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VIII. Regulatory Alternatives
Hermanito de Jesús, quisiera ayudarte a realizar lo que tu nombre contiene de verdad acerca de tu vida y a lo que te obliga.
El padre De Foucauld amó mucho este nombre, y si lo escogió fue porque expresaba a sus ojos el ideal que rebosaba de su corazón.
Hermano de Jesús: esto es lo que queremos ser con nuestra vida entera. Nos hemos entregado no precisamente a un ideal, por grande y noble que sea, ni tampoco a la realización de una perfección por verídica que sea, sino a una Persona viva, a un Dios, que, en el sentido absoluto de la palabra, es nuestro Hermano, porque Él también es hombre. El Cristo Jesús resume, para nosotros, toda la razón de ser de nuestra vida. Nuestro objetivo esencial consiste en aprender a vivir, en medio del mundo, una amistad total y verdadera con Jesús. Es a él a quien amamos ante todo, es por él por lo que trabajamos, es por él por lo que nos afligimos y sufrimos, y es para responder a la llamada de su amor por lo que queremos permanecer a sus pies horas enteras a fin de amarle; amarle como a nuestro Dios, como a nuestro Amigo, como a nuestro Hermano, como muy bien supo hacerlo el padre De Foucauld.
Tenemos que dirigir el esfuerzo de nuestra fe, ante todo, en el sentido de un encuentro muy personal con Cristo, y estaremos seguros de no desviarnos si nos adherimos a él con todo nuestro ser, entregándole toda nuestra vida, a él, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Es por esto por lo que nuestra vida debe propender a simplificarse en una unión con Jesús vivo, encontrado en la fe, en la Eucaristía, en el evangelio, en nuestros Hermanos. Es en estos lugares en donde él reside. Nos entregaremos totalmente a los hombres por su causa; y si queremos compartir con ellos, especialmente con los más pobres, con los más oprimidos, con los más injustamente tratados, todo lo que podamos de sus inquietudes, de sus fatigas y de su trabajo, es porque Jesús los ama, es por lo que él ha dicho en su Evangelio es porque le vemos a él, al Hijo del Hombre, el Hombre por excelencia y el Varón de dolores, delante de nosotros, presente en todas partes, en ellos y entre ellos. Es a él a quien buscamos siempre, al que amamos, con quien queremos penar y sufrir.
Hoy día todo resulta complicado para el hombre, que vive en un mundo trastornado, en cuyo seno tiene que volver a idear el proyecto de la ciudad fraternal; justa y acogedora para la persona. La inteligencia parece como anonadada, en su debilidad y en sus límites, frente al número ingente de problemas simultáneos que le son impuestos, problemas a la escala, súbitamente agrandada, del Universo, problemas que ponen en juego una confusión de valores de todos los órdenes y en todos los planos de la vida social y económica. El cristiano, por amor, se ve empeñado en esta tarea gigantesca, tiene la obligación de trabajar para conseguir que desaparezca de la tierra la injusticia y
para instaurar unas condiciones de vida no solamente humanas, sino también cristianas. Ante la magnitud de este esfuerzo y la complejidad de las técnicas necesarias, el pensamiento del hombre corre el peligro de quedar tan completamente absorbido y acaparado que llegue a perder de vista a Jesús, al Cristo, sin el cual el mundo no tiene ya ningún sentido. Es grande la tentación, aun para el cristiano y el apóstol, de pensar que ya no se tiene tiempo para mirar a Jesús y para amarle por él mismo.
Hermanito, nuestro papel en el mundo, nuestra tarea propia consiste en ser la «mirada» de la Humanidad presente puesta en Jesús, en ser como el «permanente» en presencia de Jesús, delegados de la muchedumbre olvidadiza, y en ser portadores de su adoración ante él, llevándole sus peticiones, sus quejas y sus faltas. Dondequiera que estés, tú permaneces cerca de Jesús. Es a él y a él solo a quien tendrás que volver continuamente, sin cansarte, en la búsqueda oscura de tu amor, porque es él y él solo el manantial de tu vida.
Tal vez hubo algunas veces, en estos últimos tiempos, como un abuso de métodos y de escuelas de espiritualidad. El padre De Foucauld nos enseña de nuevo cómo ir directamente a Jesús, a vivir por él con toda sencillez, con todo nuestro amor, después de haberle encontrado en el Evangelio. Nos enseña a simplificar nuestra vida y nos conduce a lo esencial. ¿Podemos decir, precisamente mejor, que se trata de una nueva espiritualidad? No lo creemos y, en todo caso, el humilde hermano Carlos de Jesús no tuvo nunca esa pretensión.
Si el padre De Foucauld nos enseña un camino muy sencillo, no pretende facilitarlo, ni tampoco torcer las exigencias del Evangelio, imperiosas con frecuencia, por no sé qué método o receta más o menos nuevo. Piensa que no hay nada más corto, para la importancia del amor, que tomar el sendero que asciende derecho y que conduce sin rodeos hasta el término. En esto es un discípulo fiel de Francisco de Asís, de Juan de la Cruz y de santa Teresa de Lisieux. ¿Por qué fingir con las exigencias del amor de Cristo? No existen dos maneras de amar y de entregarse: sólo hay una y es la que debe conducir hasta el heroísmo en la entrega de sí mismo. No es menos lo que exige Jesús de aquellos que quieren servirle hasta el fin. Con el padre De Foucauld no hay equívoco posible y todo aparece muy claro.
Pero si el hermano Carlos nos conduce constantemente en la claridad y en la sobriedad vigorosa de los imperativos evangélicos, no dejará de utilizar, a fin de realizar concretamente esas exigencias en su propia vida, todos los medios necesarios: método, ejercicios, disciplina ascética. Pero no serán jamás, entre sus manos, sino unos medios muy sencillos, muy apropiados a su estado, con vistas al establecimiento en su interior, del amor perfecto hacia Dios y hacia sus hermanos. Todo lo reducirá siempre a lo esencial: imitar a Jesús, su muy amado Hermano y Señor.
Hermanito de Jesús, tienes que tomar el mismo camino que siguió el hermano Carlos. Tienes que ir en pos de Jesús con generosidad, con paciencia, a veces heroicamente. Es menester rechazar como una tentación esa especie de inquietud que a veces nos impulsa, encubierta por el afán de encontrar un remedio a nuestras debilidades y a nuestras lentitudes, a buscar continuamente una espiritualidad diferente, o a multiplicar las
lecturas. Creemos, muy vanamente, sin embargo, poder descubrir un camino más sencillo y más fácil, cuando en realidad lo que hacemos es complicarlo todo por miedo a vivir el Evangelio. Sigamos siendo, con sencillez y valor, Hermanitos de Jesús. Debemos vivir únicamente para él y por él.
* * *
Este nombre expresa, además, perfectamente, de qué modo debemos amarnos entre nosotros y amar a todos los demás hombres. Viviendo entre ellos, lo único que tenemos que hacer es amarlos, y no con un amor cualquiera, sino con el mismo amor con que Dios les ama. Será preciso que nos repitamos, incansablemente, que esta es la obra principal que tenemos que llevar a cabo, la única en realidad. Liberar, purificar, aumentar todas nuestras fuerzas de amar y todas nuestras ternuras humanas, entregándolas al Amor misterioso de Cristo para que él nos conceda la facultad de poder amar de verdad, profunda y realmente a todos los hombres por Dios, sin excepción, y a cada uno de los que nos rodean. Para esto fuimos hechos. Para esto estamos destinados, y si debemos ser útiles en este mundo para algo, será a fuerza de fidelidad, para que se pueda ver a través de nuestro corazón y de nuestra conducta algo de la inmensidad del amor de Cristo hacia cada uno de los hombres. Y sin la menor duda y antes que nada tenemos que ser hermanos entre nosotros: de no ser así, todo sería engañoso e ilusorio. También en esto debemos entregarnos a la irreductible intransigencia del amor evangélico.
* * * Y ahora no olvides que eres pequeño.
Pequeños somos frente a la tarea de nuestra vida, tal y como se nos presenta en las exigencias del amor. Esta desproporción, lejos de abrumarnos, nos arroja interiormente en la fuerza de Jesús. Nuestra radical incapacidad debe transformarse en un abandono infantil, con la seguridad de que será acogida favorablemente a fuerza de oración, de deseo, de perseverancia y de humildad. «Si no os hiciereis como uno de estos pequeñuelos, no entraréis en el reino de los cielos». «Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios».
Pequeños seremos también a los ojos de los hombres. Siempre seremos unos servidores inútiles, deseosos de que nos traten como a tales. Ninguna tarea definitiva de apostolado o de ministerio, ningún rendimiento mensurable, vendrá a realzar nuestra vida, ni a darle un sentido a los ojos de los demás. Siendo como somos religiosos, sabrán que estamos consagrados por entero a Jesús, pero nosotros, a menudo, ni siquiera tendremos la apariencia de ello. En todo caso no queremos ser honrados ni considerados como tales. Lo único que debemos desear de todo corazón es no ser otra cosa que unos pobrecitos, unos obreros, unos trabajadores como los demás y que se nos trate como se suele tratar a ellos. Ya sea en tierras de Europa, en África, en países de raza árabe, de raza negra o en cualquier otro sitio, debemos hacer todo lo posible para permanecer fielmente en el último lugar. Tenemos que pertenecer a la clase a la que pertenecen los pobres, amando todas sus servidumbres y todos sus sufrimientos.
Hermanitos, esto sólo será verdad si tu corazón ha cambiado, si se ha hecho humilde, si está libre de todo amor propio, entregado sin reserva al amor del Crucificado. A esta obra tenemos que dedicar la vida entera, empezando de nuevo cada mañana.
Descubrir a Jesús, amarle y vivir para él, estar literalmente devorado, sin tregua, por un gran deseo de amar a cada uno de los hombres con la ternura auténtica de un hermano; sentir la avidez de no ser otra cosa, en la tierra, que un pequeñuelo, un pobre obrero ignorado: he ahí lo que significa tu nombre, Hermanito de Jesús, y eso es lo que tienes que esforzarte en realizar en tu vida todos los días, entregándola en un humilde y confiado abandono, a la acción del Espíritu de Amor...