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CHAPTER 5 METHODOLOGY

5.5 Data collection Method and Results

5.5.2 Sampling strategy

Limpieza de sangre

Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517) fue carde- nal-arzobispo de Toledo, inquisidor general, confesor de la reina Isabel y fundador de la Universidad de Alcalá de Henares, y murió en 1517 sin haberse entrevistado con el rey Carlos I. Haciendo caso omiso de los tratados firma- dos con los moros granadinos y apoyado por la ambición de los nobles obligó a los musulmanes (1502) a bautizarse, provocando una rebelión, que fue sangrientamente repri- mida, impulsándole a extender la orden por toda Castilla. De esta manera desaparecieron los mudejares castellanos siendo sustituidos por los moriscos, nombre con el que se conocía a los moros teóricamente convertidos al cristianis- mo. En el reino de Aragón se salvaron de momento hasta que Carlos I impuso su bautismo. De todas formas y como escribió Cervantes: «los moriscos pocas o ninguna vez se mezclaron por amores con cristianos viejos».

Una vez más, la intolerancia frustró la continuidad de una convivencia entre las tres religiones monoteístas que tantos beneficios culturales había proporcionado. Con frecuencia los antecedentes étnicos y religiosos se entre- mezclaban con la situación económica y social, lo que ha- cía muy difícil clasificar a la sociedad en estratos diferen-

tes. Los hidalgos no podían labrar la tierra como los mo- riscos, pero tampoco podían dedicarse a la ciencia o al comercio como hacían los judíos. El resultado fue una España mísera, atrasada, intransigente, pero eso sí, por encima de todo, con «limpieza de sangre», con «honra» y con «valor»... y con hambre. Lo que llevó a un desmedido y ridículo orgullo, como quedó constancia en la literatu- ra de la época. Resulta cuando menos extravagante la ma- nía de la «limpieza de sangre» en un pueblo que ha sufrido invasiones de todo tipo y color, como hemos visto. Decía muy acertadamente Francisco de Quevedo: «Tres cosas son las que hacen ridículos a los hombres: la primera, la nobleza; la segunda, la honra; la tercera, la valentía.»

Carlos I '

Carlos había nacido y había sido educado en Gante; al morir su abuelo Fernando se autoproclamó rey de Casti- lla y Aragón. No tenía derecho a ello, en todo caso podría ser gobernador en nombre de su madre Juana, por lo que fue un auténtico golpe de Estado que causó un hondo malestar; además suponía la coexistencia de dos gobiernos, uno en Castilla regido por Cisneros y otro en Flandes con Carlos I. Ante tan irregular situación se reunieron las Cor- tes en Burgos y decidieron hacerse cargo del gobierno, pero no hubo lugar porque Carlos avisó de su llegada a España. De entrada (1517) provocó la desconfianza de todos, pues vino rodeado de numerosos flamencos y no sabía ni el idioma, ni las leyes, ni las costumbres de los españoles. Su actitud autoritaria, la distribución de car- gos, prebendas y riquezas entre su séquito flamenco y la solicitud de subsidios para tratar de conseguir la corona

del Imperio alemán, provocaron las quejas de las Cortes, que le exigieron prescindir de su corte flamenca, que no viajara fuera de la península y que respetara los fueros y costumbres.

Estando en Barcelona le llegó la nueva de haber sido elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germáni- co, por la muerte de su abuelo Maximiliano. Como nece- sitaba dinero trató de subir el impuesto de las alcabalas (parecido al IVA), pero las Cortes, reunidas en Santiago, se opusieron; dos semanas más tarde y mediante sobor- nos consiguió la aprobación de la Cortes reunidas en La Coruña. Entonces embarcó para Flandes y dejó como virrey al cardenal Adriano de Utrecht, su preceptor fla- menco y futuro papa Adriano VI.

Castilla era más democrática debido a la necesidad de repoblar los territorios que se iban conquistando, de for- ma que se fue incrementando tanto el número de hom- bres jurídica y económicamente libres como el de la pe- queña nobleza. En los municipios castellanos se llegó a anular el poder de los nobles. Las Cortes castellanas exi- gieron al rey un pacto por el que se comprometían a obe- decerle y a aportar los fondos necesarios para gobernar, pero a cambio el rey debería someterse a las leyes y pro- teger los intereses del reino. Si ese pacto no se cumplía el rey perdía legitimidad y se transformaba en tirano. Perte- necer a las Cortes era un privilegio de ciertas ciudades, sólo dieciocho gozaban de voz y voto.

Ante la actitud de Carlos los disturbios se fueron ha- ciendo cada vez más importantes y extensos. Adriano de Utrecht, incapaz de sofocar la rebelión, incendió Medi- na del Campo dando lugar a que se alzaran en armas los Comuneros, principalmente en ambas Castillas, exigiendo el acatamiento del rey a las Cortes; sólo Burgos dejó de

sumarse al movimiento debido a las concesiones de que gozaban los comerciantes de lana. Varios clérigos apoya- ron a los comuneros al sentirse marginados de los cargos por los flamencos y por temor a que éstos hicieran de- saparecer la Inquisición. Uno de los más relevantes fue Antonio Acuña, obispo de Zamora, propuesto para la sede de Toledo, pero rechazado por el Papa.

Los comuneros

Los comuneros fueron verdaderos revolucionarios para su época, aunque prematuros. No cabe duda de que tenían ansias democráticas, deseaban que la asamblea de representantes, elegidos popularmente, discutieran todos los asuntos, aprobándolos o rechazándolos, y exigían la participación directa en los asuntos de gobierno. La últi- ma palabra debería pertenecer a la Comunidad, represen- tada por la Junta General, o Santa Junta, elegida democrá- ticamente. Es decir, deseaban que el reino mandase sobre el rey y no el rey sobre el reino. Los comuneros querían librarse del despotismo real, del gobierno de favoritos e incompetentes, del predominio de los nobles, y asimismo implantar un gobierno para todos, en el que también es- tuvieran las clases medias y los trabajadores, y una justi- cia y unos impuestos sin privilegios de ninguna clase.

Los documentos comuneros están plagados de sensa- tez y sentido común, con planes de buen gobierno y de reformas de la administración. Algunos de sus escritos son verdaderos manifiestos revolucionarios, proponen cambios en el orden sucesorio, la reforma de los señoríos, la desamortización de los bienes de la Iglesia, la libertad del individuo, la designación de funcionarios, la inspec-

ción y control de servicios y de gastos, etc. En algunos documentos se pedía que los representantes no obtuvie- ran mercedes de ningún tipo y que pudieran reunirse sin ser convocados por el rey. En Tordesillas, reunida la Santa Junta, se llegó a discutir un proyecto de Constitución, a la que llamaron Ordenanzas.

Al frente de la tropas comuneras, Juan de Padilla en- tró en Tordesillas y solicitó a Juana la Loca que se procla- mara reina de los sublevados, pero no lo consiguió. Los comuneros sobrevaloraron sus fuerzas y no supieron aprovecharse de la debilidad del gobierno; además la no- bleza, temiendo las ideas igualitarias de los rebeldes, se pasó con armas y bagajes a las tropas reales. El cardenal Adriano aplastó la rebelión comunera en Villalar, el 23 de abril de 1521, y ejecutó a sus cabecillas: Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado. Cuatro días más tar- de, las tropas imperiales hicieron su entrada en Valladolid con gran pompa, pero el pueblo no salió a la calle a reci- birles, ni siquiera abrieron las ventanas. La viuda de Padi- lla, María Pacheco, resistió en Toledo un año más. El rey Carlos I, al regresar a España, concedió la amnistía gene- ral, menos a trescientas personas, a las que habría que añadir los que ya habían sido ejecutados.

En acertado comentario de Ernesto Escapa, refirién- dose a la celebración anual del hecho: «A Villalar convoca el triunfo de la primavera para apostar por la fecundidad de unos ideales vigentes más allá de la derrota... no hay imágenes que adorar, ni agua bendita que llevarse a la frente, ni cuevas mágicas en las que orar, ni lujosos balda- quinos ante los que postrarse, sino el surco abierto por la historia para recibir nueva semilla de libertad.»

La derrota de los comuneros supuso el fin de Castilla, su ruina económica y social, y sus habitantes pasaron a

ser de nuevo vasallos. Las Cortes se convirtieron en una asamblea sin poderes, que no representaban en realidad a nadie, pues eran elegidos por el rey, y se limitaban a vo- tar los impuestos directos, solicitados por la Corona, y a presentar sus peticiones. Pero los reyes siempre se impo- nían pues, además, se valían de los impuestos indirectos y sólo convocaba a las Cortes en casos muy especiales. Re- sumiendo: el rey quedaba como el único depositario de la soberanía y del poder del Estado; a partir de entonces la política de los reyes y las necesidades y deseos de los ciu- dadanos siguieron caminos diferentes, cuando no diver- gentes.

Parálisis

Castilla fue la principal víctima de las disparatadas ideas imperiales de los Habsburgo, pues ya no era posible ponerles freno; la nación, en especial Castilla, se tenía que limitar a derramar su sangre y a financiar unas aventuras imperiales que no sólo no la beneficiaban, sino que la per- judicaban gravemente. Sin duda se produjo una parálisis en el camino hacia la democracia y se afianzó la unión entre el trono y la Iglesia; la libertad política había desaparecido. Asimismo quedó patente que la mal llamada nobleza no está nunca dispuesta a sacrificar sus privilegios por el bien común; así ha seguido y sigue. Prácticamente se implantó la monarquía absolutista, que duró muchos siglos, en- terrando al mismo tiempo el feudalismo medieval y las nacientes ideas democráticas.

En Levante los nobles, huyendo de la peste de 1519, se habían retirado en sus haciendas dejando sin medios a los plebeyos para combatir la epidemia y sin armas para defen-

derse de los piratas. Ante estos hechos los comerciantes y artesanos de Valencia se alzaron contra el abuso de los se- ñores, los impuestos y las limitaciones y tomaron la ciu- dad, fue el movimiento conocido como las Germanías. Esta insurrección se extendió rápidamente por Castellón, Elche, Mallorca, Játiva, etc. Los rebeldes asaltaron palacios y de- sataron su furia contra los mudejares, por su actitud servil y resignada. Las tropas enviadas por la Corona fueron re- chazadas, pero aquí también la nobleza, unida al clero, se unió a las tropas reales y sofocaron sangrientamente la re- vuelta. Estos sucesos motivaron que, en 1525, se declarara ilegal la religión musulmana.

Todos estos sucesos demostraron que el Estado era muy débil, que fue la nobleza la que salvó a la Corona, que la burguesía no contaba para nada y que los comune- ros y las germanías actuaron cada uno por su cuenta; si se hubieran unido posiblemente las cosas habrían termina- do de manera bien diferente.

Guerras y más guerras

Castilla se lanzó al Atlántico con la conquista de Amé- rica. Mientras Aragón seguía con su política mediterránea arrastrando al país hacia Europa y sus correspondientes guerras. Las tropas españolas, aguerridas en la reconquis- ta y comandadas por el Gran Capitán, Gonzalo Fernán- dez de Córdoba, eran temidas en toda Europa. Las luchas contra Francia, por el dominio del Mediterráneo y de Ita- lia, fueron constantes, con victorias y derrotas. En Pavía son derrotados los franceses y su rey, Francisco I, hecho prisionero, pero una vez liberado continuó sus batallas, hasta que el papa, Clemente VII, coronó emperador a

Carlos I y se firmó la paz de Cambray (1529) por la que Francisco I renunciaba a Ñapóles, Milán y Genova y Carlos I a Borgoña.

Carlos se convirtió en el emperador Carlos I de Espa- ña y V de Alemania, reinando en España, Alemania, Aus- tria, los Países Bajos, Rosellón, Cerdaña, Sicilia, Ñapóles, Milán, Genova y gran parte de América. Indudablemente Carlos no tenía el mismo poder en todos sus territorios, en unos predominaba su autoridad, mientras que en otros estaba limitada y en algunos tenía que compartirla. Du- rante su mandato, que duró cuarenta años, sólo estuvo en España dieciséis años, y se metió en constantes guerras, que sólo sirvieron para arruinar el país, especialmente a Castilla. También tuvo que defender a Europa de los tur- cos, que habían conquistado Budapest y estaban a las puertas de Viena, cuyo cerco fue levantado en 1532. A pesar de ello Solimán el Magnífico, con la flota más pode- rosa del Mediterráneo, amenazaba peligrosamente a Eu- ropa.

El dominio de Italia produjo dos hechos importantes. Por un lado impuso el desarrollo de una política que en- globara todo el Mediterráneo mediante las bodas de los infantes con las principales casas europeas. Por otro lado introdujo en España las innovadoras ideas renacentistas, ayudadas por el descubrimiento de la imprenta. El desa- rrollo de las humanidades y de las enseñanzas grecolati- nas se extendió por nuestras universidades; en Alcalá de Henares el cardenal Cisneros había impulsado la edición de la Biblia Políglota Complutense; Antonio de Lebrija editó la primera gramática de la lengua castellana; Juan Valdés escribió Diálogos; Jorge Manrique publicaba las

Coplas a la muerte de su padre; Fernando de Rojas escri-

bió La Celestina y Garcilaso de la Vega sus excelsos poe- — 148 —

mas. El idioma castellano se hizo internacional expan- diéndose por todo el orbe. El emperador encargó la cons- trucción del palacio de La Alhambra, el Alcázar de Toledo y la Universidad de Alcalá de Henares, todas ellas mues- tras del estilo renacentista que imperaba.

Por esa época se pusieron de moda los libros de caba- llerías, lo que supuso todo un síntoma de regresión, ya que exaltaban valores vetustos ya superados y, por otra parte, indicaba que la sociedad huía de la realidad del momento para refugiarse en un pasado idealizado. Por si fuera poco y en contra de las corrientes europeas, aparecieron una se- rie de autores que trataban de lo divino, una muestra pal- pable de la deformación producida por la enseñanza reli- giosa. La sociedad española se encerró en sí misma y vivía totalmente de espaldas al mundo.

Aquella España

España llegó a ser el primer imperio universal de la his- toria con Carlos I, quien, para lograr la fidelidad de la aris- tocracia, otorgó el pomposo título de Grande de España a un par de docenas de nobles, concediéndoles una sene de privilegios sociales, protocolarios y jurídicos a la par que les reservaba los puestos más importantes, como virreyes, embajadores, generales, almirantes y obispos.

El 80 por ciento de la población se concentraba en Castilla, la población total de España era de unos ocho millones de habitantes, con una densidad media de 17 ha- bitantes por kilómetro cuadrado, inferior a la media eu- ropea. La mayoría vivía del campo, con una producción limitada, por escaso desarrollo técnico (mal ancestral del país), de cereales, aceite y vino. El regadío se limitaba a

pequeñas vegas y a las huertas valencianas y murcianas. La ganadería, de ovino, vacuno y porcino, era estable o trashumante; ésta era casi exclusivamente ovina y adqui- rió gran poder e importancia, que se concretó en el Hon- rado Concejo de la Mesta, compuesto por «hermanos» y que contaba con cuatro cabanas principales: León, Sego- via, Soria y Cuenca; disponían de cañadas, para el paso del ganado, y gozaban de varios privilegios; para el Esta- do suponía una importante fuente de ingresos, tanto por la lana como por el derecho de montazgo.

La artesanía era una industria importante, los artesanos se agrupaban en gremios que controlaban la producción, imponían una calidad, evitaban la competencia y comercia- lizaban los artículos, pero dificultaban las innovaciones técnicas. La industria textil, sobre todo la de Segovia, goza- ba de merecida fama, pero tenía que competir, siempre con desventaja, por las importaciones de los paños de Flandes, pues había que tener contentos a los flamencos. Las minas eran privilegio de la Corona. Las ferrerías se desarrollaron en Vascongadas, Navarra y Cataluña.

Debido a la accidentada orografía y a las condiciones políticas, existía una cierta tendencia a la autarquía, la red de caminos era muy deficiente y existían aduanas entre los diferentes reinos. Las ferias de Medina del Campo, Medina de Rioseco y Villalón regulaban el comercio in- terior, basado en la exportación de lana, géneros de Amé- rica y la importación de productos elaborados. Las reme- sas de oro y plata del nuevo continente facilitaban la compra de bienes extranjeros, en detrimento de la indus- tria nacional y de la balanza de pagos. Esta situación era aprovechada por los banqueros alemanes y genoveses para enriquecerse. Por si fuera poco, los potentados, la Iglesia entre ellos, sólo invertían en tierras y rentas, aban-

donando las actividades productoras y creadoras de ri- queza. Una vez más España perdía la posibilidad de desa- rrollarse y enriquecerse.

En 1503 se concentró en Sevilla el comercio con Amé- rica al instalarse en ella la Casa de Contratación. Ni a los Reyes Católicos ni a ninguno de los Habsburgo se les ocurrió la idea de crear un banco que recibiera los ingre- sos, de las remesas de oro y plata de América y de los impuestos, y efectuara los movimientos de fondos nece- sarios. Tuvieron que recurrir a los banqueros foráneos, que se enriquecieron cobrando altas comisiones, que, en los casos de apuro, por desgracia demasiado frecuentes, les llegaron a producir beneficios del cincuenta por cien- to. España, cabeza del mayor imperio conocido, donde en sus posesiones «no se ponía el sol», era en realidad una colonia económica de los países europeos. Es indudable que si los judíos no hubieran sido expulsados esto no habría sucedido.

La Reforma

El papa Adriano VI concedió a Carlos I el derecho perpetuo de patronato, facultándole para la elección de obispos; sin embargo, esto ha sido siempre motivo de no pocos roces entre los reyes españoles y el Vaticano. En un momento determinado Carlos I no dudó en ordenar el saqueo de Roma por la tropas imperiales, causando es- cándalo en toda la cristiandad, especialmente por la vio- lencia y crueldad con que persiguieron a los clérigos y monjas (el anticlericalismo del español se hace patente en cuanto puede). La jerarquía eclesiástica apoyaba al empe- rador a cambio de altas rentas y numerosos privilegios,

entre otros estar en el centro de las decisiones políticas. Con el fin de tratar de ocultar la megalomanía de Carlos y sus propios intereses, extendieron la idea de que España era el pueblo elegido por Dios para combatir a los here- jes, ¡qué hipócritas!

La corrupción eclesiástica y el anticlericalismo y fal- so cristianismo de los españoles fueron temas tratados, no sin problemas, por varios escritores, como Alfonso de Valdés en Diálogos, Cristóbal de Villalón en El Cro-

talón, Miguel Servet en Christianismi restitutio, Francis-

co Delicado en La lozana andaluza, fray Cristóbal de Castillejo en Diálogo de mujeres, Carvajal y Hurtado de Mendoza en Las cortes de la muerte, Mateo Alemán en

Guzmán de Alfarache, el anónimo Lazarillo de Tormes

y el incomparable Francisco de Quevedo en La vida del

Buscón.

El sacerdote inglés John Wiclef (siglo XIV) ya había predicado la necesidad de una vuelta a la pobreza y pure-