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CHAPTER 3: GENDER, ETHNICITY AND RELIGION WITHIN FORMAL

3.4 Gender and employment Within the Nigerian Higher Education system

3.4.1 Recruitment and Selection Processes and Equality

Cartago

Los cartagineses o púnicos habían conseguido termi- nar con el predominio naval de Grecia, al vencerles en el mar Tirreno, y habían ocupando las Baleares, Sicilia y Cerdeña. Los fenicios les pidieron ayuda para combatir a las tribus iberas, y lo aprovecharon para quedarse y con- quistar Cádiz. El año 348 a.E.C, Roma y Cartago deli- mitaron sus zonas de influencia, pero esos tratados, como suele ocurrir, son papel mojado cuando dos potencias aspiran a la hegemonía. Así estalló la Primera Guerra Pú- nica, que ocasionó el hundimiento económico de Carta- go al ser derrotada, pues perdió Sicilia y Cerdeña, tuvo que desmantelar gran parte de su flota y pagar a Roma considerables sumas como reparaciones.

Amílcar Barca, para recuperar el antiguo esplendor, se lanzó a la conquista de Iberia, con el fin de adueñarse de sus riquezas. El año 237 a.E.C. desembarca en Cádiz y, tras duras batallas contra las tribus tartesias e íberas logra apoderarse de Andalucía y Murcia, pero muere en el ase- dio a Hélice (Elche). Su sucesor, Asdrúbal, aumenta las conquistas y funda Cartago Nova (Cartagena) como cen- tro comercial y político. Al incrementarse el poder eco- nómico de Cartago también aumentó su potencia militar.

Estas actividades no gustaron a Roma, cada vez más fuer- te, obligándoles a firmar un tratado (226 a.E.C.) por el que limitaban la expansión púnica hasta el río Ebro, con el fin de defender los intereses de Marsella, que controla- ba el sur de la Galia y la zona catalana.

Asdrúbal muere asesinado por un sicario el año 221 y es elegido Aníbal, hijo de Amílcar y declarado enemigo de Roma. Este genial caudillo comenzó emprendiendo una campaña contra los vacceos y carpetanos, para asegurar las zonas mineras. Victorioso, cometió la osadía de atacar Sagunto, una colonia griega, aliada de Roma, lo que pro- vocó la Segunda Guerra Púnica (año 218 a.E.C). Sagunto era unapolis (ciudad) griega, gobernada por un senado de notables y una asamblea popular. Su heroica resistencia al ataque cartaginés ha pasado a la historia legendaria.

Aníbal, con una audacia increíble, utilizando merce- narios iberos y una nueva «arma», los elefantes, cruza los Pirineos y los Alpes, con ánimo de atacar la propia Roma, y derrota a las legiones romanas en Tesino, Trebia, Trasi- meno y Cannas. Roma reacciona enviando una flota a Iberia, base de aprovisionamiento de los cartagineses, al mando de los hermanos Cneo y Publio Escipión, que vencieron en un principio pero fracasaron al ser destruida su flota y ser atacados por las tribus indígenas, perdiendo la vida. Les sustituye Publio Cornelio Escipión, llamado

el Africano, que desembarca en Ampurias, colonia griega,

y victoria tras victoria se apodera de Cartago Nova. La derrota de los cartagineses se reproduce en Italia, tenien- do Aníbal que buscar refugio en África. En la batalla de Zama, ciudad del norte de África, Escipión aniquiló a las tropas de Aníbal.

Viriato

Roma, libre de competidores, comenzó a construir un imperio que abarcó casi todo el mundo conocido. Una de las falsedades históricas, admitidas por muchos, es que la conquista de Hispania no les resultó nada fácil, les costó doscientos años, mientras que el dominio de las Galias se realizó en menos de diez; pero no es cierto, sin duda fue una conquista larga y difícil, pero duró mucho menos tiempo. El sur y el este de la península dieron pocos pro- blemas, aunque tuvieron que combatir a los reyes ilérge- tes Indívil y Mandomo. Medidas políticas y militares consiguieron apaciguar los ánimos, pero las tribus de la meseta, en especial los arévacos y los vacceos, se negaban a aceptar la forma de vida de los romanos, y no admitían ser desarmados, prefiriendo morir en la guerra o suicidar- se. Roma no podía consentir esa rebeldía y envió sus le- giones. La heroica resistencia de Numancia ha marcado un hito en la historia y ha inmortalizado a esa ciudad; pero en realidad no luchó sola, sino apoyada por las tri- bus vecinas, y no se suicidaron, sino que se rindieron los pocos supervivientes que quedaron. Roma se apoderó de Tierra de Campos y de casi toda Hispania e impuso un pacto por el que las tribus tenían que ser desarmadas.

El pretor Galba reunió a los lusitanos con la promesa de repartirles tierras, pero ordenó su muerte aprovechan- do que estaban desarmados, provocando una insurrec- ción capitaneada por el pastor Viriato, que había escapa- do de la masacre. Viriato conocía muy bien el terreno y aplicaba la táctica de guerrillas; sus victorias arrastraron a otras tribus obligando a Roma a firmar un tratado, que tampoco respetó, sorprendiendo de nuevo a los desarma- dos lusitanos. Viriato fue asesinado por unos traidores.

Algunos autores creen que Viriato no fue más que un simple jefe de bandidos. ¿Cuál es la verdad?; no se sabe porque hay muy pocos datos de esa época.

Las últimas tribus a dominar fueron los galaicos, cán- tabros y astures; su feroz resistencia costó a las legiones diez años de combates, con intervalos. Las tribus levan- tiscas luchaban de forma independiente, raramente alia- das entre sí, sólo seguían a un hombre concreto; eran los llamados devoti. Esta costumbre nativa fue aprovechada por los romanos para formar la guardia personal de sus pretores y generales. Todas esas heroicidades y sacrificios no sirvieron de nada, pues la península cayó en poder de Roma, aunque hasta el año 83 a.E.C. no lo consiguió ple- namente.

Como puede apreciarse, las tribus celtibéricas desde el principio se negaron al cambio, a la cultura y a la civiliza- ción; esa forma de ser desgraciadamente la heredaron al- gunos, en especial los conservadores, y tratan siempre de mantenerla con machacona insistencia, a eso le llaman tradición. Después de tanto tiempo, todavía no se han enterado de que las ideas y la civilización terminan por imponerse y luchar contra ellas supone un esfuerzo y un sacrificio inútil, que se debería haber utilizado para asimi- lar y adaptar los nuevos pensamientos a sus condiciones de vida. Otra característica propia de los celtíberos es su repugnancia a aliarse y su devoción por su propia tierra; ambas peculiaridades no son precisamente aptas para la visión amplia de la política y para la expansión de sus dominios. Y eso, por desgracia, nos ha marcado.

Provincias romanas

Roma dividió la península en dos grandes provincias: Hispania Citerior, con capital en Cartagena, e Hispania Ulterior, con capital en Córdoba; pero fue el emperador Augusto el que completó el dominio de Hispania (29 a.E.C.) y la dividió en tres grandes provincias: la Tarraco- nense, con ciudades como Tarragona (su capital), Carta- gena, Zaragoza, Lugo, Braga, Astorga y Clunia; la Lusi- tania, con Mérida (su capital), Scallabis (Santarem) y Beja; y la Bética, con Hispalis (su capital), Córdoba, Écija y Cádiz. La Tarraconense y la Lusitania eran provincias imperiales, mientras que la Bética dependía del Senado.

Las provincias eran regidas, durante la República, por los pretores o procónsules y en la época imperial por los legados. El pretor o legado era el responsable de la pro- vincia ante el Senado, contaba con un equipo de familia- res y amici que le asesoraban; tenía asignadas numerosas competencias, tanto las judiciales, para las que se valía de un quaestor, como las administrativas e incluso el mando de una legión, que se componía de cinco a seis mil legio- narios y tres o cuatro mil soldados auxiliares. Cuando la situación lo requería, Roma enviaba un cónsul, que man- daba sobre varias legiones. El cobro de impuestos estaba arrendado al Estado por lospublicani, lo que produjo no poca corrupción. Está claro que las privatizaciones no siempre son acertadas, en contra de lo que creen algunos.

Las provincias estaban divididas en municipios, chi- tas, base del sistema administrativo. El poder local lo ejer- cían los decunviros o decuriones, a cuyas órdenes estaban los ediles, prefectos, cuestores y escribanos, asesorados por un Consejo, llamado Curia. Existían tres clases de ciudades: federadas o aliadas (Cádiz, Tarragona, Málaga,

Ibiza), que conservaban su independencia; libres, o autó- nomas, exentas del pago de impuestos; y estipendiarías, que tributaban y sostenían guarniciones militares, como León. Se crearon civitas, con rango de colonias, para asentar antiguos legionarios y sus familias, muchos de ellos casados con mujeres nativas.

En la cabeza del orden social romano estaban los se- nadores (ordo senatorialis); el Senado tenía doscientos escaños y para ser senador había que ser patricio y po- seer una fortuna mínima de un millón de sestercios (el sestercio era una moneda de plata; por su importancia se podría equiparar al euro de hoy); el Senado era la máxi- ma autoridad del Imperio, todo se hacía en su nombre y se reservaba la ratificación de los tratados efectuados por los pretores o legados. Seguían los equites (ordo equester), que servían en el ejército a caballo, tenían grandes posibilidades de enriquecerse debido a las con- quistas y muchos de ellos controlaban el arrendamiento de los impuestos o se dedicaban a la explotación agrí- cola o ganadera o al comercio; su fortuna mínima no llegaba al medio millón de sestercios. Los decurionalis (ordo decurionalis) eran pequeños burgueses que ocupa- ban los gobiernos municipales y sus bienes mínimos debían ser de unos cien mil sestercios. Los ciudadanos romanos más importantes, llamados ordines, eran los senadores, los ecuestres y los decuriones. Los plebeyos, constituían la mayoría de la población, eran artesanos, agricultores, mineros, ganaderos, soldados, etc. Los tra- bajadores se agrupaban en gremios para defender sus condiciones laborales. En el último lugar de la escala social estaban los esclavos, generalmente prisioneros de

guerra, que en determinadas circunstancias conseguían ser libertos.

Se calcula que pertenecían al Imperio unos cincuenta millones de seres; en Hispania se estima que vivían unos siete millones, la esperanza de vida era de cuarenta años para los ciudadanos y de treinta años para los esclavos, lo que indica la precaria situación sanitaria de la época. Los hispanos podían ser civium romanorum (ciudadanos ro- manos), ciudadanos latinos, peregrinos, libertos o escla- vos; más tarde podían ser colonos. El estatuto de ciuda- dano romano gozaba de numerosos privilegios, entre otros del reparto de tierras. El estatuto personal era here- ditario; sin embargo, era posible pasar de una categoría a otra superior, por méritos, o inferior, por ruma o conde- na. Las personas libres, que no fueran ciudadanos, no te- nían derechos políticos, pero sí civiles. Los libertos se- guían dependiendo de su antiguo amo. Los esclavos no tenían ningún tipo de derechos, ni siquiera podían tener propiedades ni formar una familia.

Existían varias gradaciones de grupos sociales: tribus, gentes, centurias y familias. Elpater familiae era el sacer- dote del culto doméstico a los antepasados y el que diri- gía la educación de los hijos, ayudado con frecuencia por pedagogos o incluso por esclavos, hasta que más tarde aparecieron las escuelas públicas. Existían tres niveles de enseñanza: aprender a leer y escribir, que normalmente se efectuaba en las casas; centros educativos de las ciudades, donde se aprendía gramática, aritmética, geometría y as- tronomía, y centros de retórica, adonde iban las clases di- rigentes.

Progresos

Hispania, gracias a Roma, conoció la paz y la prospe- ridad; aunque no por eso dejaron de producirse saqueos sistemáticos, para tratar de sanear las finanzas, lo que provocó quejas al Senado y se produjeron revueltas. Es preciso tener en cuenta que los territorios conquistados pasaban a ser propiedad del Estado romano, aunque lue- go se concediera una gran parte a las familias o para uti- lización comunitaria, salvo las minas y salinas, que perte- necían en exclusiva al Estado. El idioma latino se impuso en toda la península, salvo en ciertos valles del País Vas- co, que conservaron diferentes dialectos del euskera, en los que apenas penetró la romanización y eso les ha su- puesto una remora difícil de superar.

Los romanos trazaron numerosas vías de comunica- ción, principalmente la Vía Augusta, que iba por toda la costa mediterránea desde Cádiz a Francia y a Roma, con ramales hacia el interior de la península, y la Vía de la Plata, que iba desde Cádiz a Ménda, Astorga y a las minas del norte, con ramales a Badajoz, Lisboa, Toledo, Simancas, Palencia y enlazaban con los de la Vía Augusta.

Aparte de las comunicaciones, en casi todas las ciuda- des se construyeron templos, foros, teatros, anfiteatros, acueductos, termas, circos, alcantarillados, puentes, calza- das. La cultura latina —su lengua, el derecho, la política, la arquitectura, el arte, el urbanismo, las infraestructuras, la minería, la agricultura— se fue infiltrando en la vida y costumbres celtibéricas y creó un fondo que, a pesar de tantos avatares, aún se mantiene. Roma, entre otras mu- chas virtudes, impuso una política unificadora de las dos Hispanias existentes en la época: la centro-norteña y la mediterránea. A pesar de las numerosas diferencias, nació

la conciencia de que todas las regiones hispanas pertene- cían a un territorio común.

Las explotaciones mineras de oro, plata, mercurio, plomo, estaño, hierro, etc., tanto de Andalucía como de Galicia y Asturias, llenaron las arcas del Estado romano, pero fueron unas extracciones tan masivas que, en mu- chos casos, agotaron los yacimientos, deterioraron la zona y contaminaron las aguas. Su apogeo se extendió durante los siglos I y II.

En el campo fue mejor, porque gracias a los adelantos técnicos de los romanos —el arado, los silos, los acueduc- tos, los regadíos— transformaron la Bética y el valle del Ebro en el granero del Imperio, mientras Levante y los valles del Guadalquivir, Guadiana y Tajo se llenaban de árboles frutales, en especial olivares. Castilla y León y el norte, menos propicias a la agricultura, se dedicaron a la ganadería con excelentes resultados. También se desarro- lló la pesca, instalándose importantes factorías de salazón y conservas en Cádiz, Málaga, Almuñécar y Cartagena, envasándose las conservas en recipientes cerámicos fabri- cados en Córdoba e Itálica (ciudad próxima a Sevilla).

Como es lógico, el comercio por el Mediterráneo se incrementó enormemente a través de los puertos de His- pania, como Cádiz, Cartagena, Tarragona y Ampurias, exportando e importando toda clase de productos. No por eso dejó de ser una colonia romana, pues exportaban materias primas y productos semielaborados e importa- ban artículos terminados y de lujo. Los profesionales se agrupaban, bajo la advocación de una divinidad, en orga- nizaciones llamadas collegium, con el fin de defender sus intereses, costear actos sociales, mantener el culto a una

divinidad, conceder ayudas económicas, defenderse de enemigos o simplemente para hacer deporte. Se reunían en locales, llamados curia, y su administración corría a cargo de los cuestores, elegidos entre sus miembros.

Existían grandes fortunas basadas principalmente en enormes extensiones de terrenos, al extremo de que algu- nos latifundistas provocaban al Estado, no pagando los impuestos y gozando hasta de ejército particular, que en algunos casos les sirvió para defenderse de las razias bárba- ras. La situación económica dio lugar al nacimiento de un influyente clan hispano que culminó llevando al trono imperial a Trajano (año 98) y a Adriano (años 117-138), bajo cuyo mandato Hispama consiguió su apogeo. Tam- bién aportó grandes pensadores, científicos y escritores, como Columela, Juvenco, Lucano, Marcial, Materno, Pomponio Mela, Prudencio, Quintiliano y los dos Séneca.

Los hispanos se sintieron integrados totalmente con la cultura y civilización romana y sus figuras no tenían pro- blemas de sentirse tan hispanos como romanos. A tal ex- tremo que nuestros compatriotas participaron activa- mente en las luchas internas de Roma. Intervinieron en las disputas entre Mario y Sila (años 83-73 a.E.C), en los choques entre Pompeyo y Julio César y gozaron de la paz de Octavio Augusto (25 a.E.C).

Durante el politeísmo, adoración de varios dioses, no existieron las guerras de religión, porque los romanos, como buenos politeístas, no imponían sus convicciones religiosas. Los celtíberos tenían más de doscientos dioses, la mayoría locales, adoraban al Sol, a la Luna, al Toro e incluso tenían un dios de la guerra. Pues bien, los roma- nos adornaron esas creencias añadiéndoles unas leyendas y unos nombres; el Sol ahora pasó a llamarse Apolo, el hermoso dios que iba en un carro de fuego y era hijo de

Júpiter; la Luna era la bella hermana de Diana; Júpiter se disfrazaba de Toro para conquistar a incautas doncellas como Europa, y al dios de la guerra le llamaron Marte. Todo ello acompañado de unos relatos llenos de ingenio y de belleza, como es la extraordinaria mitología grecorro- mana, e incrementados por los cultos orientales de Mitra e Isis. La administración religiosa romana estaba com- puesta por el colegio de pontífices, los augures y los fla- mines.

En el siglo III, el desplazamiento del comercio hacia el este afectó gravemente a las exportaciones hispanas. Por otra parte las tribus bárbaras arrasaron la Galia y se aden- traron en Hispania saqueando las ciudades de Cataluña y Levante; fueron incursiones esporádicas, pero que refle- jaron la impotencia de Roma. Por si fuera poco se declaró una peste el año 252.

Las batallas para defenderse de las invasiones bár- baras y norteafricanas, así como las ruinosas guerras ci- viles, unidas al envejecimiento del orden romano y a la labor desgastadora de los cristianos, terminaron por agotar el grandioso espíritu de civilización romano. A la muerte de Cómodo se declaró una guerra civil que pro- vocó la ruina del comercio, la descapitalización de las empresas y el inicio de una crisis del mundo conocido. Como suele ocurrir, apareció la cara e ineficaz burocra- cia que alargaba innecesariamente la toma de decisiones, lo que unido a la situación económica y a la peste fueron creando el descontento tanto entre el pueblo como en- tre los poderosos. Hispania se fue, poco a poco, apar- tando de Roma.

Declive

Diocleciano (284-305) efectuó una profunda reforma con el fin de demorar la inminente caída del Imperio, pero a costa de numerosos gastos en hombres y en dine- ro. Dividió el Imperio en trece diócesis (se establecían las diócesis como organismo entre el poder central y las pro- vincias); así la península se transformó en Diócesis Hispa-

norum, dividida en seis provincias: Bética, Lusitana, Car-

taginesa, Gálica, Tarraconense y Mauritania Tingitania (que comprendía el norte de África); luego se añadió una séptima: Baleárica. Las provincias eran dirigidas por un gobernador y un comes para cuestiones militares, con el fin de conseguir mayor eficacia en la lucha contra las in- cursiones bárbaras y se amurallaron sus ciudades para defenderse de los ataques enemigos. Los propietarios más ricos comenzaron también a efectuar obras de defensa de sus propiedades. Constantino (306-337) añadió un orga- nismo más, las praefecturae, entre el poder central y las diócesis, creando tres: Oriente, Italia y las Galias, que comprendía Hispania. Es curioso constatar que cuando un imperio entra en decadencia las medidas que se toman tienden a alargar la línea jerárquica, aumentando la buro- cracia y dificultando la toma de decisiones, con lo cual se precipita el ocaso.

Estas medidas supusieron una subida de los impues- tos, causando la ruina de muchos, y además la burocracia ahogaba las iniciativas privadas; todo ello provocó la hui- da masiva de gente al campo, donde se sentían más y me- jor protegidos y ofrecía mayor segundad económica la explotación agrícola o ganadera. Los terratenientes vie- ron con preocupación que los esclavos iban desaparecien- do y que el trabajo forzado no daba buenos rendimien-