y exploraciones del campo
Nuestros modelos existentes de comunicación son menos un análi- sis que una contribución al caos de la cultura moderna, y de ma- neras importantes estamos pagando el castigo por el largo abuso de los procesos comunicativos fundamentales al servicio de la política, el comercio y la terapia(Carey, 1989: 34) La relación comunicación / cultura es un salto teórico que presu- pone el peligro de desplazar las fronteras. Pero, justamente, de eso se trata: de establecer nuevos límites, de definir nuevos espacios de contacto, nuevas síntesis. En vez de insistir en una especialización reductora, se propone una complejidad que enriquezca
185 II I. R e –l e c tu ra s , re –e s c ri tu ra s y e x p lo ra c io n e s d e l c a m p o Multiculturalismo y comunicación en la era telemática:
una perspectiva sociocultural*
A mediados de los años noventa, la convergencia tecnológico–industrial y
comercial que había venido desarrollándose desde mucho antes en y entre
los campos de la informática, las telecomunicaciones y la difusión masiva se concentró en la “red de redes”. Y a pesar de sus ya largos antecedentes, la rápida aparición de la Internet en la esfera pública fue en muchos sentidos sorpresiva. En un informe especial sobre el “ciberespacio” encargado al cana- diense Robert Everett–Green para el libro del año 1996 de la Enciclopaedia
Britannica, se resume muy bien la situación:
Tan recientemente como en 1990, la Internet era casi desconocida para el público en general. A fines de 1995, sin embargo, la red ha absor- bido a millones de usuarios no afiliados a instituciones de defensa o universidades [...] Internet es un medio híbrido, que combina aspectos de la prensa, el teléfono, el tablero de avisos públicos y la carta privada. También permite transmisiones elementales de radio y televisión, sin la planta física requerida para la radiodifusión convencional. De hecho algunos comentaristas han pronosticado que la Internet o alguna red que la supere, eventualmente absorberá las funciones de la televisión, el teléfono y las publicaciones convencionales. Se habla de la “supercarre- tera de la información”, un término acuñado en 1992 por el entonces
* Ponencia presentada en la mesa Cultura, orden global y nuevas tecnologías, en el xiv Encuentro Internacional de Ciencias Sociales, cucsh–Universidad de Guadalajara (Feria Internacional del
186
La comunicación desde una per
spectiva sociocultur al: acer camientos y pr o v ocaciones 1 7–2007
senador Al Gore Jr., para referirse a un sistema de comunicación elec- trónica unificado e interactivo. El prospecto de un sistema tal, capaz de prestar una gama de servicios informacionales sin precedentes al hogar, escuela u oficina, ha desatado un cúmulo de alianzas estratégicas entre los intereses comerciales mayores de las industrias telefónica, de progra- mación computacional y del entretenimiento. En 1995 el mundo de los negocios comenzaba a considerar a la mayoritariamente no comercial Internet como el equivalente electrónico de China: un mercado enorme, creciente y prácticamente inexplotado (Everett–Green, 1996).
Ante la expansión y explotación comercial experimentada por la Internet en los últimos cinco años, hay que recordar la obviedad de que el procesamien- to, natural o artificial, de la información no es en absoluto una actividad recientemente establecida. Tampoco lo es su intercambio entre seres humanos con propósitos de supervivencia, control del entorno, organización social, construcción de conocimiento, comercio o ejercicio del poder. Lo que es históricamente novedoso es el desarrollo de tecnologías y sistemas (indus- triales y comerciales) para realizar de forma masiva estas actividades, la preponderancia creciente de este “sector” en la organización social global y la necesidad de sistemas teóricos especializados para explicar estos fenómenos. La historia completa de las “ciencias de la comunicación”, que abarca ya más de un siglo (Rogers, 1993), coincide con el periodo de aceleración inaudita de estas transformaciones. Y, no obstante, la irrupción de la Internet en este campo de estudios parece haber sido en extremo sorpresiva, al grado de que los modelos y métodos adecuados para estudiarla están por proponerse y lejos de consolidarse. Será que todavía, como afirmó Nicholas Negroponte en su bestseller Ser digital (1996), “en Internet todos somos novatos”.
Pero ha quedado claro que la actual “globalización” de la economía tiene, en muchos sentidos, su base en la extensión de las redes telemáticas, que comenzó a realizarse cuando a mediados de los años cincuenta confluyeron los desarrollos de la tecnología informática y de la tecnología de las teleco- municaciones, mediante la digitalización y la consecuente superposición de
187 II I. R e –l e c tu ra s , re –e s c ri tu ra s y e x p lo ra c io n e s d e l c a m p o
un valor de cambio al valor de uso de la información. Ya en 1992 Manuel Martín Serrano señalaba que
[...] establecer la medida cuantitativa de la información ha sido la con- quista más reciente de la forma de producción capitalista, y tal vez repre- sente la culminación de su éxito histórico, a 400 años de ininterrumpida apropiación de las actividades naturales y sociales para incorporarlas al mercado (1992: 65).
Más recientemente, en la creciente reflexión sobre esta línea, Manuel Castells ha desarrollado un extenso y documentado análisis histórico–estructural de
La era de la información (1999) en tres volúmenes, en donde argumenta la
emergencia de “la cultura de la virtualidad real”, asociada a “la integración de la comunicación electrónica, el fin de la audiencia de masas y el desarrollo de las redes interactivas” (1999, I: 359–408).
No parece quedar duda, sobre estas bases, de que los usos sociales de la comunicación están en proceso de redefinición, integrando los hasta hace poco distintos espacios (público y privado) y tiempos (de trabajo y de ocio) en un megasistema de información–organización–acción:
Ahora la información está destinada a penetrar en el ámbito de todo lo programado y de todo lo programable; es decir, en todo nivel natural o artificial, material o inmaterial, que sea susceptible de ser intervenido por el hombre. Este horizonte hace prever que la comunicación se va a refuncionalizar aceleradamente (Martín Serrano, 1992: 66).
Y esta “refuncionalización” acelerada de la comunicación es un factor de evidente trascendencia para los campos de estudios sobre la comunicación y la cultura, pues no se trata solo de la aparición de un “nuevo” medio sino de un cambio mayor. Los desafíos teórico–metodológicos provenientes de los desarrollos tecnológicos de los sistemas de información / comunicación y, sobre todo, de su imbricación multidimensional en la economía, la po-
188
La comunicación desde una per
spectiva sociocultur al: acer camientos y pr o v ocaciones 1 7–2007
lítica y la cultura, exigen pensar de manera crítica el entorno cambiante de
la información (McHale, 1981) en términos de una comunicación–mundo
(Mattelart, 1993) y sus implicaciones en cuanto a los desequilibrios, desigual- dades y diferencias sociales preexistentes. La temática de la “globalización” o “mundialización” tiene que explorarse en nuevos términos, con énfasis en la cultura y sus enlaces estructurales y algunos de los autores de mayor influen- cia en los estudios latinoamericanos de la comunicación y la cultura lo han estado haciendo desde posturas críticas renovadas (Ortiz, 1994; Mattelart, 1998; García Canclini, 1999a).
En pocas palabras, los objetos de estudio que es necesario reformular no solo son los productos tecnológicos nuevos como tales, o las tecnologías como lógicas de uso de determinados recursos (en este caso los informati- vos), independientemente de que se les considere “nuevas” o no, sino que se trata de algo mucho más amplio y profundo: los cambios inducidos en las relaciones socioculturales entre los sujetos y los sistemas, en la organización de la vida cotidiana y de sus representaciones cognitivas, en la distribución de las posiciones de poder y del control de los espacios y los tiempos en que se sitúa toda actividad humana.
En ese sentido, hay que decir que los estudios sobre la comunicación y la cultura, campos multidisciplinarios desde su origen en las intersecciones de las ciencias sociales y las humanidades tradicionales, participan en forma activa en el “fermento” intelectual y práctico de la reestructuración de los marcos contemporáneos para la producción del conocimiento, desde una posición ciertamente muy incómoda: por un lado, sus objetos de referencia han cobrado una relevancia social–histórica primordial y surge desde todos los ámbitos una demanda creciente de explicaciones y guías de la acción, al mismo tiempo que, por otro lado, los recursos propiamente científicos acumulados para enfrentar esa demanda con una oferta pertinente de cono- cimiento son insuficientes e inconsistentes (Fuentes Navarro, 2000a).
Sin entrar por el momento en detalles, que necesariamente serían objeto de polémica, sobre las condiciones actuales de la práctica científico–social, propongo centrar la atención en un aspecto muy concreto, causa y efecto de
18 II I. R e –l e c tu ra s , re –e s c ri tu ra s y e x p lo ra c io n e s d e l c a m p o
muchas de las dificultades experimentadas en el proceso de la reestructuración de nuestros campos de estudio: el de la precisión conceptual y terminoló- gica con que se establecen y casi siempre se cierran las discusiones, con la sensación generalizada de no haberse avanzado en ningún sentido en cuanto a comprensión del objeto del debate, de su referente, y de las posiciones discursivas mismas de los interlocutores.
James Carey, reconocido como uno de los fundadores en Estados Unidos de los estudios culturales como corriente para el estudio de la comunicación, distinguía ya en 1975 dos concepciones alternas de comunicación, ambas derivadas del pensamiento religioso, que él llamo la visión “transmisional” y la visión “ritual”. La primera, más común en las culturas industrializadas, define a la comunicación como sinónimo de “impartir”, “emitir”, “transmitir” o “dar información a otros”, mientras que la segunda, ancestral, lo hace en términos de “compartir”, “participación”, “asociación”, “camaradería” y “la posesión común de una fe” (Carey, 1989: 14, 18). El núcleo de la primera visión es la transmisión de señales o mensajes a distancia con los propósi- tos de control (en su origen, religioso o teológico, y después económico y político) y está asociado al transporte, a la extensión de los mensajes en el espacio. Por su parte, la visión ritual se orienta hacia el mantenimiento de la sociedad en el tiempo. Su núcleo está en la expresión o representación de creencias compartidas, en la “comunión”, en la cultura.
Para desarrollar su comprensión de la comunicación como cultura, Ca- rey recurre a autores norteamericanos como John Dewey o Clifford Geertz, pero hace explícita su deuda intelectual con Raymond Williams, quien al fundar los estudios culturales británicos unos años antes, había reformulado la relación conceptual entre la comunicación y la educación con la cultura y la sociedad:
La comunicación comienza en la lucha por aprender y por describir. Para empezar este proceso en nuestras mentes y hacer pasar sus resultados a otros, dependemos de ciertos modelos de comunicación, ciertas reglas o convenciones a través de las cuales podemos establecer el contacto.
10
La comunicación desde una per
spectiva sociocultur al: acer camientos y pr o v ocaciones 1 7–2007
Podemos cambiar estos modelos cuando se vuelven inadecuados o pode- mos modificarlos y extenderlos. Nuestros esfuerzos para hacer eso, y para usar los modelos existentes con éxito, se lleva una gran parte de nuestra energía vital [...] Más aún, muchos de nuestros modelos de comunicación se convierten, en sí, en instituciones sociales. Ciertas actitudes hacia otros, ciertas formas de expresión, ciertos tonos y estilos se incorporan en instituciones que tienen entonces un gran poder de efecto social [...] Estos supuestos discutibles frecuentemente están incorporados en instituciones sólidas y prácticas, que entonces enseñan los modelos que las originaron (Williams, 1966: 19–20).
Williams, Stuart Hall y el grupo de investigadores reunidos alrededor del centro fundado en la Universidad de Birmingham para estudiar no la “comu- nicación” o menos la “comunicación de masas” sino las “culturas contempo- ráneas”, impulsaron el desarrollo de una visión crítica sobre la comunicación en la sociedad, políticamente orientada por la “Nueva Izquierda” neomarxista y centrada en el estudio de las “culturas de la clase obrera” y una perspec- tiva histórica sobre las relaciones entre cultura e ideología. Esta corriente ha tenido creciente impacto en la teoría y la investigación norteamericana de la comunicación, pero de manera limitada dado su carácter crítico y, es importante señalarlo, multidisciplinario. Hanno Hardt (1992), historiador de los estudios críticos de la comunicación en Estados Unidos, resume así la visión de Raymond Williams sobre la comunicación:
Williams abordó la complejidad y problematicidad del estudio de la comunicación a través de las prácticas lingüísticas de los individuos hacia las instituciones de medios, sugiriendo que su apertura invitaba al estudio de “cualquier cosa que pueda ser aprendida sobre la base de esa práctica”, desde los “procesos del lenguaje” hasta los efectos de “tecnolo- gías particulares”. Así, la comunicación cae dentro de la cultura, porque está “concernida con la práctica y con las relaciones entre prácticas” (Hardt, 1992: 181).
11 II I. R e –l e c tu ra s , re –e s c ri tu ra s y e x p lo ra c io n e s d e l c a m p o
Un analista británico de la corriente de los estudios culturales ha sintetizado los constitutivos de su proyecto intelectual, contrastándolos con los de la crítica cultural europea (Kulturkritik) que la antecedió y “contra” la cual se propuso. Para Francis Mulhern,
Los estudios culturales han favorecido una expansión radical del cam- po de la indagación relevante, y una ética estrictamente igualitaria de atención dentro de él. Cualquier forma o práctica de significación es en principio elegible, sin ninguna prejuiciosa prueba de “calidad”. Pero estos estudios tienen una misión que no es sólo sociológica o antropológica. El propósito que justifica a los estudios culturales ha sido revocar los privilegios históricos de “la cultura con C mayúscula” (el valor soberano de la Kulturkritik) y reivindicar los significados y valores activos de la mayoría subordinada (las llamadas “masas”) como elementos centrales de un posible orden alternativo. El “poder” es indisociable del significado, en esta perspectiva, que es así, necesariamente, “política” (2000: xviii). Es imposible resumir en pocas palabras el impacto que los estudios culturales han tenido sobre los estudios de la comunicación en todo el mundo, pero sin duda entre las características de su “integración” diversa en las academias an- glosajonas, sobre todo, aunque también en las latinoamericanas, cabe anotar sus inconsistencias terminológicas. Para el caso presente, es necesario rescatar el problema de la extensión semántica del término «multiculturalismo». Una referencia obligada al respecto es la siguiente cita de Homi K. Bhabha:
Multiculturalismo —un término doble para nombrar cualquier cosa desde el discurso minoritario hasta la crítica del postcolonialismo, desde los estudios gay y lésbicos hasta la ficción chicana— se ha convertido en el signo más cargado para describir las dispersas contingencias sociales que caracterizan a la crítica cultural (Kulturkritik) contemporánea. Lo multicultural se ha vuelto un “significante flotante” cuyo enigma reside menos en sí mismo que en sus usos discursivos para marcar procesos en
12
La comunicación desde una per
spectiva sociocultur al: acer camientos y pr o v ocaciones 1 7–2007
que la diferenciación y la condensación parecen ocurrir casi sincróni- camente (1996: 55).
De esta manera, se apuntan al menos tres niveles de significación del término: primero, la “multiculturalidad” como cualidad emergente en las sociedades contemporáneas, en especial en el contexto de los procesos de integración de las identidades nacionales y sus procesos de desintegración progresiva en el marco de la globalización. En segundo lugar, el “multiculturalismo” como categoría analítica o postura interpretativa, desde la que los investigadores “no destacan condiciones biológicas o culturales estáticas o esencialistas como atributo innato que delimite el estatus social; más bien cuestionan muchos de los supuestos desde los cuales se conforma el universo simbólico dominante, así como sus recursos de credibilidad” (Valenzuela Arce, 1999). Y en tercer lugar, el “multiculturalismo” como programa de acción, como ideología o como postura política sostenida por los propios científicos, o por otros agentes institucionales.
En la imbricación de estos tres niveles, “los estudios culturales han avanzado en los procesos de deconstrucción de los mecanismos de con- formación y reproducción de las diferencias y desigualdades sociales, pero también avanzan en el escudriñamiento de los usos del poder como su ele- mento estructurado y estructurador” (Valenzuela Arce, 1999). Y en tanto que hacen eso, se convierten en estudios socioculturales, perspectiva desde la cual la comunicación se convierte a su vez en un proceso crucial para la comprensión de la multiculturalidad y al mismo tiempo para la construc- ción social, en la comunidad de los científicos, de esa comprensión sobre la multiculturalidad, según el principio metodológico de la doble hermenéutica de Giddens (1984).
Ahí, también, en la teoría de la estructuración, la comunicación es una forma esencial de la interacción, como el poder y la sanción moral, consti- tutiva de la estructuración de la significación y de la dominación, así como de la legitimación, en la agencia sociocultural, en tanto que la agencia está constituida por actos de comunicación, si bien “el alcance de la agencia
13 II I. R e –l e c tu ra s , re –e s c ri tu ra s y e x p lo ra c io n e s d e l c a m p o
ejercida por personas individuales depende profundamente de sus posiciones en las organizaciones colectivas” (Sewell, 1992).
A pesar de la brevedad de la exposición de estas discusiones, puede acep- tarse que hay, en el concepto de comunicación que se utilice en cualquier debate en relación con la multiculturalidad, una dimensión inescapable de moralidad, de dominación y de significación que implica el riesgo me- todológico del reduccionismo, ante el cual es necesario el ejercicio de un redoblado rigor.
Dejar que prevalezca, por ejemplo, el concepto de comunicación cen- trado en la transmisión o el intercambio de mensajes, además de remitir a la ilusión de que su estudio puede desarrollarse en términos estrictamente disciplinarios, implica negar que los sujetos que se comunican sean capaces de construir sus propios significados, negociarlos entre ellos y ser, por tanto, responsables de la acción simbólica y social que esto supone (Krippendorff, 1994). Esta noción, según muchos analistas del campo de la comunica- ción, está en el centro de la decisión tomada hace más de 50 años por los fundadores, Wilbur Schramm en especial, de asociar la comunicación con la propaganda y no con la educación al institucionalizarla como objeto de estudio universitario y de investigación científica (Glander, 2000).
Si, por el contrario, se sostiene un concepto de comunicación basado en la producción y circulación social del sentido, como lo hacen, aunque desde perspectivas teóricas diversas, las dos propuestas actuales más consistentes a mi juicio para el estudio de los “medios” en las sociedades contemporáneas (Jensen, 1995; Thompson, 1995), es posible abordar cuestiones como la de la multiculturalidad sin reducir u ocultar la desigualdad en la diferencia. Esto es en especial importante en entornos como los latinoamericanos, donde al decir de Jesús Martín Barbero, “la multiculturalidad, tanto en el discurso como en la experiencia social, moviliza antiguas y nuevas contradicciones” (1997), sobre todo en torno a la equivalencia históricamente construida, y en la actualidad en proceso de “estallamiento”, entre identidad y nación. Ahora, para Martín Barbero, es en la ciudad,
14
La comunicación desde una per
spectiva sociocultur al: acer camientos y pr o v ocaciones 1 7–2007
[...] mucho más que en el Estado, donde se encardinan las nuevas identidades hechas de imaginerías nacionales, tradiciones locales y flujos de información transnacionales, y donde se configuran nuevos modos de representación y participación política, es decir, nuevas modalidades de ciudadanía. Pensar desde ahí la multiculturalidad implica serios retos teóricos y metodológicos para los investigadores de las ciencias sociales, pues su comprensión exige el estallido de las fronteras disciplinarias y la configuración de objetos de conocimiento móviles, nómadas, de con-