Chapter 2: Literature Review
2.7 CFD for SCW Flow
2.7.1 RANS – Two-Equation Models
a) La persona misma
Ante todo, lo mejor es seguir el consejo de San Juan de la Cruz, es decir, no buscarlas e incluso huir de ellas: “¿Cuánto más necesario será no admitir ni dar crédito a las demás revelaciones que son de cosas diferentes, en las cuales ordinariamente mete el demonio la mano tanto, que tengo por imposible que deje de ser engañado en muchas de ellas el que no procurase desecharlas, según la apariencia de verdad y asiento que el demonio mete en ellas? Porque junta tantas apariencias y conveniencias para que se crean, y las asienta tan fijamente en el sentido y la imaginación, que le parece a la persona que sin duda acaecerá
así. Y de tal manera hace asentar y aferrar en ello al alma, que si ella no tiene humildad, apenas la sacarán de ello y la harán creer lo contrario. Por tanto, el alma pura, cauta, y sencilla y humilde, con tanta fuerza y cuidado ha de resistir (y desechar) las revelaciones y otras visiones, como las muy peligrosas tentaciones; porque no hay necesidad de quererlas, sino de no quererlas para ir a la unión de amor. Que eso es lo que quiso decir Salomón (Ecl 7,1) cuando dijo: ¿Qué necesidad tiene el hombre de querer y buscar las cosas
que son sobre su capacidad natural?. Como si dijéramos: Ninguna necesidad tiene para ser perfecto de
querer cosas sobrenaturales por vía sobrenatural, que es sobre su capacidad”351. Y en otro lugar: “De esta y
de otras maneras pueden ser las palabras y visiones de Dios verdaderas y ciertas, y nosotros engañarnos en ellas, por no las saber entender alta y principalmente y a los propósitos y sentidos que Dios en ellas lleva. Y así, es lo más acertado y seguro hacer que las almas huyan con prudencia de las tales cosas sobrenaturales, acostumbrándolas, como habemos dicho, a la pureza de espíritu en fe oscura, que es el medio de la unión”352.
En segundo lugar, cuando acaecen de hecho, no debe encerrarse en sí misma, ni tampoco comunicarlas a cualquiera. Ha de consultar al sacerdote discreto, espiritual y versado en teología.
En tercer lugar, debe buscar crecer en la humildad, no creyéndose mejor por lo que cree haber recibido, sino por el contrario, humillarse profundamente.
Extraordinarios son los consejos de San Juan de Avila en su Audi, filia, de donde transcribo los principales pasajes: “Habéis de mirar qué provecho o edificación dejan en vuestra ánima aquestas cosas. Y no os digo esto para que por estas o otras señales, vos seáis juez de lo que en vos pasa, mas para que, dando cuenta a quien os ha de aconsejar, tanto más ciertamente él pueda conocer y enseñaros la verdad, cuanto más particular cuenta le diéredes.
Mirad, pues, si estas cosas os aprovechan para remedio de alguna espiritual necesidad que tengáis, o para alguna cosa de edificación notable en vuestra ánima. Porque, si un hombre bueno no habla palabras ociosas, menos las hablará el Señor, el cual dice: Yo soy el Señor, que te enseño cosas provechosas, y te
gobierno en el camino que andas (Is 48,17). Y cuando se viere que no hay cosa de provecho, mas
marañas y cosas sin necesidad, tenedlo por fruto del demonio, que anda por engañar o hacer perder tiempo a la persona a quien la trae, y a las otras a quien se cuentan; y cuando más no puede, con este perdimiento de tiempo se da por contento.
Y entre las cosas que habéis de mirar que se obran en vuestra ánima, la principal sea si os dejan más humillada que antes. Porque la humildad, como dice un doctor, pone tal peso en la moneda espiritual, que suficientemente la distingue de la falsa y liviana moneda... Mirad qué rastro queda en vuestra ánima de la visión o consolación, o espiritual sentimiento; y si os veis quedar más humilde y avergonzada de vuestras faltas, y con mayor reverencia y temblor de la infinita grandeza de Dios, y tenéis deseos livianos de comunicar con otras personas aquello que os ha acaecido, ni tampoco os ocupáis mucho en mirarlo o hacer caso de ello, mas echáislo en olvido, como cosa que puede traer alguna estima de vos; y, si alguna vez os viene a la memoria, os humilláis, y os maravilláis de la gran misericordia de Dios, que a cosas tan viles hace tantas mercedes; y sentís vuestro corazón tan sosegado, y más, en el propio conocimiento, como antes que aquello os viniere estábades; alguna señal tiene de ser de Dios, pues es conforme a la enseñanza y verdad cristiana, que es que el hombre se abaje y desprecie en sus propios ojos; y de los bienes que de Dios recibe, se conozca por más obligado y avergonzado, atribuyendo toda la gloria a Aquel de cuya mano viene todo lo bueno. Y con esto concuerda San Gregorio, diciendo: ‘El ánima que es llena del divino entendimiento, tiene sus ciertísimas señales, conviene a saber, verdad y humildad’. Las cuales entrambas, si perfectamente en un ánima se juntaren, es cosa notoria que dan testimonio de la presencia del Espíritu Santo.
Mas, cuando es engaño del demonio, es muy al revés; porque, o al principio o al cabo de la revelación o consolación, se siente el alma liviana y deseosa de hablar lo que siente, y con alguna estima de sí y de su propio juicio, pensando que ha de hacer Dios grandes cosas en ella y por ella. Y no tiene gana de pensar sus defectos, ni de ser reprendida de otros; mas todo su hecho es hablar y revolver en su memoria aquella cosa que tiene, y de ella querría que hablasen los otros. Cuando estas señales, y otras, que demuestran liviandad de corazón, viéredes, pronunciarse puede sin duda ninguna que anda por allí espíritu del demonio.
Y de ninguna cosa que en vos acaezca, por buena que os parezca, ora sean lágrimas, ora sea consuelo, ahora sea conocimiento de cosas de Dios, y aunque sea ser subida hasta el tercero cielo, si vuestra ánima no queda con profunda humildad, no os fiéis de cosa ninguna que recibáis; porque mientras más alta es, más peligrosa es, y haceros ha de dar mayor caída...
La suma, pues, de todo esto sea que tengáis cuenta de los efectos que estas cosas obran en vos, no para ser vos juez de ellas, sino para informar a quien os ha de aconsejar, y vos tomar su consejo”353.
Creo que la claridad y ponderación de estas palabras del gran director de almas que fue San Juan de Avila, excusan la longitud de la cita.
b) Por parte del director o consultor
Ante todo, debe discernir con celeridad los falsos fenómenos de los verdaderos apelando a los criterios más elementales: si se trata de aparentes profecías, toda vez que contradigan las profecías canónicas deben ser consideradas como evidentemente falsas; igualmente cuando se contradicen entre sí las diversas revelaciones; también cuando en la persona que se pretende “agraciada” hay algo chocante, inmoral o antidogmático.
En segundo lugar, cuando haya algo que haga sospechar de falsedad, no debe asustar a la persona ni hacer que pierda la confianza para comunicar a quien debe lo que suceda; pero tampoco debe dar demasiada importancia a estos fenómenos, sino insistir en el peligro de engaño que pueden crear, y en que la persona sepa que no es mejor por tenerlos.
Tercero, no debe mostrar admiración especial, ni curiosidad, ni aprecio real ligado a la persona a causa de estos fenómenos, que no constituyen en sí mismos la santidad. Más bien, poner su interés en el cultivo de las virtudes sólidas y observar por su parte las señales que en ella y en sus narraciones se dan.
Finalmente, no debe contribuir por su parte a la divulgación de los hechos, ni a que se forme un ambiente de admiración alrededor de la persona afectada.