A
unque envuelto por la aureola de Pedro, el Evangelio de Marcos –considerado por los especialistas como el primero de los cuatro desde el punto de vista cronológico– no gozó durante siglos de gran popularidad, puesto que fue superado con creces por el de Mateo, del que se creía que era una especie de resumen. Solo en una época más reciente ha sido objeto este escrito de un gran interés, porque fue considerado como la expresión significativa de la primera predicación de la Iglesia, dirigida a cristianos de origen pagano (muchos han pensado en los habitantes de Roma, pero no hay elementos decisivos para afirmarlo).La pregunta a la que el evangelista quiere responder no es solo «¿Quién es Jesús?», sino también «¿Por qué quiso ser un Mesías oculto?». En efecto, en repetidas ocasiones, encontramos una penumbra en el retrato que Marcos hace de Jesús: ante los demonios que lo reconocen como Hijo de Dios, ante los beneficiarios de los milagros que lo querrían aclamar Mesías y Salvador, Jesús contrapone lo que ha sido definido «el secreto mesiánico». En realidad, solo quiere revelar progresivamente el misterio de su persona y en particular el camino de la cruz como el que conduce a la revelación plena. En la cruz, efectivamente, es donde Jesús debe ser reconocido como Mesías y Salvador.
Podríamos, por eso, leer especialmente este Evangelio como un itinerario que comprende varias etapas, en las que se mezcla oscuridad y luz, distribuidas en dos grandes momentos. El primero se encuentra en los capítulos 1–8, y tiene su cima en la escena de Cesarea de Filipo, donde Pedro reconoce a Jesús como «Cristo», palabra griega que traduce le hebrea «Mesías» (Mc 8,27-29). De esta cima debe procederse hacia otra más alta que se encuentra en el segundo movimiento del Evangelio, desde el capítulo 8 hasta el final, donde se nos descubre el verdadero secreto de Jesús de Nazaret.
Mediante un «camino» evocado a menudo (8,27; 9,33-34; 10,17.32.46.52), a través de los tres anuncios que hace Jesús sobre su destino de muerte y de gloria (8,31; 9,31; 10,32-34), y con el seguimiento de los pasos de Cristo (8,34; 10,21.28.32.52), llegamos a la colina de la crucifixión y es allí, con las palabras del centurión romano, donde se revela el misterio último de Jesús: aquel hombre muerto en cruz es el Hijo de
Dios (15,39). La resurrección es el sello divino que presenta a la Iglesia y al mundo a Jesús de Nazaret en su identidad de Señor y Salvador. El Evangelio de Marcos, el más breve de los cuatro (11.229 palabras griegas), es, por consiguiente, una obra original, escrita con estilo escueto y destinada al anuncio de «Jesucristo, Hijo de Dios» (1,1).
1. Un endemoniado en la sinagoga
«Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro. Comenzó a gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno?... Yo sé quién eres: ¡El Santo de Dios!”»
– Marcos 1,23-24
Nos hallamos en la denominada «jornada de Cafarnaún»: en el curso de un día y en el espacio de esta ciudad, que se asoma al lago de Tiberíades, Jesús realiza una serie de milagros (Mc 1,21-39). Uno de estos se desarrolla en la sinagoga local (aquella que Juan usó de fondo para el célebre discurso de Jesús sobre el «pan de vida»): de repente, una persona se levanta en la asamblea, mientras Jesús está enseñando con gran autoridad, y se le enfrenta interpelándole con gran vehemencia (Mc 1,21-26). ¿Quién se apodera de este hombre aparentemente normal, haciendo de él un adversario de Cristo?
En él actúa una inesperada presencia específica, suscitada por la presencia paralela de Jesús. Es una presencia vital y personal que habla con Cristo, reconociéndolo paradójicamente como «Santo de Dios», revelándose, por consiguiente, como una figura dotada de cualidades trascendentes. Por eso podemos decir que asistimos a una epifanía de Satanás, que sabe que su adversario es Dios mismo, presente y activo en Jesucristo. No podemos reducir el evento a una curación de una enfermedad grave, como la demencia (Mc 5,1-20) o la epilepsia (Mc 9,14-29), casos que enseguida abordaremos y que los evangelistas presentan como posesiones diabólicas.
Sabemos, en efecto, que en el Próximo Oriente antiguo se tendía a poner bajo el estandarte de lo demoniaco todo lo negativo de la historia: las enfermedades físicas, las perturbaciones psíquicas, las influencias sociales nefastas, el pecado personal, el mal en general. Aquí, en cambio, nos encontramos con una presencia personal específica; se produce el encuentro con un ser misterioso que se levanta contra Cristo declarándose adversario suyo; Cristo entabla un duelo con él que se resuelve con un mandato eficaz y salvador: «¡Sal de este hombre!». Y, al final, el alarido que se oye representa el grito de derrota de Satanás. La salvación no procede de fórmulas o gestos esotéricos, de filtros o pociones mágicas, sino solamente de una orden autoritativa y eficaz de Cristo.
En el centro de este relato no se encuentra, por consiguiente, el «espíritu impuro», el diablo, sino Cristo liberador del mal. El cristianismo rechaza toda forma de dualismo que vea como árbitros de la historia y de la existencia dos divinidades antitéticas: el
demonio no es el principio del mal que combate el principio del bien. Satanás (el «adversario» en hebreo) es inferior a Dios y por él es controlado y dominado. Por consiguiente, aun cuando su presencia no debe gozar de tanta importancia, el diablo («el que divide», en griego) es un ser personal que actúa con fuerza. Ciertamente, el uso del término «persona» es un tanto impropio en su caso, porque se trata de un concepto positivo, usado también para referirse a Dios (por ejemplo, las tres «personas» de la Trinidad).
Satanás es, en cambio, la antítesis de Dios, en el que el ser persona es plenitud absoluta; es la antítesis también del hombre, cuya persona debería ser signo de intimidad, de donación, de amor. El escritor francés agnóstico André Gide, aludiendo a la definición de Dios presente en el libro del Éxodo (3,14; «Yo soy aquel que soy»), escribía: «Si el diablo pudiera, diría: “Yo soy el que no soy”». Y, curiosamente, concluía el mismo autor diciendo: «No creo en el diablo; pero esto es precisamente lo que el diablo espera: que no se crea en él». Giovanni Papini recogerá este pensamiento cuando decía que «la última astucia del diablo fue propagar la noticia de su muerte».