En el contexto que nos ocupa, los marginales son considerados por el discurso hegemónico como el reverso de los integrados en la sociedad, consecuentemente, en tanto esto atañe a cuestiones morales fundamentales para el mantenimiento de la armonía y la paz, se los presenta como enemigos de la comunidad, tanto más peligrosos por no encontrarse separados espacialmente de ella, aunque se postula la antinomia marginalidad-integración.
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35 Algunos autores sostienen que la marginalidad es definida por la sanción de la sociedad, que al marcar la frontera de la desviación subraya la normalidad65. En este marco, T. van Dijk, postula que hay principios ideológicos que se formulan en contextos de admisión, inclusión, socialización, iniciación, enseñanza, pero también en los de jurisprudencia, penalización, marginación y exclusión. Tal como veremos a partir del próximo capítulo, la finalidad de la construcción de las fuentes que nos ocupan consiste en deslegitimar a determinados grupos minoritarios, mediante la degradación de la pertenencia, de las acciones, de los objetivos, de las normas y valores, de la posición social y del acceso a los recursos sociales de quienes participan en ellos66. El lingüista holandés sostiene que es importante que los miembros de un grupo sean considerados como tales por los otros integrantes de la comunidad, pero para que un sujeto sea admitido en las diferentes formaciones sociales, la regla que se impone es la de que comparta con la mayoría de sus pares las creencias, costumbres y actuaciones. En el caso que nos ocupa, al ser corporativa la sociedad castellana temprano moderna, y al formar parte una persona simultáneamente en ella de varios de sus colectivos (castellano, vecino de la ciudad, miembro de determinado estamento o religión, etc.), su integración era directamente proporcional a la cantidad de entidades a las que adscribía67. La comunidad de la aldea y las reglas para la adquisición de la vecindad requerían una inserción plena en el sistema de prácticas y representaciones compartidas por los demás, así como la vigilancia de la disidencia. Las transgresiones a las reglas, la desviación y la oposición abierta, eran sancionadas con la marginación, la exclusión o la eliminación, ya fuera física, económica, social o cultural. Todo esto se proyectaba más allá de las relaciones de producción, mientras el desarrollo del individualismo tenía que ver con una menor necesidad de integrarse en varios de los cuerpos que conformaban la sociedad.
65 Ferrán García Olivier, “Elusiva cultura marginal”, en
AAVV, Cultura y culturas en la historia. Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1995, pp 19-38, p 29.
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Estas son las estrategias que postula Van Dijk y que nosotros podemos constatar en nuestras fuentes. Teun van Dijk, Ideología. Una aproximación multidisciplinaria. Barcelona, Gedisa, 1999, pp 192, 322 y 323.
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Tal como sostiene P. Rosanvallon, “En una sociedad de cuerpos, existen enormes desniveles políticos y sociales, pero al mismo tiempo hay continuidad y todos los seres están relacionados. Los cuerpos organizan y cubren a toda la sociedad, enlazando al príncipe y a sus súbditos, a los ricos y a los pobres, a los hombres y a las mujeres, los amos y los empleados, los adultos y los niños. Hay un lugar para cada quien, incluso si no todos están en el mismo lugar. Y las capacidades jurídicas son muy variables en este tipo de sistema: están ligadas a los bienes y a las estructuras sociales, antes que a los individuos considerados por sí mismos.” Pierre Rosanvallon, La consagración del ciudadano: historia del sufragio universal en Francia. México, Instituto Mora, 1999, p 98.
36 Desde otro ángulo, Castel sostiene que la exclusión es siempre el resultado de procedimientos oficiales de discriminación que obedecerían a estrictas reglas de construcción y que comprenderían la sanción y aislamiento de la sociedad, representando un verdadero status68. Sin embargo, consideramos que es necesario diferenciar marginalidad y exclusión, dado que en la primera no hay un proceso jurídico de separación de la comunidad, sino que se trata de una situación ambigua, pues el marginal viviría precariamente en los intersticios de la sociedad.
Los sectores segregados son invisibilizados dado que la sociedad no los observa en sí mismos, sino a la relación que mantiene con ellos69. H. Becker sostiene que la desviación no es una cualidad del acto cometido por una persona, sino consecuencia de la aplicación de normas y sanciones a un transgresor, por parte de la sociedad. De esta manera, el desviado es aquél a quien se etiqueta de este modo: la condena de la transgresión depende de que los otros la vean como problemática70. Becker, procedente de la Escuela de Chicago, instauró la teoría del etiquetamiento, que implicó un giro en la sociología de la desviación, en tanto localiza el origen del problema en la decisión de los sectores hegemónicos -luego replicada en diversas esferas- de dotar de una connotación negativa a las conductas o prácticas de determinados sujetos.
Teniendo en cuenta la noción de la marginalidad como una calificación impuesta por otros, observaremos cuáles pueden ser las causas para que los sectores hegemónicos realicen esta estimación respecto a determinados fragmentos de la sociedad. En este sentido, nos interesa la propuesta de Schmitt, quien encuentra la frontera que separa la integración de la exclusión en la utilidad social, que deriva del beneficio material que obtiene la colectividad de sus agentes sociales, así como la garantía de la seguridad de los bienes, las personas y el orden establecido71. Los discursos que construyen la segregación de algunos actores sociales tienen su fundamento en que se supone que su mera existencia atenta contra la estabilidad de la comunidad en la que conviven junto a quienes sí están integrados. Geremek sostiene, en relación con esta clase de postulados, que el marginado no comete un crimen, sino que su existencia misma lo es, desde la perspectiva de quienes lo consideran de tal modo72. Dicha evaluación depende, en
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Robert Castel, Las trampas... op cit, p 258. Como vemos, este sociólogo por momentos distingue exclusión y marginalidad, pero en otros confunde ambas categorías.
69
Ferrán García Olivier, op cit, p 29. 70
Howard Becker, Outsiders. Etudes de sociologie de la deviance. París, A.-M. Métailié, 1985, pp 33 y 35.
71
Jean Claude Schmitt, L´histoire… op cit, p 367. 72
37 última instancia, de la sanción de los grupos dominantes, luego reproducida en diversas esferas sociales.
Sin embargo, el marginal es necesario para la sociedad como ejemplo de lo indebido, pero también para construir la idea de seguridad, que debe ser defendida frente a los agentes desestabilizadores. La situación de frontera en que se encuentran los marginales (ni integrados, ni excluidos) posibilita esta construcción ideológica, pues si estuvieran separados de la sociedad, su “peligro” sería inhibido73.
El discurso político delimita qué sujetos serán segregados de una sociedad. Esta calificación se reproduce en el imaginario de la población integrada, que debe compartirlo para ocupar esta posición74. Para que determinadas personas se perciban como distintas, tienen que ser consideradas de ese modo por otros, pues toda identidad requiere del reconocimiento de la comunidad para que exista social y públicamente75.
Para cada grupo que se estima que desafía a los sectores dominantes o al statu quo, las principales categorías identificatorias que lo definen pueden ser descalificadoras. Las estrategias de deslegitimación generalmente presuponen normas, valores e ideologías que se presentan como universales o ampliamente aceptadas en la sociedad. Los grupos dominantes no se refieren abiertamente a sus propios intereses sino que utilizan argumentos que afirman que sus acciones o políticas son para el bien común o que tienen efectos positivos para los grupos dominados76. En los capítulos cuarto, quinto y sexto veremos el funcionamiento de estas cuestiones en la literatura picaresca.
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La idea de la importancia de la existencia de los marginales como un contrapunto del orden social está presente en varios autores: Juan Carlos González Hernández, op cit, pp 154 y 155; Emilio Mitre Fernández, op cit, p 49.
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Teniendo en cuenta las formas de clasificación social, L. C. Álvarez Santaló propone que la marginalidad puede definirse tanto por lo que se hace cuanto por lo que deja de hacerse. Así, existiría una marginalidad culpable, con la que se identificaría al enemigo de la comunidad. Estos marginales no serían sociedad sino “no-sociedad”, comunidad especialmente temible por su carácter de extraña al orden, idealmente representado por el grupo que utiliza este criterio. Por otro lado estaría la marginalidad inocente, marcada por el “no hacer”, sin embargo no cumplir con lo que la comunidad manda es igualmente culpable. Conformarían este grupo quienes no colaboran eficazmente en la tarea común, sin atacar de manera directa a los responsables, por eso, sostiene el autor, estos marginales sí pertenecerían a la sociedad. León Carlos Álvarez Santaló, Hagiografía…op cit, pp 123 y 124.
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Gilberto Giménez, “Materiales para una teoría de las identidades sociales”. México, Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM, 1997, mimeo, p 3. F. García Olivier sostiene que el primer síntoma de la periferización social es el paso de los grupos marginales por las fuentes literarias, iconográficas y archivísticas. Ferrán García Oliver, “Elusiva cultura marginal”, en AAVV, Cultura y culturas en la historia. Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1995, pp 19-38, pp 27 y 28.
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Conclusión
Dentro del campo de las ciencias sociales existen numerosos debates sobre quiénes son los marginales y cuáles son los parámetros para definirlos de este modo. Encontramos diversos puntos de vista, según se centren en las pautas socio-culturales, la lingüística o la economía, así como si versan sobre la formación social o los sujetos. Consideramos que estos análisis, de manera autónoma, no son suficientes para hallar solución al conflicto teórico. Además, todas estas esferas se relacionan empíricamente en los agentes que viven en condiciones de marginalidad, tal como aquí la entendemos.
Los discursos de los sectores dominantes definen y caracterizan en su particularidad a los sujetos a quienes quieren segregar para diferenciarlos de la sociedad a la cual se dirigen y los análisis realizados desde las ciencias sociales muchas veces aceptan esta forma de denominación sin considerar la posibilidad de evaluar de otra manera cómo y quiénes son dichos agentes.
Lo que caracteriza a los marginales que nos ocupan es su condición de vagabundos que sobreviven en los poros de una sociedad sedentaria, circunstancia ligada a todas las estructuras económicas, sociales y culturales. El origen de esta situación se encuentra en la imposibilidad de seguir garantizando la propia subsistencia en el marco de sociabilidad establecido, pero el hecho de ser itinerantes convierte a los hombres en sospechosos para una sociedad sedentaria y estamental, acentuando su carácter marginal e imposibilitándoles mantener un marco de sociabilidad normal. Esta condición territorial se encadena con dos aspectos fundamentales que definen a los subsiguientes: la inviabilidad de sociabilización estable (objetivamente) y la estigmatización de este grupo por parte de la sociedad (desde el plano subjetivo).
Respecto al primer problema, los marginales quedan fuera de las posibilidades de inserción en las redes sociales admitidas como normales. Su forma de vida resulta contraria a las normas habitualmente demandadas para la vinculación en el ámbito de una familia u otro tipo de institución. Además de que ellos sean vistos como temerarios, su propia vida parece riesgosa e inestable, cualidades que serían antagónicas con la posibilidad de participar en estas redes de contención. Los marginales mostrarían dos características a lo largo de diferentes situaciones históricas: la no concordancia con los valores éticos, morales o religiosos de su ambiente social y su condición nómade (ambas como causa o consecuencia de su marginalidad), mientras su inserción laboral es escasa e intermitente, acentuando (o determinando) su estado.
39 Consideramos que es necesario especificar los motivos de la segregación de diversos conjuntos de la sociedad, para evitar la confusión cuando nos abocamos a su estudio. Así, no será lo mismo tratar acerca de los marginales económicos que de los perseguidos políticos, los herejes, las minorías étnicas o de los desviados. Por este motivo, a lo largo de esta tesis, nos referiremos a los marginales a partir de las pautas que hemos sentado en este capítulo, aunque admitimos que variadas formas de segregación se yuxtaponen en un mismo agente, motivo por el cual creemos aun más importante dicha precisión en el análisis.
En relación con el segundo aspecto, la criminalización del sector marginal implica ante todo la definición desde el lenguaje, ya que la idea que se tiene de este grupo se construye mediante el discurso. Por otro lado, debemos tener en cuenta que todas las sociedades albergan hablas particulares de los diversos sectores sociales que viven en su seno. El segmento marginal presentará la suya, que resultará una fuente de sospecha para el resto de la sociedad que no puede comprenderla y por eso le teme. Asimismo, el discurso contra este grupo encontrará su expresión de manera política mediante las diversas legislaciones y normativas (por parte de la monarquía o de la Iglesia, por ejemplo), que se abocan a su persecución.
Habiendo repasado el contexto de marginación que preludió la emergencia de la narrativa picaresca, en el próximo capítulo analizaremos los mecanismos mediante los cuales la literatura retomó la representación de los marginales a partir de la conformación de la figura del pícaro, que fue su expresión en el plano de la novela. Hemos visto hasta aquí las nociones de estigmatización de los sectores segregados de la sociedad y su inculpación de todo aquello que la perturbara, así como la imputación de diversas cualidades negativas y atemorizadoras. Analizaremos en adelante su práctica en el discurso literario y político.
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