CHAPTER 3: RESEARCH METHODOLGY
3.7 DATA COLLECTION METHODS
3.7.2 Questionnaire Survey
de los halconeros europeos por las importantes vías de comunicación y comercio y las estrechas relaciones entre culturas, pese a las distancias que las pudieran separar.24 Posiblemente, con alguna de las numerosísimas especies de aves de presa que podrían encontrarse en Asia o África habría que identificar las aves singulares a las que, en ocasiones, se referían los antiguos halconeros.25
Lo que sí que es cierto es que el descubrimiento del Nuevo Mundo puso al alcance de los cazadores europeos otras aves hasta entonces desconocidas en el Viejo Continente. Existen documentos que nos informan que grandes cantidades de aves se traían a Europa para su empleo en la caza. Algunas de ellas se identificaron o se emparentaron con las aves que a este lado del océano se habían empleado durante siglos —neblíes o azores de Indias— pero otras se incorporaron con un nombre propio a los tratados de cetrería europeos de los siglos XVI y XVII, como es el caso del aleto, especie que ha sido identificada en ocasiones con el halcón aplomado (Falco femoralis).26
Dentro de cada especie, los cazadores medievales prestaban atención especial al origen de las aves porque, pese a tratarse de una misma natura, mostraban diferentes características dependiendo de su procedencia. El adiestramiento y las cualidades para la caza eran los aspectos más estrechamente dependientes del origen de las aves, aunque éste podía también influir en sus enfermedades o aconsejar un regimiento específico
24 Es especialmente ilustrativo de este hecho la cacatúa que aparece representada en la obra de cetrería de
Federico II y que el ilustrador pudo representar a partir de un ejemplar que el emperador había recibido como presente. Lo más interesante es el hecho de que las poblaciones más próximas de alguna especie de cacatúa se encuentran en las Molucas (YAPP; 1983, 612), lo que da una idea de la dimensión de los intercambios que existían en época medieval y de los viajes que realizaban los animales asociados al hombre.
25 Juan Vallés describe un azor «que havía assí los ojos negros, y havía las espaldas como azules y los
pechos y el plumage dél no bien claros, y querían parecer como de gallina morisca», aunque en el pasaje parece dar a entender que procedía de Granada. Las aves semejantes a azores que con frecuencia presentan los ojos oscuros son los gavilanes griegos, aunque este y otros pasajes que se refieren a aves singulares merecen un análisis detenido. Existe un documento muy interesante en que el rey Juan I de Aragón envía una carta a su primo el obispo de Valencia con la descripción de un ave que ha llegado a su poder con la esperanza de que le pueda ayudar en la identificación, algo que él y sus halconeros no has sido capaces de hacer (Roca; 1929, 299)
26 En MARTÍNEZ DE SALINAS (2001) se presenta un estudio sobre las grandes expectativas puestas por
Fernando el Católico en la obtención de aves de caza en América ya durante los primeros viajes al nuevo continente. La primera obra de cetrería castellana que se refiere explícitamente a los aletos como aves procedentes de América es el Libro de cetrería de Luis de Zapata, escrita a finales del siglo XVI. En el siglo XVII, cuando ya no se componen obras de cetrería en castellano, el Libro de ballestería y montería de Martínez del Espinar dedica un breve capítulo a esta ave. También algunas obras francesas de cetrería de finales de siglo XVI y XVII, como la de Charles d’Arcussia, al igual que la portuguesa Arte da caça de altaneria. Sin embargo, resulta oportuno destacar que el Libro de las aves que cazan de Juan de Sahagún ya se refiere a unas aves denominadas aletas que, por haberse compuesto la obra antes del descubrimiento de America no podía referirse al halcón aplomado: «Ay otros que dizen aletas, e caçan con ellas las damas en Françia. D’estas tales aves non fago mençión en este libro» (RICO; 1997, cap. 1-19).
para conservar su salud. La determinación del origen de las aves tenía escalas muy diversas y podía señalar, bien un extenso territorio como Noruega o Candia, bien un monte particular o, incluso, un nido concreto del que, año tras año, se obtenían aves jóvenes con cualidades singulares. La importancia atribuida al origen de las aves se encuentra tanto en las obras compuestas por los cazadores europeos como en los tratados árabes y a menudo dedican capítulos enteros a describir las virtudes y defectos de las aves según su procedencia. A título ilustrativo puede mencionarse que los baharíes mallorquines y los sardos eran especialmente apreciados, al igual que los azores de Noruega e Irlanda o los neblíes de Las Rocinas (comarca en la actual Huelva).
Un tercer criterio con el que se diferenciaba a las aves era el sexo. La importancia de esta característica reside en la gran diferencia de tamaño existente entre machos y hembras de la misma especie, siendo éstas mayores y más fuertes que aquellos. Prueba de la importancia que los cazadores atribuían a esta característica es el hecho de que acuñaran términos específicos para distinguir machos de hembras de cualquier especie. Los halconeros castellados denominaban primas a las hembras y torzuelos a los machos aunque, al igual que en otras lenguas europeas, el nombre de la especie o natura se entendía normalmente referido a las hembras, mientras que las referencias a los machos eran las que se debían especificar añadiendo el término torzuelo (o su equivalente en la lengua de que se tratara).
Esta diferencia de tamaño entre los dos sexos de las aves de presa fue conceptualizada de forma diferente en la tradición cetrera árabe, que consideraba machos y hembras de lo que para nosotros es una especie, como aves distintas, cada una con su propio nombre. La existencia de especies distintas que presentan algunas semejanzas morfológicas y de plumaje entre sí, llevó a los cazadores árabes a elaborar un esquema clasificatorio distinto del de los cazadores del occidente cristiano, en el que machos y hembras de varias especies semejantes se agrupaban en un género, que contenía una serie de aves que se diferenciaban esencialmente en el tamaño.27
Volviendo a la concepción de los cazadores cristianos, debe llamarse la atención que las diferencias entre machos y hembras no solo eran tenidas en cuenta por sus
27 Así, la clasificación, explícita o implícita, de las aves de caza en los tratados árabes contiene cuatro
géneros —águilas, azores, sacres, halcones— y dentro de cada uno de estos géneros se distinguen varias especies, normalmente ordenadas de mayor a menor tamaño. Estas especies, que no corresponden a la especies de la taxonomía actual, ordenan por tamaño varias aves de aspecto semejante que normalmente corresponden a machos y hembras de lo que para nosotros son dos, tres o cuatro especies diferentes. Esta clasificación se encuentra, por ejemplo, en la obra de al-Giṭrīf ibn Qudāma al-Gassānī (VIRÉ; 2002, 66- 70).
implicaciones en la caza, sino también por sus implicaciones fisiológicas, que podían condicionar el régimen apropiado para cada animal y que, en cualquier caso, permitían explicar científicamente una diferencia de tamaño entre sexos opuesta a la observada en otros animales y en el hombre.28
Pronto debieron apercibirse los cazadores de las grandes diferencias que presentaban las aves de presa en su comportamiento y sus aptitudes para la caza dependiendo de la edad a la que habían sido capturadas. Ello llevó a la necesidad de distinguir con términos específicos aves tan semejantes en el aspecto por pertenecer a una misma especie y tan diferentes en otras cualidades por haber sido capturadas a distinta edad. Tan evidente y relevante resulta esta característica de las aves, que en todas las lenguas en que se compusieron los tratados existen términos que distinguen unos animales de otros según este criterio y las únicas diferencias significativas entre unas y otras tradiciones se refieren al número de categorías que se reconocen al considerar este aspecto, estando cuatro de ellas siempre presentes.
En primer lugar estarían las aves tomadas del nido y denominadas niegas por los cazadores castellanos. La segunda categoría la constituían las aves tomadas cuando ya habían completado su desarrollo y comenzaban sus primeros vuelos, siendo todavía alimentadas por los progenitores y se denominaban rameras, por encontrarse habitualmente sobre las ramas de los árboles en las proximidades del nido.29 La tercera categoría se refería a aquellas aves que ya habían abandonado el nido y ya no estaban ligadas a los progenitores porque eran capaces de capturar presas y alimentarse por sí mismas, capturándose habitualmente con redes o araños. Estas aves eran denominadas zahareñas30 o araniegas, aunque en ésta última categoría, ocasionalmente se hacía una
28 El concepto galénico de complexión, es decir, el equilibrio entre las cualidades fundamentales, así
como los de humedad radical y calor natural, permitieron justificar esta diferencia de tamaño mediante los instrumentos conceptuales propios de la medicina y la ciencia medievales.
29 El término debía referirse originariamente a azores y gavilanes, que son las especies que crían en los
árboles, puesto que la mayor parte de los halcones empleados para la caza sitúan sus nidos en cantiles rocosos.
30 Debe llamarse la atención sobre el hecho de que los cetreros moderos españoles adoptaron para el
término zahareño el significado de ave capturada en edad adulta, después de su primera muda. Es muy posible que ello se deba a la interpretación que Rodríguez de la Fuente hizo a mediados del siglo pasado de algunos textos clásicos (RODRÍGUEZ DE LA FUENTE; 1965, 275). El problema estriba en que con cierta frecuencia los investigadores han acudido a las obras de cetrería modernas para comprender algún término específico de los tratados antiguos, introduciendo con ello algunas interpretaciones erróneas. Así, encontramos esta interpretación para el término zahareño en las ediciones críticas, entre otras, de la obra del canciller (DELGADO, 2007), en la de Vallés (FRADEJAS, 1994) y de Zapata (RODRÍGUEZ CACHÓN, 2013). Lo llamativo de esta situación es que el Diccionario de autoridades, que en ocasiones se cita para justificar el significado del término, lo aplica explícitamente a las aves jóvenes, no mudadas: «De los halcones pollos, unos son tomados con el araña, y red, à los quales llaman zahareños». Vallés aplica el
distinción adicional para designar a las aves capturadas ya en edad adulta, despues de su primera muda e identificables por su diferente plumaje, hablándose en tales casos de ave mudada de aire.31
Conviene recalcar que estos términos se referían a la edad a la que se capturaba el ave, no a la edad que tenían en cada momento, puesto que las características que poseía el ave por haber sido capturada a una determinada edad se conservaban para siempre. Un halcón niego —tomado del nido— era denominado niego durante toda su vida.
Además de la edad de captura, la edad real del ave también era tomada en consideración por los cazadores. Puesto que las aves de caza renuevan habitualmente todo su plumaje una vez al año, la edad de las aves se contaba por el número de mudas y así, por ejemplo, un azor de tres mudas se encontraría en su cuarto año de vida. En cualquier caso, en relación con la edad del ave, la diferencia fundamental se establecía entre ejemplares jóvenes, denominados pollos en castellano, y adultos, denominados mudados.32 Evidentemente, la edad del ave condicionaba su valor para la caza, puesto que un pollo todavía debía desarrollar habilidades y aprender las técnicas de caza, mientras que un pájaro mudado contaba con una experiencia que lo hacía más valioso para la actividad venatoria. Sin embargo, es necesario advertir en este punto que, además del desempeño en la actividad cinegética, las aves eran valoradas también por su aspecto, considerando las aves mudadas mucho más hermosas y recibiendo por ello un aprecio mayor. La consideración de la edad de las aves también era necesaria por las implicaciones fisiológicas que tenía y que exigían una adecuación del regimiento de los animales para mantenerlos sanos, existiendo referencias en los tratados a algunas dolencias que afectaban especialmente a las aves jóvenes.
La caza con aves podía realizarse mediante técnicas diversas, que venían condicionadas, fundamentalmente, por el ave empleada y por la presa a capturar. Los tratados de cetrería y otras fuentes muestran claramente que las aves que utilizaban los cazadores solían estar especializadas en una técnica de caza y en una presa o tipo de califtivo de zahareño en dos ocasiones explícitamente a aves jóvenes: «un gavilán pollo çahareño que fue tomado la rivera de Esgueva» (FRADEJAS; 1994, I: 113).
31 Esta expresión recoge el significado que erróneamente se ha asignado habitualmente al término
zahareño y es empleada en repetidas ocasiones en las obras de Sahagún, Beltran de la Cueva, Vallés y
Zapata.
32 El plumaje pardo rojizo de los pollos dio lugar a la denominación de soro en diversas leguas europeas,
entre ellas el catalán (GARCIA SEMPERE; 2013, 198). Resulta llamativo que en los tratados castellanos de cetrería no aparezca este término y cabría preguntarse si ello se debe al sesgo que en vocabulario de los cazadores introduce la muestra recogida en los tratados.
presas concreto, lo que dio lugar a una variada terminología que permitía expresar con precisión esta característica de las aves. Y así, en los tratados de los cazadores castellanos y en documentos de archivo encontramos expresiones como neblí altanero —para designar el halcón adiestrado para la técnica denominada altanería—, gavilán cercetero —el gavilán especializado en la caza de cercetas—, azor anadero —aquél adiestrado para la captura de ánades— y otros adjetivos como gruero, garcero, lebrero o milanero para referirse a las aves entrenadas para la captura de las correspondientes presas.
Un último criterio de clasificación o aspecto distintivo de las aves de caza eran las particularidades morfológicas y, sobre todo, del plumaje. No es necesario esforzarse en aclarar que no todos los ejemplares de la misma especie son idénticos en su forma, tamaño, plumaje o coloración. Algunas de estas particularidades en el plumaje de las aves debieron darse con la frecuencia suficiente y llamar especialmente la atención de los cazadores como para recibir las aves que las poseían un apelativo específico que pusiera en evidencia la característica en cuestión. En las obras de los cazadores castellanos encontramos expresiones como gerifaltes letrados —ejemplares blancos con motas negras que semejaban letras—, halcones coronados —aquellos que poseían un cerco claro en la cabeza a modo de corona— o halcones zorzaleños —aves portadoras de un plumaje moteado que recordaba al del zorzal.
La importancia de estos términos, que a menudo ha sido pasada por alto, reside en el hecho de que los cazadores intentaban asociar estas características con cualidades de las aves, tanto fisiológicas como cinegéticas, además de su posible valor estético. En este sentido quisiera poner de manifiesto lo que, en mi opinión, ha sido una interpretación equivocada de la información que algunos tratados ofrecen sobre la coloración de las aves. Los tratados latinos —y, como consecuencia, algunos castellanos y en otras lenguas vernáculas— se refieren a halcones negros, blancos o rojos, lo que ha llevado a algunos investigadores a intentar identificar estas aves con especies precisas de la taxonomía moderna, generando con ello un cierto debate.33
Sin embargo, considero que con estos calificativos, los tratados medievales no se referían a especies distintas sino a diferentes tonalidades, matices o predominio de color en alguna región del plumaje que, en principio, podía presentarse en cualquier especie o
33 Van den Abeele se hace eco de estas interpretaciones de las aves mencionadas en los tratados latinos y
recoge la diversas identificaciones propuestas por diferentes investigadores (VAN DEN ABEELE; 1994, 56- 73).
natura de aves, por más que algunos colores fueran más habituales en unas que en otras. De hecho, así es como lo interpretan, de forma explícita, algunos cazadores castellanos, que reconocen los halcones de diversos colores —blancos, negros o rojos— en algunas de las naturas de aves que se empleaban para la caza.34
Además, la importancia de estas tonalidades residía principalmente en que ayudaban a determinar las cualidades fisiológicas —y como consecuencia las cinegéticas—, orientando su adecuado regimiento y su empleo en la caza.35 Lo que sucede es que, a diferencia de lo observado en algunos tratados árabes, en los tratados latinos —y como consecuencia en sus traducciones— el argumento de los colores de las aves no recibió un tratamiento o desarrollo explícito y detallado.36
OBTENCIÓN DE LAS AVES. Sobre la obtención de halcones y azores conviene hacer una aclaración previa: estas aves no se reproducían en cautividad, por lo que para conseguir nuevos ejemplares, éstos debían tomarse siempre de la naturaleza.37 Esta circunstancia constituye una diferencia significativa con otros animales empleados para la caza como caballos, perros o hurones, que eran especies domésticas desde hacía mucho tiempo y sobre las que existía un proceso de selección asociado a la cría en cautividad.
Pese a que existen tratados de cetrería que ofrecen información más o menos detallada sobre la captura de las aves de presa y las técnicas asociadas a ello, lo cierto es que no se trata de una información que tuviera siempre un hueco en las obras de caza con aves y los tratados del corpus castellano son particularmente pobres en este sentido.38 La razón para ello probablemente haya que buscarla en el hecho de que la tarea de captura de aves normalmente era relegada o encomendada a otro personal —en ocasiones especializado en esta tarea— que no tenía ninguna relación adicional con las
34 En los tratados castellanos se hace referencia a neblíes blancos, negro, amarillos y rubios, por ejemplo. 35 La relación entre el color del halcón y la complexión es explícita, como veremos más adelante, en
algunos tratados, entre ellos el conocido como Dancus Rex (TILANDER; 1963, 86-88).
36 En el tratado árabe Kitāb al-kafī fī l-bayzara se ofrece un detallado capítulo sobre las cualidades de las
aves en función de sus colores, donde se explica que, aunque éstas presentan numerosas tonalidades, todas ellas se reducen a cuatro fundamentales: negro, blanco, rojo y amarillo (AL-BALADĪ; 1983, 85).
37 La domesticación de las aves de presa, entendiento este proceso como la reproducción en cautividad y
la posibilidad de seleccionar ejemplares para obtener características deseadas no comenzó hasta mediados del siglo XX.
38 El manuscrito miniado conservado en el Vaticano que contiene la obra de Federico II ofrece diversas
representaciones de la toma de aves de los nidos, mientras que el Livre du Roy Modus, también ricamente ilustrado, ofrece algunas miniaturas donde se muestran diversas técnicas de captura de las aves, como redes o lazos. La obra portuguesa Arte da caça de altanería ofrece una sección dedicada a la captura de las aves de presa y de otras aves que sirven para adiestrarlas, así como de algunas cuestiones prácticas relacionadas con este aspecto de la cetrería, como coser los ojos a las aves recien capturadas (FERREIRA; 1899, 57-101).
aves y su empleo en la caza.39 De hecho, los tratados de cetrería a menudo ofrecen detallados capítulos para reconocer las cualidades de las aves a partir de sus características visibles, lo que sugiere que la responsabilidad de los halconeros comenzaba precisamente con la elección de las aves —una vez éstas ya habían sido