• No results found

Con frecuencia desdeñamos o soslayamos otra de las destrezas del trato con la gente, pero yo me siento muy familiarizado con ella: tener la voluntad y la humildad de solicitar ayuda cuando la necesitamos. Jesús, el hijo de Dios, rara vez caminó solo por el mundo, por lo general lo acompañaban uno o más de sus discípulos. Tú nunca debes sentir que es necesario estar solo. El pedir ayuda no es un signo de debilidad, es un signo de fortaleza. La Biblia dice: “Pide y se te será otorgado, busca y encontrarás, toca y la puerta

será abierta para ti. Porque todo el que pide, recibe; todo el que busca, encuentra y, para aquel que toca, siempre se abrirá una puerta”.

A pesar de que por mucho tiempo traté de ya no contratar cuidadores, hace algunos años tuve un itinerario de viajes tan pesado, que me vi forzado a volver a hacerlo. Cuando era más chico había tratado de probar que podía sobrevivir día a día sin la ayuda de otras personas. Para mí era muy importante ser independiente, tenía que asegurarme que podría vivir solo si llegaba a ser necesario. Así lo exigían mi tranquilidad y mi autoestima. Pero cuando mi carrera como orador público se disparó y comenzaron a llegarme invitaciones para presentarme en todo el mundo, comprendí que estaba gastando demasiada energía en mi cuidado personal, en particular durante los viajes. Para hablar ante tanta gente en tantos lugares distintos, tienes que comprometerte por completo y mantenerte lleno de energía. Tuve que volver a contratar cuidadores, sin embargo, creo que algún día en el camino, podré tener una esposa y una familia y ser independiente otra vez.

Sencillamente no es posible carecer de destrezas en el trato personal cuando tienes un cuidador, porque, incluso si la paga es buena, no puedes esperar que alguien te alimente, viaje contigo, te rasure, te vista y, a veces, hasta te cargue, si no le caes bien. Por fortuna, yo siempre he tenido una buena relación con mis cuidadores —aunque debo admitir que en algunas ocasiones he llevado su tolerancia al límite. No tuve cuidador de tiempo completo sino hasta 2005, cuando me contactó Craig Blackburn, un joven que se había sentido inspirado por mis pláticas y mi testimonio en la iglesia. Craig se ofreció a trabajar para mí como cuidador, conductor y coordinador durante una gira de tres semanas en la soleada costa de Queensland. Me sentía un poco temeroso de llevar a cabo la gira completa con alguien a quien conocía poco, pero oré, verifiqué sus antecedentes y decidí que podía confiar en él. Craig demostró ser muy útil y eso me ayudó a ahorrar energía y enfocarla en mis presentaciones y otras labores.

Antes de eso, mi orgullo me había impedido solicitar ayuda a pesar de que era obvio que la necesitaba. Había realizado un tremendo esfuerzo por probar mi independencia, pero, al mismo tiempo, tenía sobre mí la responsabilidad que conlleva el fortalecimiento de una carrera que implicaba viajar con mucha frecuencia. No cometas el mismo error, trata de conocer cuáles son tus limitaciones, protege tu salud y tu paz mental, sólo lleva a cabo aquello que es humanamente posible y pide ayuda cuando sea necesario. Pero recuerda, si tú no has mostrado interés y consideraciones por tus amigos o por la gente que trabaja contigo, será grosero que les pidas algo. Nadie te debe nada que no le hayas brindado tú primero.

En estos años algunos amigos, familiares y voluntarios han fungido como cuidadores. Sin embargo, a todos se les ha pagado porque mis caóticos horarios hacen que el empleo sea muy exigente. En 2006 tuve que viajar por todo Estados Unidos y, por lo tanto, comencé a usar cuidadores con más regularidad. Un hombre llamado George se ofreció a trabajar como conductor y cuidador, pero cuando se presentó, venía en un auto que era un completo desastre, era ruidoso, olía mal y, para colmo, ¡tenía un agujero en el piso! Fue toda una conmoción. Todo el tiempo imaginaba que me iba a caer por el agujero y que un tráiler me dejaría como estampilla. Nunca me sentí del todo cómodo en ese auto pero George resultó ser una persona muy leal además de un cuidador muy competente.

Bryan, uno de mis cuidadores en la actualidad, tuvo su prueba de fe en la gira europea del verano de 2008. Habíamos viajado sin parar por una semana cuando por fin llegamos a un hotel en Timisoara, Rumania, en donde nos quedaríamos por una noche. Timisoara es una hermosa ciudad a la que llaman “La pequeña Viena” y se encuentra en los Alpes de Transilvania. Yo siempre había escuchado que ese sitio era un maravilloso rinconcito del planeta. Al llegar ahí, comprobé que era cierto.

Casi muerto por no haber dormido, me sentía demasiado cansado para preocuparme por algo. Ésa era la primera noche de la gira que estaba programada para que yo pudiera descansar en verdad. Como había tenido problemas para dormir, Bryan me ofreció una cápsula de melatonina que, supuestamente, le ayuda al cuerpo a acomodarse a los cambios de horario.

Al principio le dije que tal vez sería mejor no tomarla porque, debido a mi bajo peso, a veces presento reacciones extrañas con los suplementos. Bryan me convenció de que todo estaría bien y que sólo tendríamos que ser cuidadosos, así que sólo tomé la mitad de la dosis. Por suerte no tragué toda la cápsula. Me quedé dormido de inmediato.

Algunas giras han sido tan extenuantes que, a pesar del gran esfuerzo que significa para mí sentarme, a veces, estando dormido, he llegado a erguirme y a hablar como si estuviera frente al público. Aquella noche desperté a Bryan, quien se encontraba en la habitación contigua, porque ¡comencé a dar mi discurso! ¡En Serbio!

Bryan me despertó antes de que toda Rumania se levantara de la cama por culpa de mi oratoria nocturna. Nos dimos cuenta de que estaba sudando horrores porque el aire acondicionado de la habitación se había apagado y habíamos pasado toda la noche cocinándonos con el calor veraniego. Por supuesto, abrimos las ventanas de inmediato para que entrara aire fresco. Después de eso, cansados hasta la médula, volvimos a acostarnos.

Una hora más tarde nos volvimos a despertar. En esta ocasión unos mosquitos transilvanos gigantes nos estaban chupando la sangre sin piedad (¡bueno, esperábamos que realmente fueran mosquitos!). Para ese momento ya me sentía agotado por completo, acalorado y, además, tenía comezón en todo el cuerpo. Para colmo, ni siquiera contaba con las herramientas básicas para rascarme. ¡Fue una tortura!

Bryan sugirió que tomara un baño para disminuir la comezón. Así lo hice. Después, me puso un remedio en spray que sirve para aliviar los piquetes de insectos. Regresé a la cama y, diez minutos después, estaba gritando como loco, pidiendo a Bryan que fuera a verme. ¡Mi pobre cuerpo estaba ardiendo! La medicina me había provocado una reacción alérgica.

Se apresuró a cargarme para llevarme de nuevo a la ducha. En el camino, se tropezó, se cayó y se golpeó la cabeza con el inodoro. ¡Casi se desmaya! Estábamos exhaustos, sólo queríamos dormir, pero la noche de terror no había terminado. Como el aire acondicionado no servía, la habitación se había calentado demasiado. Yo ya no podía ni pensar bien: le dije a Bryan que me prestara una almohada.

“En el pasillo sí funciona el aire acondicionado, me voy a dormir ahí”, le dije a mi confundido cuidador.

Bryan no tenía la fuerza necesaria para increparme, se quedó tirado en la cama y yo me acomodé justo afuera del cuarto. Dejé la puerta abierta para que pudiera escucharme si necesitaba ayuda. Nos quedamos dormidos como por una o dos horas hasta que un extraño pasó por encima de mí, se metió a la habitación y comenzó a reprender a Bryan en un inglés muy malo.

Siguió discutiendo durante varios minutos antes de que descubriéramos que, nuestro intruso, estaba furioso porque ¡creía que Bryan me había arrojado al pasillo para que durmiera en el piso! Nos fue un poco difícil convencer a este buen samaritano de que yo había elegido dormir en el corredor.

Cuando se fue el desconocido, me arrastré de vuelta a mi cama. Bryan volvió a la suya. Pero cuando por fin nos habíamos quedado dormidos, sonó el celular de Bryan. Cuando contestó, lo atacó a todo volumen el coordinador de nuestra gira. Quedó claro que el buen samaritano no se había ido convencido de lo que le dijimos. Reportó a seguridad del hotel que me habían dejado en el corredor toda la noche, y los de seguridad le armaron una bronca a nuestro coordinador, quien ahora amenazaba con desplumar y cocinar al pobre Bryan.

Ahora comprenderás por qué, por lo general, recluto a tres cuidadores que se van rotando turnos los siete días de la semana. Si bien Bryan y yo nos reímos de aquella noche de pesadilla en Transilvania, nos tomó varias noches dormir en habitaciones frescas y sin bichos, para reponernos.

Una de las primeras lecciones que tuve que aprender en la vida es que está bien pedir ayuda. Si tienes todas las partes de tu cuerpo o no, habrá momentos en que no vas a poder seguir adelante solo. Sí, la humildad es una destreza para tratar con otros y también es un regalo de Dios.

Tienes que ser humilde para solicitar la ayuda de otros, ya sea un cuidador, maestro, un modelo a seguir o un miembro de la familia. Cuando alguien tiene la suficiente humildad para pedir ayuda, la mayoría de la gente responde brindándose a sí misma y compartiendo su tiempo. Si actúas como si tuvieras todas las respuestas y no necesitaras a nadie, es más difícil que te ofrezcan apoyo.