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“Existen deficiencias en el vocabulario porque los Auca aparentemente han vivido sin ningún conocimiento de lo que el mundo civilizado alrededor de ellos está haciendo. En esta categoría están los conceptos de comprar y vender, o incluso intercambiar cualquier forma de trabajo especializado...cualquier organización religiosa o de gobierno, cualquier concepto de aldea o ciudad; cualquier idea de ley, juicio o autoridad... mercados y fronteras políticas son desconocidos para ellos. No conocen ninguna relación amo- siervo, ni rico ni pobre. No se reconoce situaciones de enseñar- aprender” (Peeke en Stoll; 1985).
Todo se tuvo que hacer desde el principio, no importaba cuántas cosas quedaran atrás. Raquel y Dayuma regresaron en el año 1958 y poco tiempo después de su arribo, Raquel entró por primera vez a territorio defendido por los waorani, concretamente por la familia de Dayuma (Ibíd.). Dayuma fue reconocida por el grupo y a partir de esta visita comienza el proceso de “contacto pacífico”, fundando el protectorado de Tiweno. Saint, fue acompañada de otra misionera, esposa de uno de los muertos en la matanza misionera de 1956. En 1962, llegó Catherine Peeke, lingüista y en 1972, Patricia Kelley, que lideró el trabajo de alfabetización. En 1973, James Yost, antropólogo estadounidense entra por pedido del ILV al protectorado de Tiweno, con el objetivo de realizar investigaciones en su rama.
Cabe mencionar que en la Amazonía Ecuatoriana, desde la época de la colonia, la forma de asentamiento más promocionada por parte de los agentes “civilizadores” (misioneros y hacendados, principalmente), para los numerosísimos grupos indígenas que habitaban la zona, fue la de conformación de poblados nucleados, sedentarios y con formas productivas principalmente agrícolas. Los grupos kichwas, aledaños a los waorani, lo vivieron con particular intensidad a fines del S. XIX, cuando pasaron de ser grupos seminómadas a conformar poblados. Muratorio (1998) pone en evidencia la importancia estratégica que tenían para los diferentes agentes de relación externos, los factores antes dichos:
“*Los Jesuitas+ Vieron en la agricultura el porvenir “civilizado” del Oriente, porque ésta significaba asentamientos y poblados, regularidad en el trabajo, y la posibilidad de supervisión de una mano de obra disciplinada por las doctrinas, a
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diferencia de la economía extractiva que permitía la libertad casi incontrolada de los indígenas” (Ibíd.; 132).
Los misioneros evangélicos, también vieron en este patrón de asentamiento, una gran potencialidad para el logro de los propósitos que se irán mencionando. Para esto se movilizó un sinnúmero de herramientas tecnológicas y de relacionamiento novísimas para la zona en mención. Yost (1981), menciona que al momento del contacto, la población waorani se dividía en 4 grupos que sumaban alrededor de 500 individuos. El grupo de Dayuma, liderado por Guikita, era de 56 personas. Poco después que las misioneras se establecieran en el río Tiweno, llegó un grupo de 50, escapando de otro conflicto interno. El grueso de este grupo, que sumaban 104 individuos y se denominaban Piyemoiri, había escapado al área comprendida entre las cabeceras del río Tiputini y Tivacuno, donde fueron localizados por medio de sobrevuelos del ILV y en 1968 fueron a vivir en la recién fundada misión de Tiweno. Un año más tarde, fueron localizados los baihuairi cerca del bajo Tiwino y por medio de la presión ejercida en continuos llamados mediante altavoces que estaban en las avionetas, se desplazaron también a Tiweno, incrementando la población a 300. En 1970, usando aviones y dejando caer radios transmisores, el ILV hizo contacto con los Huepeiri, grupo que se había separado de la gente de Tehueno hace 40 años. Para cuando fueron contactados, estaban viviendo en el río Gabaro (Ibíd.). Para 1976, la población del protectorado se extendía a 500 personas (Cabodevilla; 1999, 394). Raquel Saint (1960), señala al respecto:
“tras muchos esfuerzos, un grupo de aucas salvajes confiaron en la voz de los cielos que les invitaba en su propio idioma a un encuentro pacífico” (Ibíd.).
Es importante tomar en cuenta que la llegada de los diferentes grupos al Protectorado de Tiweno no siempre fue del todo voluntaria. Nemo, mujer de la comunidad de Keweiriono, señala que los hombres de estos grupos diferentes habían escuchado que en Tiweno había muerte y las misioneras la provocaban, razón por la cual muchos guerreros no querían saber nada de ir a vivir a Tiweno. Stoll (1985), relata que la llegada de los diferentes grupos al protectorado de Tiweno, fue casi totalmente auspiciada por el ILV, mediante altoparlantes donde se daban mensajes en waoterero para que los grupos no contactados se dirijan a Tiweno además de la constante entrega de presentes. Cabodevilla (1999) por su parte, recoge el testimonio de Dabo:
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“Lo que me enseñó e hizo aguantar mi papá desde mi niñez, me sirvió mucho para llegar vivo hasta Tihueno. El lugar no me gustaba mucho. Ahí había mucha gente, faltaba tierra para cazar y estaban los enemigos. Nos han llamado por el parlante en la selva para que no nos dejáramos coger por el padre, teníamos que ir a Tihueno. Nos repetían ¡Vamos a Tihueno!” (Ibíd; 378).
La sobrepoblación fue talvés, uno de los primeros impactos que vivieron los habitantes de Tiweno. De vivir dispersos en una región de 20.000 km2, pasaron a ocupar 1605 km2, más o menos el 8% de lo que defendían. Este factor, si bien incrementó la intensidad de la interacción entre grupos e individuos y generó nuevos matrimonios; fue altamente conflictivo. Yost (1981)señala que el grupo de Tiweno, insistió en que los grupos recién llegados, se ubicaran cerca de la pista de aterrizaje, donde podrían ser observados y la presión del grupo en sus “mil variedades” pudiera ser aplicada para asegurarse que los nuevos llegados no reiniciarían ataques con lanzas (Ibíd.; 16). Esto muestra el alto grado de desconfianza que se vivía en el interior del protectorado.
Al parecer la desconfianza no solo era interna entre los diferentes grupos waorani, sino que también iba desde los waorani hacia los misioneros. Partiendo del hecho que eran kowores, es decir, no humanos caníbales, el recelo radicaba en que eran seres que querían destruirlos e incluso comerlos. Dentro del relato de un anciano de Keweiriono que fue residente de Tiweno, la vida en este sitio se presenta de la siguiente forma:
“Los misioneros provocaron la muerte de mucha gente. Dayuma había dicho a Raquel Saint las personas que habían matado a su familia y ella, con una pastilla los mataba. Mataron a la mayor parte de viejos, tanto guerreros como curanderos y dejaron solo a los niños y algunas mujeres. Viendo como moría su familia, los jóvenes no habían tomado esa pastilla. A ellos también les ayudó Carolina, una misionera gringa que había estado en contra de esto. Ella les cogió y les ayudaba a esas familias. Los misioneros ponían veneno en la chicha y la chucula. También por el aire pasaba un humo e iba matando a la gente que se iba ahogando sin poder hablar. Cuando Mimá era niña, llegó un piloto que decía que era médico. Una mujer se hizo ver y él le abrió el pecho con un cuchillo. Así se mató alguna gente. Viendo esto, algunos guerreros no quisieron saber nada de irse a Tiweno a reducir en los poblados que promocionaban los misioneros. El papá de Gome, Guikita, Guemo, Yowe y Mincaye, mataron a los misioneros. Contaban igualmente que ponían inyecciones y la gente se hinchaba y moría en media hora. No se por qué hicieron eso. Pero tenían preferencia por los mayores. Guikita tenía dolor de rodilla, entonces Raquel le ha dado una pastilla a Dayuma y ella le ha dado al viejo y le ha dicho que tome. Guikita le ha dicho que no necesitaba, pero Dayuma ha insistido. Él tomó y murió” (Keweiriono, 2009).
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Con este testimonio se quiere destacar el lugar que tenían las misioneras para muchos de los waorani que vivían allí. En el imaginario, las misioneras al igual que los kowore que habían llegado antes a territorio wao, eran causantes de muerte y destrucción de su pueblo, con el agravante de que habían logrado eliminar a los ancianos guerreros y curanderos, agentes que cumplían las funciones de defender y aglutinar a su gente. La historia del ILV decía, sin embargo que había llegado el momento de paz definitivo para este pueblo, pero poco o nada decía de cuál había sido el precio.
Por otra parte la reubicación y reducción de estos cuatro grupos waorani, generó también la creación de un cierto “centro urbano huaorani” (Rivas; 3001, 32) donde la convivencia, como ya se enfatizó, estuvo marcada por la desconfianza. La nueva forma residencial generó también un cambio abrupto en la forma de vida. La figura del hombre como guardián y guerrero, se comenzó a difuminar frente a la nueva forma de vida, en un territorio que no fue del todo tomado como propio por algunos de los grupos que llegaron a vivir en él. Este factor es de singular importancia si se toma en cuenta el alto grado de apropiación y defensa del territorio que se tenía hasta la llegada de los misioneros y que se ha mantenido tomando otras formas hasta llegar a la actualidad.
Quimo (Kimerling en Rivas; 2001), señala que al llegar a Tiweno aprendieron las reglas: “nada más de matanzas, una sola mujer, y la comida de los extranjeros” (Ibíd.). A esto se sumaba el comando del ILV de suspender los cantos y los bailes, por considerarlos “pecaminosos” (Rivas; 2001). De igual forma, el evangelio protestante desestimó las ideas animistas y religiosas, con la prohibición de su difusión.