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Redirection Mechanisms

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7. REQUEST ROUTING

7.2. Redirection Mechanisms

La tarea de los líderes cristianos fue diferente al dirigirse a personas fuera de la iglesia. Y es que ahí su propósito fue mostrar que el cristi- anismo no era esa fe irracional que sus críticos decían. Con ese fin, algunos de los primeros teó- logos cristianos—generalmente conocidos como los «apologistas del segundo siglo»—buscaron puntos de contacto entre las enseñanzas de la ig- lesia y las opiniones y tradiciones más respeta- das de la cultura circundante. Eso fue importante porque sirvió para quitar obstáculos del camino de los gentiles hacia la fe, y porque combatieron muchos de los rumores que circulaban sobre las supuestas prácticas perversas de los cristianos (rumores que frecuentemente provocaron su per- secución).

Esa tarea se simplificó porque ya desde tiempo atrás un buen número de pensadores y filósofos no consideraban al mundo como un simple campo de batalla entre una multitud de dioses, y

trataron de explicarlo de una manera más racion- al y coherente. Aunque los pensadores cristianos rechazaron algunas de esas opiniones, sí acept- aron y modificaron otras. Para muchos cristianos, las opiniones que resultaron más atractivas fuer- on las de Platón y sus seguidores. Esta atracción por el platonismo se debió a sus inclinaciones monoteístas. Platón, y su maestro Sócrates, fuer- on parte de una larga sucesión de pensadores griegos que habían criticado la multitud de dioses en la religión tradicional y, en particular, sus caprichos e inmoralidades. Como lo veremos más adelante, el uso de esas opiniones en la teología cristiana dejó su marca en la forma que los cristi- anos han pensado sobre Dios desde ese entonces. Por ahora, baste decir que, al menos, la tradición socrático-platónica proveyó la posibilidad de que el mundo fuera el resultado de un solo principio o fuerza creadora.

Esto ofreció a los cristianos la oportunidad para presentar la doctrina cristiana de la creación por un solo Dios, de tal manera que la clase in- telectual del mundo helenista pudiera entenderla

y hasta respetarla. Así pues, ya desde el segundo siglo, algunos pensadores cristianos intentaron construir puentes entre el pensamiento platónico sobre los orígenes del mundo y la doctrina cristi- ana de la creación.

Por otro lado, la principal dificultad que la tradición platónica presentó fue que no distinguía lo suficiente entre el primer principio creador y sus criaturas. Esto fue particularmente cierto en el

neoplatonismo, es decir, en la forma que tomó el

platonismo en el segundo siglo d.C., cuando por primera vez los cristianos comenzaron a escribir acerca de esos asuntos. Según la perspectiva neo- platónica, toda la realidad era una serie de em- anaciones del Uno (algo así como los círculos concéntricos que se forman cuando una piedra cae en un estanque). Al centro de ese sistema es- taba el Uno, inefable y perfecto. Aunque toda la realidad era buena (porque toda venía del Uno), conforme las esferas de emanación se apartaban más y más del Uno, entonces eran menos buenas (no eran verdaderamente malas, sino solamente menos buenas. Más tarde esto ayudó a

Agustín—y otros pensadores cristianos—a en- frentarse a la cuestión del mal). Según esa opin- ión, solamente había una realidad: el Uno; y puesto que las diversas esferas que emanaban del Uno todavía eran parte de él, entonces eran parte de una sola realidad, de un solo ser.

Aunque esto pudiera sonar interesante, a la postre llevaba al panteísmo (es decir, todo cuanto existe es parte de Dios, y Dios no es sino la total- idad de todo cuanto existe). Esta manera de en- tender el origen y la naturaleza del mundo im- plicaba que el alma era divina, que el cuerpo era divino, que las montañas eran divinas, que las es- trellas eran divinas; en pocas palabras, que todo era divino.

Sin embargo, tanto el judaísmo como el cristi- anismo habían rechazado esas doctrinas panteís- tas desde hacía mucho tiempo atrás. En el Génes- is se afirmaba que Dios había hecho el sol, la luna y las estrellas; y con ello se contradecía la idea común de los vecinos de Israel de que el sol, la luna y los cuerpos celestes eran divinos.

Los pueblos en torno a Israel construyeron altares y adoraron en las montañas porque estaban más cerca del cielo que, según ellos, era divino. En contraste con eso, los profetas y otros líderes del pueblo hebreo afirmaron que solo Dios era divino y que solo Dios era digno de culto: todo lo demás era una criatura de Dios y dependía de Dios. Por eso el salmista se pregunta si debe mirar a las montañas por ayuda, e inmediatamente se re- sponde: «Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra» (Sal 121:2). En otras pa- labras, la ayuda y salvación de Israel venían del mismo y único Dios, quien también era el creador de todas las cosas. Sin esa doctrina de la creación, que establecía una distinción entre Dios y las cri- aturas, entonces la idolatría resultaría aceptable, ya que, después de todo, cualquier piedra o ped- azo de madera que se adorara era parte del Eter- no.

En resumen, el deseo de presentar sus en- señanzas de tal manera que fueran fácilmente in- teligibles—y hasta aceptables para sus vecinos paganos y posibles prosélitos—hizo que muchos

apologistas cristianos vieran la teoría neoplatón- ica (el mundo como una serie de emanaciones) con cierta simpatía. Al mismo tiempo, sin em- bargo, ese ajuste teológico corrió el riesgo de in- troducir opiniones que en realidad eran incom- patibles con el cristianismo. Entre esos dos im- pulsos, y en parte como resultado de la tensión entre ellos, tomó forma la doctrina cristiana de la creación.

Otra manera de entender el desarrollo de esa doctrina es comparar lo que afirmaban los cristi- anos frente a las tres principales alternativas que estaban rechazando. La primera de esas altern- ativas era el politeísmo (que ya hemos discutido). En última instancia, el politeísmo hacía del mundo un lugar hostil, o al menos caprichoso, donde los seres humanos eran juguetes de los ant- ojos de los dioses. Esto no era aceptable para los cristianos, cuyo monoteísmo—surgido de las raíces judías de su fe—era fundamental.

La segunda alternativa fue el dualismo, según el cual existían dos principios eternos: uno malo

y otro bueno. Esto resultaba en una tensión entre los elementos de la realidad que estaban bajo el control del bien (por lo general identificados con la realidad espiritual), y los elementos que eran expresión del mal (por lo general identificados con la realidad material). Esta alternativa tam- bién contradecía el monoteísmo cristiano. Todav- ía más, también resultaba en una discontinuidad radical entre la creación y la redención (como en el caso de Marción).

La tercera alternativa fue un monismo radical. Es decir, pensar que toda la realidad era una y lo que, desde nuestro punto de vista, parecían ser diferentes realidades no eran sino manifesta- ciones o partes de un solo ente. A primera vista, esto parecía ser perfectamente compatible con el monoteísmo cristiano. Pero, dado que convertía todas las cosas en divinas, al final esa alternativa también llevaba a la idolatría, descartaba la soberanía de Dios sobre la creación y como al- guien que estaba fuera y por encima de ella, y sencillamente hacía de Dios una parte más de la creación.

La posición más común fue aceptar el apoyo del neoplatonismo para las doctrinas monoteístas del cristianismo, pero, al mismo tiempo, tratando de evitar los resultados extremos del monismo: el panteísmo y la idolatría. Esto hizo que los cristi- anos enfatizaran la doctrina de la creación como una acción de la voluntad de Dios. Dios no creó por necesidad, o sencillamente porque su nat- uraleza fuera crear (de la misma forma que lad- rar es la naturaleza del perro, o producir eman- aciones es del Uno neoplatónico). Dios creó por una decisión libre y soberana. En términos que serían importantes para la discusión en el siglo cuarto, esto implicaba que la creación no era el resultado de la naturaleza, ni de la sustancia de Dios, sino de su voluntad de amor. Así pues, aunque reflejaba a Dios, la naturaleza no era divina precisamente porque no era una extensión de la esencia divina. El mundo era una realidad diferente a Dios.

El monoteísmo radical también llevó a los cristianos a afirmar la creación «de la nada», o como tradicionalmente se dice en latín: ex nihilo.

La idea más común del mundo helenista decía que una materia original, eterna y primigenia siempre había existido. Esto era el caos o, como algunos decían, la «materia informe». Aunque al principio algunos cristianos sugirieron esa idea, a la postre prevaleció el monoteísmo. Este insistió en que solamente podía haber un principio eterno de todo cuanto existía, y que afirmar la existen- cia de la materia (o del caos) como otra realidad coeterna con Dios, significaba negar la unicidad y soberanía universal de Dios. Así fue como los cristianos expresaron una de las consecuencias de su monoteísmo: la afirmación de que, aunque to- das las cosas fueron creadas por Dios, ninguna de ellas era divina.

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