7. REQUEST ROUTING
7.1. Redirection Policies
Por su parte, al principio los cristianos no vi- eron la cuestión del origen y valor del mundo como un problema intelectual que debían resolv- er, o como una doctrina que debían defender. Y,
por extraño que nos parezca, ni siquiera consider- aron importante una explicación del origen y fun- cionamiento del mundo. Para ellos, la creación era importante porque en su culto alababan a Dios el Creador. Al igual que los antiguos hebreos, los cristianos habían llegado a la conclusión de que el mismo Dios que era su redentor, también era el creador de todas las cosas. Es decir, afirmaban que el Dios a quien adoraban en la iglesia, y en quien confiaban para su salvación, también era el Dios que había hecho todas las cosas y vio que eran buenas. Así pues, la doctrina cristiana de la creación (como la mayoría de las doctrinas), no surgió de un ejercicio intelectual, sino más bien de la experiencia del culto. Varios de los antigu- os documentos cristianos incluyen porciones de himnos de alabanza al Dios creador y redentor, y no cabe duda de que son fragmentos de himnos que los cristianos conocieron y repitieron en su adoración.
Esas convicciones que la iglesia celebraba en su culto, también implicaban cierta actitud hacia el mundo y sobre cómo vivir en él. El mundo
caprichoso y sin sentido del paganismo (porque se sujetaba a los antojos de diversos dioses que estaban en competencia unos con otros), en el judaísmo y el cristianismo se hizo un todo, uno creado con cierto propósito, que se movía hacia un fin que Dios había determinado y que incluía el objetivo salvífico de Dios. Una vez más, la idea misma de la creación se entretejía con la experi- encia y la esperanza de la salvación. Una salva- ción que, a pesar de que todavía esperaba su con- sumación final, ya se manifestaba en el gozo de vivir en el mundo; y, aunque a veces ese mundo fuera muy hostil, ahora estaba sujeto al único Dios, al Dios de la redención.
Así pues, la doctrina cristiana de la creación no fue importante como una explicación del ori- gen del mundo, sino como fundamento para la vida en el mundo y como expresión de la fe que la iglesia celebraba y compartía en su adoración. Es cierto que la doctrina oficial de la iglesia sobre la creación se desarrolló en respuesta a los retos de opiniones contrarias. Pero, opuesto a lo que ocurre hoy día, el problema no era la diferencia
entre teorías filosóficas o científicas, sino más bi- en entre la fe que la iglesia expresaba y celebraba en su culto, y las prácticas y opiniones de la cul- tura circundante.
Los líderes cristianos se sintieron obligados a pensar y escribir sobre la creación por dos razones. En primer lugar, siempre existió el pe- ligro de que las opiniones de la cultura circund- ante sobre la naturaleza y el valor del mundo se introdujeran en la vida de la iglesia. Esto habría minado la obediencia cristiana en el mundo presente, al mismo tiempo que pondría en duda la fe en el Dios creador y redentor a quien la iglesia adoraba. En segundo lugar, se hizo ne- cesario mostrar a la sociedad en general, que no era algo irracional lo que la iglesia celebraba en su culto, ni la manera en que los cristianos con- sideraban al mundo físico. De otra manera, entonces Jesús y la fe en él hubieran sido motivo de burla y escarnio. Fue en respuesta a este doble reto que los cristianos desarrollaron la doctrina de la creación. Una doctrina—lo repetimos otra vez—que compartían con el pueblo de Israel.
El peligro de que las creencias del mundo cir- cundante deterioraran la vida de la iglesia fue real. Ya para el segundo siglo hubo personas con tendencias gnósticas que abrazaron la fe cristiana o que intentaron introducir algunos elementos del cristianismo en sus propias teorías gnósticas, pero que siguieron sosteniendo la idea funda- mental de que el origen del mundo era el res- ultado de un error o pecado por parte de seres espirituales puros. Así pues, para ellos el prob- lema consistía en que los seres humanos eran al- mas atrapadas en un mundo físico y chispas es- pirituales arrancadas de lo divino. Dentro de ese escenario se incluyeron algunas enseñanzas cris- tianas. Por ejemplo, se habló de Cristo como el Salvador, pero se le convirtió en un ser puramente celestial, es decir, un mensajero del mundo espir- itual que carecía de realidad física humana. Así que colocaron su atención en su propia salvación espiritual, y además su desinterés y hasta visión negativa de la realidad física los eximió de la ne- cesidad de responder a las carencias de los neces- itados.
Otros, afirmando que la creación física no era obra de Dios, dijeron que nada físico o material podía usarse en la adoración y, por lo tanto, re- chazaron la Comunión (una comida física) que era el acto central del culto cristiano. Ignacio, el obispo de Antioquía, al inicio del segundo siglo, y cuando iba rumbo al martirio, escribió en contra de algunos gnósticos cristianos. Dijo que precis- amente debido a que no creían que el Dios re- dentor fuera también el Dios creador: «no se ocu- pan para nada de las viudas y los huérfanos . . . y también se apartan de la comunión»1.
Marción (de quien ya hemos hablado en el
capítulo 1) miró con tal desprecio y hasta horror al mundo físico, que llegó a declarar que el Dios supremo (el Padre de Jesucristo) no debía ser culpado por su existencia, y que el responsable de esa creación era el dios inferior e ignorante de los hebreos. Al decir que la redención fue un acto del Dios supremo y la creación la de un dios inferi- or, Marción estaba rechazando la conexión entre la creación y la redención que por largo tiempo
habían sostenido los judíos y los cristianos por igual.
Aunque la iglesia las rechazó tenazmente, esas opiniones tuvieron gran atractivo y permanencia. Muchas personas, aunque no se consideraron gnósticas o marcionitas, sí aceptaron opiniones gnósticas respecto al valor del mundo. Esto su- cedió frecuentemente y ni siquiera se percataron de ello, pues tales ideas eran parte de la cultura circundante. Debido a ello, y para refutar esas opiniones, el Credo de los Apóstoles afirmaba que Dios era el «Creador del cielo y de la tierra». De la misma forma, el credo Niceno declaró que Dios era el «Creador de todas las cosas, visibles e invisibles». Es decir, ni el cielo ni la tierra, ni lo visible ni lo invisible, ni la materia ni el espíritu, quedaban excluidos del poder creador de Dios.