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Recommendation – The way forward

Part III – Operational discussion

7.2 Recommendation – The way forward

que, si bien el urbanismo táctico presenta varias caracte- rísticas en común, el concepto corresponde a un enfoque intencionado sobre la planificación urbana que muestra las siguientes cinco características: es un enfoque intencio- nado y progresivo para promover el cambio; ofrece ideas locales para desafíos en la planificación local; demuestra compromiso a corto plazo y expectativas realistas; tiene bajo riesgo, con una posible gran recompensa; y genera desarrollo de capital social entre ciudadanos y construc- ción de capacidad organizacional entre instituciones pú- blicas/privadas, distintas ONG y la sociedad civil (Street Plans, 2011).

Afirman que el urbanismo táctico se logra a partir de tác- ticas posibles de ser implementadas aquí y ahora, que ayudan a enriquecer el capital social de las comunidades y a comunicar la visión de un proyecto de forma efectiva (Ciudad Emergente, 2013).

“Con Urbanismo Táctico entiendo el conjunto de acciones o micro-acciones que los propios ciudadanos ponen en marcha de forma espontánea y basados en la autoorgani- zación, con el objetivo de modificar y/o mejorar su hábitat. Por consiguiente, la ciudad se vuelve a entender como un espacio de producción social (…) y los habitantes como productores de la ciudad” (Di Siena, 2015:37)

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comienzan a surgir con mayor frecuencia, primero como necesidad o reclamo y lue- go como actos asumidos de manera natural (aunque muchas veces también direcciona- dos e intencionados), lo que activa canales estancados con el afán de empoderar a la comunidad. En muchos de los casos, la crisis financiera de principios del nuevo siglo, junto con la falta presupuestaria en los municipios, fue uno de los propulsores para incentivar este incremento. La continuidad se vuelve un factor clave en este tipo de iniciativas. Es desde la continuidad de las prácticas que se renueva la pertenencia y la empatía: cuando algo es mío lo cuido, lo siento (Muñoz, 2015).

La revisión sobre miradas tácticas y pers- pectivas estratégicas produce un enfrenta- miento y profundiza un discurso bipolar exis- tente sobre al actuar cotidiano. Esta oposición conlleva la concesión de roles, lo que genera un discurso que enfrenta a los actores y pro- duce un discurso dual que en la realidad no siempre termina traduciéndose así. Un posi- ble camino para desenredar esta dualidad es el de establecer un enfoque crítico y reflexivo sustentado en la interrelación y complemen- tariedad entre estrategias y tácticas. Este en- foque requiere ir más allá de los dualismos tradicionalmente asociados a ambas concep- ciones (Lange Valdes, 2015). Es un camino de posibilidad, por cuanto señala y remarca que la simplicidad bipolar asumida, en rea- lidad, conlleva otro tipo de complejidades, interrelaciones e incluso multipolaridades. Mientras las estrategias, no son solo un ins- trumento exclusivo de los grandes desarrollis- tas u operadores urbanísticos, las tácticas no constituyen tampoco un recurso excluyente y único de las iniciativas ciudadanas. Los pro- yectos urbanos, asociados tanto al urbanis- mo neoliberal inmobiliario como a las nuevas

concepciones alternativas y emergentes se sustentan tanto en consideraciones estraté- gicas como tácticas y alcanzan en tal sentido un importante nivel de ventaja en el actual de- sarrollo de los grandes centros urbanos; “(…) el estudio de algunas tácticas cotidianas pre- sentes no debe sin embargo perder de vista el horizonte de donde vienen ni, en el otro extremo, el horizonte al cual son susceptibles de ir (…); las tácticas también forman parte de la vida social, ya que de tan resistentes son más flexibles y se ajustan perpetuamente a los cambios” (De Certeau, 2010:47-48).

Bajo los enfoques del denominado urba- nismo neoliberal, los proyectos urbanos se sustentan en perspectivas estratégicas al mo- mento de promover diseños arquitectónicos de gran visibilidad que permiten proyectar una marca en el tiempo y el territorio. Buscan así, “(…) transformar los usos y funciones de una determinada zona de la ciudad, y condicionar los precios del suelo a futuro, lo que conso- lida una lógica jerarquizada, centralizada e institucional con gran poder expansivo sobre los territorios intervenidos” (Lange Valdes, 2015:145). No obstante, no menosprecian el alcance y potencialidad de las miradas tácti- cas, las que se expresan, entre diversos ca- minos, por ejemplo, en la promoción de mar- keting y publicidad. Además, los proyectos urbanos, muchas veces buscan posicionar las intervenciones en un intento por alcanzar efectos visibles local y, en ocasiones, global- mente. El carácter temporal y espacialmente acotado, como su principal dependencia a la lógica de la gestión financiera privada y del mercado según los criterios de rentabilidad, marca la coyuntura de los mercados financie- ros y sus posibilidades de inversión.

Por otra parte, desde los enfoques del urbanismo alternativo y emergente, resulta

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altamente visible, reconocible y promocionada la relevancia de las miradas tácticas. Estas miradas tácticas se expresan en la adopción de fórmulas flexibles y abiertas para la gestión del espacio urbano a través del uso y la dinamización de todos aquellos activos públicos de las ciudades que se encuentran estancados, cerrados o subutilizados, muchas veces producto de las restricciones y los recortes presupuestarios. De esta manera, se adaptan los recursos disponibles, se activa la capacidad creativa y colaborativa entre los usuarios de dicho espacio y se promueven iniciativas flexibles, transitorias y poco costosas de uso del espacio urbano público. No obstante, estas iniciativas asumen también perspectivas estratégicas al momento de promover intervenciones similares en otras zonas o sectores urbanos, e incluso en otros centros urbanos, al propiciar enfoques teóricos que alcanzan relevancia institucional y al proyectar sus alcances más allá de las coyunturas que sitúan su emergencia en el intenso uso de las redes sociales, por ejemplo.

La propuesta de una autoría para este tipo de acciones tácticas alcanza, muchas veces, un protagonismo desmesurado que desman- tela el principio de que la táctica la ejerce el ciudadano y la estrategia el poder. Son nu- merosos los ejemplos que confirman que el propio sistema promueve acciones tácticas a través de profesionales, en las que la partici- pación del ciudadano es residual, accesoria o de uso desechable y mediática publicitaria. Por su parte, el urbanismo táctico utiliza la es- trategia sin complejos. Muchas veces influen- ciados por la moda, los ciudadanos accionan desde las redes sociales del ciberespacio, tanto para persistir en el espacio físico como en el espacio-tiempo virtual, a través de una

propagación mediática, trendy y viral. No se intenta, desde esta acotación, otorgar catego- rías morales a los actores y sus prácticas so- bre el espacio urbano público, sino más bien, proponer y ofrecer herramientas de análisis que permitan entender cómo se construye un espacio en el que se pretende inclusión. Identificar estrategias y tácticas ejercidas en el espacio es una manera más de aproximar- se. Como sostiene Gatti (2007), para poder analizar lo que es hoy la ciudad, la urbanidad, la vida urbana, es necesario mirar a los me- canismos que esquivan la disciplina sin, por otro lado, quedar afuera de su campo de in- fluencia, es decir, desde las prácticas micro- bianas, singulares y plurales que un sistema urbanístico debería manejar o suprimir, so- breviviendo a su decadencia. Estos procedi- mientos, lejos de asumirlos como el control o la eliminación de la administración panóptica, se refuerzan en una legitimidad proliferado- ra, “(…) desarrollados e insinuados en las re- des de vigilancia, combinados según tácticas ilegibles pero estables al punto de constituir regulaciones cotidianas y creaciones subrep- ticias que esconden solamente los dispositi- vos y los discursos, hoy en día desquiciados, de la organización observadora” (De Certeau, 2010; 108).

Esta mirada se refuerza desde las prácticas individuales y desde el sujeto, donde ganan protagonismo y dimensión política en una situación de atomización del tejido social (Lefebvre, 2013). Así se revela otra cuestión, posible de utilizar para descifrar lo dual, que tiene referencia con la representación pública (democrática) de estas prácticas sociales que, al jugar con el sistema que las dominan, regeneran formas de sociabilidad deterioradas. A partir de los planteos ejercidos por Lefebvre (2013), se puede mirar a las

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prácticas espaciales de los pequeños grupos porque son las que tienen más probabilidades de imponerse. Esto también permite mirar al espacio de representación, el espacio vivido, de los símbolos, de la imaginación de otras prácticas, lo que lleva a analizar el pasaje del espacio de representación a la práctica y producción espacial. Se presta así atención sobre cómo las tácticas de estos grupos enfrentan y resuelven la falta de un espacio propio, bajo la asunción de que explotan los recursos tiempo y espacios intersticiales de manera superpuesta y con mayor énfasis para rodear y hasta esquivar las prácticas dominantes. “Las tácticas ponen sus esperanzas en una hábil utilización del tiempo, en las ocasiones que presenta y también en las sacudidas que introduce en los cimientos de un poder” (De Certeau, 2010:45). En lo cotidiano, las apuestas sobre el lugar-espacio o sobre el tiempo distinguen las maneras de actuar.

Partiendo de la referencia de Lefebvre (2013), en la distinción propuesta entre el espacio percibido, el espacio pensado y el espacio vivido, Delgado (2007) plantea que mientras la cultura urbana refiere a la ciudad practicada por parte de sus habitantes, la cul- tura urbanística referencia a la ciudad conce- bida por urbanistas-planificadores. Se pone en evidencia una distinción aún más profunda que las anteriores y que refiere a una relación de orden y control versus desorden y esponta- neidad. Este desorden y espontaneidad, que en muchas ocasiones y con distinta magnitud desborda el ordenamiento y control urbanís- tico, está radicado en los practicantes de la ciudad, es decir, sus habitantes. Se sitúa, por un lado, el conjunto de maneras de vivir en espacios urbanizados (la cultura urbana pro- piamente dicha) y, por otro, la estructuración

de las territorialidades urbanas (la cultura ur- banística). Esto formula una distinción entre la ciudad y lo urbano, entre lo físico-espacial y las prácticas allí desarrolladas. La ciudad está vista como sitio, como parcela en que se levanta una cantidad considerable de cons- trucciones, infraestructuras y como lugar don- de vive una población, donde la mayoría de sus componentes no suelen conocerse entre sí; “(…) lo urbano es otra cosa distinta. No es la ciudad, sino las prácticas que no dejan de recorrerla y de llenarla de recorridos; la obra perpetua de los habitantes, a su vez móviles y movilizados por y para esa obra’” (Delgado, 2007:11).

Esto plantea el paso desde una distin- ción hacia una aparente tensión y/o con- frontación permanente entre orden-control y desorden-azar (Lange Valdes, 2015). El en- frentamiento estaría radicado en una mala concepción de la práctica urbanística (lo físi- co-espacial), la cual tendría por objetivo do- minar y organizar lo urbano (las prácticas). Dicha pretensión resulta equívoca en la me- dida que lo urbano, en tanto práctica, está en permanente conformación y se nutre de dife- rencias y diversidades, acuerdos y conflictos y, por lo tanto, permanece abierta a su ne- gociación, innovación, creatividad, sorpresa y tensión constante a interrogantes. El surgi- miento y conformación de una nueva cultura urbanística resalta un relevante y marcado carácter ciudadano hacia la revalorización de formas de participación junto con la autoor- ganización y autogestión sustentadas fuer- temente en prácticas sociales de urbanidad. “Esta nueva cultura urbanística destaca por la incorporación y consideración de aquellos habitantes urbanos – individuales y colectivos – que aparecen ocupando posiciones alterna- tivas dentro del entramado político tradicional,

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pero que poseen importantes capacidades para incidir e intervenir en la organización del espacio” (Lange Valdes, 2015:149). Muchos de estos actores no responden a una forma de organización tradicional y son representa- dos en las ONG, cooperativas o movimien- tos sociales asociativos o incluso artísticos creativos, por lo que entender su importancia implica desarrollar formas de observar y de dar visibilidad a aquellas actuaciones que no necesariamente son estratégicas ni emble- máticas, sino que se desarrollan bajo la diná- mica de las prácticas sociales urbanas en la cotidianeidad y espontaneidad de la táctica.

En el campo del urbanismo, diversos au- tores han tomado postura respecto de esta nueva cultura urbanística en emergencia y conformación. En general, posicionan reva- lorizar las capacidades de autogestión y au- toorganización que históricamente los habi- tantes han exhibido en los centros urbanos. Vergara & De las Rivas (2004), por ejemplo, han destacado la importancia que las smart communities25 han tenido en procesos loca-

les de participación social urbana y, particu- larmente, en el compromiso colaborativo que estas manifiestan, a la vez que se alejan del prototipo conocido del habitante urbano ca- racterizado por su individualismo, su noma- dismo y su desarraigo. Plantean diferencias respecto de la trendy ciudad creativa y pro- ponen comenzar a referirse a una comuni- dad creativa. Las claves para la formación de estas comunidades no se encontrarían en grandes postulados abstractos ni teóricos a la

25 Los autores hacen referencia a Smart Communities para

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