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«Bajo el sumo sacerdote Abiatar, David entró en la casa de Dios y comió los panes de la ofrenda, lícitos como comida solo a los sacerdotes».

– Marcos 2,26

En este pasaje de su Evangelio sorprendemos a Marcos en un error bíblico: esta es la clara impresión que tiene un atento conocedor de las Sagradas Escrituras. El evangelista está narrando un episodio con connotaciones polémicas, conocido también por Mateo (12,1-8) y Lucas (6,1-5), que, sin embargo, evitan el error al no entrar en detalles. Jesús es criticado porque sus discípulos violan el descanso sabático: estos, en efecto, recogen espigas mientras atraviesan un campo, realizando un acto ilícito en día de sábado, según las minuciosas prescripciones de la legislación judía.

Jesús los defiende recurriendo a la Biblia y a un suceso que tiene como protagonista a un David guerrillero, que se esconde con sus compañeros, perseguido por el ejército del rey Saúl (1 Sm 21,2-7). Llega al santuario de Nob, un suburbio de la actual Jerusalén, que entonces era un pueblo situado en el lado oriental del monte Scopus. Si atendemos al relato bíblico, el sacerdote que acoge a David y sus amigos y les concede comer los panes sagrados, reservados solamente para los sacerdotes, derogando así una norma sagrada, es Ajimélec, sucesor de Elí, el sacerdote que estuvo en el origen de la vocación del profeta Samuel.

El episodio es perfectamente idóneo para demostrar que, ante una necesidad real y grave como el hambre, es lícito crear una excepción y superar una prescripción legal. Evidente se trata de un error de Marcos, que, en cambio, pone en escena a Abiatar (o Ebiatar). Este, en realidad, era el hijo de Ajimélec, un personaje más famoso que el padre, porque, cuando David llega al poder, lo agregará a su consejo de ministros, en representación de la clase sacerdotal conjuntamente con Sadoc (2 Sm 20,25). Para complicar las cosas encontramos otro pasaje bíblico (2 Sm 8,17) en el que se afirma que también el padre de Ajimélec se llamaba Ebiatar (o Abiatar). Sin embargo, podría ocurrir que este pasaje se confundiera, manteniendo a Abiatar como padre en lugar de como hijo de Ajimélec.

Se podría preguntar ¿pero todo esto a quién le interesa, salvo a los especialistas? En realidad, también es un medio para mostrar la calidad última de los Evangelios y de toda

la Biblia. Su material histórico es indiscutiblemente valioso para todo análisis historiográfico. Pero la finalidad por la que uno se refiere a ella y la analiza es diversa: en los datos históricos se busca discernir el sentido trascendente, es decir, identificar la acción de Dios en la trama a menudo compleja y atormentada de las vicisitudes humanas. Se comprenden, por tanto, las simplificaciones e incluso los errores o las libres reconstrucciones de los autores sagrados, que tienen como programa propio describir la historia de la salvación y no una historia fenoménica.

Para terminar, no debe olvidarse que los evangelistas recogen a menudo tradiciones orales previas de diversa calidad, y, por consiguiente, pueden manifestar diferencias entre sí, como en nuestro caso y en tantos otros que hemos tenido ocasión de señalar y que presentaremos posteriormente. Se muestra, así, cómo los Evangelios son semejantes a un río con múltiples afluentes, cuya agua, no obstante, es sustancialmente límpida, aun arrastrando consigo las señales de la historia y, por consiguiente, de la encarnación.

3. Un Jesús secreto

«Los espíritus impuros... gritaban: “¡Tú eres el Hijo de Dios!” Pero él les imponía severamente que no revelaran su identidad».

– Marcos 3,11-12

Hemos elegido uno de entre los numerosos pasajes del Evangelio de Marcos en los que Jesús, sorprendentemente, exige el silencio después de haber curado a un enfermo o a una persona atormentada por una posesión diabólica (1,44; 5,43; 7,36; 8,26), o bien les exige este mismo secreto a los «espíritus impuros», es decir, en el lenguaje de Marcos, a los demonios (1,25.34; 3,12), e incluso a los apóstoles (8,30; 9,9). ¿Por qué esta oposición a difundir la buena nueva de la salvación ofrecida a tantas personas sufrientes?

Digamos entre paréntesis, como ya hemos tenido ocasión de comentar, que en la cultura de la época algunos síndromes eran catalogados bajo la categoría de posesión demoniaca, mientras que en realidad eran simples enfermedades. Esta idea surgía también del hecho de que, en la concepción antigua, vinculada a la doctrina de la retribución, se consideraba que a todo pecado le correspondía un castigo, y, por tanto, una enfermedad (pensemos sobre todo en la lepra) era interpretada como la consecuencia de una culpa grave y de la presencia de Satanás, y, precisamente por eso, era castigada con el sufrimiento físico.

Pero retornemos a la pregunta de partida: ¿por qué toda esa reticencia de Cristo a señalar el bien? ¿No es quizá verdad que nos lamentamos porque en nuestros días las buenas acciones no son noticia en los medios de comunicación? La respuesta está implícita en la fórmula que los especialistas han adoptado hace tiempo para definir esta reserva del Jesús marcano: «el secreto mesiánico». Todo gira en torno al adjetivo «mesiánico». En efecto, en aquel período histórico predominaba una concepción nacionalista, política y hasta militar del Mesías: él sería el liberador de Israel del poder romano, manifestándose con hechos extraordinarios, sensacionales y «promotores» de la causa judía.

Jesús se opone a esta visión, que contaminaría el sentido profundo de sus obras y de su mensaje. Con su capacidad para atraer a las muchedumbres, de ofrecerles su salud y esperanza, era fácil que se consumara un equívoco. De salvador se habría transformado en un político con éxito. De hecho, después de la multiplicación de los panes, la muchedumbre lo aclama y él, «sabiendo que venían para hacerle rey, se retiró

al monte, totalmente solo» (Jn 6,15). Una actitud completamente diferente tendrá con quienes vivían fuera de Israel, como en el caso del «endemoniado» geraseno extranjero al que dirá: «Ve a tu casa, con los tuyos, y anúnciales lo que te ha hecho el Señor» (Mc 5,19).

Una última observación. Algunos exegetas han sostenido que –debido a la ausencia (o casi) del dato de la discreción o reserva en Mateo y Lucas– la consigna del «secreto mesiánico» es una tesis introducida por Marcos en su escrito. En realidad, justo por cuanto está documentado sobre la efervescencia mesiánica de entonces, mencionada por nosotros anteriormente, y sobre los pertinentes equívocos nacionalistas, nos encontramos, en cambio, casi ciertamente, ante una actitud auténtica del Jesús histórico.

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