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Pío X II ha sido saludado por todos los pueblos como el Papa de la Paz. El santo cardenal que acaba de recibir sobre sus hombros el peso inmenso de la dirección de la Iglesia mira desde su trono un mundo envuelto en “guerras y rumores de guerra” que clama hacia él una palabra angustiada: “Queremos la paz.”

La gran familia humana está reñida: no se llevan bien los hermanos. N o hay peor guerra que la guerra entre hermanos. Es evidente que cuando dos hermanos se amenazan o se golpean, es que el padre está ausente. El mundo moderno no tiene padre. La Reforma Protestante, al romper con la Iglesia Visible, rechazó violentamente el Padre Terrestre. El Mundo Liberal que nació de ella consumó la separación con el Padre Celestial. Y, sin embargo, quería conseguir y conservar por sus propios medios la hermandad definitiva

y laica entre todos los hombres, a la cual llamó Fraternidad; quiso instaurar

el amor entre estos huraños hijos de tantas madres, independientemente del Padre Celestial y con prescindencia del Padre Nuestro. La Guerra M un­ dial anunció a los hombres con fragor de trueno el derrumbe de la Fraterni­ dad Laica y Masónica; esa guerra de 1914, que no pertenece al pasado, puesto que se cierne sobre nosotros de nuevo conminando a los pueblos una segun­ da parte empeorada y aumentada, si se niegan otra vez a asentar el juicio... Es decir, a ponerse de rodillas y a mirar al cielo.

Vivimos en días en que las peores catástrofes son posibles. D ios puede salvarnos. Pero Dios no querrá salvarnos, si los hombres, los pueblos y los

jefes no comienzan por ver que sólo Dios puede salvarnos. Si Dios no edifica

la casa, es inútil que se afanen los albañiles. Si Dios no guarda la ciudad, los guardianes se desojan en vano.

A los hombres sin Dios, que antes del 14 barbotaban ensordecedores su gran borrachera de palabras en la euforia del dogma del Progreso Indefinido

y la Religión de la Humanidad, se les han acabado las palabras, la euforia y hasta las esperanzas. Son justamente los que se ríen de nuestros santos dog­ mas, los que han pasado bruscamente del seudodogma del Paraíso Terrestre al seudodogma del Fin del Mundo. El viejo novelista inglés Wells acaba de

publicar su libro definitivo, El Destino del Homo Sapiens, en el cual abomina

de la humanidad actual y desespera de su porvenir; lo cual no quita que en­ seguida, novelista hasta la muerte, proponga el siguiente remedio: que todos los sabios del mundo se alejen del mundo, se reúnan en Nueva York y funden una especie de Super-Universidad... con él a la cabeza, por supuesto; la cual se dedique a reeducar a todos los hombres, para darles conciencia de que son ciudadanos del mundo; son palabras textuales.

Esta clase de chiquilines son los que quieren hacerse maestros del mundo,

los que recusan como supersticiosa y mítica la dulce, secular y eterna tradi­

ción de unidad de la Santa Madre Iglesia Católica. ¡Cuán proféticamente los retrató el primer Papa en su Epístola Segunda, con estas terribles palabras, que deben cubrir las mías:

Así como hubo seudoprofetas, así hay ahora maestros mendaces, que introducen sectas de perdición, renegando del Dios que los redimió y atrayéndose una rápida ruina [...] Estas son fuentes sin agua

y nubes llevadas en torbellino, reservadas a la noche tenebrosa. Profiriendo la petulancia del orgullo, precipitan en los deseos brutos de la carne

a los que van cediendo poco apoco por el contacto y trato con el error; y les prometen la libertad, oh irrisión, siendo ellos esclavos del vicio;

pues de aquel de quien fue vencido, de aquel todo hombre es esclavo 52.

52 II Petr. II, 1, 17-19.

¿Fin del Mundo, oh soñadores asustados? Sí, fin del mundo que soñaron los ideólogos de 1789, fin del siglo que comenzó con la toma de la Bastilla. Fin de una época, evidentemente, pero no fin del Universo, que ha tenido ya muchas épocas; sino al revés, el principio de un Mundo, o si queréis, el descubrimiento del Mundo. El Mundo Universo ha tomado conciencia de su intersolidaridad; y una gigantesca readaptación, más vasta que la que si­ guió a la descubierta de América, sopla su urgente clamor de aviso sobre las naciones. Las gigantescas convulsiones de nuestra época, comenzando por la Revolución Francesa y acabando por la Revolución Rusa -las cuales no olvidarán a la Argentina, dadlo por seguro-, no son convulsiones de ago­ nía, sino convulsiones de alumbramiento. Es claro que algo muere también, pues que todo nacer de algo lleva implicado el morir de algo. Pero nosotros no som os de lo que muere.

¿Qué nace en el dolor actual y cómo? Pregunta tremenda. N o la puedo abordar con el aparato de la ciencia psicológica o histórica; hay que recurrir por la índole de este escrito a los modos sintéticos de la poesía o la oratoria.

■o

¿Qué ves delante de ti, lector amigo, en esta joven Argentina, que refleja mal que bien todo el mundo moderno?

Primero: un estado de desequilibrio y desasosiego evidentes, traducido en problemas vastísimos de todo orden: problema social, problema religioso, problema judío, problema agrario, problema político; estado que puede ex­ presarse con la imagen de Bergson: “El mundo actual parece un cuerpo al que, engrandecido de golpe, le quedase chica el alma.”

Segundo: tres corrientes poderosas en lucha para imponer sus soluciones (Com unismo, Liberalismo, Fascism o), fuerzas políticas en apariencia, ideo­ lógicas en el fondo. Cada una de ellas envuelve un Ideal y una concepción total de la vida.

Tercero: más adentro, hay una profunda aspiración que es común a las tres corrientes y a mí y a ti y a todos nosotros, lector amigo: una aspiración a un mundo mejor, aspiración eterna en la Humanidad, pero puesta ahora en llaga viva a flor de carne; necesidad de entenderse de nuevo entre ellos los humanos; esperanza inmensa, vaga, latente, difusa, que el sabio etnólogo Pierre Teilhard de Chardin caracteriza con estas tres notas: “universalismo, porvenirismo, personalismo”. Afirma con gran copia de argumentos, en Etudes, N ° 18, año 1937, que si no podemos saber desde ya cuál será el

sabemos en cambio ciertamente que ella no será aceptable al corazón de la I fumanidad actual, a menos de ser:

1. Capaz de contener en sí a todos los hombres sin excepción, por encima de todos los clanes, hordas, tribus y naciones.

2. Capaz de asimilar todas las conquistas modernas, materiales y cultura­

les, más el inmenso porvenir abierto de golpe al mundo unificado.

3. Capaz de respetar y exaltar la persona humana: nada de paraísos terres- i res marca hormiguero o cárcel modelo 53.

Sí. Todo aparece hoy como si D ios preparara en sus crisoles una nueva respuesta más vasta a ese eterno grito o gemido del hombre hacia la unidad de la especie. La hermandad divina de todos los humanos: es el más viejo sueño de la humanidad y a la vez la postulación sorda de la materia común de que ella fue hecha. Por arriba y por debajo, por la materia y por la forma, por su raíz de tierra y su flor de pensamiento, el hombre necesita de los otros hombres para muchas cosas, siendo, como dijo el Filósofo, animal gregario por naturaleza; y necesita hoy de todos los hombres del mundo para poder decir de una vez todos juntos al Ser Supremo una palabra de océano que la

I lumanidad está tartamudeando desde que nació: Padre nuestro. Para llegar

.i este momento, todos los santos, todos los sabios, todos los héroes, todos

los mártires del mundo se han deshecho en la empresa de decir a D ios: Pa-

ilre mío.

He aquí el hecho capital de nuestros tiempos. Los hombres acaban de establecer contacto de codos. Ya no hay más desiertos, ni montañas, ni ma­ res, ni abismos. El sueño de Ulises, el sueño de Icaro, el sueño de Prometeo,

son realidades cotidianas. ¿El Mare Ignotum? N o existe. ¿La Gran Muralla?

I la caído. Los hombres balbucean un oscuro esperanto. La tierra ha atado sus tientos, como un trenzador paciente; ha juntado sus cinco puntas, como

53 C ito actualmente a Teilhard de Chardin con todas las reservas. Este ensayo, escrito en 1944, ignoraba la evolución posterior del pensamiento del naturalista francés, la cual ha sido pésima, a nuestro parecer. H a caído en la peor de las herejías, el modernism o; y, según ( i trin os, es un heresiarca virtual. Éste no es aún, en este año 1951, el dictamen de la Iglesia,

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