3. Fragmented geometry recovery
5.5 Multiple images
5.5.5 Synthetic data evaluation
Hace unos seis años, fui con una amiga a uno de sus talleres de fin de semana. Escuché y participé en todas las charlas y sesiones de hipnoterapia y, aunque no obtuve resultados personales, me sorprendí ante lo experimentado por otros asistentes. Estaba algo frustrada, pero también fascinada. Nos alojábamos en una pensión cercana. La última noche, mientras dormía, tuve un sueño lúcido que no olvidaré jamás. Con un incremento de las vibraciones, salí por la ventana de la habitación y me vi «volando» por un valle verde y exuberante con casas esparcidas al azar. Sabía que era un pueblo antiguo, pero no dónde estaba. Los tejados eran de paja. Tuve una profunda impresión de que estaba observando un lugar en el que había vivido. Luego regresé a la cama, nuevamente por la ventana, y volví a tener la misma experiencia.
El recuerdo no me abandonó debido a la intensidad de las vibraciones. A la mañana siguiente, comprendí que seguramente había experimentado un episodio de vida pasada, pero por mi cuenta mientras dormía, no en las sesiones. Por tanto, a mí la hipnoterapia me había «funcionado», pero durante las sesiones activas seguramente me había resistido a ella.
A menudo me pregunto dónde estaba aquel pequeño pueblo. Me gustaría volver.
~ Victoria
En los sueños pueden aparecer fragmentos de recuerdos de vidas pasadas. Se trata de recuerdos reales, no de metáforas o símbolos freudianos. La experiencia de Victoria fue de este tipo, aparte de que también incorporaba elementos de los sueños voladores o extracorporales y de los sueños lúcidos. Las regresiones diurnas, que a ella no le iban especialmente bien, quizás ayudaron a crear el marco para que se produjeran a posteriori. He observado con frecuencia este efecto demorado, en que la experiencia de regresión tiene lugar después de la sesión, sea en un sueño, espontáneamente en una sensación déjà vu o de cualquier otra forma. La mente se ha vuelto receptiva; luego sigue la memoria. La paciencia y la práctica facilitan el proceso. Si estuviera haciéndole una regresión a Victoria en mi consulta, su sueño sería la entrada que utilizaría yo para recordar esa vida con los tejados de paja. Lo importante es la experiencia, no el método usado para alcanzarla. Como ilustración de estos aspectos, solo un día después de haber llevado a cabo un taller de un día en Nueva York recibí mensajes similares y simultáneos de dos participantes que no se conocían. Una decía
que no había tenido recuerdos de vidas pasadas en la sesión y que de hecho se había quedado dormida, como en los talleres anteriores a los que había asistido o cada vez que escuchaba uno de mis CD. A la mañana siguiente, decidió poner los CD consecutivamente y volvió a quedarse dormida. Pero esta vez se fue despertando de manera intermitente y vio no una sino varias vidas. En el CD, sugiero a los oyentes que visualicen sus vidas anteriores como un collar de perlas. Esa mujer no había logrado visualizar nunca nada en sus numerosos intentos de regresión, pero de repente vio con claridad su «collar infantil hecho con cuentas distintas». Fue un avance asombroso, escribió; y no puedo menos que estar de acuerdo. La otra participante había asistido igualmente al taller y no había tenido recuerdos de vidas anteriores, pero también había conservado la paciencia. Esa noche tuvo una serie de sueños. «Tras despertarme», contaba, «entendí perfectamente lo que debía hacer en mi vida. Era increíble verlo tan claro. Supongo que encuentro con más facilidad la vía de comunicación en el estado de sueño. Ahora tengo habilidades para interpretarlos». Participar en las meditaciones durante los talleres de día quizá pareciera infructuoso al principio, pero esa misma noche tuvo sueños que aclararon todos sus objetivos en la vida. ¡Vaya regalo más fabuloso! En la siguiente historia, Horace expone otro método potencial para llegar al conocimiento conceptual. Animo a todos a participar físicamente si es posible en el ejercicio descrito, pues ello proporciona una comprensión intuitiva de cómo puede producirse la reencarnación en el universo multidimensional.
. LLANEROS .
Soy físico teórico, doctorado en Yale en 1968. Hacia la época en que estaba leyendo su libro Muchas vidas, muchos maestros, también leía diversos trabajos de física teórica acerca de grandes dimensiones superiores. En la actualidad, algunos físicos están buscando pruebas de dichas dimensiones. Por ejemplo, se plantean verificar la existencia de una cuarta dimensión extraespacial viendo si, a distancias muy pequeñas, las fuerzas gravitatorias cambian según una ley de relación exponencial inversa al cubo y no según una ley de relación exponencial inversa al cuadrado. Es todavía una conjetura, pero puede tener su importancia en la labor de dotar a la reencarnación de un mecanismo físicamente intuitivo.
Para explicar lo que quiero decir, hago mías las ideas del autor del siglo xix A. Abbott, que escribió Planilandia: una novela de muchas dimensiones, libro en el que se describe la situación hipotética de que fuéramos seres bidimensionales y, como tales, experimentáramos una extraña tercera dimensión adicional. Partiendo de este punto de vista, veamos el modelo de una mano. Cogemos la mano y colocamos las yemas de los dedos en una superficie plana (una superficie plana lo bastante grande sería un «universo de llaneros» [flatlanders, de Flatland, título original de Planilandia...]). Supongamos ahora que las puntas de los dedos representan la manifestación física de un grupo de llaneros. Sus interacciones corresponderán al acercamiento de unas puntas a otras en ese mundo
(una superficie plana). Imagino el alma de cada llanero como la totalidad del dedo. Para un llanero, el dedo equivaldría a una manifestación tridimensional superior de su yo «físico» bidimensional. ¿Qué pasa cuando muere el llanero físico bidimensional? Levantamos el dedo de la superficie plana y dejamos atrás la manifestación bidimensional del alma tridimensional. A medida que transcurre el tiempo, el mismo dedo (alma) se arquea hacia el plano y se coloca en otra posición. El alma (tercera dimensión) acaba reencarnada en otro cuerpo de llanero bidimensional. Los numerosos dedos de la mano tridimensional llegan a ser como las numerosas almas que parecen relacionadas entre sí desde una vida bidimensional a la siguiente.
He observado que esta demostración da a las personas una sensación intuitiva mucho más clara sobre cómo puede producirse la reencarnación. También propone una posible explicación física acerca de cómo funcionan la percepción extrasensorial, la videncia, la precognición y toda la serie de fenómenos paranormales. Lo único que debe hacer ahora el físico es encontrar pruebas experimentales de esta hipotética «tercera dimensión espacial» (o cuarta para nosotros, claro).
~ Horace Crater
Tenemos aquí un interesante modelo de los posibles mecanismos de lo paranormal, y de cómo un día la física quizá sea capaz de explicar el misterio de la reencarnación y el viaje del alma.
Los físicos se han convertido en los místicos de nuestra época al salvar las distancias entre la ciencia y los milagros. Recuerdo las palabras del gran físico Albert Einstein: «Un ser humano es parte de un todo, llamado por nosotros universo, una parte limitada en el tiempo y el espacio. Se experimenta a sí mismo, en sus pensamientos y sentimientos, como algo separado del resto... algo así como una ilusión óptica de la conciencia. Esta falsa ilusión es para nosotros como una prisión que nos restringe a nuestros deseos personales y al afecto que profesamos a las pocas personas que nos rodean. Nuestra tarea debe ser el liberarnos de esta cárcel ampliando nuestro círculo de compasión para abarcar a todas las criaturas vivas y la naturaleza en conjunto en toda su belleza.»
Para captar nuestra naturaleza divina, podemos utilizar principios científicos, por ejemplo los de la física y la química, como hace Horace con elocuencia. Por ejemplo, en mis talleres me valgo a menudo de una metáfora de cubitos de hielo para explicar la naturaleza humana y la relación del cuerpo con la mente y el alma. Supongamos que unos cubitos flotando en agua fría tuvieran conciencia. Habría discusiones entre los cubitos de una bandeja y los de otra: «Nuestros bordes son más afilados que los vuestros», o «somos más claros y simétricos que vosotros», etcétera. A la larga, estas discusiones desembocarían en peleas y al final en la guerra, y tendríamos el equivalente de la vida aquí en la Tierra. No obstante, sabemos que si calentamos el agua, se fundirán todos los cubitos. Todos los cubitos de todas las bandejas serán lo mismo: agua.
El agua ha sido siempre una metáfora del espíritu. Los cubitos jamás tuvieron una existencia independiente. Se originaron en el agua y desaparecieron en ella a causa del calor. La esencia del cubo
de hielo era realmente la molécula H2O vibrando con una frecuencia más lenta. Si se añade calor, la frecuencia aumenta, y los cubitos se funden. Su existencia fue una ilusión desde el principio. Todo el rato hubo simplemente moléculas de H2O, solo agua.
¿Qué pasa si seguimos calentando el agua? A la larga, incluso esta desaparece. Todo es vapor, invisible... pero no está vacío. La molécula de H2O sigue ahí, aunque ahora vibrando con una frecuencia muy elevada. Llega a ser vapor solo mediante una transformación de la molécula. Lo sabemos porque, si condensamos o enfriamos el vapor, tenemos agua otra vez. Si seguimos enfriando el agua y volvemos a poner las bandejas en la nevera, al cabo del rato vuelve a haber cubitos de hielo. Este es el ciclo.
Ahora imaginemos que seguimos calentando ese vapor; en este caso, una vez más, con energía calorífica. Cuando la molécula de H2O se divide, obtenemos partículas subatómicas, cuásares, quarks y otros elementos afines. Así, más allá del vapor hay otros estados que cada vez nos cuesta más describir mediante palabras o pensamientos humanos.
Y esto refleja nuestra naturaleza. Aquí, en estos cuerpos terrenales, somos como cubitos de hielo: sólidos, pesados, con la frecuencia de vibración más baja. ¿Qué pasa si algo nos calienta? En nuestro caso, se lleva a cabo no con la energía del calor sino con la del amor. Esto es lo que eleva la vibración: la presencia de amor incondicional y la capacidad de abrir el corazón; vivir con empatía, compasión, bondad y altruismo; y ayudar a los demás a alcanzar su potencial. El equivalente de los cubitos de hielo que se funden en el agua sería la transformación nuevamente en espíritu. Nuestra verdadera naturaleza es la de seres espirituales. Si seguimos aumentando la vibración, ¿cuál es el equivalente del vapor? Bueno, será cualquier cosa que exista más allá del espíritu. Luego está todo aquello que existe más allá de eso... y más allá de eso. Así pues, en este sentido somos como los cubitos de hielo. Tenemos muchas dimensiones, todas ellas conectadas por la frecuencia vibratoria. Podemos hablar de la existencia de Dios y los planos superiores, pero no disponemos de las palabras o el conocimiento para su comprensión absoluta. Hay una razón que explica la dificultad de responder a la pregunta «¿por qué Dios llegó a crear la Tierra, con qué finalidad?». No sabemos qué pasa en esas esferas equivalentes a las partículas subatómicas de la analogía del hielo. Lo que sí sabemos es que estamos aquí, y que somos la manifestación física de esta energía máxima. Nuestra energía es amor —no la molécula H2O, sino amor.
En este sentido, no tenemos todas las respuestas. A menudo digo a la gente «no lo sé», porque realmente no sé qué decir ante algunas de estas difíciles cuestiones. No obstante, lo que sí sé es que somos seres espirituales cuya esencia básica se compone de amor, empatía, bondad, compasión y altruismo. Estas son las reacciones y actitudes que aumentan la vibración, elevan la conciencia y nos permiten regresar a ese hogar donde todas las cosas son una y están conectadas.
En una ocasión, sentado en una silla del estrado, estaba explicando a una audiencia la metáfora de los cubitos de hielo, el agua y el vapor. De pronto caí en la cuenta de que estar en la silla se relacionaba con la idea de los cubitos. Aquí en la Tierra, la silla era sólida para mí. Confiaba en que aguantaría mi peso, tomaba asiento, me ponía en pie, volvía a sentarme. Sin embargo, en otro nivel, era consciente de que la silla se componía de moléculas: unas que constituían el tejido, otras la madera, etcétera. También podíamos separar estas moléculas en sus energías constituyentes. Así, aunque la silla era sólida y
soportaba mi peso, también se componía de un conjunto de moléculas, átomos, núcleos, partículas subatómicas e incluso otras más pequeñas —y al final, energía, naturalmente—. Es increíble: un objeto que podía tocar y en el que podía sentarme era en realidad pura energía. Utilizado de forma completa y eficiente, probablemente haría funcionar el planeta. También nos parecemos a esta silla: somos físicos, pero también mera energía. Así, cuando decimos que no somos seres humanos con una experiencia espiritual sino seres espirituales con una experiencia humana, esas cosas están pasando realmente al mismo tiempo. En el cuerpo hay solo una proporción muy pequeña de nosotros. La conciencia no está limitada por el cerebro o el cuerpo, sino que los supera. Prácticamente como ocurre con los cubitos de hielo, el agua, el vapor y los estados situados más allá del vapor, existimos simultáneamente en los ámbitos material y espiritual, en los que hay más allá, y también en los reinos lumínicos y otros que no podemos siquiera concebir.
Pensemos en todos los sistemas solares, los sistemas estelares, las galaxias y los universos que, según los cosmólogos, están creándose continuamente. Son ilimitados, de una magnitud que escapa a nuestra comprensión, si bien constituyen solo el principio. Existen asimismo dimensiones no físicas, de carácter energético, que desafían a la imaginación. Es algo que desconcierta de veras y nos recuerda la idea de que somos humanos pero también energía.
Estamos ante una visión de nuestra naturaleza y de la naturaleza de Dios. Cuando pensamos en estos términos, vemos que hubo de existir algo antes que todo lo demás: algo sin causa, sin precedentes. Cuando tenemos una silla o un cubito de hielo, hay una causa, un precedente. Estaba la molécula de agua, o el agua existente antes de que la congeláramos. La silla existía en forma de árboles y plantas antes de transformarse en mueble, y esos árboles y plantas existían en su propia forma precursora, acaso como semillas. Pero hay algo que no tiene precursor, que ha existido siempre, que nos resulta incomprensible, que no se formó nunca, que jamás desaparece: todas las demás cosas son solo distintos estados de energía, como la silla o el cubito.
En ciertas culturas antiguas, algunas personas lo llaman el Tao. Nosotros decimos lo mismo con «hay que confiar en el proceso», lo cual significa seguir el Tao, el camino, la corriente. Las palabras no importan; es el concepto de una inteligencia sabia y bondadosa que ha existido antes de la Creación, que existirá siempre, y de la que proviene todo lo demás: los cubitos de hielo, el agua y el vapor; la silla; nuestros cuerpos; nuestra naturaleza espiritual; y todo aquello que se encuentre más allá. Se trata de algo sabio, oculto y total e incondicionalmente bondadoso que constituye el fundamento de todas las cosas creadas.
Si entendemos esto, somos capaces de liberarnos de las cosas carentes de importancia: fama, éxito, reconocimiento, dinero, objetos. No nos llevamos nada de esto con nosotros. Lo que sí nos llevamos son las lecciones aprendidas y asimiladas, amén del corazón abierto. Da igual que ahora no comprendamos del todo estas cosas. En sus recovecos más profundos, el corazón sabe. Y si seguimos el corazón y la intuición, regresamos a casa.
Los conceptos de la reencarnación y de la regresión a vidas pasadas están relacionados con muchas ramas de la ciencia, no solo la física. En la siguiente historia, Susie analiza cómo ha aplicado todo esto en el campo de la anatomía y la fisiología.