La vida que ha sido herida y se transforma en nueva vida, a veces inesperada, es el centro mismo del mensaje cristiano, pero también es la dinámica en el corazón de la resiliencia. De ahí que surgen dos preguntas: ¿Puede la resiliencia iluminar al mensaje cristiano? Y el mensaje cristiano, ¿Puede iluminar a la resiliencia? Frente a lo cual Vanistendael, S. (2011), responde que: “si, una iluminación mutua entre la resiliencia y el mensaje cristiano es posible y es útil” (p.6), no cabe duda que la resiliencia se construye en un proceso continuo durante toda la vida.
La esperanza nunca nos ciega, más bien nos ilumina respecto a la vida y nos permite comprenderla mejor. Si bien cuando el dolor y la adversidad llaman a nuestra puerta, sentimos la imposibilidad de pensar esperanzadamente, sólo cuando vislumbramos las posibilidades de la alegría y la felicidad, a pesar del dolor, la auténtica esperanza florece en nuestro interior.
La resiliencia nos recuerda que en la vida podemos construir solamente con lo que es positivo aún si esto no es perfecto. De hecho aprendemos de nuestros errores si los transformamos en elementos positivos con sus imperfecciones. Vanistendael, S. (2011) afirma que: “la resiliencia nos invita a salir de ciertos esquemas clásicos, nos invita a construir, a reconstruir la vida, lo que es diferente de comprender la vida o de un procedimiento que busque únicamente reparar los daños” (p. 15), es la capacidad de responder y no tan solo de reaccionar emocionalmente, así como el compromiso de una espiritualidad que busque siempre sentido a la vida a pesar de los abismos, es lo que caracteriza a quienes toman la decisión de saber crecer y no quedarse estancados en el sufrimiento.
La experiencia de la trascendencia puede sugerir la existencia de una realidad no material, más allá del tiempo y del espacio que deja huellas en nuestra experiencia, esta realidad está más allá de nuestra comprensión y de nuestro control, pero sin embargo, sentimos a veces que es importante para nosotros, los llamamos “espiritual” en un sentido amplio. (Barry & Connolly, 2011, p. 19).
Sin embargo, si esta realidad espiritual adquiere un carácter más personalizado, a veces se lo llama Dios, y a este proceso de transformación se lo nomina vida espiritual o espiritualidad. Por tanto, a partir de este criterio surge la pregunta: ¿Cómo explorar la vida espiritual? Vanistendael, S. (2011), afirma que se puede explorar: “mediante la reflexión sobre la experiencia de vida de nosotros mismos y otras personas mediante la oración, meditación, estudiando textos sagrados, tratando de expresar las profundidades de la vida” (p. 20), esta exploración tiene sus raíces en la vida.
a) Jesús: una aceptación que toca las raíces de la vida
La resiliencia permite ver la acción propia de Dios: Dar vida, creación continúa de nuevas realidades; a la luz de la fe, el poder descubrir la acción de Dios en estos procesos de retorno a la vida. En la medida en que se encuentra en el ser humano que es capaz de superar la adversidad mejorándose, la acción de un Dios que hace nuevas todas las cosas, que sana desde dentro restaurando, que no se queda indiferente ante el sufrimiento del que está herido, entonces el proceso resiliente cobra el valor de lugar teológico.
En la imagen de ese Padre bueno, que acoge, que restaura, que da nuevo lugar a la vida que está quebrada, encontramos la acción de Dios resiliando, con amor, como en la parábola del hijo pródigo, del padre misericordioso y de Jesús que comprende las diferentes etapas de la vida.
Por tanto, se puede descubrir en estos procesos resilientes un lugar de la Revelación de Dios en cuanto el ser humano pone en marcha la propia existencia humanizándose en la medida que experimenta en él una nueva creación o la acción creadora continua de Dios. En él se cumple la promesa, haré nuevas todas las cosas.
Esta aceptación profunda es un procedimiento típico de Jesús. A menudo, Él apela de manera sorprendente a las personas que encuentra en la vida, por ejemplo, cuando “personas bien”, quisieron lapidar a una mujer adúltera, Jesús dio vuelta a la situación – con un humor muy sutil – y la transformó en una posibilidad de crecimiento para cada uno
de ellos, tanto para la mujer como para los que querían matarla. Cada uno es encontrado donde él está e invitado a dar un paso hacia la vida. Jesús no condena a las personas que se creían juntas sino que les hace comprender que una ley debe sustentar la vida y no matarla. (Vanistendael, S., 2011, p. 23).
Jesús no condena a la persona, sino que le da una nueva oportunidad, de tal forma que en otra ocasión un hombre joven pide consejo a Jesús, este trata de orientarlo respetando totalmente su libre elección que será diferente a lo que Dios propone. Por tanto Jesús parece encontrar a las personas en el punto en que están, con sus penas, sus dudas, sus debilidades, incluso sus traiciones y las invita a dar un paso adelante en la vida, pero las deja libres.
Lo más importante de todo esto es que muchas personas creen que Dios los ama así, incondicionalmente, incluso de una manera más íntima y profunda de lo que un ser humano puede hacerlo.
b) El perdón, una puerta que se abre a la vida
Saber perdonar para cerrar las heridas y seguir adelante. Comprender es aliviar el sufrimiento. El tiempo es el testigo de la existencia que asiste como observador a la lucha de cada día.
Sin duda, perdonar es un acto de fe, es un paso decidido en la fe, ya que sólo por la fe y la confianza en Dios, la persona encuentra fuerzas para perdonar. Las ataduras del no perdonar, impiden un crecimiento espiritual de la vida y convierte en esclavos, por tanto el que no perdona, queda esclavo de su propio dolor, no permite desarrollar el tipo de comunión que Dios quiere que se tenga unos con otros, además que la falta de perdón apaga la fe; de ahí que el perdonar trae liberación espiritual a la propia vida, propiciando una gran fortaleza interior. El ser humano necesita talento y capacidad para superar las heridas del pasado. Ese talento nace de una fortaleza interior que cada ser tiene desarrollada en mayor o menor medida.
El perdón no es negar, ni olvidar, ni forzar los sentimientos, por el contrario, el punto de partida del perdón es el pleno reconocimiento de lo que no está bien, tampoco significa que se reponga del daño que le fue hecho, ni que los sentimientos negativos o destructivos sean positivos, por el contrario el perdón busca ir más allá y desbloquear aquello que está en conflicto, de manera que busca abrir una puerta a la vida, este es un acto de realismo, de profundidad, y a largo plazo, en ese sentido el perdón tiene más inteligencia, sabiduría y voluntad que nuestros sentimientos. (Vanistendael, S., 2011, p. 26).
La resiliencia faculta para ser fuertes en las crisis y sobreponerse exitosamente después de vivir momentos difíciles. Es como si se tuviera un espacio de libertad interior que hace posible que uno no se esclavice a una herida emocional. Al igual que el perdón, la resiliencia no es algo que se tiene o no se tiene. Más bien se trata de una forma de ver el mundo (paradigmas), que cualquier persona puede aprender y desarrollar.
Si la persona no se perdona así misma le resultará difícil enfrentar los obstáculos propios de la vida y tampoco logrará ser resiliente. Algunas personas mantienen vivo un dolor para demostrarle al mundo lo mal que han sido tratadas, sin darse cuenta de que eso las daña más. Su dolor se retroalimenta con el recuerdo. Cuando una persona se aferra a un dolor por algo que pasó, la autocompasión puede empañar la bondad. Al asumir el papel de víctimas, se están resignando a esperar que alguien les solucione la vida.
El perdón ayuda a reconocer que somos frágiles y admitir que no se necesita ocultar las debilidades. Es posible vivir y florecer con ellas. No es necesario ser perfectos. La ventaja está en que cuando se es consciente de los propios límites, para evitar que las malas experiencias se repitan. Perdonar no es olvidar ni permanecer en un error. Por el contrario, es darse la oportunidad de empezar de nuevo, con la experiencia adquirida, sin los rencores que impiden ver las posibilidades del presente y del futuro. Cuando se perdona se hace posible que se renueve la capacidad de relacionarse. Primero consigo mismo y, después, con quien es perdonado. Al igual que el amor, el perdón no es algo que se “entrega” a los demás, sino un regalo vital para sí mismo.