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reminder for proactive planning and disease specific potential problems

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appendix 2 reminder for proactive planning and disease specific potential problems

El periodo de transición democrático vivido en España viene acompaña- do de la reivindicación por parte del pueblo español de las libertades, como la crítica a la autoridad de la familia patriarcal abordada por primera vez en nuestro país por los movimientos feministas. Los distintos grupos políticos que se constituyeron una vez finalizada la dictadura, se presentaron a las

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primeras elecciones democráticas con la incertidumbre de los resultados que podrían obtener. Esto hizo posible la apertura a las demandas de las reivindi- caciones de las mujeres y la florescencia del movimiento feminista. Los cam- bios introducidos en la Constitución de 1978, sobre la igualdad entre hom- bres y mujeres, son en gran medida una consecuencia de la importante pre- sión ejercida por el movimiento feminista (Alberdi, 2003).

Las teorías feministas rondan alrededor de tres conceptos: la diferencia, la desigualdad y la opresión. Las teorías de las diferencias se centran en ex- plicar cómo la desigualdad psicológica entre hombres y mujeres median en sus relaciones, experiencias, intereses e identidades. Las teorías de la des- igualdad tratan de conocer el origen y las causas de la misma y, se utiliza para justificar como la sociedad ofrece oportunidades, recursos y posiciones socia- les desiguales a hombres y mujeres (Amorós, 1997). Por último, las teorías de la opresión explican cómo el hombre saca partido a la situación de inferiori- dad y dependencia de las mujeres, como es el caso del patriarcado.

La familia siempre ha estado en el punto de mira de la corriente feminis- ta, por ser el lugar donde se construye la identidad personal. Según la teoría feminista de la desigualdad, la familia es el lugar donde se construyen las primeras diferencias entre hombres y mujeres, mediante las relaciones que mantienen sus miembros, el reparto de tareas en función del sexo o, la mane- ra de ejercer la paternidad y la maternidad.

La crítica al patriarcado alude a las relaciones de dominación y desigual- dad entre hombres y mujeres. Se trata de una relación con una estructura jerárquica que favorece al género masculino. El sistema patriarcal diferencia los espacios sociales para delimitar la posición social de cada género. El espa- cio público se reserva al hombre facilitando su relación con el poder, el traba- jo, la política o el reconocimiento profesional. La mujer, queda adscrita en la esfera privada a la que pertenece el cuidado personal y de la familia. Por todo ello, la teoría feminista ha valorado la familia como un espacio donde se con- figuran las identidades masculinas y femeninas, y se reproduce el sistema social patriarcal (Alberdi, 2003).

El matrimonio ha sido valorado por el movimiento feminista, desde la perspectiva histórica, como una forma de dominación del patriarcado, puesto que en determinadas épocas de la historia el casamiento supuso la pérdida de todos los derechos civiles y patrimoniales para la mujer. Las sufragistas que lucharon por el derecho al voto a principios del siglo XX, fueron las primeras en realizar críticas, pidiendo no su disolución, sino una redefinición que lo hiciera más igualitario (Alberdi, 2003).

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Según Millet (1971), la familia patriarcal se organiza de forma jerárquica y autoritaria en base al padre o cabeza de familia, por debajo del cual se en- cuentra la mujer y las criaturas. Para Alberdi (2003), este sistema ata a la mujer y a los/as hijos/as a la dependencia económica, psicológica e ideológi- ca del hombre. El matrimonio sella esta relación, en la que el hombre a cam- bio del sustento económico solicita a la mujer su entrega personal y su dispo- sición sexual. La sutileza del patriarcado, hace invisible e inconsciente el aprendizaje de la cultura patriarcal.

La ideología patriarcal se inserta en lo más profundo de la psicología individual haciendo muy frecuentemente pasar por “naturales” diferencias aprendidas tan profunda y tempranamente que solo con dificultad pueden entenderse como di- ferencias culturales. De este modo se entiende que la distribución de los roles que se asigna a cada género no necesita ser impuesta por la fuerza ya que el sis- tema de valores está interiorizado en los individuos que, en la mayoría de los casos, desempeñan su roles de género espontáneamente. (Alberdi, 2003, p.42) El modelo de mujer entregada al cuidado de la familia y las labores del hogar, recibe una crítica frontal del movimiento feminista. Friedan (1965), pone de manifiesto el retroceso que supone el ideal de mujer americana, una mujer que a pesar de haber finalizado unos estudios profesionales y/o uni- versitarios prefiere como medio de vida dedicarse a su hogar, equipado con todo tipo de electrodomésticos que la tecnología ponía a su alcance. El Movi- miento por la Liberación de la Mujer, que surge en los EEUU en los años se- senta y poco después en gran parte de los países europeos, aborda por pri- mera vez la lucha contra el patriarcado e inicia una crítica sobre el matrimo- nio y la familia.

A las críticas realizadas sobre la relación de poder que el hombre estable- ce en la familia mediante el matrimonio, se suman aquellas que denuncian una microeconomía familiar encubierta y desvalorada, donde la mujer se hace cargo de unas tareas no remuneradas y auto impuestas. Como alternati- va a esta situación, las feministas promueven el reparto de tareas domésticas y la incorporación de la mujer al trabajo. Sin embargo, para la liberación e independencia de la mujer, la sociedad debía asumir una gran cantidad de tareas que formaban parte de la economía sumergida (Benston, 1972).

Las mayores críticas de la teoría feminista se centraron en el modelo de familia nuclear descrito por Parsons (1976). Este autor, defiende la funciona- lidad de los roles diferenciados entre géneros para el éxito del sistema social. Según Parsons (1976), los hombres deben desarrollar el rol instrumental; es decir, todas aquellas tareas relacionadas con lo político y económico como las relaciones con los demás o el sustento familiar. En cambio, las mujeres deben

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desarrollar su rol expresivo inherente a su naturaleza materna, por lo que debe permanecer atenta al cuidado y atención personal y emocional de los miembros de la familia.

El movimiento feminista, mediante su lucha contra la familia tradicional y nuclear, ha influido en la liberación de la mujer transformando las relaciones familiares, la maternidad, el trabajo doméstico y los roles de género (Humm, 1995). Como alternativa se trató de defender la maternidad voluntaria y su incorporación a la esfera pública, lo que derivó en una conquista social de la mujer. En las últimas décadas, para un gran sector de la población, el matri- monio y la maternidad son una opción y no un deber. Un gran aliado en esta lucha ha sido los cambios sociales, económicos y tecnológicos. El desarrollo económico permitió la mejora de la vida en los hogares, y la investigación médica, el desarrollo de métodos anticonceptivos que hizo posible la genera- ción de los programas de planificación familiar. Por otra parte, la reducción del número de hijos/as y el desarrollo de los servicios sociales, como hospita- les, guarderías, geriátricos, etc., han disminuido las responsabilidades del hogar, facilitando la incorporación de la mujer al trabajo remunerado (Alber- di, 2003). En este sentido, el cambio social no surge de la gravedad de los problemas, sino cuando la presión de la acción colectiva viene acompañada de las oportunidades políticas y los recursos necesarios para el cambio (Ta- rrow, 1997).

Uno de los aspectos más interesantes que aporta la teoría feminista en la transformación de la familia, es su crítica a la familia como una unidad natu- ral sumida en los valores del patriarcado. La corriente feminista de los años sesenta, superó el reduccionismo de la corriente histórica, poniendo su punto de mira en la institución familiar como contexto primario de la opresión de las mujeres (Millet, 1971).

La pacífica revolución feminista, ha cambiado el panorama político y so- cial en la mayoría de los países occidentales, ha generado un nuevo contexto en las relaciones entre hombres y mujeres que ahora gozan de mayores cuo- tas de igualdad y libertad. Aunque son muchas las corrientes feministas en la actualidad, parece ser que hay un gran consenso en torno a que el objeto de la lucha feminista no debe centrarse en acabar con la familia sino en trans- formarla (Benhabib y Cornell, 1990).

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3.3. Influencia de los factores demográficos en la diversidad