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El día 21 de septiem bre tuve la suerte de presenciar la peregrinación re­ gional toscana al santuario de M ontenero, y tres curaciones prodigiosas ocu­ rridas al bendecir los 125 enferm os alineados en la plaza, ante el cuadro de la Madonna.

M ontenero es un pueblecito de cam pesinos y pescadores, desparram ado en la falda de un m onte que fue negro de pinos, a poca distancia de la capital de la Toscana, Liorna. U n antiguo santuario lo hace conocido en toda Italia, donde se venera una imagen de N u estra Señora pintada en tabla, que, según una leyenda, fue librada de la profanación m usulm ana en 1345 por las olas del m ar que la trajeron desde Saitón, en el m onte O lim po -d o n d e en un tem plete griego m uestran un m arco vacío-, hasta la orilla del A rden zo, en Toscana, donde fue revelado a un p asto r enferm o que la Virgen quería allí un trono de culto y m isericordia. El poeta lionés G . M arradi ha recordado la leyenda en un soneto:

E mia madre, quel di, soave e piaña, prese a narrarmi della Vergin pia

come venne quassú dalVAlbania per consolar la térra di Toscana;

come uno storpio per V'alpestre via recó sul dorso Vumile sovrana

e a lei, sanato, in quest1 ombría montana siprostró salutando: Ave María...

La leyenda quizá no sea verdadera, pues la crítica reconoce en el cuadro el tipo de la escuela pisana y tal vez la m ano del G era o del Signorelli; pero la antigüedad atribuida a la imagen es exacta. U n a bula de M artín V erige

en 1422 un santuario en M ontenero, que supone ya de mucho atrás conocido y venerado, y lo confía al tercer orden franciscano. D esde entonces hasta hoy, “ en que la rigen los Benedictinos -habiendo pasado por las m anos de jesuítas y teatin o s-, la ermita de M aría está enlazada a la vida de esta región tirrena. Basta, para verlo, entrar en la sacristía, tapiada del más original y heterogéneo m osaico de exvotos, ofrendas y cuadritos rem em orativos.

D e todos colores y castas, en su mayoría rudos y m ancos, estos cuadritos ingenuos agarran el alma apenas se entra. N o se puede reír de la mala mano artística o sim pleza psicológica, si se tiene el corazón en su puesto: son un inmenso poem a de fe, agradecimiento y ternura en versos desparejos; el pa­ noram a del trabajo humilde del pueblo cam pesino, guerrero y marino de la Toscana, durante quince siglos; la historia del corazón humano en sus deseos, dolores y esperanzas. A chaques y enferm edades, accidentes, guerras, pesti­ lencias, naufragios, derrum bes, terrem otos, asesinos y corsarios, ham bres y asedios, inundaciones y torm entas... M uletas, bustos, angarillas, pañales de niños, cofias de parturientas, escopetas reventadas, remos, fanales de pes­ cadores, charreteras de oficiales, cuadro votivo de los rehenes toscan os del 1799, bandera de los réduces del 1848; el grito de una madre: “Grazie M a­ ría!”, a quien retornan de la guerra mundial los seis hijos incólum es; una pierna de plata de dos libras del hijo del Bey de Túnez, curado de una herida de bala; dos grillos de plom o de cautivos de Berbería; el jubón turquesco de dam asco y oro, y las babuchas bordadas de una niña, M aría Ponsivinio, que, raptada por los turcos en 1800 y encerrada en el harem de Constantino- pla, fue protegida en su pudor por la Virgen y salvada por la tem eridad de un hermano suyo, que osó escalar las murallas fatales del musulmán gineceo.

La m em oria se entrevera en tanto recuerdo. A quí oraron los M édicis, los A ustria, los Lorena y los Saboya; últim am ente e lprincipino H um berto, que rom pió su auto un día de lluvia deshecha en el camino, el 23 de octubre de 1925, y pidiendo un paraguas rojo de algodón a una cam pesina, llegó al santuario chapaleando y em barrado. A quí el gran C o sm e I encom endó a la Virgen su guerra perpetua contra los piratas de Adasieno de T únez; los caba­ lleros de San Esteban trajeron las banderas negras arrancadas a Solim án, y se p o stró hasta el suelo el genovés Juan Andrea D oria, capitán de las doce galeras de Pisa que iban a Lepanto. Y cuando Pisa, cortada del mar p o r la cegadura de su puerto, cederá su lugar marinero a la pequeña villa con tra­ bandista de la orilla del A rden zo, Livorno elegirá a M aría po r patrona, y su imagen bajará veintiuna veces a bendecir la capital del nuevo G randucado.

La prim era vez, en la hórrida bubónica de 1630, fam osa en el m undo entero por la descripción de M anzoni; la segunda, en el terrem oto de 1646; la tercera vez, cuando el voto por la peste de 1684... la décim onovena, cuando la C a ­ pital, am enazada después de la retirada de C aporetto, el 21 de julio de 1918,

juró resistencia, imploró victoria y prometió una lámpara de bronce que ardiese perpetua; las últim as veces, con ocasión de grandes peregrinaciones que no

cabían en el Santuario y en la pequeña plaza.

D ulce de clima y paisaje, M ontenero ha atraído m uchas personas n ota­ bles, veraneantes, viajeros o devotos, que han dejado en el santuario o fuera, su nom bre y su recuerdo. T odos los grandes duques toscan os, C o sm e el Viejo, Fernando el Pisano, la austríaca mujer de N apoleón I; casi tod o s los príncipes de Saboya, desde C arlos M anuel, que se hizo herm ano jesuíta, y A m adeo, rey efímero de España, hasta H um berto I y la actual reiría Elena y sus cinco hijos. A quí la gran M aría Teresa de A ustria copió con sus m anos la im agen en una cinta; se encontraron el príncipe de A njou y el vizconde de C hateaubriand, y Lam artine escribió La lampe du temple, una de sus

Nouvelles Harmonies. A quí pararon el general Laugier, Federico O zanam , el escultor D upré, el m aestro Pedrella, León X III, siendo cardenal; el es­ critor inglés Tobías Sm ollet, m ientras term inaba su obra The Expedition of Humphrey Clincher. L ord Byron aquí pasó un verano en esa villa que desde el santuario se ve entre árboles en el camino, y en ella recibió a K eats y Shelley. C ierto que no rezó ante la Purísim a, com o Lam artine. (Me parece verlo al cojo altivo y blasé contem plando desde su caballo en la plaza las viejucas oscuras y secas, las muchachas rechonchas, los pescadores m elenu­ dos y alquitranados, los labriegos terrosos, los frailes pachorrientos, la facha­ da chata, la plaza com o una cancha de pelota...) Y finalmente, entre las gen­ tes notables, enumerem os los doscientos seminaristas latinoam ericanos, es­ tudiantes de la U niversidad G regoriana, que pasan en M ontenero los dos m eses de tregua al estudio y a la canícula romana. Y po r si alguno duda que seam os notables en la Toscana... un día que fuim os de paseo al pueblo de Cécina, tuvim os el calor de ver venir todo el pueblo a vernos, la m aestra con sus chicos, com o a un m useo de etnografía. “éVedete? Sono americani. Siedono come noi, mangiano come noi, vestono come noi... Sono come noi; soltanto un p o 5m oretti”

A sí, pues, el dom ingo 21 de agosto oíam os a las ocho la “ m isa de los en­ ferm o s” del obispo de Liorna, sobre un tablado que preside la Madonna

cubierta de laurel y flores, y cercan carabineros, cofrades, sem inaristas y cam isas negras. U n día lloviznoso de viento libeccio (de la Libia), que ha m olestado bastante a los asistentes a la procesión de antorchas de anoche y am enaza aguar la fiesta de ahora; ráfagas de viento frío interm itentes bajo el cielo sucio, desbaratan las ropas de los enferm os; los m ontes de Carrara, allá lejos, están velados de nubes, y el Tirreno verdoso m uestra las m otas blancas y m ovedizas que indican marejada. En el cuadrilátero de la plaza, abierto po r un solo lado y com parable a un frontón, la gente se arrem olina -p escad ores de melena de jabalí, cam pesinos y puebleros, peregrinos, gente bien trajeada de la ciudad- contra la verja que los separa de los enferm os; una gran muchedum bre que habla durante la misa, pero que reza con piedad inmensa. L o s próxim os responden en voz alta las oraciones de la m isa; los huasos se abren paso con los codos hacia los puntos curiosos; brancardiers

y enferm eras cruzan haciendo bordadas la m ultitud con un niño paralítico o una vieja doblada com o un com pás por el artritism o, alzados a pulso; se entonan cantos no m uy afinados ni nutridos; un canónigo arbola en voz potente las patéticas im precaciones evangélicas: “Je sú s, hijo de D avid, ten m isericordia de mí; -Señor, si queréis, podéis sanarme; -E strella del M ar Tirreno, sana nuestros enferm os...” D an ganas de llorar, más po r la desola­ ción m uda de los cuerpos disform es, que por la devoción un poco conven­ cional, aunque inm ensam ente honda de rezos y cerem onias. A l lado m ío, una niñita de cinco años paralítica gira sobre los linos lim písim os sus ojitos alegres, la madre al lado, rezando; ¡qué escena! H erm osa com o un angelito, la cabecita vuelta inexorablem ente al cielo, la criatura crucificada no sufre; pero no se la puede ver sin sufrir. Y aunque ninguno se cure, ¿no es un inm en­ so consuelo ver así los sanos presentando a D ios los enferm os, la com unión de las almas, la oración de los unos por los otros, y la Iglesia un solo cuerpo?

Je sú s, así era cuando tú pisabas el polvo de Palestina. N o quieras de n o­ so tro s oraciones dram áticas ni ím petus m ísticos, que no tenem os bajo este cielo frío más que nuestra poca fe y nuestra tristeza cansada. En m edio de este ambiente prosaico y diario, haz de golpe un milagro arbitrario, solam en­ te porque sí, solamente porque así lo quiere nuestra necesidad y tu misericor­ dia. ¡Q u e lo sobrenatural se abra de golpe com o un relám pago, com o una raya roja en el cielo gris inesperada!

A cabó la m isa el obispo, leyó un telegram a del Papa, y la imagen arcaica incrustada de joyas cruzó de nuevo tam baleando, hacia la iglesia, la plaza em balsam ada de incienso y de resignación. Y cuando iba a desaparecer, lle-

vándose tras de sí ojos y esperanzas, una señora clavada en cama hace cuatro años por el mal de Pott se levanta y chilla: “Sono guarita! G uarita!” La gente grita, aplaude, corre, se am ontona. Al m ism o tiem po, dos niños tullidos, uno de cinco, otro de diez años, se habían puesto a caminar. D espu és se supo otro caso, quizá el más sorprendente: una joven de veinticinco años. Zelinda Pera, curada en Lucca durante estos días del m ism o terrible mal de P ott después de una novena. H e visto en el santuario el corsé de acero y yeso que sustentaba hace dos años en la cama sus vértebras cariadas.

N o pude ver los enferm os levantarse y caminar, im pedido por la aglom e­ ración. Pero cuando volvía, me encontré con M oledo, un m uchacho de F lo ­ res, electrizado, que había visto alzarse atontados y pálidos la vieja y el niño. “- ¡H a y que hacer peregrinaciones de enferm os a Luján! -decía el porte- ñ o -. ¡L a Virgen es la m ism a en todas partes! El prim er año se reirán de n o­ sotros; pero luego que empiecen las gracias... ¡La cuestión es tener fe y rezar!” D el diario L a Nazione, de Livorno, del 22 de septiem bre de 1931, tom o los siguientes datos:

- Elvira Irene Tintorini dei Beltramini, cincuenta y cinco años, nacida en M ontecatini, vive en Livorno, doce años de enferm edad, com pletam ente paralizada hace cuatro años, atendida sucesivam ente p o r los doctores Pam- panini, Q ueirolo, Fedeli, A nzilotti, Cam patelli y otros.

- O tello M archi, cinco años, parálisis infantil, nunca hasta hoy había podido sostenerse en pie un instante. M ientras subía la colina que lleva a la plaza, pidió a su padre que lo bajase de sus espaldas e hizo p o r sí m ism o la pendiente que restaba hasta la imagen, asistiendo arrodillado a la misa.

- G ino M aionchi, diez años, tullido de las piernas, pidió al señor liornés que lo sostenía durante la m isa que lo soltase, y cruzó la m ultitud p o r sí m ism o en busca de su madre.

Q uince días después, el 5 de octubre, asistí po r la tarde a la bendición, a la cual habían venido dos de los enferm os agraciados^ por curiosidad de ver si la salud duraba y también por devoción, porque hasta los curas nos hemos contagiado. La iglesia de M ontenero es m ejor que su fachada vulgar y fea; renacim iento que com ienza a desplegarse en barroco, toda m árm oles poli­ crom ados p o r dentro, porque los m ontes de Carrara asierran azules el hori­ zonte allá enfrente, con las cicatrices blancas de las canteras en la falda. Pe-

ro los altares p o m poso s y las bóvedas ricas están sum idos en la penum bra, a pesar de que afuera la tarde arde sobre el m ar en una hoguera de tod o s colores. L o s vitrales herm osam ente dibujados por D e M attei, de Florencia, no teniendo más defecto que el de no ser vitrales, sino pantallas, y siendo las ventanas dem asiado pequeñas, dejan el santuario en la som bra, y supri­ men los cuadros bastante buenos de Traballesi, de 1773. Por lo dem ás, en esta ermita el arte im porta m enos; hay una cosa superior que prima: el arm o­ nioso y fastuoso altar m ayor está oculto, anulado por los innumerables can­ deleras rústicos de chapa de plata, por alm ácigos de flores y una selva de cirios que los fieles traen y un m onacillo enciende incesantem ente. La im a­ gen santa, una graciosa m orena con el N iñ o de pie sobre las rodillas, vestida de colores fuertes, está cernida de anillos, cadenetas, prendedores y pendien­ tes. L os altares em baldosados de exvotos y la sacristía cubierta, com o dije, de cuadritos m em orativos.

R ezam os el R osario a gritos y arrodillándonos a cada G loria, y después, muchas oraciones y cantos en latín y cosas. La piedad italiana, efectista, p o p u ­ lar y campechana, que al turista parece populachera, y al protestante, irreve­ rente. L o m ism o que cuando habla, el italiano necesita gesticular cuando reza, tocar la campanilla, postrarse y alzarse, cantar m ucho, responder en voz alta. Pero ¿no es eso lo que hace la Iglesia y no som os todos los hom bres un po co italianos? A cabadas las preces, el párroco, un benedictino de los de Villaum brosa, da avisos y adm oniciones a los feligreses, y alude al fin a los dos curados, que están en un reclinatorio del presbiterio, convertidos en objetos de reverencia, de admiración y también un poco -cosas hum anas- de exhibición. El pibe G ino M aionchi se pone a llorar con su padre, cuando oye que los m édicos lo reputaban incurable: no lo ha sabido hasta ahora. La señora reza, los brazos extendidos com o el sacerdote en la misa. A cabada la bendición, el pueblo espera y espera para ver salir a los curados; no se cansa de verlos caminar, y yo me quedo, porque no quiero acabar de creer. U n a m adre pasa por sobre el com ulgatorio a su hijito de unos cuatro años, un precioso m arinerito delgado y m orocho, que se resiste a ir a la señora Beltram ini para que lo bendiga. Ella lo abraza, le m uestra la Virgen y le ha­ ce rezar el avemaria. Las m ujeres se enternecen, las m ujeres solam ente. El niño se levanta y sale de la mano de su padre entre la gente que se arremolina. “Poverino! Carino! Ama a la Madonna! lo Vho visto paralizzato! L a religione tientela cara, sai!”, le dicen al paso las viejucas. Cam ina bien y ligero, aunque un poco duro y deliberado, com o cuando los bebés aprenden a caminar: debe de ser la atrofia de los m úsculos, som etidos a años de cruel inercia y

desalimentados. H a estado casi todo el tiempo de rodillas, y la carita ha re­ cuperado la alegría y la despreocupación infantil que aquel día faltaba.

De ciento veinte enfermos, tres o cuatro han sanado. Y de millares y millares han venido aquí estos ciento veinte. ¡Qué poca cosa! Pero ¡qué gran cosa! En el cielo todos sanaremos, y eso es lo que han sentido aquí los otros no curados y sólo consolados, al volver a sus tierras con su tormento al hombro sonrientes. Para estos dos cuerpos restituidos, los médicos habían decretado que no había más remedio, y han acudido a D ios, y ha habido re­ medio.

Entonces, hay remedio.

En medio de la noche de la angustia, la estrella polar de la firme esperanza. Entonces, para todas las cosas de esta vida hay remedio.

El laicismo

Carta a un Senador de la Provincia

Señor legislador y amigo:

Su epístola me sorprende. Es ingenuo preguntarle a un cura qué piensa

de la Escuela Laica. ¿U sted también es de los que creen que soy un cura li­

beralj* Sospecho que es una desas consultas médicas por sorpresa que hace­ mos a los doctores amigos de sopetón en la calle:

-C he, hace días que tengo sensible la cintura, un dolorcito en la amígdala y ganas de pegarle al portero cuando me levanto; ¿qué te parece?

-¡Q u e deberías hacerte ver!

Sí. Sospecho que usté quiere que le haga gratis el discurso. Y yo no sé hacer discursos. Lo que opino, bien sabe usté que es igual a lo que usté opina.

¿U sté opina que el laicismo en la Argentina es un cuento del tío?... Yo también.

Justam ente, acabo de ver un periodiquito de Tandil, llamado “ Ge r m i n a l

- Periódico Socialista - Aparece los Jueves” , con un larguísimo cocido titula­ do: “H ay que reconquistar la escuela laica” . Si hay que reconquistarla, pri­

mero fue una conquista. Quiere decir que no estaba aquí; nos vino de afue­

ra, armada y violenta. N o era de aquí, no estaba en la tradición, y la dejaron entrar nuestros mayores por quién sabe qué fatídica flojera, como a los go­ rriones y al sorgo de Alepo, creyéndola un gran progreso.

Pero yo tengo hoy templado el instrumento y las payadas me gustan. Usté reducirá a estilo parlamentario lo que Dios me inspira acerca desa cues­ tión compleja; pero yo se lo voy a dar en dos preguntas secas, una pregunta filosófica y una pregunta política, contestadas a la criolla, no más; y si se descuida, se las pongo en verso:

1. ¿Debe el Estado tener una Religión?

2. ¿Debe el Estado Argentino enseñar la religión cristiana en sus pro­ pias escuelas?

1. ¿Debe el Estado tener una religión f

Llámase Estado la parte estructural de la Sociedad. La Sociedad, como tal, es más que el Estado. “La Sociedad es un ente colectivo orgánico”, dice Dilthey, es decir, una gran reunión de familias organizadas en vista de una

común convivencia. Un ente colectivo no tiene alma sino en sentido analó­

gico; “las naciones como naciones no tienen juicio final”, decía San Agustín, anoser que se les adscriba como alma ese espíritu objetivo de que hablan hoy los doctos, que algunos, filosóficamente mal calibrados, conciben en forma sustantiva. Pero los individuos, que son la realidad material de la socie­

dad, tienen alma; y tienen religión en su inmensa mayoría y casi necesaria­

mente; cosa que es de fácil comprobación en el Censo General de la Repúbli­ ca Argentina, por un lado, y en las conclusiones de los más autorizados sa­

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