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La mejor –y única– terapia espiritual y psicológica, en estos casos, es darle sentido y cargar de sentido la existencia. Comparto la valiosa apreciación del ya citado psiquiatra: “lo que importa no es tanto que la vida de una persona esté llena de dolor o de placer, sino que esté llena de sentido”410. En el plano

más especulativo, desde nuestro punto de vista cristiano y con la luz de la fe, la consideración del misterio de la cruz, la redención, el destino eterno de la visión beatífica, constituye la luz esplendorosa que da sentido e ilumina toda existencia y, si bien por sí sola no constituye un remedio de las depresiones de índole patológica, sí al menos ayuda a que los enfermos no se hundan en sus depresiones, mientras que permite que la sana acción del terapeuta obre con paso firme. Es lo que dice San Pablo: estimo que los

sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros (Rom 8,18).

En el plano práctico, el llevar a las personas depresivas o privadas de sentido existencial, a practicar la caridad concreta en la forma de obras de misericordia (por ejemplo, ayudando en obras asistenciales con niños huérfanos, personas discapacitadas, ancianos, enfermos, presos, etc.) constituye muchas veces el punto de partida de una auténtica recuperación. Esta actividad aporta, ante todo, un elemento fundamental: el olvido de sí mismo (lo señala el mismo Frankl hablando del que es falto de voluntad existencial: “propiamente hablando sólo puede realizarse a sí mismo en la medida en que se olvida de sí mismo”411); para estas personas que todo el tiempo giran sobre sí mismas, este olvido de sí para salir al

encuentro misericordioso del prójimo puede constituir (al menos en algunos casos) una auténtica curación. Junto con esto, otra cosa importante es el hecho de que brindar afecto es una actividad terapéutica (espiritualmente hablando).

En los casos graves el director espiritual tiene que remitirse a un médico especialista; sin embargo, hay cosas muy importantes que puede hacer él mismo. Lo primero que debe alcanzar el director espiritual de un depresivo es la confianza. Esto lo conseguirá tanto más fácilmente cuanto mejor sepa consolar y animar. No se trata sólo de consuelo sobrenatural, sino también de consuelo humano lo que a veces se concreta en forma de paciencia, acompañamiento, saber escuchar, dejar que el enfermo se desahogue en su presencia; para esto es necesario revestirse de bondad humana. “El sacerdote procurará ganarse la confianza del enfermo, sin caer por ello en la sentimentalidad. Evitará discutir con él a propósito del carácter erróneo de sus alucinaciones. El razonamiento no le impresionará lo más mínimo y lo único que consigue es volver a abrir inútilmente llagas dolorosas... Se evitará también el alegrar de una manera fingida a la víctima de la melancolía. Sobre que este esfuerzo está ordenado a un fracaso cierto, lo único que se sacará será perder la confianza y hace su estado todavía más molesto. Nada como dejar seguir su curso a la melancolía. En este período tampoco son sensibles a una influencia religiosa. Por eso no hay que importunarlos y, sobre todo, no forzarlos a rezar, a ir a la iglesia, a recibir los sacramentos, etc. Hay

como si dijésemos que ‘consentirles’ su enfermedad. Cuando tras el tratamiento médico se da una mejoría, entonces los medios sobrenaturales pueden influir favorablemente en que se curen. Cuando hayan aplacado un poco la crisis de melancolía y de depresión, simultáneamente con una buena cura médica se podrá llevar poco a poco al enfermo a la confianza en Dios, al convencimiento de que hay que contentarse con la vida presente tal como es y de que lo mejor es aceptar lo inevitable con paciencia”412.

Muy importante es también la desviación y distracción, suscitando nuevos pensamientos. Estos enfermos necesitan descanso (aunque no inactividad total). Se consigue mucho cuando el enfermo se acostumbra a un trabajo metódico y distractivo. Según algunos el mejor método para hacer desaparecer los estados depresivos es casi siempre el cambio de lugar a un ambiente nuevo, por una temporada corta o larga. En ciertos casos, según Bless, una “cura de sueño” puede conseguir efectos notablemente terapéuticos413. En los casos en que la depresión se ha producido por acontecimientos externos, hay que

alejar a los enfermos de tales lugares o situaciones cuanto sea posible.

Una cosa en que insisten los clásicos espirituales –y que es fundamental para vencer cuanto está de parte nuestra este mal– es el rechazar con todas las fuerzas los pensamientos melancólicos y deprimentes. “Se ha de advertir, dice por ejemplo Alonso Rodríguez, que ese humor melancólico se engendra y aumenta con los pensamientos melancólicos que uno tiene. Y así dice Casiano que no menor cuidado habemos de poner en que no entren ni nos lleven tras sí estos pensamientos tristes y melancólicos, que en los pensamientos que nos vienen contra la castidad o contra la fe, por los daños grandes que dijimos nos pueden de eso venir”414.

El deprimido melancólico lleva la más pesada cruz que pueda venir a un individuo; es más torturadora que el sufrimiento físico; y lo que ante todo necesita es que nazca en su interior la alegría. Para esto es particularmente eficaz el trabajo sacerdotal, pues los consuelos más importantes son los que pueden brindar los auxilios sobrenaturales. El deprimido siente el deseo natural de vida religiosa; por tanto, apenas si se da en él el peligro de perder la fe, por pensativo que sea y por más que las disposiciones psíquicas lo expongan a ello. El depresivo es todo lo contrario de un espíritu superficial, inconsiderado o ligero en su obrar; pero en épocas de gran depresión morbosa no admite influencia alguna, ni aún religiosa. Por eso es necesario aprovechar los intervalos más lúcidos para combatir su enfermedad. Hay que estar persuadidos de que ni el enfermo ni el sacerdote pueden combatir violentamente la depresión. El enfermo deberá conformarse. Con frecuencia hay que prohibirles que examinen su conciencia, pues siempre ven el lado oscuro de las cosas, tropiezan con hebras de hilo y con granos de arena (en esto se asemejan al escrupuloso).

Hay que educarlos en el sentido de una gran confianza en la providencia y misericordia de Dios. Ordinariamente los depresivos no deben ingresar en la vida religiosa ni en el estado eclesiástico – menos en órdenes contemplativas–, pues de lo contrario puede desarrollarse en ellos fácilmente una depresión morbosa.

En la dirección espiritual del depresivo no hay que olvidar esto: los parientes del enfermo necesitan también consuelo y ánimo para no desfallecer con la pesada carga que llevan, por tener que cuidar al enfermo.

III. PROBLEMAS ESPIRITUALES CON BASE PSICOLÓGICA

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No tratamos aquí las enfermedades psicológicas propiamente dichas sino algunos problemas que guardan cierta semejanza con éstas; es decir, aquellos problemas que producen ansiedad, preocupación o turbación espiritual por una mala perspectiva (o interpretación) de la propia vida física o psicológica. En algunos casos estas deficiencias se deben a dificultades de educación (de maduración afectiva) que los padres del sujeto no han sabido llevar adelante como corresponde; otras veces surgen con las crisis propias de cada edad evolutiva del sujeto.

La dirección espiritual no es un trabajo propiamente hablando de “psicología” y menos aún de “psiquiatría”; sin embargo, a veces el director tendrá que dar al dirigido los elementos psicológicos necesarios para rearmonizar o simplemente “bien entender” su vida afectiva.

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