas en la mar”. .
Vivir es resistir, o sea, no enmascarar la complejidad, sino afrontarla con la consciencia de que es ése el (único) camino, por más que no tengamos certeza de adónde lleva, ni de si lleva a alguna parte:
Desde ahora ya no podemos esperar nada, desde ahora debemos temerlo todo de un pensamiento incapaz de concebir la complejidad de las realidades vivientes, sociales, humanas y la complejidad de los problemas planteados por la crisis contemporánea de la humanidad. Vamos a reventar por no comprender la complejidad (1980: 452). No hay descanso/certidumbre. Nuestra vida es estar naciendo y estar muriendo, siempre en la lucha, en la agonía (hasta cierto punto unamuniana). Agonía de muerte y de vida, agonía de la incertidumbre, de la cual únicamente la acción (la “apuesta”) nos puede sacar, aleatoriamente y provisionalmente. Y, sin embargo, hemos de resistir, hemos de poner a trabajar/rendir a las “fuerzas vivas” (humanas/humanizadoras): hay que Vivir.