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Real-world data evaluation

3. Fragmented geometry recovery

5.5 Multiple images

5.5.6 Real-world data evaluation

Asistí por primera vez a su taller a finales de los noventa en la Feria del Libro Judío, y otra vez hace unos años en St. Louis. Desde la infancia había visto «imágenes» de lo que parecían episodios de diferentes períodos. Tanto leyendo y escuchando en las clases de historia como viendo películas, a veces experimentaba de forma muy dramática los sucesos descritos, como si yo estuviera de veras allí, viendo, oyendo, oliendo y sintiendo aquellas cosas a mi alrededor. Una experiencia concreta de vida pasada terminó trágicamente en la Segunda Guerra Mundial, en el escenario oriental, y ha sido para mí muy perturbadora hasta hace unos años. A modo de introducción, debo señalar el hecho presente de que, aun sin haber sido educada como judía, descendía de europeos, indios americanos y algunos linajes judíos. Del judaísmo sabía poco o nada. A mediados de la década de los noventa, empecé a sentirme atraída inevitablemente por el judaísmo: me metí de lleno en la comunidad judía y me habitué a asistir a la sinagoga. También inicié un curso de dos años sobre lengua y civilización judías organizado por la Universidad Hebrea y me puse a estudiar el idioma hebreo. En esa época, acudí a un terapeuta al que pedí que me hipnotizara para averiguar más cosas sobre lo que parecían ser recuerdos.

parecían fragmentos de una historia que era posible ordenar conforme a mi edad en cada recuerdo. Por difícil que fuera, fui rememorando cada vez más y anotando detalles. He aquí mi historia.

En esa vida, nací a finales de la década de 1920 en Europa oriental, cerca de Praga, en una interesante familia de buenas personas. Había un hermano casi dos años mayor que yo y una hermana que me llevaba algo más de tres. Mi madre estaba emparentada con la familia gobernante en Polonia; mi padre era agente de la resistencia judía en lo que es ahora Israel. Como ambos intentaban informar de hechos que propiciaran la paz en Europa, se produjo una atracción natural. Cabría decir, supongo, que en esa época no deberían haber celebrado un matrimonio interreligioso. Pero como contaba mi padre, mi abuelo judío sonrió y suspiró al enterarse de las intenciones de su hijo con la futura novia. Mientras viajábamos por Europa, a menudo recorriendo ciudades inestables donde estaba escribiéndose la historia, nuestro relato refiere que mi padre era un viajante que vendía artículos de cocina. Pero yo nunca vi ollas ni sartenes, solo un maletín de piel lleno de papeles con montones de palabras mecanografiadas. Aún en esa vida, contando unos dos años de edad, visité una casa de labranza en el sur de Polonia, con vistas a un valle orientado al norte. Me desperté de un sueñecito en una alfombra del suelo y, al oír el grito apagado de un bebé, fui a la ventana y me metí a gatas en una caja de madera. Vi a mi madre y a una prima joven recoger la ropa tendida de una cuerda dispuesta como una telaraña. Alcanzaba a oír el repiqueteo de hojas de álamo temblón y de pino en el extremo cercano del estrecho claro. Hacía mucho viento. Me fijé en el cesto con la ropa amontonándose, y me preocupó que el bebé pudiera estar ahí. Intenté gritar, pero el aire se me llevaba el aliento. Miré hacia el valle y vi nubes amenazantes que venían en la dirección equivocada. Se apreciaba un vago olor a miedo que no indicaba nada bueno. Entonces no lo sabía, pero era una pista de lo que iba a pasar. (Creo que sensaciones como las de alegría, miedo, enfado, etcétera, están molecularmente presentes en el aire y se dejan ver ante los niños pequeños, quienes son muy conscientes del peligro o la seguridad.) A principios de la década de 1930, siendo solo una niña que visitaba a mis abuelos judíos cerca de una ciudad de Europa central, hubo un invierno especialmente crudo. Yo quería con locura a mi abuelo paterno. Era muy sabio y cariñoso, y hablaba varias lenguas. Estábamos cruzando una calle cubierta de hielo y nieve, y vi un árbol frutal. Contaba yo unos tres años, y mientras pasábamos bajo el frío pasadizo abovedado, le pregunté si el árbol viviría. Parecía fuera de lugar allí, en medio de una ciudad alta y fría. «Así será si Dios quiere», dijo. Por el pasadizo sopló un viento cortante que me hizo sentir miedo. Para mis abuelos era una época dura. Cada vez que los visitaba, mi madre les llevaba comida, es decir, los productos pequeños que pudiera llevar consigo, sobre todo ahumados de la granja de su hermana. En una ocasión, se dejó «por casualidad» una bonita bufanda rusa finamente tejida para la abuela. La abuela se llamaba Lisa, pero una vez, en una visita, oí por casualidad a mi abuelo decirle una noche, en un tono suave y afectuoso: «Leah, suéltate el pelo.»

Durante un tiempo, mi madre estuvo metiéndonos a los tres niños en el tren para ir a visitar a mi padre, que solía estar de viaje de negocios por diferentes ciudades de Europa. Él siempre estaba contento de verla. Pero, a medida que las cosas se fueron poniendo feas, ella solo me llevaba a mí, quizás un poco como medida de protección. Una vez nos encontramos en el noroeste de Europa —

Berlín, quizá— con un corpulento hombre de negocios. Como no teníamos niñera, yo debía ir siempre y cuando fuera buena. Casi siempre me portaba bien, menos cuando tomaba el pelo a mi hermano. A él y a mi hermana los quería mucho. Pronunciaba mal a propósito el nombre de Peter diciendo Pater, que significa «padre», pues él siempre intentaba imitar a nuestro padre. Salvo para mi madre, todos teníamos nombres diferentes, sobre todo para ocultar la ascendencia judía. Yo era Anna Shoshanna, que significa Anna Rose. A veces yo decía «Anna ssh-Anna», y me sonaba como Anna-«gramo» (una pequeña medida de mí). Los juegos de palabras me encantaban.

Pasé ciertas temporadas en una zona residencial cercana a Praga, donde estaba la familia de mi madre. Recuerdo las puertas de los coches, que se abrían hacia atrás, y los apestosos humos de los tubos de escape. Una vez, en la granja, estaba mirando unos pollos de colores que picoteaban en el camino, alcé la vista y vi el enorme y amistoso caballo familiar, acercándose con un hombre anciano que llevaba ropa de trabajo e iba sentado en la calesa. Fue una buena época. Fue una época de cosas nuevas y viejas, con coches y carruajes tirados por caballos. La ropa era preciosa. La gente empezaba a recuperarse de la Primera Guerra Mundial.

Por la noche, no obstante, mis parientes se reunían y escuchaban noticias de la radio. Estaban todos atribulados; no hablaba nadie. Unos permanecían sentados, inclinados hacia delante; otros, de pie con los brazos cruzados. Mi tía favorita llevaba un bonito vestido con flores estampadas. Recuerdo algunos de los anuncios, la hermosa música que ponían a veces, y los pitidos cuando se sintonizaba el dial.

Por entonces, cuando contaba unos ocho años, asistí a la escuela en Ámsterdam. Pero un día nos fuimos de la ciudad a toda prisa, primero bordeando el canal con ayuda de pequeñas cámaras de aire durante una noche sin luna, y luego en una embarcación a motor. Me dormí bajo una lona y no recuerdo que atracáramos en muelle alguno. En cierto sitio, mi madre se acercó a un soldado joven y le preguntó si podía viajar conmigo por la carretera. «No, madam», respondió el soldado. Ella preguntó entonces cuándo sería posible; «a eso de las cuatro y media de la tarde», dijo él. Supongo que el soldado quiso parecer importante y entendido. Era así como mi madre obtenía información sobre convoyes, sus tamaños y horarios. No obstante, el viento abrió el abrigo del hombre y dejó ver un bulto en los pantalones, y así ella comenzó a entender que no podía viajar sin papá, que estuvo de acuerdo, sobre todo por otras cosas de las que se enteraba.

A veces había una normalidad tranquila. En una ocasión, la familia fue a una reserva natural en el nordeste de Polonia. En cierto lugar se interrumpía la hilera de árboles, y después crecían hierbas y líquenes. En esa zona había una casita redonda construida con piedras de granito gris. Se veía una entrada, una pequeña ventana y una mirilla. Según papá, pertenecía a la época de las invasiones normandas. Hacía buen tiempo, y dormimos allí. Tanto mejor para trabajar un poco, de modo que nos hicimos con algunos palos y ramas de abeto y fabricamos un tejado que nos protegería de la noche y el rocío matutino. Una mañana, me desperté temprano y fui al frío lago, donde había un muelle de madera; al llegar vi a un búho blanco que se sobresaltó y revoloteó brevemente en el aire justo delante de mí. El búho me recordó a Adolf Hitler de pie en su automóvil descapotable, mirando a todo el mundo. Yo estaba en ese episodio del coche, en el extremo de la multitud pero en una posición elevada para ver mejor. Otra vez, yo era la niña rubia a la que el señor Hitler daba un

ramo de rosas tras detener la caravana de vehículos. Me pregunté qué habría pensado si hubiera sabido que la pequeña rubia de pelo rizado tenía sangre judía.

Pasó algo antes, cuando yo tenía unos cuatro años; a última hora, mis padres decidieron ir a un restaurante fino con baile y orquesta. ¡No había niñera! Por tanto, tuve que ir. Estábamos sentados en el restaurante, cerca de la parte de atrás del suelo elevado y cerca también del señor Hitler, que iba acompañado por sus invitados alemanes. Aplaudía de una forma extraña: las palmas cerca de los dedos, con los que daba los aplausos. Hitler estaba sudando, haciendo bobadas y riendo, sin duda pasándoselo bien. No me gustaba. Parecía malo. Una tranquila mañana se produjo una señal sombría en forma de joven montado en una bicicleta de cartero que traía una carta. Mi hermano fue a abrir, dio una moneda al chico y entregó la carta a mi madre, que iba en bata. Se sentó y la abrió; algo no marchaba bien. Era de un amigo de mi abuelo judío. Escribía que, como el abuelo no se había presentado a jugar a las damas, fue a informarse. Ya sabía que el abuelo no tenía pelos en la lengua al hablar y escribir contra la anexión de Austria por parte de Hitler, y que, tras llegar los nazis, se habían llevado a mi abuela en un camión para interrogarla. Descubrió que el abuelo se había ahorcado; acto seguido, con ayuda de otros del piso, lo bajaron al suelo. Después de leer esa carta, mi madre no volvió a ser la misma. ¿Era de veras un suicidio o era algo que se hacía pasar por suicidio? No lo sé. Una de las siguientes cosas que recuerdo es que papá consiguió un empleo cerca de un altenhaus, una hostería de carretera, en el norte de Polonia. Era cocinero y camarero, y nuestra familia ayudaba a servir las mesas. Estábamos atendiendo a unos oficiales que cenaban tras su reunión. Mi padre me daba instrucciones: «Si alguien está vaciando el vaso, o quiere alguna cosa, ve enseguida.» Me sentía enfadada y percibía que aquellos hombres eran malos y peligrosos; fue la única vez que tuve un arrebato y que mi padre me reprendió. «¡Que lo hagan ellos mismos!», solté. Mi padre se inclinó a mi espalda y me susurró con severidad al oído: «¿Quieres que nos maten a todos?» Así que, tras ese incidente, serví a los clientes con la máxima deferencia.

Cuando bajé a la cocina de atrás por las escaleras, había nieve en el suelo. Oí algunos sonidos apagados procedentes del otro lado del edificio. Fui a ver. Dos soldados jóvenes estaban propinando crueles puntapiés a mi hermano, tirado en la nieve. Un tercer soldado estaba apoyado en la pared, fumando una colilla. Los otros dos le daban en las costillas, la cara y la espalda. Mi hermano no se defendía. La sangre oscurecía la nieve; se apreciaba un marcado contraste con la de las ramas de los pinos, testigos mudos mientras yo retrocedía horrorizada. Tropecé con los escalones de madera y me hice daño en el hombro derecho. Desde ese día me dolió siempre la espalda: el brazo me había quedado un tanto afectado, y cada vez que estaba cansada aparecía una tos debido al frecuente dolor.

Dejamos de trabajar en el altenhaus. Mi padre intentaba mantener la familia unida, y tanto él como mi madre procuraban ayudar a evitar la guerra. Sin embargo, Alemania se apoderó de Polonia pese a los esfuerzos de muchas personas. Fuimos a una ciudad con controles, donde nos alojamos en una casa provisional tipo barracón para viajeros asiduos. Al mando estaba un coronel, un hombre amable que observaba las cosas sin demasiada atención. También él se encontraba atrapado en una maraña de acontecimientos que se desplegaban con demasiada rapidez.

Una noche nos marchamos, deslizándonos por el campo a escondidas y con celeridad, siguiendo las raíces de la orilla del río. El agua estaba demasiado fría para mí. Un hombre se ofreció para llevarme a cuestas; mientras yo estaba sobre su espalda gozando del calor y el transporte, él juntó mis muñecas de niña por delante, tanteando cuidadosamente con la otra mano. Se acercaban unos soldados por la carretera, así que nos quedamos inmóviles; podíamos oír claramente a los perros ladrar y gruñir, pero los soldados no les hicieron caso pensando que los animales estaban reaccionando ante un tejón o algún animal de río. Probablemente no quisieron aventurarse en el bosque a oscuras y siguieron su camino.

Cuando nos pareció que era seguro, reanudamos el viaje. Tras llegar al nordeste de Polonia o al oeste de Rusia en un vagón de ganado de puertas abiertas que se balanceaba de un lado a otro con un monótono traqueteo a través de montañas y serpenteantes arroyos, trabajamos como familia en un lugar donde se iban a construir instalaciones para infraestructuras junto a un río. Tan pronto nos hubimos subido a un camión de transporte, empezó a nevar con intensidad. Cada camión de la caravana avanzaba siguiendo las marcas de neumáticos dejadas por otros camiones. Se oía continuamente el fuerte rugido del motor, que esperábamos que siguiera rugiendo para no quedarnos atascados en el invierno del norte.

Al llegar, los hombres y las mujeres fuimos alojados en barracones aparte. El nuestro tenía un hornillo en un extremo y el orinal junto a la puerta de entrada. Un día, durante el deshielo de la primavera, mi hermana, que a la sazón tenía unos quince años, llegó toda despeinada. Había estado limpiando el remolque de un oficial. Mis padres habían estado siempre en sintonía, pero esta vez discutieron abiertamente sobre si quedarnos en algún lugar de Europa, o siquiera seguir luchando por la causa. La conclusión fue que intentaríamos irnos en ferrocarril, hacia el sur y luego al este, a Rusia o China. Nos pusimos nuestras mejores ropas, cogimos solo una pequeña maleta con comida, y nos encaminamos a la estación, un edificio contiguo a las vías. Mi hermano llevaba puesto un sombrero para disimular la cicatriz que le había quedado en la cara a consecuencia de la paliza sufrida en el altenhaus. Yo lamentaba lo que le había pasado y sentía mucha pena por él. Los cinco parecíamos ir «endomingados». El jefe de estación tenía los labios tan finos que parecían esbozar una sonrisa y los ojos oscuros. No me fiaba de él, pero sabía que era nuestra última esperanza. Solo podíamos conseguir transporte en un vagón de ganado, aunque tenía un poco de paja blanda. Recuerdo que volví a ver las familiares montañas verdeazuladas. El balanceo y el traqueteo combinados del tren eran relajantes. Me quedé dormida hacia la noche siendo vagamente consciente de las arrancadas y las paradas, de vagones que se enganchaban y se desenganchaban. Pero daba la impresión de que algo fallaba. Cuando desperté, otras personas del tren habían acabado en nuestro vagón. Tenían la expresión ausente. El sol se colaba entre los listones del lado equivocado. Nos habían engañado.

En vez de ir al sur y luego al este, habíamos ido al sur, más al sur, y después al norte y al oeste, con destino a un campo de detención. Cuando nos bajamos, había pasadizos para el ganado junto a las vías, que tuvimos que recorrer para llegar hasta un oficial, cuya mano se movía de vez en cuando en dirección a ciertas personas, aunque ya estaba prácticamente decidido quién iría adónde. Mi hermana fue por un lado con otras niñas por un pasadizo que conducía a un camión a punto de partir.

Mi padre y mi hermano fueron por otro lado hasta un patio abierto, sin hierba, rodeado de alambre de espino. Y mi madre y yo seguimos aún otro camino. No volví a ver nunca más a mi padre ni a mis hermanos.

Mi madre y yo nos instalamos en barracones con otras mujeres. Llevábamos ropa civil. No recuerdo nada parecido a tatuajes. Sí recuerdo que, un día, un sargento alto y gordo entró e hizo una señal a las mujeres, a mi madre. Allí, enfrente de todas nosotras, ella tuvo que tumbarse en el suelo mientras él la montaba. Ni siquiera se quitó el abrigo. Yo tenía casi trece años, y noté que se me ponía la cara roja a medida que el enfado se convertía en rabia. ¡Mi madre jamás querría yacer con un cerdo así! Tuve ganas de saltar sobre su espalda y empezar a golpearle, pero ella me hizo un gesto disuasorio con la mano plana.

Cada vez me cuesta más recordar. Me encerraron en un sótano pintado, desnuda. Hacía frío, pero fui capaz de acostumbrarme. No me daban comida ni agua. A veces se abría de repente una ventanilla de la puerta; una mujer me miraba y luego cerraba de golpe. Las tuberías estaban pintadas, todas de color hueso o amarillo pálido. Del techo colgaba una bombilla solitaria. Creo que perdí la capacidad para distinguir los colores. En una ventana alta había barrotes que formaban cruces pequeñas. Intenté recordarlo todo, en especial la familia a la que amaba. Pensaba en ella una y otra vez. No sé cuánto tiempo estuve allí. Perdí la conciencia.

Después estuve en algo parecido a una mesa con ruedas de acero inmaculado. Me examinaban unas personas vestidas con bata blanca de laboratorio. Estaba a punto de morir pero aún débilmente consciente. Había dolor, muchísimo dolor. Creo que me miraron el hígado o cualquier órgano cercano y después me suturaron.

La otra cosa que supe fue que volvía a estar en los barracones con mi madre. Me encontraba tendida con mi cabeza en su regazo. No veía muy bien, alcanzaba a distinguir a otras mujeres a su alrededor. Una amiga permanecía de pie a corta distancia. «No tengas miedo de morir», me dijo mi madre.

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