4. Conclusions and recommendations 33
4.3 Recommendations for further research
Sobre la pista de los conjurados. –Las reuniones del Bar Tropical. – Cómo supo el asesinato de Mamatoco. –Las acusaciones del Silva, Ayala y Bohórquez. –Un hombre de armas tomar. –Su hoja de servicios
y su adhesión al gobierno.
Un reportaje de Rafael Eslava, de redacción de EL SIGLO
Precisamente, frente a los derruidos cuarteles de la que la 9ª división de policía, está situada la penitenciaria central de Bogotá, encerrada por unas verjas de hierro confeccionadas con armas de la guerra de los mil días. La lobreguez de los patios de entrada invita a la meditación, casi al recogimiento y al terror. Allí llegamos con una nota del prefecto judicial doctor Castro Monsalvo, a tomar posesión de las impresiones, duras o débiles, que pudiera tener el acusado intelectual del asesinato de Mamatoco, ex-mayor Luis Carlos Hernández Soler. Frente a la reja de entrada nos anunciamos al cabo de la guardia. Entregamos el oficio judicial, y luégo nos sometimos a la requisa rigurosa impuesta en el penal, donde más de 600 presos purgan delitos de toda índole, desde los más atroces hasta los que fueran juzgados con menores agravantes.
Estuvimos en un minúsculo café-bar, situado a la entrada del penal. Solicitamos una taza de tinto, mientras el ex-mayor Hernández Soler, llegaba a nuestra presencia. Por fin se presenta. Nervioso, con su peinado a lo Humberto21, con traje azul oscuro y ojos de inquisidor, como si adivinara que se trataba de desentrañarle el misterio del crimen. Sentados en la mesita del café, le ofrecemos cigarrillo y tinto. Iniciamos la charla, que se destrenza en la
manera como en seguida relatamos.
-Podría usted decirnos, ex-mayor, algo sobre esta tragedia de Mamatoco? -Muy duro, muy duro es para mí, responde, decir todo lo que se puede decir, y más cuando no he consultado a mi abogado, doctor José Vicente Sánchez.
La “conspiración”
-Pero quiero una cosa humana, muy humana, fuera del expediente, sin mortificaciones para usted. ¿Podría contarme? ¿Habría en verdad tal conspiración?
-Diga usted que la conspiración existía, tan palpable, tan llena de circunstancias y de hechos casi efectivos-Hernández Soler habla con desenfado-que ni yo, ni creo que el propio gobierno, pudiera decir las intimidades, ni mucho menos los detalles de ella.
-Y usted juzga que el general Bonitto participaba con la conjuración?
-El general Bonitto, sí estaba metido……….. Pero no puedo informarle cómo actuaba.
-Y cómo fue usted enterado de que tal conspiración existía?
-Yo, dice exaltadamente Hernández Soler, supe en firme del movimiento solamente el 12 de julio, fecha en la cual fui comisionado para reprimirlo. Desde ese instante preciso, me puse al frente, y desplegué mi grande afecto por el gobierno como mi propia estrategia militar. Tanto que las divisiones 3ª, 4ª, 2ª y la 1ª, estuvieron lo que nosotros pudiéramos decir, en pie de fuerza, para cualquier contingencia contra el orden público.
Los conjurados
-y cómo sucedieron las capturas de los conjurados?
-Vea usted: desplegamos enorme actividad. El señor Hernández Ruiz, el señor Carlos Ruiz, dos del grupo del detectivismo como jefes, con el coronel Fidel S. Cuéllar, con el entonces comandante Sánchez, efectuamos primero
21
El autor se refiere un tipo de peinado muy común en la época en el cual se dejaba solo un pedazo de pelo delante de la cabeza, mientras el resto se dejaba pelado.
una reunión, para tratar sobre la conspiración, y decidimos algunas fórmulas para dominarla. Supimos que los complotados se reunían en la ebanistería de Caycedo; que celebraban reuniones en el bar Tropical de la carrera décima, y que era necesario dar por nuestra cuenta, el golpe fatal contra los conjurados. Lo intentamos el día 14 de julio, pero nos fue imposible, porque el sargento Novoa llamó al doctor Hernández Ruiz para anunciarle que los conspiradores se hallaban dispersos. Entonces dejamos el golpe para el siguiente día, pues teníamos noticia de que a las 10 de la mañana se reunirían en el mismo bar Tropical. Y allá los detuvimos. Yo me hice cargo del teniente Montañez y de su hermano, y los llevé a la Prefectura de Seguridad. La faena, estaba cumplida.
“Reunión familiar”
-Y qué hubo de la famosa reunión familiar entre usted, Carlos Ruiz, Hernández Ruiz y el coronel Cuéllar, el día siguiente al asesinato de Mamatoco, donde Cuéllar felicitó a Silva por el crimen?
-Con verdad le digo, que ellos sí estuvieron reunidos en la 2ª división, tomando trago, y me llamaron a mi casa donde yo estaba cuando, a eso de las 11 de la noche. Yo me negué a ir. Pero no sé, no sé si evidentemente se le felicitaría allí a Silva…
El Crimen
-Pero… entonces cómo tuvo usted noticia del asesinato de Mamatoco? -Estaba yo durmiendo en mi división, cuando se me llamó por mi ordenanza, anunciándome al detective Bernal. Yo salté de la cama como un rayo, y salí a la puerta. El detective me dijo, todo nervioso e intranquilo, que si yo sabía dónde se encontraba el teniente Silva, pues que se sabía que él estaba enterado del asesinato de Mamatoco, a quien acaban de matar en el parque Chocano. Yo le anuncié que estaba en la 9ª división, y me entré, para organizar mis servicios, a objeto de ayudar a los jueces.
Las acusaciones contra él
-Entonces, qué puede contarnos de la acusación que hacen contra Usted Silva, Bohórquez y Ayala de haber autorizado el asesinato y haberles dado los puñales?
-Es una infamia, es una maledicencia, es un baldón que me quiere lanzar. ¡Dios mío! Acaso cree usted que yo tengo sangre criminal cuando le voy a contar ciertas que el público no sabe, y que los periódicos han tergiversado para presentarme como un hombre teñido en sangre?
Hernández Soler, trata de levantarse de la mesa, levanta los brazos, se le eriza el cabello, mueve agitadamente los ojos, y los fija finalmente sobre el reportero para decir luégo:
-Ellos están conectados contra mí; ellos, aun estando detenidos, se pusieron de acuerdo para presentarme como Villano. Qué miserables!
Su hoja de servicios
Sigue hablando el ex-oficial Hernández Soler, ya en tono bajo, y dice:
-Habrá tanto de calumnia contra mí, que está, para rebatirla, mi hoja de vida, como verá: en 1914, 15 y 16-años que mucho rememoro- estuve en la escuela militar en donde obtuve los primeros puestos como tirado al blanco, y fui nada menos, que jefe de esos cursos. Luego salí de esa escuela y me fui al Darién, a cultivar la tierra con mis hermanos. Entré en la lucha política, y como en una elección fuera eliminado mi nombre por los liberales, fui a reclamar al presidente del jurado electoral, suscitándose una asonada, que yo dominé porque siempre he tenido valor. Hubo las del diablo, y yo me fui para mi finca. Las persecuciones siguieron, y todas las noches mi casa era asaltada. Por fin, una noche iba con mi primo hermano hacia mi campo de Yatoco, cuando un sujeto Traslaviña nos asaltó, disparando contra mí siete tiros. Mi primo fue herido de un balazo en la cabeza, y entonces yo, que he sido hombre de armas tomar, saqué mi revólver y le di muerte. Pero me presenté a las autoridades. Regresé a Cali, cuando ya había sido absuelto en Buga, siendo mi defensor el actual senador liberal, Fernández de Soto, y en esa ciudad, en mayo del 37, contraje matrimonio. Luego regresé a intervenir en política en Dagua, en donde presencié también incidentes de sangre. (Aquí, calla, calla y busca la manera de desviar la conversación).
Cómo llegó a la policía
-Yo llegué a la policía, continúa Hernández Soler, por insinuación del ex-mayor Bustamante. Vine a Bogotá, y estaba Tulio Rubiano de director, y me colocó como subteniente, no obstante que me daba pena por mi edad. Mi vida ha sido de trabajo y servicio al gobierno, repite incansablemente. En 1935 fui enviado a Puerto Carreño, en donde logré calmar y debelar un conflicto que había con Venezuela. ¿No le parece a usted a usted un servicio patriótico?, pregunta con enfado. El doctor Antonio Socha, me ascendió a capitán.
Y vienen nuevos reclamos de sus servicios al gobierno, con su lealtad y liberalismo.
-Fui ascendido a mayor en 1936, por el doctor Alfredo Navia, y destinado a la primera división, donde desbaraté un conato de subversión. ¿Nuevos servicios al gobierno, no es cierto? Dice Hernández Soler al cronista.
-Luégo, en el año 37, fui enviado al Chocó como comandante de la policía intendencial, y que allí sí no tuve sucesos de sangre que anotar.
El mismo se admira de cómo pudo suceder eso. Y sigue informando.
-Después de aquel año, me enviaron a Nariño, siendo yo visitador de la policía, con el general Azuero Arenas y el doctor Bernate. En la unión debía investigar un cuantioso contrabando que se ejercitaba nada menos por el entonces comandante de la policía de ese retén, quien estaba en combinación con contrabandistas en pugna. Como las cosas se pusieron graves, me echaron un grupo contra, y una noche un agente de policía me asaltó en mi cuarto, dándome siete puñaladas, como de 50 que me tiró. Yo saqué mi revolver y se lo aventé a la cara. Pero otro agente, me dijo; “su esposa, su madre, sus hijos”? No lo mate, no lo mate, y yo, que sabía que mi esposa iba hacia Pasto, me abstuve de asesinar al que me había herido. Es justo-agrega- en tono casi de dolor que se me llame criminal, que se me corone de sangre?
Debates electorales
−En 1939, fui traído a la 9ª división, en donde había serias irregularidades de índole administrativa, y no sé cómo salí de ellas. Fui luego a Villapinzón a controlar unas elecciones de cabildo, y propuse una lista mixta, pues allí no hay sino 139 liberales por 1.4000 conservadores, pero el doctor Laureano Gómez se opuso a esa transacción, y yo dejé bajo prevención de lo “que pudiera suceder”, que se realizara el debate. Y fue entonces cuando hubo aquellos sucesos de sangre de que usted ya tiene noticias. Luégo estuve como alcalde militar en Zipaquirá, en donde había cuadrillas de vagabundos de ambos bandos liberales, que obligaban a todo el mundo a acostarse a las seis de la tarde. Pero yo los dominé, yo los dominé. ¿No es esto servirle a mi partido?
Siempre se ve en el ánimo del sindicado, el deseo de respaldarse en el régimen.
Influencias contra él
Y en ese estado, le indagamos: ¿Y no cree usted que haya extrañas influencias contra usted? Y dijo:
−Sí las hay, pues obligaron a Silva y a los dos agentes a delatarme. Y además, qué infamia, qué calumnia, qué maledicencia, al decir que yo amenazo la vida de Bohórquez, cuando sé que yo soy, precisamente, quien se siente amenazado.
−No se imagina usted: mi niña de quince años, tenerla que sacar del Colegio La presentación, y mis tres hijitos de La Salle…
Su lealtad al gobierno
Y Hernández Soler trata de enjugarse las lágrimas cuando una radio habla de Mamatoco, en el aparato del bar del panóptico. Frunce el ceño, y parece que la estampa del crimen, se retrata en su imaginación. Levanta la mano y se la corre por la frente. Suspira por tres veces. Fuma cigarrillo, apurándolo. Luégo, se levanta y dice contorsionado: yo no me iré a fugar, no me iré a fugar. Confió en mi situación jurídica, confío en ella. Diga que no soy un coronado de sangre, que no soy criminal. Que quienes me acusan son empujados por extraños, y que contra mí no hay otra cosa sino mi lealtad al gobierno.
El cronista le da su mano para la despedida, y Hernández Soler, clama sobre su situación jurídica, y dice por fin, ya en la puerta del penal: −No soy un oficial de policía, coronado de sangre”.
Eran las tres de la tarde: Y la penitenciaría seguía tan lúgubre como el cronista la había presagiado y como la encontró al entrar en ella.
3.2 “’Orden del presidente’ fue la consigna que se dio para asesinar a ‘Mamatoco’”
También escrito por Rafael Eslava y publicado en el diario El Siglo el 16 de septiembre de 1946, cuatro días después de la publicación de “Vida, pasión y cárcel de Hernández Soler”. Eslava, además de haber sido uno de los grandes del periodismo colombiano en la década del 40 y del 50, tuvo un hermano reportero y cronista, Luis Alberto Eslava, con quien compartió oficio y periódico (El Siglo). Los Eslava siempre se inclinaron por las historias de asesinatos, peleándose los casos con los detectives privados, según cuenta Maryluz Vallejo Mejía (2006, pag 299).
En este texto, el cronista da cuenta de la vida de Oliverio Ayala -acusado de ser el asesino de Mamatoco-, cómo cometió el asesinato con su compañero Bohórquez, quién les dio la orden y cómo se desarrolló el caso. Todas estas preguntas, las responde el autor de la mejor forma utilizando las mejores herramientas narrativas para incluir la dosis de dramatismo necesario. Además, con el testimonio de Ayala, Eslava prueba por qué el ex-mayor Luis
Carlos Hernández Soler fue acusado de ser el asesino intelectual y la relación del gobierno de López Pumarejo con este caso.