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Quizá la presencia de los Rrom en territorio de lo que hoy es Colombia se hizo más visible en preludios del periodo republicano. Durante este lapso una importante flexibilización empezó a producirse en el orden colonial y ello pudo posibilitar que algunos patrigrupos que ya existían en

329 Reitchel Dolmatoff, G (1994) [1955] Introducción. Diario de Viaje del Padre Joseph Palacio de la Vega 1787-1788, Ediciones de la Gobernación, p 11. [En línea en] http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/diario/introduc.htm [consultado 7 de septiembre de 2013]

el subcontinente pudieran movilizarse con sus caravanas y hacer largos recorridos como ese que nos describe De Vaux cuando señala que había gitanos que hacían la travesía desde las Pampas hasta la ciudad de Venezuela (1974). En este contexto resulta bastante claro que: para el pueblo Rrom las llamadas guerras independentistas revistieron alguna importancia que es preciso mencionar. El gobierno peninsular, preocupado por combatir a sus hijos insurrectos, descuida los controles sobre ingreso de población que mantenía desde siglos atrás, lo cual facilitó que numerosos patrigrupos familiares de nuestro pueblo pudieran traspasar las fronteras y llegar a tierras huyendo de la intolerancia y xenofobia que campeaba por ese entonces en Europa. Precisamente este periodo de las llamadas guerras independentistas marca para el pueblo Rrom una etapa caracterizada por el incremento de su llegada a estas nuevas repúblicas, entre ellas por supuesto a Colombia. (Gómez, 2008:3)331.

Así, consumado el proceso de independencia en lo que hoy es Colombia, una de las principales tareas que debieron acometer las elites triunfantes fue cómo repoblar importantes zonas del país, no pocas de las cuales se encontraban en un déficit demográfico importante. Zonas como el Caribe y los Llanos orientales ameritaban una política de colonización dirigida, hecho frente a lo cual los nacientes poderes se mostraron interesados. Es más, el mismo Bolívar promovió decretos en donde invitaba a extranjeros de cualquier nación a llegar tanto a Venezuela como a Colombia.

Pensamos que este espíritu de apertura tenía que ver con el hecho de que el “Libertador” acogió en su ejército a no pocos extranjeros y no se podría olvidar de igual modo que él tuvo en el internacionalismo haitiano de Petión y en la ayuda de algunos sefardíes un apoyo a la gesta de liberación. Entre los judíos más destacados que ayudaron a Bolívar está el almirante Luis Brión (Masud, 1946:242)332 y el médico Mordajai Ricardo (Shavartzman, 2010)333. En el contexto de la independencia Bolívar promulgo normas del siguiente tenor:

Primero: que se invite de nuevo a los extranjeros, de cualquier nación y profesión que sean, para que venga a establecerse en estas provincias bajo la protección del gobierno334

En correspondencia con este espíritu aperturista en 1823, en el marco del Congreso de Cúcuta se votó una ley en donde se establecía los pilares para una naturalización de extranjeros si estos decidían venir a la naciente república a trabajar en condiciones de agricultores y artesanos. El gobierno en esta ley ofrece incentivos de 200 fanegadas de tierra para quien decidiera venir y algo más, pero, finalmente, el propósito no iría más allá de dar concesiones a algunas compañía de inmigración compuestas por hombres de negocios y quienes se habían sentido incentivados por la iniciativa.

Los propósitos de esta primera ley eran bien claros: generar un proceso de blanqueamiento generalizado de la población, propiciar un proceso modernizador del país, garantizar el poblamiento u ocupamiento de importantes zonas geoeconómicas, traer trabajadores industriosos y contribuir al mejoramiento de la naciente república. El fracaso de esta primera iniciativa, sin embargo, no fue óbice para que nuevas empresas in-migracionistas fueran

331 Gómez, A.D. (2008) “Bicentenario de la independencia": celebremos lo que pudo haber sido y no fue. Reflexiones expuestas por la delegada del Proceso Organizativo del Pueblo Rrom (Gitano) de Colombia (PRORROM), en el marco del "Foro por la Dignificación de la Memoria del Bicentenario del Grito de Independencia" celebrado en Bogotá, D.C., el 15 de diciembre de 2008 en la sede del Teatro La Candelaria.

332 Masur, G (1945) Simón Bolívar, Bogotá, Grijalbo.

333 Shavartzman, P (2010) “Bolívar y los judíos” [En línea en] http://www.pluraljai.com.ar/node/500 [ septiembre 7 de 2013] 334 Decretos del Libertador 1813-1825, Biblioteca de autores y temas Mirandino, Los Teques

impulsadas tanto por gobiernos liberales – de corte centralista o federalistas-- como por gobiernos de tinte conservador.

El impulso in-migracionista del que están envuelto las elites durante todo el siglo XIX no pararía, pues otras leyes se propondrían con el correr del tiempo. Así, en 1843 el gobierno del Presidente Pedro Alcántara Herrán hace votar una nueva ley y poco tiempo después el Presidente Liberal Manuel Cipriano Mosquera de la mano de Manuel Ancizar impulsa otra, la de 1847. Esta ley aunque inmersa en un marco de improvisación, voluntarismo y no consenso, sería la iniciativa que tanto liberales como conservadores reivindicarían hasta 1890 como el instrumento ideal para impulsar una política de Estado alrededor de la inmigración.

Si bien entre la élite liberal-conservadora-- había desacuerdo frente a distintos aspectos de cómo debía ser concebida la inmigración, eso mismo no podemos decirlo frente al tipo de inmigrante que se deseaba, en donde había un claro y explicito acuerdo: se quería un inmigrante europeo, blanco, cristiano, civilizado e industrioso. En este marco se descartaban a los inmigrantes asiáticos, en particular a los “coolies”. Al respecto Lino de Pombo, un autorizado vocero de toda esta discusión y quien fungía por entonces como Secretario de Relaciones Exteriores del gobierno conservador del Presidente Manuel María Mallarino, terminaría por explicar al Congreso en 1856 lo siguiente: “

No ofrece ventaja aumentar nuestra población con la población asiática o malaya, sino con la vigorosa e inteligente raza europea” (Martínez, 1997)335

En el fondo se perseguía una inmigración que pudiera traer la “civilización y el progreso” y, en este sentido, sin duda, los pasos que se dieron de aquí en adelante fue propiciar el impulso de normas eugenésicas relativas a la inmigración y en donde el racismo, la xenofobia y la discriminación contra grupos de inmigrantes no europeos se hace manifiesto. Esto termina siendo particularmente cierto en la Ley 62 de 1887 en donde se resalta la prohibición de la entrada de Chinos al país.

Cabe destacar que mientras se está produciendo este debate, a los Rrom se les ubica en los territorios de la colonización antioqueña, fenómeno este que se produjo entre finales del siglo XVIII y que se prolongaría hasta comienzos del siglo XX. Lo que se conoce como colonización antioqueña es un éxodo de población del departamento de Antioquia hacia lo que se conoce como la zona del eje cafetero, región conformada por los departamentos de Caldas, Risaralda, Quindío y una parte del norte del Valle del Cauca. Eduardo Santa al estudiar el proceso de la colonización antioqueña da cuenta de la presencia de los gitanos en este, y los caracteriza por los oficios con los que se les ha asociado siempre. Al respecto señala:

[Los procesos colonizadores] eran mosaicos humanos, hervideros de gente pobres pero con el fuego de la ambición entre el pecho, que llegaban casi siempre con la esperanza de hacer dinero en poco tiempo. Era la gitanería nacional. Aquí se abría un ventorrillo de telas; allá una pesebrera. (…) De pronto llegaba un cambiador de bestias transformando algún jamelgo maltrecho en brioso corcel, merced a ciertos trucos que el aldeano ignoraba. [Esta última referencia aunque explícitamente el autor no menciona a los Rrom, a lo mejor para no incurrir en el extendido prejuicio y el estigma, lo cierto es que dicho comentario es alusivo a los gitanos. Más adelante si les nombra de

335 Martínez, Fr. (1997) “Apogeo y decadencia del ideal de la inmigración europea en Colombia, siglo XIX”, Boletín Cultural y Bibliográfico, No 44. Vol XXXIV. [En línea en] http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/publicacionesbanrep/boletin/boleti1/bol44/bol44a.htm `consultado 7 de septiembre de 2013]

modo expreso cuando señala], los gitanos despiertan la alborada con sus martillos sobre el cobre de paila y olletas. (Santa 1994:258-259)336

Para finales de siglo XIX también parece ubicar García Márquez la presencia de los Rom en el Caribe colombiano, hecho que terminará por alimentar su estelar novela Cien Años de Soledad. Esta obra que se sitúa temporalmente hablando entre mediados del siglo XIX y mediados del XX, tendrá como uno de los personajes claves del relato a Melquiades. En la obra García Márquez no sólo hace gala de un profundo conocimiento de la vida de los Rrom, sino que realiza una descripción de los mismos que refleja el modo de vida que por entonces llevaba el grupo. Y no sólo esto, sino que no incurre en los acostumbrados estigmas envilecedores este colectivo. Así aparecen los Rrom en esta fascinante obra:

Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán.

Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades.

«Las cosas, tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima.» José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: «Para eso no sirve.» Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. «Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa», replicó su marido.

Se quedó fascinado, con la mano en el aire y los ojos inmóviles, oyendo a la distancia los pífanos y tambores y sonajas de los gitanos, que una vez más llegaban a la aldea pregonando el último y asombroso descubrimiento de los sabios de Memphis. Eran gitanos nuevos. Hombres y mujeres jóvenes que sólo conocían su propia lengua, ejemplares hermosos de piel aceitada y manos inteligentes, cuyos bailes y músicas sembraron en las calles un pánico de alborotada alegría, con sus loros pintados de todos los colores que recitaban romanzas italianas, y la gallina que ponía un centenar de huevos de oro al son de la pandereta, y el mono amaestrado que adivinaba el pensamiento, y la máquina múltiple que servía al mismo tiempo para pegar botones y bajar la fiebre, y el aparato para olvidar los malos recuerdos, y el emplasto para perder el tiempo, y un millar de invenciones más, tan ingeniosas e insólitas, que José Arcadio Buendía hubiera querido inventar la máquina de la memoria para poder acordarse de todas.

En un instante transformaron la aldea. Los habitantes de Macondo se encontraron de pronto perdidos en sus propias calles, aturdidos por la feria multitudinaria. Llevando un niño de cada mano para no perderlos en el tumulto, tropezando con saltimbanquis de dientes acorazados de oro y malabaristas de seis brazos, sofocado por el confuso aliento de estiércol y sándalo que exhalaba la muchedumbre, José Arcadio Buendía andaba como un loco buscando a Melquíades por todas partes, para que le revelara los infinitos secretos de aquella pesadilla fabulosa. Se dirigió a varios gitanos que no entendieron su lengua.

Por último llegó hasta el lugar donde Melquíades solía plantar su tienda, y encontró un armenio taciturno que anunciaba en castellano un jarabe para hacerse invisible. Se había tomado de un golpe una copa de la sustancia ambarina, cuando José Arcadio Buendía se abrió paso a empujones por entre el grupo absorto que presenciaba el espectáculo, y alcanzó a hacer la pregunta. El gitano le envolvió en el clima atónito de su mirada, antes de

336 Santa, E. (1994) La colonización antioqueña. Una empresa de caminos, Bogotá, Tercer Mundo Editores. Lo que está entre corchetes es nuestro.

convertirse en un charco de alquitrán pestilente y humeante sobre el cual quedó flotando la resonancia de su respuesta: «Melquíades murió.»

Para 1885 a los Rrom se les divisó en Pereira, sobre todo en las Ferias. El historiador Antonio Vélez Ocampo (2005) en su trabajo sobre Cartago, Pereira y Manizales: Cruce de Caminos históricos referencia el trabajo del suizo Ernest Rosthlisberger, quien en su estancia en Colombia entre 1882 y 1883 registra tal hecho. Al respecto se señala:

A estas fiestas llegaban negociantes trayendo ganado vacuno y caballar: de Antioquia (Titiribí), traían mulas, lo mismo que del Huila, se dice que en una de estas ferias un sólo comerciante trajo mil mulas de La Plata. (…) En las fiestas se improvisaban circos para corridas de toros que eran lidiados por los vaqueros de las haciendas cercanas. En las noches había fuegos pirotécnicos y las famosas vacas locas que consistía en colocar en los cuernos de una vaquilla brava, trapos impregnados en petróleo y luego de prenderles fuego se soltaban para que el público la toreara. No faltaban en las ferias los gitanos con sus caballos, osos y micos amaestrados, ni las gitanas expertas en el arte de la adivinación. (Vélez Ocampo, 2005)337

En esta lógica de dar referencia sobre la presencia gitana en Colombia durante el periodo republicano, preciso resulta decir que en el lugar denominado como de las Cuatro Esquina, muy cerca de Bogotá, alguien que se identificó como TIC-TAC escribió una crónica que fue publicada en el periódico El Grafico. Dicha publicación data del 24 de mayo de 1913. Al respecto la crónica señala:

No hay material para el sábado. (…) Nadie se suicidad. Ni un drama, Ni un lamento. Ni un bostezo. Ni un triquitraque. Y a falta de pan, buenos son Gitanos. Estamos al pie de las toldas, que son algo asi como diez. Allí, bajo esas tiendas raídas por la intemperie y curtidas por todos los soles, se aloja la caravana sórdida. Hay un grupo de hombres que en cunclilla rodean una bandeja en donde humean pocillos de metal con café tinto. Parlan una jeringonza más ininteligible (…) La mayoría usa patillas. Son rostros demacrados, verdosos, más bien tristes que alegres. El fotógrafo les pide la venia para tomarles un grupo. Ellos se niegan. No dan razón. No cultivan relaciones con lentes fotográficos. Pasamos luego a una tolda en donde están las mujeres. Éstas se muestran esquivas para el fotógrafo. Hay una gitana parlanchina, inquieta y alegre, que tienen en los ojos ligeras picardías. Habla y dice más. Juega y ríe y asi mata las horas de su eterna ambulancia.

Y da cuenta de la buenaventura cuando señala:

Oye te digo –habla otra Gitana---“ven acá que te voy a adivinar tu suerte” (…) “Pon acá cinco pesos y déjate de hablar,” murmulla. Obedezco. Y la Gitana empieza a rezar sus predicciones. “Tú tienes una muchacha que con la boca te quiere bien y con el corazón te quiere mal”. “Tú vas a ganar mucho dinero. “Tú vas a hacer un viaje”.

Y se refiere también a los oficios relacionados con la venta de mulas y caballos.

Los caballos de la caravana pacen a la luz del crepúsculo en la llanura empradiza. Este es el fuerte de la gitanería. Negociar en caballos. En los cinturones cargan las morrocotas americanas con que se baten en los mercados de sus éxodos. De eso viven: de negociar en bestia (…)

Yo no sé que tristeza o qué alegría a la alegría me producen estas aves errantes a quienes amparan el sol y la luna y el cielo y las estrellas y los árboles. Tristeza de irse a todas horas. Alegría de renovar el horizonte a cada que los

pájaros cantan el alba. Alegría de no pesar sobre la tierra más de lo que pesa una yerba. Tristeza de no tener Patria, ni raza, ni alero nativo (TIC-TAC, 1913:2-3)

Dentro del mismo periodo republicano, otro momento en el que se da cuenta documentalmente hablando de la presencia del pueblo Rrom en Colombia es en el año de 1918. En esta ocasión Rufino Gutiérrez (1919)338

Por cada toldo que armen los gitanos en el territorio del Distrito [debe pagar] 1 peso ($)

al analizar diversos aspectos del municipio de Tuluá en el Valle del Cauca y en especial el modo de cómo la Alcaldía establecía los tributos, se concibe que los gitanos debían pagar por colgar la carpa. Al respecto se anota en una breve referencia lo siguiente:

No dudamos en señalar que un peso para la ocasión era una suma considerable y quizá este cobro en la práctica además de exagerado era un mecanismo para ahuyentar al grupo. Justamente, si de algo huía el colectivo en su condición de arrochelado era de este tipo de imposiciones y más si constituían muestras indecorosas de abuso.

Mientras esto sucedía, el imaginario racista y xenófobo ligado a la inmigración y que impregnó una gran parte del siglo XIX y también del XX encontraría de modo particular en la promulgación de Ley 114 de 1922 otro importante grado de concreción. En esa ley, entre otros apartes se concibió lo siguiente:

Con el fin de propender al desarrollo económico e intelectual del país y el mejoramiento de sus condiciones étnicas, tanto físicas como morales, el poder ejecutivo fomentará la inmigración de individuos y de familias que por sus condiciones personales y raciales no deban ser motivo de preocupación respecto al orden social (…) Y que vengan a labrar la tierra (…) introducir y enseñar las ciencias y las artes (…) Que sean elementos de civilización y progreso”. (Art 1 Ley 114 de 1992)339

Y en el articulo 8 la ley prescribía que:

Art 8. Repútase inmigrante para los objetos de esta Ley, todo extranjero, jornalero, artesano, industrial, agricultor, profesional, o profesor que siendo menor de sesenta años y acredite su identidad, moralidad y aptitud, llegue a la República para establecerse en ella.

Está claro que con este argumentario se mandaba un mensaje a la población gitana, pues dicho pueblo siempre ha sido considerado allí donde está o ha estado – como un grupo inferior, nada fiable al orden social, poco laborioso y sin ciencia que enseñar. Desde luego, este mensaje excluyente y racista impulsado por el Estado y sus élites terminaría por tocar al pueblo Rrom de Colombia. Las normas antes señaladas eran una constatación acerca de cómo las élites republicanas heredaron la repulsa colonial contra este pueblo, de lo que el estigma, la xenofobia y la persecución sería apenas la punta del iceberg, obviamente no al punto de la gitanofobia que ha caracterizado a gran parte de la sociedades europeas. Así pues, también los/as gitanos/as engrosaron el grupo de los inmigrantes discriminados, prohibidos y mal vistos en Colombia. La fobia contra el grupo llegó a ser tal que, el 21 de diciembre de 1919 el Periódico La Época de la

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