Fanny Díaz Villalobos (Q.E.P.D.)
―La noche del 15 de septiembre de 1997 nadie se atrevió a cerrar el ojo en Los Remedios‖, cuenta el viejo Alcides Múnera, corregidor del pueblo, mientras moja un pedazo de pan en un pocillo de café con leche. Su despacho está en la sala de su casa, un ranchito de paredes de barro seco y patio amplio ubicado al lado de la iglesia Nuestra Señora de Los Remedios, en la esquina de la plaza. Sentado frente a un escritorio de madera desteñida, toma sorbos cortos de la bebida. ―En parte porque todo el mundo estaba empacando las cosas más valiosas que tenían en sus casas, y en parte porque todos estábamos asustados‖, recuerda mientras hojea un folio hasta que encuentra un recorte de periódico plastificado. Es un artículo del diario El Tiempo del 21 de septiembre de 1997 titulado ―El miedo espantó a los Remedios‖. Alcides se pone unas gafas de carey.
―El lunes a las 2 de la madrugada‖, lee en voz alta, ―un grupo de hombres llegó tocando con insistencia las puertas de las casas. Dentro de las viviendas hombres, mujeres y niños escucharon aterrados los disparos. Más tarde, cuando entró la luz del día, los pobladores supieron que habían asesinado a Fanny Díaz Villalobos, de 36 años, y Enrique Mendoza Vera, de 68 años. A las 5 de la mañana todo era confusión y miedo. Sin pensarlo dos veces empezaron a empacar sus pertenencias y salieron a buscar a quienes los ayudaran a trastear. No fue fácil conseguir vehículo para transportar sus pertenencias, pues nunca se había realizado un trasteo tan grande‖, termina y bebe del vaso. Cuando acaba de leer el documento, se quita las gafas y las coloca encima del escritorio.
―Lo que pasó fue esto‖, cuenta con las manos entrecruzadas, ―durante meses habíamos sido intimidados tanto por la guerrilla, como por los paramilitares. Era una guerra por el territorio, y yo tenía el presentimiento de que en algún momento iba a detonar. Sólo era cuestión de tiempo‖, afirma el viejo Múnera.
Los Remedios es un corregimiento del municipio de Albania, en la Guajira, ubicado en los Montes de Oca. Esta población de piedemonte está bañada por un cauce pedregoso y de aguas cristalinas del Rio Ranchería. La abundancia de árboles y la vecindad de la montaña refrescan el lugar que, a diferencia del suelo árido que cubre el departamento, es bendito por la naturaleza con abundancia de agua y fertilidad del suelo. Por eso, Los Remedios es considerado por los pueblos vecinos como una despensa de la región. ―Quizás por eso era la disputa, porque quien contralara Los Remedios podría afectar a los pueblos de los al rededores por una eventual parálisis de la producción y circulación de alimentos‖, intuye.
―Cerca de doscientas familias se desplazaron hacía Maicao y a la cabecera municipal. Aquí no quedó nadie, salvo unos cuantos que decidimos cuidar las casas y unos militares que llegaron, como siempre, después que lo peor había pasado‖, relata el corregidor mientras ojea dos fotografías. Ambas son retratos de las fachadas de dos casas pintadas con mensajes escritos con pintura en espray negra. Uno de los grafitis dice ‗MUERTE A LOS SAPOS DE LA GUERRILLA‘, y el otro ‗YA LLEGARON TUS DEFENSORES‘.
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Carlos José Garrido y su hermano mello, Poncho, entonces unos chiquillos de nueve años, salieron a las seis de la mañana de sus casas pese a las advertencias de sus padres. La noche anterior habían dormido poco, pues su mamá les había hecho empacar en los morrales del colegio algunas mudas de ropa y uno que otra figurita de acción y carritos con los que jugaban en el patio de su casa. ―Mi mamá no paraba de llorar y a mi papá lo vi desenterrar una cajita con plata que estaba debajo de su cama, en un hueco‖, relata Carlos José, hoy un hombre de 23 años, que retornó a Los Remedios hace cinco. ―Nos habían dicho que nos íbamos a mudar para donde mi abuelo en Cuestecitas, y decidimos irnos a bañar a la piscina por última vez‖, cuenta el muchacho de piel blanca y ojos claros. Los moradores del pueblo nombraron ‗La piscina‘ a una especie de bahía pequeña de agua de rio que se formaba unos metros antes de la entrada del pueblo. ―Siempre íbamos allá los domingos y tomábamos sancocho de leña con la familia‖. Cuando llegaron pudieron ver que el agua estaba colorada y al acercarse a la orilla, vieron algo que parecía el pelo de una mujer. ―Vimos una cabeza, y yo pensé que de pronto era una señora
borracha que se había quedado dormida…pero después vimos que era el cuerpo de una mujer en bola. Estaba toda morada, tenía los ojos hinchados y le hacía falta una teta. Como si se la hubieran cortado. Era una señora gordita y tenía sangre por todas, todas partes‖, evoca el muchacho y prosigue a contar que salió corriendo horrorizado. ―Llegamos a la casa llorando y llorando, no podíamos ni parar de llorar para hablar. Mi papá nos calmó y nos preguntó que qué había pasado. Poncho le dijo que habíamos visto un cadáver cerca a la piscina. El nos creyó de una y se fue a buscar a su compadre para verlo por el mismo‖, comenta y se arranca la uña del meñique con los dientes. ―Cuando regresaron dijo que era la señora Fanny Díaz‖, termina y escupe el pedacito de uña.
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La primera foto que vi de Fanny Díaz Villalobos fue tomada por Alcides Múnera, pero me la enseñó Alice Absahala Campanella, Personera de Albania. Su piel es trigueña, casi dorada, y peina su cabello ondulado en una cola de caballo a la altura de la nuca. Es delgada, de piernas cortas y gruesas, y a pesar de que calza plataformas, es bastante bajita. Sus manos de manicure impecable las adorna con anillos de oro de todos los tamaños. Viste a la moda, con una blusa de transparencia negra y un jean ajustado.
Alicia se queja de la temperatura, pese a que el aire acondicionado está encendido y soplando en su máxima potencia. ―Luego de asesinar a sangre fría a Enrique Mendoza Vera, un grupo de aproximadamente 20 armados de un frente desconocido de las Autodefensas Unidas de Colombia, se dirigió a el hogar de Fanny Díaz Villalobos. Los vecinos manifiestan haber escuchado pasos, risas y un forcejeo y luego aseguran haber visto a Díaz, acompañada de su hija Claudia Díaz, caminando con las manos amarradas por la plaza del pueblo‖, lee de una declaración realizada ante la Personería por uno de los habitantes del pueblo. Luego, extrae otra de una carpeta de ganchos y me dice que esa era la declaración del Corregidor de Los Remedios, quién había tomado varias fotos de la señora Díaz, luego de que su cadáver fuese hallado por dos niños. ―Aunque no fue revisado por Medicina Legal, el cadáver presenta, cómo se ve aquí en la foto, signos de tortura y mutilación. Ella fue asesinada con arma de fuego, le pegaron un solo tiro en la mitad de la frente. Su seno izquierdo fue cercenado con arma blanca y su cuerpo demuestra haber sido maltratado, por esto que se ve acá sus muslos internos y cadera…son hematomas‖, explica, señalando la imagen donde son visibles las líneas moradas sobre sus piernas entre abiertas. Luego extrae una foto de un palo de escoba ensangrentado. ―Esto‖, hace una pausa, ―fue encontrado dentro de la vagina de la difunta‖.
No miro las fotos con detenimiento porque el simple relato me produce náuseas. Entiendo que la mujer fue empalada. Está es una modalidad de tortura que se remonta a los tiempos de Babilonia y consiste, como su nombre indica, en atravesar una estaca de madera que penetre el recto, la vagina o la boca. Esta fue, precisamente, una de estrategias de control social e intimidación utilizada por las Autodefensas Unidas de Colombia y se presentaron casos similares por toda la geografía colombiana. En el Auto 092 emitido por la Corte Constitucional en 2008, se identificaron diez riesgos propios del género femenino que dan cuenta de del impacto del desplazamiento forzoso entre las mujeres. La violencia sexual – la como tortura y mutilación - se consideró como un arma de guerra utilizada por los grupos armados en una suerte de teatro del terror que ha sido más que efectivo. Este tipo de actos, sentencia la Corte, opera como causa directa del desplazamiento forzado por el temor que necesariamente infunde sobre las familias y las comunidades a las cuales pertenecen las víctimas. Encontrar un cuerpo de una mujer, cercenado y empalado, fue suficiente para que cerca de doscientas personas decidieran irse de Los Remedios de la noche a la mañana.
Alice me mira como si tratara de encontrar algún significado en la expresión de mi cara. Y pienso que fue suficientemente evidente porque cerró rápidamente carpeta, por fin ocultando las imágenes. La mujer procede a contarme, con el marcado acento y cantado particular que caracteriza el hablado del guajiro, que tanto Fanny como Enrique Mendoza habían sido personas de gran importancia para las personas del pueblo por haber tomado el rol de líderes comunitarios. ―Este tipo de asesinatos perpetrados a los líderes de las poblaciones se realizan con el propósito de debilitar los lazos comunitarios e infundir el miedo entre los habitantes del lugar‖, afirma Alice, quien ejerce la personería hace dos años. ―En varias declaraciones tomadas de los desplazados de Los Remedios, la gente manifestó que Fanny Díaz pudo haber tenido alguna relación con la guerrilla: como informante, o en una relación sentimental con algún militante. Por eso la señalan, y cuentan que ella ya había recibido amenazas de que se fuera…pero que no había querido ponerles cuidado‖, agrega al tiempo que baja la mirada y tuerce un poco los labios.
―Dicen también que a el señor Enrique Mendoza lo mataron porque iban por su hija, pero ella se voló. El andaba armado, como los señores de antes, y vamos a ver que ese señor disparó y mató a uno e hirió a otro. Por eso fue que…‖, e interrumpió la conversación cuando sonó su teléfono celular Blackberry. Miró la pantalla y sonrió. Escribió rápidamente en el teclado del aparato con
sus deditos de uñas coloradas y puso el celular sobre el escritorio. ―¿En qué íbamos?‖, preguntó atolondrada, ―Ah sí…por eso fue que lo mataron‖.
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En la segunda foto que vi de Fanny Díaz, ella estaba con vida y podía tener unos veinte años. Tiene un vestido color rojo ceñido al cuerpo. El traje, que le llega hasta las rodillas, deja apreciar una figura delgada y armoniosa. Lleva el cabello hasta los hombros, rizado y castaño oscuro. Está descalza frente a unos matorrales y mira directamente a la cámara. Es blanca, de cara redonda y pómulos pronunciados. Sus ojos son achinados, tiene una nariz corta y de punta redonda, y una sonrisa amplia. Tiene los brazos extendidos, y en una de sus manos sostiene una cayena roja, del mismo color de su vestido. La fotografía pertenece a Claudia Díaz, hija de la difunta Fanny.
Hace dos años que regresó a Los Remedios después de vivir durante doce años en Albania, la cabecera municipal. Por todo ese tiempo había soñado con volver a su hogar de la infancia, un casón de paredes de cemento pintadas de azul cielo y techo de palma. Pero volvió a una casa que había sido incinerada. Tan sólo quedaban tres paredes desteñidas y ruinas recubiertas por maleza.
La mujer de treinta años físicamente se asemeja mucho a su madre. Tiene los mismos ojos alargados y una sonrisa agradable. Tiene la piel blanca y las mejillas sonrojadas por el calor intenso. El busto le rebosa del escote de la camiseta de algodón y le salen acentúan unos gorditos en forma de llantas en su abdomen.
―Todo comenzó con unas cervezas, creo yo. En la tiendecita que teníamos también se vendía cerveza. Yo recuerdo que llegaron tres hombres y ellos le pidieron unas cervezas a mi mamá y ella se las vendió. Bueno, y pagaron sus cervezas y se fueron. Y bueno, pasó el tiempo…‖
―El día que mataron a mi mamá, ella como que se estaba despidiendo, oíste. Porque mira. Ella ese día ella se fue Maicao a comprar víveres para la tienda que atendíamos en la casa y vino alegre de allá. Ella en la tarde me dijo, ‗Claudia, haz un arroz de leche‘ y yo me puse a hacer mi arroz de leche y estuvo. Y ella me dijo ‗yo voy para donde Marleny que me invitaron a beber unas cervecitas‘ porque ese día cayó el día del amor y la amistad. Ella por cierto trajo una manta Wayuu de Maicao, muy bonita por cierto. Ella dijo, ‗me la voy a estrenar‘…porque ella era una mujer alegre. Y ella se ha puesto unas sandalias de mi abuela, que como ella vivía allá en el monte, tenía toda la ropa buena y de salir acá. Y dijo, ‗esta es la última vez que me las voy a
gorrear‘‖, repite Claudia con sorprendente lucidez. Parece que recordara cada palabra que había salido de la boca de su madre ese día.
―Así como yo te digo, yo lo escuché de la boca de mi mamá. Pero yo creía que ella me estaba diciendo eso porque ella quería irse, se quería ir del pueblo. No sé porqué. Entonces ella se pintó y se ha ido para su fiesta. Ella llego como a las 12 de esa fiesta…quien sabe si ella se hubiera quedado bebiendo…quizás no la hubieran matado‖, se lamenta con los ojos humedecidos. ―A ella la trajeron ya tomada‖, dice retomando luego de un llanto silencioso, ―porque ella estaba un poco tomada. Y yo le pregunte si iba a comer, y ella me dijo que no. La costumbre de ella era dormir en pantaletas, porque como ella no tenía marido ni nada…cuando ella se acostó ella me dijo, ‗Claudia tu no rezas‘…y ella nunca me había dicho esas palabras. Y yo sentí a mi mamá rezando como nunca en la vida. Porque yo sentí que estaba rezando. Por eso le digo, ella estaba como que presentía algo o se estaba despidiendo‖.
―Yo digo que fue por culpa de esas cervezas. No las que se había bebido esa noche, pero las que le vendió a los tres hombres esos que se aparecieron en la tienda de mi casa. Resulta que esos hombres eran guerrilleros que se habían bajado de la montaña y mi mamá se las vendió porque no sabía quiénes eran. Eso es lo que dice la gente ahora. Que como la habían visto hablando con esos tipos ella era de ese bando, que hubo gente que le dañó el buen nombre. Hasta me han dicho que es porque ella era informante de la guerrilla. ¿Informante de qué? Eso es embuste‖. Lo cierto es que la mujer había sido señalada de ‗sapa‘ y la habían llamado por su nombre esa noche que combatientes de las Autodefensas le habían ido a tocar la puerta de su casa. ―A eso de la una de la mañana tocaron la puerta duro y gritaron, ‗¡Fanny Díaz!‘. Ella pensaría que era algún amigo, yo no sé. Ella se levantó y se envolvió en las sábanas. Cuando abrió la puerta ellos le dijeron que ella estaba en lista y que se cambiara. Cuando yo escuché la bula me paré a prender el foco de la calle y uno de ellos se entró y me pegó en el pecho, me pegó una manotada y me dijo que no fuera a prender la luz‖.
Claudia dice haber visto cerca de treinta hombres uniformados, algunos con capucha y otros con la cara descubierta. Fanny se volvió a vestir con la manta Wayuu que había estrenado ese día y Claudia empezó a llorar nerviosa. Un hombre le tapó la boca y otro ordenó que les amarraran las manos con pedazos de cabuya.
―Yo intenté zafarme, y recuerdo que uno de ellos estaba muy grosero. Me decía ‗Gorda hija de la grandísima puta, te voy a llenar el pecho de plomo. Y entonces nos dijeron que camináramos así les obedecimos y nos fuimos sin saber hacia dónde íbamos. Ellos se sentían como Pedro por su casa y anduvieron con así amarradas hasta la plaza del pueblo. La gente estaba guardada en las casas, pero yo alcancé a ver gente asomada en las ventanas. Sabían que nos llevaban a nosotras dos, porque mi mamá fue una mujer muy admirada en el pueblo. Ella era muy colaboradora con la gente y se preocupaba por las necesidades de la gente. Mi mamá era una mujer de bien, aunque la gente diga otra cosa‖.
Luego de darle la vuelta a la plaza transitaron en la oscuridad por el camino destapado que es la única vía de entrada y salida de Los Remedios. Claudia recuerda que le manoseaban las nalgas y que a ambas les pegaron cachazos con las escopetas y un sinfín de patadas cuando tropezaban y se caían, una y otra vez, en los desniveles de la trocha. Los hombres no escatimaron en insultos y en escupitajos que chorreaban por sus mejillas. La mujer calcula que luego de veinte minutos, la procesión cambió de rumbo y se internaron monte a dentro hasta llegar a un claro en medio de la vegetación.
―Depronto se prendieron las luces de una camioneta blanca que no habíamos visto antes. De ahí se bajo un hombre que yo digo que era el comandante. El era como cachaco y no paraba de repetir que ahora era que iba a matar a la gente del pueblo. Le decía a sus hombres que matara gente aquí porque estaba bravo… dizque porque le habían matado a un hombre y le habían herido a otro. Cuando el cachaco decía todo eso nosotras estábamos arrodilladas en la arena y los pegaban en las piernas y a veces garnatadas en la cabeza. Después nos empezaron a decir que éramos guerrilleras y a preguntarnos que donde estaban las armas‖.
El hombre que parecía mandar en el grupo pidió que las llevaran hasta un árbol de tronco grueso que estaba detrás vehículo. Detrás de este, había un tanque con agua en el cual les metían las cabezas hasta que se les acababa el oxígeno. De un jalón de pelo las levantaban y mientras tomaban bocanadas de aire les pedían que confesaran que eran del bando enemigo. Después de un rato en el que se repitió este macabro ejercicio una vez tras otra se llevaron a la madre de Claudia a dialogar aparte con el comandante, acompañado de la mayoría de los armados.
―Ella decía que me soltaran porque el problema era de ella, que me soltaran. Y mientras la tenían por allá lejos y yo estaba sola me preguntaron que si yo sabía quién eran ellos. Yo les dije que no. Me dijeron que ellos habían llegado a para quedarse. No paraban de tocarme por todas
partes, y a mi ningún hombre me había puesto un dedo encima. Yo me quería guardar para cuando encontrara marido, y vea usted, me agarraron las nalgas y los senos…a veces me rozaban