7.2 LWIP prototyping
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inédita,Pragmatica Real que ningu delincuent entre en la cort de Sa Magestat ni cinc
llegues alrededor.2
El documento, dirigido a todos los territorios de la Corona de Ara- gón, refleja los problemas que estos delincuentes estaban provocando en el resto de la península, sobre todo en el interior de Castilla. El monarca prohibió acercarse a los des- terrados de la Corona de Aragón más de cinco leguas a la Corte, dando un plazo de quince días para salir de este territorio «protegido». Pero además, era necesario arbitrar medidas para que los delincuentes no hallasen refugio ni protección, y fuesen castiga- dos y perseguidos por sus crímenes. Por ello, se prohibía dar refugio a dichos delin- cuentes al tiempo que se instaba a los oficiales a su persecución, bajo pena de dos mil florines de oro.3
El Reino de Valencia experimentó un empeoramiento de la situación del orden público, caracterizado por el auge del bandolerismo en todos sus niveles y la persisten-
cia del vagabundeo y demás plagas delictivas.4
Dos aspectos de la sociedad valenciana incidieron en el aumento de la conflictividad. Por un lado, el índice de delincuencia común, protagonizada normalmente por los grupos sociales menos favorecidos, y que crecía en épocas de penuria económica, de hambres y de epidemias, por lo que en muchas ocasiones dependía del clima y de las cosechas. Estas circunstancias merma- ban la actuación de las autoridades, que apenas podían solucionar los problemas. Por otro, y no menos importante, hay que destacar la actitud belicosa de muchos nobles, procedente de épocas anteriores. Ya en los fueros de Jaime I se reconocía el derecho de los nobles a guerrear entre sí.5
Esta situación se agravaba por cuanto los nobles consti- tuían un grupo social privilegiado y, por tanto, se convertían en el modelo a imitar por el resto de la sociedad.
Las directrices de la Monarquía se basaban en la mejora de la administración de jus- ticia y en el incremento de la represión como medio para que la delincuencia no se extendiese al resto de los territorios. En esta tarea, la figura del virrey era importante, ya que representaba al monarca en la función de máximo garante del orden público. El mantenimiento del orden público se convirtió en una de las principales tareas del virrey, que gozaba de una amplia autonomía para hacer frente a esta tarea. En efecto, el virrey ponía en juego toda la habilidad e ingenio con la finalidad de obtener buenos resultados, ya que de ellos dependía la buena imagen virreinal, por lo que el control del
orden público se convirtió en «la piedra de toque de su capacidad».6
La iniciativa del 2 ARV, Real Cancillería, Curiae Lugartenentiae 1330, f. 246. Fechada el 7 de junio de 1567.
3 La Pragmática aparece fechada el 24 de marzo de 1567, pero fue enviada a Valencia el 7 de junio de ese mismo año.
4 García Martínez, S.: Bandolerismo, piratería y control de moriscos en Valencia durante el reinado de Felipe II,Valencia, 1970, p. 42.
5 Graullera Sanz,V.: «Asesinato del almirante de Aragón, secuela de las bandosidades nobiliarias en el siglo
XVI», En Homenatge a Amparo Pérez y a Pilar Faus,Valencia, 1995, pp. 481-488.
6 Lalinde Abadía J.: La institución virreinal en Catalunya. (1471-1716), Barcelona, 1964, p. 331.
virrey así como sus dotes de gobierno serán valoradas sobre todo en el ámbito del orden público.
Esta dedicación al orden público presentaba claras connotaciones políticas, ya que una sociedad pacífica era un requisito imprescindible para el éxito de cualquier políti- ca real. Así pues, la represión de la delincuencia se convirtió en un arma del virrey para justificar la razón de ser del cargo virreinal. La actuación de cada virrey en el ámbito del orden público dejó una impronta, sobre todo en la política represiva, condicionada ésta por el ambiente de delincuencia y las prioridades estratégicas de la Monarquía. En efecto, en algunas ocasiones la prioridad otorgada al mantenimiento del orden público quedó relegada a un segundo plano, al tener que hacer frente el virrey a otras cuestio- nes de vital importancia para la Monarquía.
Es el caso del virreinato del conde de Benavente al Reino de Valencia que coincidió con una política represiva a instancias de la Corona, pero la influencia de la guerra de Granada en el Reino de Valencia absorbió todos sus esfuerzos, volcados casi exclusiva- mente al control de los moriscos.
Mejor suerte tuvo su sucesor, el marqués de Mondéjar, que pudo llevar a cabo una política de control social y de pacificación de la ciudad y Reino de Valencia. Es quizás este periodo el que permite adentrarnos de forma más específica en los instrumentos para mantener el orden público.
Vespasiano de Gonzaga continuó las medidas iniciadas por su antecesor llegando hasta extremos hasta entonces impensables, —como la posibilidad de bandear a deter- minados nobles—; no obstante, sus esfuerzos se dirigieron a racionalizar los sistemas de vigilancia y de prevención en la ciudad.
El análisis de las múltiples manifestaciones del desorden público presenta, además, una enorme confusión terminológica en la documentación de la época, que apenas dis- tingue entre bandolerismo y delincuencia. De hecho, el término de «bandolerismo» aparece esporádicamente, mientras que prolifera otra terminología como «bandosi- tats»,7
«malhechores»,8
«ladrones y malhechores»,9
reflejo de las diversas manifestacio- nes bajo las que aparece el fenómeno del bandolerismo. No obstante, las referencias al respecto más frecuentes son las de «aquellas personas procesadas y delincuentes poco tementes de la corrección real, van divagando por el presente reyno, cometiendo cada día nuevos delitos, inquietando, maltratando y esclavizando a los vasallos de Su Magestat».10
En definitiva, nos encontramos con una gran variedad de personas que, en función de sus actividades (bandoleros, delincuentes, ladrones, asesinos, etc.), o de sus
7 ARV, Real Cancillería, Curiae Lugartenentiae 1331, f. 172v. 8 ARV, Cartas a los Virreyes 7, Carta del 20 de abril de 1568. 9 Ibíd., carta del 17 de marzo de 1568.
10 ARV, Real Cancillería, Curia Lugartenentiae 1334, fol 190v.
costumbres (vagabundos), podían desestabilizar la sociedad del momento. Junto a ellos aparecía otro sector discriminado por su disidencia religiosa, los moriscos, cuya presen- cia consolidaba el telón de fondo de la conflictividad social.
Una serie de factores facilitaban el desarrollo de la delincuencia. Braudel señaló la miseria y la resistencia de la sociedad al poder preexistente como mecanismos que agu- dizaban la tendencia al incremento del bandolerismo; pero esta explicación deja muchas preguntas en el aire. Según el citado autor la delincuencia de la sociedad valenciana era resultado de una amplia gama de situaciones que, dominadas por la miseria, pobreza y bandidaje, estratificaban socialmente a los cristianos viejos. A ello hay que objetar que las actuaciones delictivas no eran patrimonio exclusivo de los grupos más desfavoreci- dos sino que afectaban también a familias nobles e incluso a las autoridades. En este sen- tido, hemos de profundizar en otros factores, como los valores de la época que incidie- ron en la implicación de todos los sectores de la sociedad en el bandolerismo.
En efecto, los valores de la época jugaban un importante papel en este complejo entramado ya que, lejos de la pacificación, fomentaban la guerra «justa» contra el infiel. La guerra era vista como un monopolio de la clase militar, la nobleza, de ahí la dificultad de las autoridades de erradicarla. En este contexto, Braudel cita la delincuen- cia o el bandolerismo como el sustituto de la guerra entre los estados que se habían des- arrollado en épocas anteriores. Para el citado historiador, la tendencia bélica era algo inherente a la sociedad y necesitaba unos mecanismos de satisfacción que, cuando no se realizaban, determinaban que esas costumbres estallasen entre los habitantes de un mismo lugar.11
En el mismo sentido, el recurso a la violencia como medio de subsanar algo pen- diente, que hundía sus raíces en la justicia privativa de origen medieval, estaba arrai- gado en la sociedad de la época. La venganza, el honor, la fama constituían valores que definían linajes familiares de la gran nobleza. Asimismo, uno de los privilegios que dis- frutaba la nobleza era el derecho exclusivo a portar armas lo que «corroboraba su vir-
tual monopolio de la violencia».12
Por lo que la sociedad coetánea veía el recurso a las armas y a la violencia como símbolo de dignidad, de gallardía.
Incluso el bandolerismo se presentaba como un cauce de expresión ante el descon- tento existente. En él participaban todos los grupos sociales: desde las grandes casas de nobles —pasando por las que se habían empobrecido—, hasta los labradores más humildes. Entre ambos polos de la sociedad se encontraba un grupo intermedio, for- mado por los notarios, abogados, médicos y oficiales de la administración de los Austrias, que tampoco quedaban al margen.
11 Braudel, F.: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, Madrid, 1993, p.125. 12 Kamen, H.: La sociedad europea (1500-1700), Madrid, 1986, p. 104.
El telón de fondo del Reino de Valencia presentaba diferentes grupos sociales que pertenecían a diferentes civilizaciones. A una mayoría cristiana vieja que controlaba el poder se oponía una minoría, la de moriscos que, supeditada a la anterior, era conscien- te de su inferioridad. Sin embargo, esta minoría preocupaba a las autoridades por la
hipotética confabulación con fuerzas enemigas de la Monarquía Hispánica.13
Además, en determinados delitos, el ser morisco constituía un agravante, a modo de ejemplo cabe citar el robo, si era cometido por un nuevo convertido, la situación se agravaba, por haber utilizado algún arma de las prohibidas por las reales Pragmáticas.14
En síntesis: los delin- cuentes moriscos son juzgados bajo una doble perspectiva, en calidad de malhechores y de moriscos, reflejo de la extrema sensibilidad que se respiraba en aquel momento y que, en última instancia, dificultaría la convivencia entre ambas comunidades.
Volviendo a la actuación virreinal, hemos de centrarnos en el panorama delictivo con el que se encontraron los virreyes al llegar a Valencia. Panorama caracterizado bási- camente por el alto índice de criminalidad, continuos atentados contra la propiedad y la presencia de la venganza en todos los sectores de la población.
Descrito el paisaje indagaremos en los autores materiales de estos delitos, concreta- mente en el bandolerismo en sus diferentes niveles —morisco, popular y nobiliario— así como la influencia que ejercieron los bandoleros catalanes y aragoneses en el Reino de Valencia. Esta situación obligó a una estrecha colaboración entre las autoridades de los diferentes territorios de la Corona de Aragón con la finalidad de erradicar el bando- lerismo. Finalmente, analizaremos la enérgica política desplegada por los virreyes, los cuales ensayaron varias medidas, con un carácter de contención en unos casos y repre- sivo en otros.
Sin embargo, pese al esfuerzo de las autoridades, existían importantes rémoras que
ralentizaban el despliegue de los medios de acción. Entre otras, cabe señalar:a) la cola-
boración de los nobles que, amparándose en su jurisdicción, extendían su protección a
los bandoleros; b) la proliferación de armas, y c) la inadecuación de los medios de
acción del estado a unas crecientes necesidades.