Pienso, luego existo, decía el filósofo Descartes. Si existo, fui creado, diría yo. Y si fui creado, ¿quién fue mi creador? Si usted ha pensado lo mismo, posiblemente también se ha preguntado: ¿Qué sentido tiene esta vida? ¿Para dónde iré después de la muerte? ¿Por qué unos sufren más que otros? ¿Por qué unos tienen determinada aptitud y otros no? ¿Por qué algunos nacen ricos, inteligentes y saludables, mientras otros nacen pobres, ciegos, marginados o débiles mentales? ¿Por qué le va mal a los que creemos buenos, y todo parece salirle bien a los que consideramos malos?
Las respuestas han sido y serán tema de especulación, y han dado origen a todo tipo de grupos filosóficos y religiosos. Como estudiantes en distintos niveles de evolución, cada uno encontrará más acorde con sus pensamientos unas u otras teorías. En nuestro caso, las
regresiones de memoria mediante hipnosis, la vida de Jesús en El libro de Urantia, así
como las explicaciones del médico francés Allan Kardec (1804-1869) en sus libros sobre
Espiritismo, nos han permitido entender las vicisitudes de la vida con fe razonada.
No creemos en la idea de un Dios al que le agrada que le alaben y que envíe a un infierno eterno a las creaturas que caen en las tentaciones que él mismo creó. En ese sentido nos consideramos ateos, pero exponemos acá las ideas populares que muchos tienen de Dios, por representar un papel importante en la sanación de los creyentes.
Si fueses el núcleo de un átomo, es decir, una minúscula esferita alrededor de la cual giran
electrones como si fuesen lunas alrededor de la Tierra, te darías cuenta que tu vecino más próximo, otro núcleo, está a una distancia considerable, como de la Tierra a Marte. Si
fueses una célula, comprenderías que tu pequeño cuerpo está formado por millones de
tendrías tu cuerpo formado por millones de células y pensarías que todo tiene tamaño de microbio.
Como ser humano, sabes que tu cuerpo está formado por trillones de átomos, células y
microbios, y no alcanzas a imaginar siquiera que puedes formar parte de otro cuerpo vivo mucho más gigante, tal como una galaxia.
¿Ahora comprendes cuán difícil es formarnos una idea acerca de cuál es la Causa Primera de todo cuanto existe? Algunos chinos de la antigüedad llamaron Tao, o fluir de
la naturaleza, al Principio de todo. Otros le dicen Dios, Señor, Padre, Madre, Buda, Krishna, Shiva, Alá, Gran Arquitecto del Universo, Prana o Energía Universal, pero en el fondo la idea es la misma, aunque el nombre sea diferente. Si hay un efecto, hay una
causa que lo produce, y si éste es inteligente, la causa es de naturaleza inteligente. Creer
que un vegetal, animal o ser humano es sólo un conjunto de células resultado del azar, es como suponer que una obra maestra de la literatura se pudo haber creado accidentalmente al derramarse una sopa de letras. Por la armonía de un conjunto organizado se evidencia la existencia de una inteligencia creadora, aunque no podamos imaginarla.
Probar que algo existe sin haberlo definido previamente, es tan imposible como buscar algo sin tener una idea de qué se trata. Para comprobar que un líquido es agua, por ejemplo, tenemos que apoyarnos en la definición previa de que es un líquido incoloro, sin olor, formado por dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno, que hierve a cien grados y se congela a cero. Así, para probar que Dios y los espíritus existen, primero debemos ponernos de acuerdo en cuál es la idea que cada uno tiene de Dios, cuál es su concepto de existencia, y qué vamos a llamar espíritu.
En las religiones monoteístas se define a Dios como Ser supremo hacedor del Universo. Algunos le atribuyen todo cuanto sucede: Dios quiera que me salga ese negocio… Dios mío, ayúdame… Que Dios lo perdone… Líbranos de todo peligro… Gracias a Dios se sanó… Mi Dios lo salvó de ese accidente. Por la misma lógica, también se podría deducir que Dios quiso que se muriese, Dios no evitó el secuestro, Dios quemó a todos en el incendio, Dios permitió la violación, Dios está causando un tsunami en Japón y un terremoto en Chile, Dios está quemando muchas de sus creaturas en un infierno, como si fuesen pollos en un asadero.
Esta concepción de un Dios actuando como humano, que es vengativo, que concede deseos a quien se le postra, le alaba y le hace sacrificios, es una visión muy limitada del Principio Creador de todo cuanto existe.
Espíritu significa soplo en latín, y se traduce como principio de vida en el cual residen el pensamiento, la voluntad y el sentido moral. Se supone de naturaleza inmaterial,
porque no presenta ninguna analogía con lo que llamamos materia. Es sinónimo de alma o ánima, que quiere decir movimiento, actividad, vitalidad o ánimo. En este sentido, por
ejemplo, animar una fiesta es «ponerle el alma» para darle actividad. Cuando un guante se mueve es porque tiene una mano que lo anima, que hace las veces del espíritu en un cuerpo. En lo que a la esencia del ser se refiere, hay básicamente dos doctrinas o corrientes filosóficas: el Materialismo y el Espiritualismo. El primero reduce a la materia todo cuanto existe, incluso el alma humana, y el segundo admite la existencia del espíritu como realidad sustancial. Puesto que Espiritualismo es un término muy general, Allan Kardec propuso en 1857 el término Espiritismo para referirse a la doctrina que cree en la existencia de los espíritus y en las comunicaciones con ellos.
Prácticamente todas las religiones son espiritualistas, pues admiten que tenemos un
principio invisible e imponderable. Algunas tienen, además, un carácter espiritista, pues predican que los muertos se pueden seguir comunicando en apariciones o revelaciones, y que les podemos pedir ayuda. La Iglesia católica, por ejemplo, ofrece un amplio listado de espíritus para cada necesidad, tal como Lucía para sanar los ojos, Antonio para conseguir novio, Bárbara para aplacar las tempestades, José para dar trabajo, Ana para conseguir casa, Cipriano para recuperar la salud, Ignacio de Loyola para tener prosperidad, Ramón Nonato para un buen parto, Rafael para ayudar a los caminantes, etc. Y la lista aumenta cada año: Marianito, Eugenia, Oscar, Nepomuceno, Margarita, etc.
La vida no tiene sentido, afirman algunas personas, y ello me hace recordar lo que piensan
muchos niños cuando tienen que madrugar para ir a clases, o tienen que prepararse para un examen: alegan que el estudio no tiene sentido, que no hace falta. Sin embargo, otra cosa bien distinta piensa el profesional cuando se ha graduado. A medida que dejemos de ser niños, espiritualmente hablando, cuando nuestra consciencia de algo superior sea mayor, entenderemos poco a poco el sentido de la vida.
Según su grado evolutivo, el hombre ha imaginado causas sobrenaturales para los fenómenos que en su momento no entiende. Cuando todo va bien en sus vidas y se
acuerdan de lo que suponen Dios, es apenas para repetir mecánicamente una oración que saben de memoria, o para ir por hábito a un templo, como si tales actitudes fuesen simples obligaciones que tienen que cumplir de alguna manera. Toman la religión como una formalidad social y cultural.
Muchas personas no tienen una firme convicción en aquello que profesan, y cargan serias dudas acerca de la continuidad de la vida después de la muerte. Pero cuando son sorprendidas por un gran problema, tal como la pérdida de un ser querido, una dolencia incurable o una caída financiera desastrosa, no encuentran en sí mismas la fe necesaria para enfrentar el dolor con coraje y resignación, y se aferran a creencias que les ofrezcan una esperanza. Y eso ocurre con lo que llaman Dios. Aunque nunca lo han visto, le atribuyen todo tipo de poderes.
En nuestro caso, para efecto de las terapias, debemos trabajar con las creencias o imaginarios de cada paciente. En lo personal prefiero decir Universo en vez de Dios, porque en nuestros países occidentales es común emplear ese término para referirse al Dios de la Biblia, concepto que no comparto, porque allí lo plantean como un castigador creador de infiernos, con un pueblo elegido, que se arrepiente de lo que hace, que no fue capaz de eliminar el Lucifer que él mismo creó. Universo, que es lo más grande y cercano que puedo ver.
Por los efectos se puede deducir la causa. En muchos casos basta con ver los efectos de
algo para deducir la causa que lo produce. Por ejemplo, cuando una paloma va volando y de pronto se le desprenden plumas y cae inerte, se puede afirmar que alguien le disparó, aunque no hayamos visto al cazador. Al mirar un objeto y la sombra que proyecta, podemos deducir la dirección en que está el foco de luz.
Si vemos carbones, palos chamuscados y cenizas, deducimos que ello fue causado por el fuego, aunque no hayamos visto las llamas. Si son atraídos objetos de hierro hacia un lugar, se puede concluir que allí hay un imán. Cuando se mueven las hojas de los árboles y se levanta el polvo del camino, no se ve el aire sino el efecto del movimiento del aire. Cuando se llega a un sitio desierto cualquiera y se encuentra un fragmento de vaso, una piedra tallada o un ladrillo, se puede deducir que por allí pasaron seres humanos, aunque nunca los hayamos visto.
Todo efecto ordenado procede de una causa inteligente. Al ver un mecanismo complejo,
a nadie se le ocurriría pensar que su autor es un animal salvaje, un idiota o el producto de la acción espontánea del agua, elementos químicos, la temperatura y los vientos. Los piñones, la cuerda y las manecillas de un reloj requieren de un artesano que los arme en su punto exacto; la precisión del mecanismo es prueba de la inteligencia y el saber del creador. ¿Por qué pensar que algo más complejo, como una planta o un animal, se formó por simple azar, y no por acción de una ley producto de una inteligencia superior?
Por el acabado tosco o fino de una cosa se deduce el grado de inteligencia y cultura del autor. El poder de la mente, la organización de una colmena de abejas, la perfección y el
aroma de una flor, los instintos maternales de los animales y la inmensidad del cosmos, permiten deducir algunos de los posibles atributos de Dios. Tenga en cuenta que ni el más sabio de los científicos de la Tierra sería capaz de crear una semilla que contenga las instrucciones de cómo hacer un árbol utilizando tierra, o de crear una máquina que convierta hierba en leche, como lo hace una vaca. Suponiendo que la vida en nuestro planeta es obra de extraterrestres muy avanzados tecnológicamente, cabría entonces preguntar: ¿y ellos cómo se originaron?
El hombre de las cavernas adoraba el fuego porque lo calentaba en los días fríos, lo iluminaba en las noches, lo protegía de las fieras y le permitía cocer sus alimentos. Según
él, Dios tenía la forma del fuego, y al fuego le dirigía sus rogativas. Algunos indígenas adoraban el sol, la luna, la lluvia y el trueno, porque en estos fenómenos encontraban las respuestas a sus necesidades. Para defenderse y tener motivación para la guerra, otros pensaron en la existencia de dioses guerreros, así como los hebreos, cuando fueron perseguidos por los egipcios, creyeron tener el apoyo de un Dios que los había elegido como pueblo preferido. Pensaron que su Dios era vengador y había dado poder a sus reyes para destruir a los enemigos como ollas de barro, o cobrar ojo por ojo y diente por diente. Desde su punto de vista, esa concepción fue correcta, porque les proporcionó la fe y la esperanza de alcanzar una vida mejor.