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Replication using the German Microcensus

5.2 Methods and Data

6.1.2 Replication using the German Microcensus

El general Iturbe me ofreció, por conducto del coronel Eduardo Hay, un cargo militar en que concurrían, dentro de la organización de su brigada, no pocos atractivos. Sería yo —mandó decirme— teniente coronel, subjefe del estado mayor, y no tendría otro superior jerárquico inmediato que el coronel Hay mismo. Con todo, yo no acepté la proposición, pese a la buena amistad de Hay y a las grandes simpatías que Iturbe comenzaba a inspirarme. Para proceder así mis motivos eran sencillísimos: no me resolvía a trocar por la dura disciplina del soldado mi preciosa independencia de palabra y acción; y no me resolvía a eso, entre otras cosas, porque no veía a mi alrededor nada que justificara semejante sacrificio. Respecto a mis aspiraciones, no alentaba el menor propósito político o guerrero; y en cuanto a lo demás, los principales dirigentes de la Revolución estaban muy lejos de ser, a mis ojos, lo bastante desinteresados e idealistas para que quisiera yo atarme a ellos, indirectamente, con cadenas siempre peligrosas y no siempre rompibles.

—Creo, por otra parte —le dije a Hay—, que la Revolución tiene ya demasiados militares. ¿Por qué no atender los problemas civiles con igual ahínco?… De cualquier manera, entienda usted, y hágaselo ver al general Iturbe, que no es por tratarse de ustedes por lo que declino la oferta, sino por razones de otra índole. Por ustedes, al revés: lamento no aceptar. Después del brillante comportamiento de Iturbe en la toma de Culiacán, me parecería un gran honor servir a sus órdenes.

El general Iturbe asintió de buen grado a mis razonamientos y no insistió en hacerme soldado. Pero como, al parecer, tampoco renunciaba en definitiva a atraerme de alguna manera, me propuso entonces que, sin perjuicio de mi carácter civil, lo ayudara en la enorme tarea a que había de dar cima. Esta nueva proposición me llenó de regocijo: la acepté sin titubear. En el fondo, aun la acepté con entusiasmo.

Hay y yo nos entendimos en pocas palabras y resolvimos poner juntos manos a la obra, así fuera ésta grande en exceso. ¿Por dónde darle principio? ¿Por la Proveeduría? ¿Por el Hospital Militar? ¿Por la Caja de Haberes? Como lo más urgente era la reorganización del hospital, resolvimos empezar por allí, si bien en los primeros días ocurrió un acontecimiento extraordinario que nos distrajo un poco de nuestras labores. Los detalles históricos de aquel extraño suceso se me han borrado un poco de la memoria; pero, eso no obstante, todavía puedo hacer de él, aprovechando la leyenda a que dio origen al otro día de ocurrido, una evocación donde se conservan íntegros los trazos principales.

Una mañana trajeron al Hospital Militar de Culiacán un hombre moribundo, con tres balazos en el cuerpo. Lo habían hallado en la calle, al amanecer, tendido boca

abajo sobre la acera, cerca de una esquina, y sin conocimiento. Cuando lo levantaron de allí tenía la cara y las manos cogidas al suelo por el coágulo de su sangre. Las primeras investigaciones nada aclararon sobre el suceso, o aclararon tan poco que éste quedó prácticamente en las tinieblas. Los moradores de las casas cercanas al sitio donde se encontró al herido dijeron haber escuchado, a eso de la medianoche, tiros de revólver más cercanos que otras veces, y haberse enterado después, ya de día, del hallazgo, en la calle, de un hombre medio muerto a tiros. Nada más.

El coronel Hay y yo nos volvimos todo conjeturas. Y él, que se había propuesto, como jefe del estado mayor de Iturbe, no descansar hasta que el orden más absoluto imperase en Culiacán, tomó las más nimias providencias para descubrir el misterio. Pero el misterio, en lugar de esclarecerse, se enturbió más. Porque a la mañana siguiente, por otro rumbo de la ciudad, y cerca también de una esquina, hubo un hallazgo semejante al de la víspera. Sólo que ahora no se encontró un moribundo, sino un muerto. Resultado de nuevas pesquisas: tiros en las altas horas de la noche, luego silencio y, al amanecer, el cuerpo yacente en el charco de sangre.

El moribundo del primer día —que falleció, sin recobrar el sentido, pocas horas después de su ingreso en el hospital— y el muerto del día siguiente descartaban, por su condición misma, las hipótesis de la riña o del robo a mano armada. Eran gente de aspecto humildísimo a quien nada hubiera podido robarse, salvo la pobre ropa que llevaban puesta; gente sin trazas de haber portado armas nunca y sin probable historia de aventuras o encuentros rijosos. Todo lo cual, por otro lado, confirmaron los parientes de las víctimas, y aun su fama.

Lo extraordinario, grande como ya era, no paró allí; todavía iba a acontecer algo que afirmaba el acento del misterio. En la mañana del tercer día amaneció también, en diferente rumbo de la ciudad y cerca asimismo de una esquina, otro hombre muerto a tiros en circunstancias tan anormales como las de los dos casos anteriores.

Frente a este nuevo crimen nuestra sorpresa se convirtió en estupor. Iturbe, de suyo tan reposado y frío, se puso furioso; Hay se enardeció más en sus indagaciones policiacas, y Culiacán gustó la acre emoción de saberse bajo el imperio de un demonio oculto que se manifestaba sólo en las sombras, matando a sus elegidos, y que escogía un hombre cada noche.

El tercer crimen vino a añadir un pequeñísimo dato a lo muy poco que conocíamos por los dos primeros. Uno de los interrogados aseguró que le parecía haber oído, segundos antes de los disparos, el ruido de un coche que pasaba a gran velocidad, aunque no lo oyó, decía, con precisión bastante —pues su calle carecía de empedrado— para inferir del ruido la clase del carruaje o algún otro pormenor.

—Esto parece obra del diablo —observaba Hay—; va a ser cosa de que mueran del mismo modo quince o veinte gentes para que reconstruyamos, elemento tras elemento, la trama infernal en que se complacen quién sabe qué desalmados.

Por fortuna no fue así. Ni veinte ni quince víctimas más: tan sólo otras dos bastaron. Porque a la noche siguiente, ya sobre aviso de lo que podía ocurrir, Hay

dictó medidas que por fuerza darían algún fruto. Se apostaron patrullas en los diversos barrios de la ciudad y a todas se les recomendó, particularmente, que acudieran sin tardanza a los puntos donde se escucharan disparos.

Las patrullas trabajaron buen rato sin resultado alguno. Las detonaciones que de cuando en cuando se oían eran, como la generalidad de las que de continuo turbaban el silencio de la noche en las ciudades revolucionarias, detonaciones aparentemente inexplicables y distantes: detonaciones perdidas, irreales, fantásticas como el lejano ladrar de los perros; detonaciones opacas, seguidas de remotísimos estremecimientos secos y efímeros, como si las balas atravesaran puertas o taladrasen techos. Pero al cabo de muchas carreras inútiles, la más diligente de las patrullas descubrió, cerca de una esquina, un hombre agonizante que acababa de recibir un balazo en el pecho y otro en el vientre. En los estertores de su agonía; aquel hombre pronunció algunas frases inteligibles acerca de las terribles heridas que tenía en el cuerpo. Parecía ser — informó al jefe de la patrulla— que de pronto le habían hecho fuego, sin explicarse él por qué, dos hombres —o acaso uno solo— que iban en una araña que pasó a gran velocidad.

Lo de la araña, unido a lo que se sabía del crimen de la noche anterior, arrojaba ya un indicio cierto. La noche pasada se había oído el rodar de un carruaje; hoy se hablaba de una araña: luego, era evidente que el autor o los autores de los cuatro homicidios consecutivos cometían sus crímenes desde uno de esos cochecitos bajos, de dos ruedas, típicamente sinaloenses, a los cuales se designa con el mote, muy descriptivo y popular, de arañas. Por de pronto, aquella noche no se pudo descubrir ninguna circunstancia más. Al día siguiente, la actividad investigadora de Hay tampoco puso en claro nada nuevo, no obstante el interrogatorio a que se sometió a todos los propietarios de tartanas de alquiler y a no pocos dueños de tartanas particulares. El fracaso de tales esfuerzos no nos desalentó. Intrigados ahora más que nunca, y seguros de que el crimen nocturno seguiría inflexible, cronométrico como un fenómeno estelar, el general Iturbe se puso más enérgico que hasta allí y el coronel Hay preparó con todo sigilo el plan que cogiese al culpable, o a los culpables.

* * *

El defecto que vieron siempre en Hay hasta sus amigos mejores fue el del detallismo: detallista se le consideraba, detallista al grado de no abarcar los acontecimientos en la totalidad de su contorno. Pero en esta ocasión, el detallismo tuvo la suerte de probar la eficacia de su virtud, por lo menos para ciertas cosas. De detalle en detalle, Hay había llegado a establecer acerca de las actividades de la araña homicida una serie de conclusiones tan evidentes, que le permitió predecir, con un grado de aproximación increíble casi, el sector de la ciudad donde se intentaría el próximo asesinato. Ahora, que no bastaba este mero conocimiento, pues el problema consistía no sólo en cómo

evitar crímenes iguales a los ya perpetrados, sino en cómo aprehender al criminal o a los criminales, y para esto se requería, antes que nada, no ahuyentar a la presa. Dicho de otro modo: había que disponer la trampa sin alarde, de ser posible con alarde falso, con alarde que ocultara los preparativos verdaderos. Hay lo hizo así. Ostensiblemente dio órdenes y distribuyó soldados en dos o tres parajes lejanos del sitio escogido por él en secreto. Y en este último, cobijado por las sombras y sin que nadie se percatara, agazapó lo mejor de su gente en lugares próximos a determinadas esquinas. Para mayor tino en lo que se iba a hacer, Hay tomó a su cargo, en persona, la dirección de las operaciones. Tamaño celo no estaba exento de peligros, o acaso más: los atraía todos. Porque en su papel de director de aquellas maniobras nocturnas, Hay debía pasar repetidamente por los propios lugares señalados por él como teatro del probable nuevo crimen, y eso lo convertiría, otras tantas veces, en blanco del asesino incógnito.

* * *

Todo se hizo según se previó y se ordenó. Hasta poco después de las diez no fue raro que pasara una que otra araña por las calles donde se mantenían ocultos Hay y sus hombres. Éstas eran arañas pacíficas y virtuosas, ocupadas en transportar a casa pasajeros rezagados o a los cocheros mismos que iban ya de rendida. Pero de allí en adelante, ninguna araña se volvió a ver, o, más exactamente, a entrever, a sentir en la oscuridad de la noche. El silencio callejero se interrumpió apenas dos o tres veces con el pisar sordo de peatones que se escurrían aprisa, pegados a las fachadas de las casas, y que casi corrían, o corrían francamente, al volver las esquinas. Así las cosas, dieron las once, las doce, y todo duró del mismo modo hasta que, bien corrida esta última hora, el quieto vacío nocturno, subrayado por los disparos remotos, siempre presentes, se quebró de súbito con la aparición fugaz de una araña tirada por un caballo al galope. Diez minutos después ocurrió una aparición análoga dos o tres calles más lejos, y de allí a poco se repitió el hecho en una calle transversal no distante. La bestia uncida a la araña no llevaba cascabeles ni ninguna otra cosa que produjera sonido especial; pero por el galope del caballo, galope defectuoso, se concluyó pronto que era una misma araña la que rondaba por aquel rumbo.

Tras otra nueva carrera, el ruido del coche cesó repentinamente. La araña parecía haberse detenido de pronto, aunque no era fácil precisar con exactitud dónde, pues las únicas dos lámparas encendidas en todo el paraje circundante alumbraban escasamente los salientes de las casas en dos encrucijadas lejanas una de otra. Fuera de esos dos puntos, la sombra era tupida, impenetrable.

Pasaron de aquel modo varios minutos. Pero en cierto momento en que una figura humana se vio a lo lejos, atravesando aprisa uno de los espacios iluminados, se oyó otra vez el ruido de la araña, como si ésta hubiese arrancado de golpe, y, breves segundos después, se la distinguió cruzando veloz, amarillenta, chaparra, bajo la

propia lámpara que acababa de denunciar el paso del peatón. Acto seguido sonaron tres disparos; un grito hirió la noche, y la araña, que había acortado el paso, reasumió la carrera, como poseída de locura.

Muy poco trecho, sin embargo, pudo correr en la dirección que llevaba, pues la bocacalle por donde iba a pasar apareció de pronto —al resplandor de cuatro fogonazos de carabina— cerrada por un grupo de soldados. La araña volvió entonces bruscamente hacia atrás, para esquivar a los soldados salidos a su encuentro; tornó hacia el crucero alumbrado por el farol y quiso escapar por la calle que de allí partía perpendicularmente. Pero también por esta otra calle no tardaron en brillar los fogonazos de las carabinas ni en dibujarse las formas de los soldados. De nuevo giró la araña en redondo y partió a escape en sentido contrario. Ahora llegó a la encrucijada de la lámpara al mismo tiempo que el piquete de soldados que primero le había salido al paso. Hubo, bajo la luz, un efímero zafarrancho, casi a quemarropa. Partieron de la araña dos disparos. Un soldado cayó herido; otro rodó al suelo, atropellado por el caballo, y, aunque con menos bríos ya, la araña logró aún escapar. Pero esta vez también surgió de las tinieblas un piquete de soldados que venía al encuentro del coche disparando desde el extremo de la otra calle. Entonces, dominando el estrépito, y como expresión de la voluntad que lo coordinaba todo, vibró una voz:

—¡Tírenle al caballo! Era la voz de Hay.

Sonaron otros disparos. El coche se detuvo al fin y de todas partes se abalanzaron a él los soldados que lo cercaban.

—¡Me rindo! —dijo desde el interior de la araña una voz entre afeminada y perentoria.

Y cuando los soldados estuvieron cerca, vieron sentado en la banqueta del coche, todavía con la pistola en una mano y las riendas en la otra, a un hombre que, en efecto, no hizo intención de resistir.

Inmediatamente se trajo al prisionero hasta la región iluminada —donde yacía aún, tendido en el suelo, el cuerpo de su última víctima—, y no faltó allí quien desde luego lo identificara. Era un oficial muy conocido por su mala conducta y sus extravíos, aunque nadie hubiera sospechado que entre éstos se contara el de dedicarse a cazar por las noches —no se sabía por qué impulsos— gente indefensa y pacífica.

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