Nos hemos referido ya al principio sacramental en el pensamiento de Newman, así como a su cristología encarnacionista, en la primera parte313. Si el principio sacramental o místico de Newman tuvo en
los Padres su mejor explicitación, y desde ellos se afianzó esta filoso- fía religiosa, contemporáneamente tuvo origen también en ellos la cristología encarnacionista de Newman, que corrobora el principio desde la realidad de un hecho original. En el Ensayo sobre el desarro-
llo, punto de llegada de la teología anglicana de Newman y síntesis
de la misma, la Encarnación es la doctrina central. Como doctrina remite a un hecho real que es misterio, y no tiene analogía como la mediación, que es un principio. Es la verdad central del cristianismo, la fuente y el origen del que surgen todos los principios. De modo es- pecial y ante todo, al anunciar la unión entre cielo y tierra, o el regalo
divino transmitido en un medio material visible, la Encarnación esta- blece en la verdadera idea del Cristianismo al principio sacramental como su característica. Por eso la llama arquetipo del principio sacra- mental. En la Via Media había dicho que es el gran soporte de la ver- dad. Por otra parte, si la Encarnación es la gran obra de la Providen-
cia en orden a la salvación, la misma Providencia divina ha establecido la única gran regla: el mundo visible es el instrumento del
mundo invisible314, es decir, el principio sacramental.
La Encarnación es un hecho real, y como tal es soporte de la ver- dad y verdad central del cristianismo. La palabra real tiene en New- man una resonancia y profundidad que no puede pasarse por alto. En primer lugar, al hacer referencia a los hechos que son reales, y en segundo lugar a la capacidad del hombre para captarlos como tales, esto es, to realize, verbo que en castellano no tiene una traducción li- teral directa, pero que tiene que ver con el realismo de nuestro cono- cimiento, con la posibilidad de darse cuenta real, o tomar como rea-
les las cosas que lo son. Esta aplicación gnoseológica la desarrollará
de modo sistemático en la Grammar, distinguiendo allí la aprehen- sión real de la nocional, y el correspondiente asentimiento. Estare- mos usando palabras que no aprovechan hasta que no contemplemos a
nuestro Señor y Salvador, Dios y hombre, como un ser realmente existen- te... hasta que no hagamos real [to realize] ese objeto de fe. Y se pregun-
realidad, la Encarnación es la Presencia de Dios invisible, manifesta-
da a los hombres en Cristo, de modo pleno y definitivo. Se trata de una Presencia que no tiene analogado, la Encarnación es única, y en ella comienza una nueva creación316. Esta convicción es la que, en de-
finitiva, le hacía exclamar aquellas palabras sobre la necesidad de ha-
cer real para nosotros la Encarnación del Hijo de Dios. Dicho de otro
modo, es la Presencia real de Cristo, Dios y hombre, la que debemos captar como tal. La teología patrística, especialmente San Ignacio y San Ireneo, le trasmiten a Newman una profunda convicción de que esta Presencia real se halla de modo particular en la Eucaristía.
La Eucaristía es la unión del hombre con Cristo, Verbo encarna- do, y la Escritura nos dice que la presencia divina que se nos otorga,
además de ser la de la Santísima Trinidad, es especialmente la presencia de Cristo; lo cual parecería implicar que «el Verbo hecho carne» se nos ha conferido de una manera misteriosa317. Esta doctrina no fue aceptada
en la teología romana hasta la segunda mitad del siglo XX. Newman tuvo que justificarla en la edición de 1874 de las Conferencias sobre la
justificación, citando la Teología Mystica de Schram, para afirmar una presencia personal de Jesucristo en el alma, aparte de su presencia encar- nada que se nos otorga en la Eucaristía. Newman explica la antigua
doctrina de la inhabitación no sólo del Espíritu Santo, sino también del Verbo encarnado, que desde el tiempo de los Padres había sido eclipsada por las controversias escolásticas del siglo XVI. Opuesta a los protestantes y opuesta a cierta teología católica decadente, que había perdido el contacto con sus debidas fuentes, la teología de Newman sobre la gracia increada, que es para él el primero y el últi- mo objetivo de la Encarnación, puede hallarse hoy día entre los teó- logos más modernos y doctos y... en la carta encíclica sobre el cuerpo místico de Cristo»318. Esta realidad se produce en la Eucaristía, don-
de se da una posesión más real y más presente que la que tuvieron los
apóstoles en los días de su carne mortal... El entra dentro de nosotros, re- clama y toma posesión de la herencia que ha adquirido; no se nos presen- ta, sino que nos asume. Nos convierte en sus miembros319. En la Carta a Faussett, sostiene con Hooker la presencia real desde la unión sin di-
visión de las dos naturalezas de Cristo, para enfatizar la presencia de la humanidad (cuerpo, sangre y alma) y no sólo de la divinidad. Se trata de un solo Cristo, todo y entero.
El principio sacramental, donde lo visible es «medio» para llegar a lo invisible, quedaba definido como ley de mediación. Este principio sacramental mediador tiene su clave de interpretación plena en la Encarnación, por la cual Cristo queda constituido como único Me-
diador entre Dios y los hombres. La mediación de Cristo fue el tema
central de aquellos sermones tempranos entre 1824 y 1828, síntesis de su cristología y soteriología de entonces, en torno a los tres temas de la culpa y la impotencia del hombre, la mediación y divinidad de Cristo, y el sacrificio expiatorio. El Padre es la Fuente de la Divini- dad, y Cristo el Hijo divino, configura un Reino absoluto en cuanto es uno con el Padre, y un Reino mediático en cuanto es Dios mani- festado en la carne. Este último Reino de mediación es la Iglesia, su objeto de culto es Cristo mediador, y es inferior al Reino absoluto. Parecía haber una inferioridad relativa y temporaria del Mediador respecto del Padre, un tipo de subordinacionismo, anterior a su estu- dio de los Padres, que luego corrigió entre 1828 y 1836. Pero esto pudo ser sólo una reserva y no un cambio de mentalidad320. Si bien
fue abandonado este lenguaje original impreciso, estas reflexiones conservaron el valor en cuanto a la Mediación universal de Cristo, y fueron el fundamento para considerar a la luz de la misma la función mediadora de la Iglesia, y de la Eucaristía, como medio de gracia.
Considerar, desde los Padres, la Eucaristía como alimento de in-
mortalidad321, significó comprender su directa vinculación con la Re-
surrección de Cristo. Según la interpretación literal del sermón del Pan de vida, obra en nosotros una nueva creación. Newman piensa, con San Ignacio y San Ireneo, que la Encarnación del Verbo, la re- dención del hombre en la cruz y la Eucaristía del cuerpo y sangre de Cristo, se relacionan con la resurrección de la carne, sin la cual no tienen sentido. La Resurrección de Cristo es trasmitida al hombre por su Espíritu a través de la Eucaristía322. Su resurrección fue, pues, la condición necesaria para aplicar a sus elegidos la virtud de aquella re- dención que su muerte realizó para todos los hombres323. La interpreta-
ción literal que hace Newman de las Cartas de San Ignacio324preten-
de fundamentar la convicción acerca de la presencia de Cristo resucitado en la Eucaristía, que se nos comunica. Esta secuencia Re- surrección-Eucaristía fundamentaba de modo definitivo la doctrina de la Presencia real, aunque Newman la asoció al momento de la co- munión hasta poco antes de su conversión.
La Eucaristía nos remite asimismo a la Ascensión, asomando aquí la dimensión pneumatológica de su cristología y de su teología euca- rística. El Espíritu Santo no ha venido para suplir la ausencia de Cristo sino para consumar su Presencia325. Todo lo que se ha realiza-
do en la Iglesia desde la Ascensión de Cristo es obra del Espíritu. Hay cierta misteriosa conexión entre la partida en su propia Persona y su vuelta en la Persona de su Espíritu. Dijo que si no se iba, el Es-
píritu Santo no vendría a nosotros. Cristo ha venido a crear de nue- vo, y así como la gracia de la sagrada Eucaristía es la Presencia de Cristo crucificado, también la justificación de los que se acercan a él es la inhabitación de Cristo resucitado y glorificado. Por ello la co- munión eucarística garantiza y lleva de modo misterioso a la presen-
cia de Cristo en el cielo326. El progreso reside aquí en el paso de la pos-
tura calvinista de oposición entre el Cristo presente en el cielo y el Cristo del altar terreno. La polaridad se da ahora entre el Cristo visi- ble en el cielo y el Cristo invisible en el altar, presente en ambos «lu- gares». Por ello es verdadero alimento celestial que nos hace aptos para la Resurrección y la Ascensión de Cristo. La expresión «hasta que él vuelva» en relación al «pan que baja del cielo» en la Eucaristía, proclama que nuestros deseos concluyen en la venida de Cristo al fin del mundo, para lo cual la comunión eucarística nos proporciona un
sostén y un consuelo mientras tanto, juntando el pasado y el futuro, re- cordándonos que El ha venido una vez y prometiéndonos que vendrá de nuevo. Newman ve en la Eucaristía la presencia de Cristo entre su
Ascensión y su segunda venida. Nunca se ha ido del todo y nunca aca-
ba de venir327. La Eucaristía nos comunica esa Presencia real invisible
de Cristo que todavía no ha vuelto pero ya está aquí. Es el nexo que une la primera venida con la segunda. La secuencia Encarnación- Pascua-Eucaristía, se extiende hasta la Parusía. La unión de estos misterios salvíficos del Señor no se realiza de modo especulativo en la mente del creyente sino de modo real en la Eucaristía que los celebra y por la cual se hace partícipe de los mismos. La inhabitación del Verbo encarnado, su sacrificio en la cruz, su Resurrección y Ascen- sión, son asimilados y proyectados en la espera parusíaca de la consu- mación final. La Eucaristía es el sacramento de la esperanza.