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Silvio Zavala, describe como en el caso de las haciendas mexicanas: “[…] había gran

número de labriegos avecindados en las tierras de los hacendados y sujetos a estos, por vínculos económicos y jurídicos que llegaban a restringir la libertad de los trabajadores […]” (Zavala 1988:35). En este trabajo el autor estudia cómo el origen de los lazos de sujeción del peonaje es anterior al siglo XIX, y se puede explicar a partir de la aparición de la figura de la encomienda, de la transformación gradual de las prácticas productivas y de las relaciones que se establecen entre los hacendados y su fuerza disponible de trabajo.

El caso de José Antonio Hinestroza presentado en el capítulo uno permite evidenciar como al interior de las haciendas de la banda occidental y oriental del río Cauca a comienzos del siglo XIX, en el marco de las relaciones productivas se presentaron nexos de servidumbre sustentados en sistemas de peonaje o de trabajo a jornal entre hacendados y hombres en condición de libres, libertos o libertinos.

“[…] pero querer independizarse de su obligación con el supuesto falso a los jornales que supone haberme entregado […] Era necesario que la condición de contrato hubiera sido leída, y llama a pagarme los cincuenta patacones, presentando en todo jornales que estuviese devengado, lo contrario aparece del documento presentado, luego de ningún modo pude prosperar semejante demanda, y más cuando en el tiempo que cita, no había hecho otra cosa que aquello que buenamente ha tenido por convenido no solo en fuerza de lo pactado, sino también, con atención a los alimentos, vestuario y asístencia que se le ha suministrado […]”.

En el centro de la trama jurídica de este caso, se hace evidente lo expuesto por Zavala (1988), respecto a las acciones jurídicas o económicas a las que recurría el hacendado para restringir la libertad de los jornaleros o peones, tal como le ocurre a José Antonio Hinestroza quien en condición de liberto en 1802 emprende una lucha jurídica por su derecho a la libertad.

El siguiente testimonio de José Antonio Cayzedo en su calidad de hacendado resulta de especial relevancia para reafirmar la veracidad de la relación o vinculo trabajo a jornal que busca probar en el pleito el liberto José Antonio Hinestroza:

“Digo yo don Juan Antonio de Caicedo (Hacienda Mulaló) que me consta haber mantenido largo tiempo en mi posesión el expresado Antonio Ynestrosa alias Chócolo trabajando tanto a mí como a mis esclavos, reparándolo siempre por libertino y por qué conste, y le sirva de resguardo le doy este en caly a 25 de julio de 1802- Juan Antonio de Cayzedo”.

Otro aspecto a destacar en lo expresado por el hacendado, es que en el ámbito de las relaciones de servidumbre mediadas por el sistema de trabajo a jornal o peonaje a comienzos del siglo XIX, el poder circulaba en la medida que en ocasiones, por ejemplo Juan Antonio en su condición de liberto estuvo trabajando bajo las órdenes directas del hacendado y en otras ocasiones en condición de sujeción a los esclavizados.

Durante el siglo XIX, hombres y mujeres transitaron a diversos grados de servidumbre estableciendo relaciones productivas mediadas por contratos de concertaje, peonaje y otras formas de sujeción de fuerza de trabajo. En el marco de estas relaciones productivas los pobladores libres de la Hacienda Mulaló fueron ocupando sus espacialidades durante el siglo XIX, constituyendo desde el punto de vista social una red de parientes, los cuales convivieron al interior de la hacienda, interactuando entre sí y directamente con los hacendados, y además, desarrollaron actividades productivas sujetas a diversos grados de servidumbre que se fueron transformando gradualmente en función de la entrada en vigencia de las leyes de manumisión; así desde la condición de esclavizados, libres, libertos, libertinos, y posteriormente, como feligreses o vecinos estos pobladores asentados con sus núcleos familiares desarrollan diversas faenas o prácticas productivas tales como: vaquería, arrieros, procesamiento de quesos, elaboración de rejos, angarillas, corte guaduas y bejucos para hacer cercos, construcción ranchos de paja, labores de tumba y desmonte, entre otras.

Entre 1885 y 1889 el mayordomo de la hacienda Salento Francisco Aragón, por ejemplo, registra en el libro de inventario de funcionamiento de la hacienda salidas de dinero por concepto de los pagos de jornales a peones que trabajaban por faena, por días o por semanas; entre ellos se mencionan Cesiles Cuero, Manuel María Cuero, Felipe Cuero y Pedro Cuero a quiénes se les cancela jornales por haber estado tapando portillos; a Juan

Cuero y Juan Andrés Cuero se les cancela varias cargas de bejucos, y a Pascual Cuero, Gregorio Cuero y Luis Cuero se les paga por concepto de compra de guaduas.

Así mismo en el comprobante de cuenta general legajo N.4 documento 2, se encuentran anotaciones realizadas por el mayordomo Santiago Tello, quién reemplazará a Aragón, están van del 08 de agosto al 7 de octubre de 1886, en este registro los gastos aparecen por semana así: compra de sal para los quesos y mulas, compra de alimentos cuando estuvo Diógenes, compra de sal para los novillos; también se anotan los gastos de viaje de los peones entre los cuales se discriminan cuatro quesos, alimentos y una arroba de sal para los novillos los cuales fueron entregados a Rafael Córdoba por órdenes de Don Enrique Camacho. En las referencias anteriores, se identifica como el ganado de la hacienda Salento era conducido a otras regiones por los peones, y durante el tiempo de viaje se le garantizaba la alimentación y el menaje para las reses.

A Ismael López, en su calidad mayordomo desde el 17 de enero de 1887 hasta el 18 de julio de 1888, le corresponde la reactivación de la capacidad productiva de la hacienda - éste se desempeñó como mayordomo durante diez y ocho meses-. Desde el 31 de enero el mayordomo López registra el pagó de los salarios de los peones que se han comprometido en la recepción de animales dispersos entre los que se encuentran: José María Montoya, Pacifico Roldán, Marciano García, Andrés Puente, Santiago Tello, Juan Bautista Cuero, Patricio Cuero, Buenaventura Cuero, entre otros. Además de las labores de vaquería orientadas a recoger el ganado, también se registran compras de bejucos para arreglar los cercos, cueros para hacer rejos, arreglo de angarillas y en los pagos realizados a los peones se hace alusión al desempeño de actividades como el ordeñó, el arreglo de cercos, entre otras, que eran realizadas por estos al interior de la expresada Hacienda Salento.

Conforme a lo anterior, se observa que hacia finales del siglo XIX, la red de parentela asociada al apellido Cuero continuaba vinculada mediante labores productivas a las

espacialidades de la otrora Hacienda Mulaló mediante el sistema de peonaje y trabajo a jornal desarrollando diversas labores al interior de la hacienda Salento, pero también ofertando diversos elementos necesario para su funcionamiento los cuales extraían del medio circundante.

Las labores referidas anteriormente eran realizadas por hombres en calidad de peones o jornaleros, no obstante, en los registros de entrada y salidas del inventario de la Hacienda Salento, se menciona la vinculación de mujeres trabajando en la realización de actividades asociadas a la preparación de alimentos para las personas de la casa a quienes se les pagaba por tarea o a jornal; sin embargo, el rol productivo de la mujer no se reducía simplemente a esta situación, como lo señala Londoño (2009), fue significativo el papel desempeñado por las mujeres que adquirían ingresos de la elaboración y venta de diversos productos a base de maíz como tortillas, empanadas de cambray, envueltos, tamales, etc., que vendían en los diversos mercados de la Cumbre, Cali y Palmira recorriendo caminos y sendas que transitaban a pie y en bestias, estas prácticas tradicionales de producción se han extendido hasta la actualidad se constituyen en la base de la oferta gastronómica cuyas recetas conservan el legado de los saberes ancestrales de las matronas Mulaleñas.

CAPÍTULO 3. “AQUÍ TODOS SOMOS PARIENTES”: ENTRAMADO SOCIAL Y

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