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Solicitation of Information and Comments

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IX. Solicitation of Information and Comments

Tengo la impresión de que siempre que os hablo de nuestro modo de vida no hago otra cosa que repetir lo que ya os dije en varias ocasiones, planteando siempre los mismos problemas, diciéndoos las mismas cosas, y es porque nuestra vida, como Hermanitos de Jesús, cada día me parece más sencilla en su acto esencial. Y me determino a ello diciéndome que, después de todo, los apóstoles también tuvieron que experimentar, más de una vez, esta misma impresión. Porque el Evangelio es la vida; su contenido intelectual es sencillo, se explica pronto, pero el todo consiste en vivirlo. Ahora bien, esto no se consigue en un día, y la vida repite siempre las mismas preguntas; estas cada vez nos parecen nuevas, como todo ser viviente que, en cada uno de los instantes de su duración, es a la vez él mismo y constantemente nuevo.

Acabo de volver a leer lo que os decía el año pasado acerca de nuestra vocación contemplativa, antes de la fundación de la Fraternidad obrera. Todo está dicho y, sin embargo, tengo la convicción de haberlo descubierto de nuevo después de transcurridos algunos meses de vida obrera. Tengo ante mi vista las dificultades que encontré, las alegrías y las penas de mis hermanos, y pienso que, si acaso tuviera que deciros las mismas cosas, lo haría de una manera distinta, respondiendo más concretamente a vuestras necesidades.

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Cuando se nos interroga acerca de lo que es la vida de nuestras Fraternidades, siempre me cuesta trabajo responder con claridad, en cuanto nos sitúan, debido a la naturaleza de las preguntas formuladas, en el terreno «género de vida», «horario» o «actividad». No es esto. Me considero incapaz de poder expresar todo lo que representa nuestro ideal en una fórmula esquemática. Sin contar con que, a primera vista, nuestra vida parece compleja y contradictoria en varios de sus elementos. Es verdad: el Hermanito debe ser, a la vez, un trabajador y un hombre de oración, amante del silencio, y además tiene que estar presente en las preocupaciones y en las inquietudes de sus compañeros y de sus hermanos; un contemplativo desasido de todo, pero con libertad para usar de las cosas de una manera determinada. Todas estas antinomias aparentes deben resolverse en la simplicidad del principio interior de nuestra vida. Es este principio el que tenemos que definir, lo restante no es más que su consecuencia.

«No puedo concebir el amor sin una necesidad imperiosa de conformidad, de semejanza y sobre todo de participación en todos los dolores, en todas las dificultades, en todas las asperezas de la vida... No juzgo a nadie, Dios mío; los otros son tus servidores y mis hermanos, y lo único que tengo que hacer es amarlos..., pero a mí me es imposible comprender el amor si no voy en busca de la semejanza y sin la necesidad de compartir

todas las cruces». Esta necesidad de amor es el principio de toda la vida del padre De Foucauld. Explica todas sus actividades, toda su espiritualidad. Nosotros hemos oído esta misma llamada y es ella la que nos ha impulsado a escoger, como guía, al hermano Carlos. Compartir la vida por amor, y sobre todo sus sufrimientos y sus asperidades: esto es lo que queremos hacer. Amamos a Jesús: queremos compartir toda su labor de Salvador y todos sus sufrimientos. Amamos a los hombres, nuestros hermanos: queremos compartir la vida de los pobres, la vida de aquellos que sufren, simplemente por amor, no por otro motivo, sin un fin determinado, como el amor que tampoco tiene un fin determinado. Y es por esto por lo que encontramos, en la realización concreta de este ideal, una necesidad igual de oración, de desasimiento, y una necesidad igual de trabajar con los hombres en la pobreza y en el cansancio.

En la realización práctica encontramos dificultades, luchas y peligros; y no puede ser de otro modo. Por tanto, es necesario haber comprendido bien la actitud de alma inicial, actitud que siempre tiene que estar subyacente a esta vida. Esta disposición se resume diciendo que tenemos que desear, por amor, compartir el sufrimiento de Aquel a quien amamos. Y aquí se trata del sufrimiento de Cristo-Redentor, ya que todo sufrimiento, aun el que procede de la participación en el dolor del prójimo, se hace en nosotros continuación de la pasión de Jesús. Yo creo que sin esta orientación profunda no podremos ni comprender verdaderamente el sentido de nuestra vida ni tampoco llevar su peso.

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Jesús significa «Dios-Redentor». Por eso amamos tanto este nombre, así como lo amaba el padre De Foucauld. Expresa toda la razón de ser de Cristo, en el sentido riguroso de la palabra. Jesús no es otra cosa que Redentor y Redentor por la Cruz. Tampoco tenemos nosotros otra razón de vida, por vocación y por participación en su naturaleza de Redentor. Ya que no está inscrito en la naturaleza misma de nuestro ser que debamos ser redentores, como fue en el caso de Jesús. Es por eso, por otra parte, por lo que nos resulta tan duro. Y sin embargo, esta vocación de compartir el sufrimiento redentor es esencial y, rehusando una entrega total, nuestra vida de Hermanito cesa de ser legítima.

Ya es una fuerza tener dentro de sí toda la claridad de un ideal, luminoso e intrépidamente entrevisto desde el comienzo, por duras que sean las exigencias. No tenemos que hacernos ilusiones acerca de lo que Dios nos pedirá a lo largo de nuestra vida. Para esto, lo único que debemos hacer es escuchar con más atención que de costumbre lo que respondía Jesús a los que querían seguirle más de cerca: «“¡No sabéis lo que pedís! ¿Podéis beber el cáliz que yo beberé o ser bautizados con el bautismo con que yo seré bautizado?”. Ellos contestaron: “¡Podemos!”. Jesús les dijo: “Beberéis el cáliz que yo beberé... ”» (Mc 10,38-39).

Lo que prometió Jesús a sus amigos, a sus Hermanitos, es sin duda alguna la participación en unos sufrimientos por medio de los cuales redimió al mundo. Tenemos que comprender perfectamente esta exigencia de Jesús, con toda nuestra fe, muy concretamente, y responder desde ahora mismo con pleno conocimiento de causa, con

una adhesión sin reservas, valiente, sencilla y confiada.

Evidentemente, para vosotros no se trata de estar ya completamente preparados para saber sufrir perfectamente. Nadie puede saberlo antes de haberlo aprendido del mismo Cristo, por la experiencia de toda una vida. Tampoco se trata de que no nos reconozcamos capaces de ello. Se trata de haber llegado a comprender bien el sentido que tiene la cruz de nuestra vida, y de haber aceptado, con alegría y generosidad, que Jesús nos haga entrar en su trabajo. Es preciso que nuestra alma esté dispuesta a acoger el sufrimiento, a comprender su valor y a amarlo poco a poco. Esto debe llegar a constituir un estado de alma permanente y, desde ahora mismo, debemos y queremos trabajar para establecerlo en nosotros. Se le podría llamar espíritu de inmolación, lo que indica el valor de sacrificio y de oblación que esta disposición del alma otorga a todos nuestros actos.

La primera tentación que se presentará será quizá la del desaliento. La realidad cotidiana nos enseña que somos desesperadamente débiles ante el menor sufrimiento; entristecidos, abrumados frente al menor fracaso de orden moral, paralizados por la menor fatiga corporal, disgustados de la oración en cuanto aparece la más mínima dificultad interior, heridos por la más insignificante falta de consideración. Y comprendemos que estas deficiencias se renuevan diariamente. ¿Cómo puede, pues, hablarse de un compromiso verdadero para compartir la Cruz de Jesús? ¿Cómo situarnos en ese espíritu de inmolación si, en resumidas cuentas, retrocedemos ante un esfuerzo mínimo o cedemos todavía a la pereza corporal? ¿Qué hacer para que todas nuestras jornadas sean una ofrenda auténtica, una oblación alegremente ofrecida a Cristo?

Examinado bajo este ángulo, nuestro problema parece no tener solución, y no la tiene, tenemos que convencernos bien de ello, y, por otro lado, la experiencia dolorosa de nuestra debilidad personal, así como los acontecimientos de cada día, se encargan de inculcarnos esta convicción. Pero si queréis amar, podréis desear con todo vuestro corazón que Jesús os haga capaces, por amor, de compartir su sufrimiento redentor. Lo primero de todo es preciso que tengáis un deseo verdadero, profundo; este deseo se lo manifestaréis a Cristo una y otra vez, con la audacia de san Pedro y de los hijos del Zebedeo. Después es menester que os abandonéis a Jesús con humildad y sencillez, con la confianza cierta y segura de que uniéndoos a él seréis capaces de soportar y, más adelante, de amar la Cruz. En fin, tendréis que poner manos a la obra con coraje, con toda vuestra voluntad, para cooperar con Dios en su acción sobre vuestra vida.

Es menester que seamos –en esto como en todo lo que tiene relación con vuestra vida espiritual– sencillos y sinceros. Introduciros de lleno en la verdad: no se trata de que os sintáis, frente al sufrimiento físico y moral, más valientes y más fuertes de lo que sois en realidad. Tampoco se trata de desear soportar, imaginariamente, cruces y pruebas más pesadas que las que actualmente sois capaces de llevar. Como tampoco se trata, por otro lado, de creeros incapaces de un esfuerzo más resuelto que aquel del que habéis dado pruebas hasta ahora. Se trata de querer arrancar, de hacer un esfuerzo con alegría, muy concreto, en una materia que os sea accesible.

ama al que da con tristeza. Ya que lo que tenéis que dar tenéis que darlo por amor a Jesús: y en donde hay amor tiene que haber una verdadera alegría. Y además también porque debéis guardaros de tomar trágicamente vuestras pequeñas dificultades y vuestros sufrimientos diarios. Siempre me refiero a ellos, ya que constituyen lo esencial de nuestra vida. Si sabemos transformar en cruces vivas todas esas pequeñeces que cada día trae consigo, tan pesadas, sin embargo, por su repetición, sabremos también alcanzar las cruces más grandes. Por lo demás, estas últimas corren el riesgo de hacerse esperar, a veces, mucho tiempo. En ese caso, únicamente seríamos valientes en imaginación, y nuestro amor sería, sin duda, de la misma calidad.

Con objeto de eludir estos repliegues lisonjeros sobre vuestra propia vida, es preciso que vuestra ofrenda en inmolación se haga con la mirada fija en la Cruz de Jesús, y no sobre la vuestra. Perdiéndoos de vista es como aliviáis –olvidándolos en parte– vuestros propios sufrimientos y entonces es cuando pueden ser realmente ofrecidos con un movimiento más libre. Ya que, y no lo olvidéis nunca, no es el sufrimiento o la dificultad en sí mismos lo que tiene algún valor redentor, sino la disposición de oblación, el amor que suscitan y su grado de unión con la pasión de Cristo. Nuestra vida tiende a integrarse, con todos nuestros sufrimientos personales, en la gran pasión de Jesús y en la del mundo entero. Es en esta dirección adonde tenemos que mirar.

La pasión y la Cruz de Jesús: son palabras que quizá no evocan ya gran cosa para nosotros; palabras que están como muy usadas. Se trata de volver a descubrir esta gran realidad en todo lo que ofrece de concreto. Jesús sufrió profundamente, en su cuerpo y en su alma, sufrimientos atroces, de una precisión brutal, a los que nosotros debemos incorporarnos a través de la sobriedad de las palabras del Evangelio. Frente al desprecio, a las humillaciones, a los insultos; frente a la atrocidad de los dolores físicos o morales y de las angustias de la agonía de Aquel a quien queremos amar, y que es el Hijo de Dios, tenemos que poner a la vista nuestros sufrimientos tan míseros. Existe un vínculo muy real entre la Cruz sangrante de Jesús Crucificado y nuestra jornada de hoy, y es sobre todo de este vínculo de lo que tenemos que estar conscientes. Hay realmente algo de la sangre de Jesús en cada uno de los momentos de nuestras jornadas, como prueba irrefutable de amor y como prenda de fuerza. Repitámonos una y otra vez que, para Cristo, como para Dios, la noción de tiempo no tiene significación, y que la Pasión está presente en cada instante de nuestra vida. Esta presencia lo cambiará todo. Ejerciendo vuestra fe, sin cansancio, es como alcanzaréis esta realidad invisible, que llegará a trastornar, poco a poco, toda vuestra vida. Vuestro amor, al pie de la Cruz sangrante, se hará más fuerte, más deseoso de colaborar en el gran trabajo de Jesús.

Por otro lado nos encontramos ante toda la ansiedad y todo el sufrimiento de la Humanidad. Es un misterio que os parecerá cada vez más desconcertante. Tenemos que mirarlo en la perspectiva de la Cruz. Lo primero que tenéis que hacer es llevarlo a vuestra conciencia, no intentéis evadiros. Llevarlo a vuestra conciencia en lo concreto, lo cual no es difícil, ya que os asedia por todas partes; es vuestro compañero de trabajo que se hirió gravemente; es el derrumbamiento de una galería en una mina y decenas de familias en duelo; son los cataclismos, los crímenes, todos los sucesos que leeréis en el

periódico; la miseria y el hambre de los nómadas saharianos, la horrible opresión en los campos de concentración desconocidos, la enfermedad, la angustia que pesa como una capa de plomo sobre el mundo; los locos, los desheredados, los gritos de los heridos y las llamadas de los agonizantes, la miseria que no tiene fin y la desesperación del desgraciado. Todo esto que el periódico, la calle, el taller o la obra ponen a la vista, todo os lo recuerda y todo os lo repite incesantemente. Es menester comprender bien el sentido y el misterio de toda esta gran pasión del mundo. Y con respecto a todo esto, ¿qué es lo que representa el peso que sentís al final de vuestra jornada? Pensad que vuestro sufrimiento personal es muy poca cosa, pero que, sin embargo, es todopoderoso si sirve de lazo de unión entre la Cruz de Cristo y toda esta masa, a .menudo informe, del dolor humano. Vuestro espíritu de inmolación, en la medida en que es puro, generoso, lleno de valor y de amor, hace penetrar un poco de vida divina en esta angustia inmensa de la Humanidad; la Cruz de Jesús puede arraigar en ella y a través de vosotros y por vosotros, adquiere un sentido, se convierte todavía más en continuación de la pasión de Jesús en su Cuerpo Místico.

No aislaros de lo que hace sufrir a los demás. No seáis egoístas: es el gran defecto del hombre, quizá sobre todo de los religiosos, y es horrible. Permaneced alegres y en paz, aun enfrente de la cruz. No permitáis jamás que el sufrimiento os abrume, tanto el de los demás como el vuestro propio. No seáis imaginativos, sed valientes, sencillos, entregados a todo sufrimiento, sea el que fuere.

Sobre todo, no penséis que os basta con una participación de vuestra sensibilidad. Esta comunión en el sufrimiento de Cristo y en el de nuestros hermanos, es de otro orden. Por contradictorio que os parezca, no debe engendrar en vosotros una tristeza deprimente, sino al contrario, la fuerza y la paz que da siempre la unión realizada con Cristo. Nada de tristeza exagerada ante el sufrimiento, el vuestro o el de los demás, sobre todo, nada de tristeza sensible: aniquila las fuerzas del alma y el verdadero ímpetu de amor.

Tampoco tendréis que dejaros llevar por la amargura ante el peso insoportable del dolor de vuestro prójimo, ante su injusticia, ante sus rebeldías. Conservad vuestras almas dentro de la paz y de la suavidad. Pero, sobre todo, no consintamos que nos invadan la amargura o la acritud a causa de nuestros propios sufrimientos, cualquiera que sea su motivo, justo o injusto. Seamos, respecto a este punto, perfectamente legales con nosotros mismos y plenamente comunicativos. En nosotros el origen de la amargura reside siempre, más o menos, en un amor propio herido, o en un resto de orgullo insuficientemente mortificado. No atribuyamos a los demás con excesiva facilidad la responsabilidad de un sentimiento semejante, o a unas circunstancias desgraciadas. El espíritu de humildad y el espíritu de infancia deben restituir la paz y la calma con nosotros mismos.

No permitamos tampoco que nos invada el desaliento a la vista de nuestros propios fracasos –¡tantos se producirán!–. Entonces comprenderemos mejor hasta qué punto supone el espíritu de inmolación un desasimiento completo y humilde de sí mismo. Ya os lo dije, subrayándolo con firmeza: este desasimiento absoluto es la condición primera e

irreemplazable de toda acción eficaz del Espíritu Santo en vosotros.

El espíritu auténtico de la inmolación implica, por tanto, que nos comportemos frente a todo sufrimiento, el nuestro y el de los otros hombres, como se comportó el mismo Jesús. Se trata de una compasión, de una comunión en el trabajo redentor que sólo tiene sentido en el plano divino; y únicamente Cristo, Hombre-Dios, puede enseñarnos a comprenderlo y llevarlo a cabo como es preciso.

Sólo en la medida en que permitamos verdaderamente que Cristo crucificado vuelva a vivir en nosotros sus propios sentimientos seremos plenamente redentores con él. Aquí se esconde todo el misterio del Sagrado Corazón. Para comprender bien la función redentora del dolor es preciso poseer un sentido infinito de lo que es la misericordia de Dios Padre, de su santidad y de su justicia, junto con el conocimiento del corazón humano, de su miseria, y con un amor a ese corazón tierno y fuerte. Todo esto sólo puede encontrarse en el corazón y en la inteligencia del Hijo del Hombre. Nosotros podremos adquirirlo por medio de un deseo ardiente de oración, a fuerza de pedir y de hacernos pequeños para recibir. Soportando nuestras miserias con valor y compartiendo las de los demás, comenzaremos el aprendizaje de lo que Dios irá introduciendo poco a poco en nuestro corazón. De este modo la oración y todos nuestros actos cotidianos se unen en una misma realidad: nuestra vida con Jesús Crucificado y Jesús sufriendo en su Cuerpo Místico. Es el nacimiento a una nueva vida. Por un lado nos volvemos hacia Jesús para suplicarle que descienda hasta nosotros, y por el otro intentamos humildemente soportar las cruces y compadecernos, poniendo en acción las gracias recibidas y dando a Jesús, con nuestro valor, una prenda de la verdad de nuestro amor. El espíritu de inmolación no puede entrar en nosotros sin la oración; lo contrario sería presunción por nuestra parte sin la prueba de nuestro valor en la Cruz, nuestra oración corre el peligro de no ser sino ilusión. Es todo este conjunto lo que constituye la participación en el trabajo redentor de Jesús en la Cruz.

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Ahora comprenderéis mejor hasta qué punto es fundamental la predisposición para vivir este estado de inmolación, con la condición de que sea sana, verídica y fundada en la fe de Cristo. Dicha predisposición sostiene vuestra oración, vuestro trabajo, los miles de incidentes que surgen en cada uno de los días. Puede utilizarlo todo, transfigurarlo todo,

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